sábado, 29 de agosto de 2026

65 "Una queja razonable contra el universo"

 Capítulo 65

"Una queja razonable contra el universo"

A veces sospecho que el universo fue diseñado por un funcionario distraído. No está mal hecho —funciona, más o menos, desde hace siglos—, pero alguien, en algún escritorio cósmico, invirtió las instrucciones. Como cuando uno arma un mueble y al final descubre que la puerta quedó arriba y el cajón abajo.

Yo, por ejemplo, habría empezado por el final.
Morirse primero: rápido, limpio, sin tanto trámite emocional. Uno se quita ese pendiente de encima y continúa con tranquilidad. Sería como pagar la factura antes de usar el servicio.
Después de la muerte, uno despertaría en una residencia de ancianos. No para deteriorarse, no señor: para mejorar. Cada mañana el cuerpo recuperaría funciones como quien recupera electrodomésticos en garantía. Las rodillas dejarían de protestar, la espalda volvería a colaborar y los médicos, en vez de pedir exámenes, lo felicitarían por existir.

Hasta que un día lo echarían por exceso de salud:
—Lo sentimos, señor. Aquí solo recibimos gente en declive.
Y uno saldría a la calle, expulsado por vitalidad, con la alegría de quien ha sido ascendido sin haber hecho nada. Afuera, hasta el gallo del vecindario anunciaría la noticia con el aire solemne de quien declara una guerra, aunque a nadie más le importara gran cosa.
Lo primero sería cobrar la pensión.

Nunca ha trabajado, pero eso no importa. El Estado —en esta versión más humana del universo— le entregaría un dinero mensual solo por haber empezado a vivir. Un bienvenida financiera: el único momento en la historia donde la burocracia se comporta como un tío generoso, de esos que uno anuncia desde diciembre y que, contra todo pronóstico familiar, sí llegan.

Luego vendría el trabajo. El primer día, en vez de reglamentos y contraseñas imposibles, le entregarían un reloj de oro. No para medir el tiempo, sino para recordarle que ahora sí vale la pena gastarlo. Trabajaría cuarenta años rejuveneciendo: cada año más fuerte, más ágil, más terco. La experiencia crecería y el cuerpo no se enteraría. Eso sí sería progreso: un país donde la espalda mejora con los años y jubilarse es un premio, no una sospecha.

Al retirarse estaría en plena forma. Tiempo, salud, energía. Por fin podría hacer todas esas cosas que uno promete hacer «cuando tenga tiempo», esa mentira elegante con la que aplazamos la vida.
Entonces vendrían las fiestas. Las buenas. No esas reuniones donde uno finge interés por la remodelación de la cocina ajena. Hablo de música, amigos, noches largas y amores irresponsables. La vida, por fin, en su orden correcto: primero la lucidez, luego la rumba.

Cuando ya estuviera cansado de tanta celebración, empezaría a estudiar. Pero estudiar al revés: primero lo esencial —jugar, perder el tiempo sin culpa, hacer amigos sin preguntarles a qué se dedican— y después los libros, las preguntas, las tardes largas, el colegio. Cada año menos obligaciones y más recreo. Así debería ser la educación: una devolución gradual de responsabilidades.
Hasta llegar a la infancia. La edad perfecta: no demostrar nada, ensuciarse la ropa, comerse un puñado de tierra del patio sin escándalo, llorar sin justificarlo.

Y luego, finalmente, sería un bebé. Los nueve meses más cómodos de la existencia: flotando en un hotel acuático de lujo, con servicio de habitaciones permanente y sin facturas, noticias ni llamadas que uno preferiría no contestar. La comida llegaría sola. Esa parte del diseño original sí quedó bien hecha.
Y al final, uno abandonaría este mundo en un gran estremecimiento de placer. Un cierre digno, elegante, casi poético.

Suena hermoso. Pero la vida no funciona así.
Y quizá sea mejor.
Porque si empezáramos sabiendo todo lo que sabemos al final, no tendríamos el valor de comenzar. La juventud necesita ignorancia para ser valiente. Yo tomé decisiones con una seguridad que hoy me enternece; si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, no habría hecho la mitad de las cosas. Y quizá tampoco habría vivido la mitad de la vida.

La experiencia llega tarde. Ese es su defecto más conocido. Si hay que resumirlo en una sola frase: «la experiencia es el paraguas que nos prestan cuando ya escampó».
Cuando aprendemos a no tropezar, el camino se llena de escalones.
Cuando comprendemos que no era necesario correr tanto, ya nos cuesta hacerlo.
Cuando aprendemos a disfrutar del tiempo, el tiempo empieza a escasear.
No es perfecto. Pero tiene su gracia.

Tal vez la vida no está desordenada. Tal vez somos nosotros quienes pasamos demasiados años intentando ponerle orden a un cajón que nació para estar revuelto.
A cierta edad, uno se cansa de esa tarea. Ya no quiero corregir el universo; bastante tengo con recordar dónde dejé las gafas, que la mitad de las veces resultan estar puestas.
Así que sigo viviendo en el orden que me tocó: aprendiendo tarde, comprendiendo a destiempo y descubriendo, con humor y resignación, que muchas de las cosas que consideré urgentes podían haber esperado.

He terminado aceptando el programa. No del todo, claro: la manera de repartir las fuerzas —toda la pólvora al principio y las cenizas al final— me sigue pareciendo un chiste cruel. Pero supongo que nadie nos pidió opinión.

Aquí estoy: un poco más viejo, un poco menos seguro y, curiosamente, bastante más tranquilo.
La vida avanza en la dirección que decidió antes de que yo llegara. Yo protesto de vez en cuando, como corresponde a un hombre que ya ha vivido lo suficiente para tener quejas razonables y otras completamente inútiles.

Pero ya no intento cambiar el orden. He comprendido —tarde, como siempre— que quizá la vida no consiste en poner las cosas en su sitio, sino en aprender a vivir con ellas un poco desordenadas.
Y, mientras se pueda, flotar. Aunque sea fuera del agua.

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64 La edad de perder vigencia

 

Capítulo 64

La edad de perder vigencia

«Envejecer no es deteriorarse».

Lo dijo un viejito chévere, Gonzalo Canal Ramírez, en ese libro que para muchos ha sido una especie de biblia de la vejez. Me gusta la frase porque tiene algo de desafío y algo de consuelo. Envejecer no necesariamente significa estropearse. A veces significa, simplemente, cambiar de catálogo.

Cambian los médicos, las amistades, las aficiones, los intereses, los atardeceres, los libros que uno elige y hasta las conversaciones que está dispuesto a soportar. También cambia la manera de mirar el mundo. Lo que antes parecía urgente empieza a parecer apenas ruidoso.

Y uno aprende cosas que nadie le había explicado.

Aprende no solo a perdonar, sino a olvidar, que quizá sea todavía más saludable. Porque perdonar conserva cierta memoria del agravio; olvidar, en cambio, tiene la cortesía de no volver a cobrarlo.

Envejecer nos depara incluso verbos sorprendentes, como ennietecer: esa posibilidad maravillosa de volver a ser niños o, más exactamente, de dejar salir al niño que nunca tuvimos tiempo de ser.

A quienes ya estamos más cerca del barrio de los acostados que de la cuna nos llaman «adultos mayores» o «personas de la tercera edad». Gracias por el eufemismo, pero tanto cuidado verbal no paga el arriendo ni evita las arrugas. A cierta edad uno agradece que lo llamen como quieran, siempre que no sea para venderle un seguro de vida demasiado caro.

Porque la vejez tiene una particularidad: la cédula envejece con una puntualidad admirable, mientras uno sigue creyendo, algunas mañanas, que todavía puede engañarla.

Yo, por ejemplo, he recurrido a ciertos trucos inocentes para que no se note demasiado el ocaso. Con la idea de escurrirle el bulto a los años, me dejé crecer el bigote para esconder ese implacable código de barras que se va formando sobre el labio.

No sé si funcionó.

Pero al menos ahora las arrugas tienen competencia.

Otro método para retrasar la vejez pertenece a las obras completas de Perogrullo: no mirarse demasiado al espejo. Lo recomiendo. Es sencillo, económico y no requiere anestesia. De paso, uno se ahorra el cirujano plástico y la desagradable conversación posterior con alguien que intenta convencerlo de que ahora parece veinte años más joven, cuando uno sabe perfectamente que parece veinte años más joven... que mañana.

Quizá nuestros antepasados tenían una relación más despreocupada con la edad. Cuando el eco era casi el único periódico que circulaba, aparecieron aquellos patriarcas bíblicos que parecían haber descubierto el secreto de una jubilación interminable. Matusalén, según el Génesis, llegó a una edad que hoy resultaría poco compatible con cualquier estadística de esperanza de vida. Adán tampoco parece haber llevado una contabilidad demasiado rigurosa de sus años.

Abraham, por su parte, se detuvo en una cifra algo más manejable.

No sabemos exactamente qué había en el aire de aquellos tiempos, aunque algunos teólogos y creacionistas han aventurado explicaciones relacionadas con una atmósfera anterior al diluvio que habría favorecido una longevidad extraordinaria. Otros prefieren leer esas edades como lenguaje simbólico.

Yo, que no soy especialista en teología ni en longevidades patriarcales, me inclino por una explicación más sencilla: aquellos hombres no tenían televisión, internet ni contraseñas que recordar. Solo eso ya podría añadir unos cuantos años de vida.

Lo cierto es que hoy la medicina ha alargado considerablemente nuestra permanencia en este mundo. Sesentones, setentones y ochentones forman parte del paisaje cotidiano. Y quizá no sea poca cosa.

Antes, a los cuarenta o cincuenta años, muchas personas ya parecían estar haciendo las maletas definitivas. Ahora llegamos a edades que nuestros abuelos habrían considerado casi mitológicas y, para celebrarlo, nos quejamos de las rodillas, de la memoria y de que nadie sabe dónde quedaron las gafas que tenemos puestas.

La humanidad ha progresado.

Aunque no siempre en la dirección que esperábamos.

A cierta edad aparece, sin embargo, otra palabra que me interesa más que «vejez»: vigencia.

¿En qué momento empezamos a perderla?

Algunos dirán que cuando dejamos de ser invitados a ciertos cócteles o almuerzos donde había que inventar sonrisas, estar de acuerdo, dar palmaditas lagarteras en la espalda del sagrado anfitrión, fabricar solidaridades y pensar una cosa mientras se decía otra.

Si perder vigencia significa quedar fuera de esas veladas gastronómico-etílicas donde todos se necesitan mientras se necesitan, bienvenida sea la jubilación de la vanidad.

También puede ocurrir que aquel amigo o interlocutor profesional que antes contestaba el teléfono con entusiasmo deje de hacerlo. De pronto ya no somos el sujeto «importante» de antes.

Con amigos así, para qué enemigos.

García Márquez decía que sus verdaderos amigos eran los que tenía antes de recibir el Nobel. Es una observación que siempre me ha gustado. Después del reconocimiento llegan también los paracaidistas: personas que aterrizan suavemente en nuestra hoja de vida cuando descubren que puede resultarles útil.

La edad tiene, entre otras ventajas, la capacidad de volver transparente ese fenómeno.

Uno empieza a distinguir quién venía a visitarlo a uno y quién venía a visitarse a sí mismo.

Y entonces sucede algo curioso: perder vigencia puede convertirse en una forma de libertad.

Qué rico caminar por la calle siendo anónimo como la sota de bastos, sin tener que representar ningún papel, con todo el tiempo del mundo para «leer» el paisaje urbano o rural, mirar los titulares de los diarios, entrar a un cine a una hora inverosímil o sentarse en una banca sin tener que justificar la existencia.

Mientras el músculo duerme, la ambición puede seguir trabajando si quiere.

Yo ya no tengo por qué ayudarla.

Por carecer de vigencia, el sol sigue saliendo. Ningún espléndido aguacero ha declarado una huelga de gotas. El arcoíris no ha reducido su número de colores. Las bancas de los parques continúan acogiendo glúteos jubilados con una dignidad que ninguna oficina supo reconocer a tiempo.

El mundo, descubrimos, funciona bastante bien sin nuestra intervención.

Y eso, lejos de ser una tragedia, puede ser un alivio.

Muchas ventajas tiene carecer de vigencia. El estrés se va de vacaciones. Se recuperan algunos kilos perdidos. Vuelve a servir la ropa vieja —esa que uno conservó durante años por una mezcla de esperanza y mala administración— y finalmente hay tiempo para leer aquel libro aplazado setenta veces siete.

Uno empieza a recuperar cosas que no sabía que había perdido.

Abrazos nunca dados.

Besos embolatados.

Boleros no bailados.

Poemas que no fueron escritos porque había que rendir desde el amanecer hasta cuando el sol nos decía adiós desde el ocaso.

Durante buena parte de la vida confundimos productividad con existencia. Creíamos que estar ocupados era una prueba de que éramos necesarios. Nos llenábamos de horarios y obligaciones con una disciplina admirable, aunque no siempre quedara claro para qué.

Ahora sospecho que algunas agendas eran simplemente una manera elegante de no escucharnos.

Y hay algo profundamente desestresante en descubrir que mientras otros siguen triturando horarios, uno puede permitirse la condición de miembro de la familia Miranda: mirar vitrinas, contemplar el mundo pasar y, de vez en cuando, recordar que la vida también puede disfrutarse sin producir nada.

Incluso mirar pasar a una mujer hermosa por la calle puede convertirse en una pequeña celebración estética, siempre que uno conserve la cortesía, la discreción y la suficiente edad para comprender que admirar no significa poseer.

La no vigencia tiene también ese beneficio: ya no tenemos que demostrar que todavía podemos.

Podemos simplemente estar.

Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cócteles inútiles nos habremos ahorrado? ¿Cuántos fulanos dejaron de utilizarnos para sus conveniencias? ¿Cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron reemplazadas por madrugadas más tranquilas?

La pérdida de importancia puede resultar, paradójicamente, bastante importante.

Cuando pasamos a la clandestinidad social nos espera un reto difícil y hermoso: aprender a ser anónimos por convicción, en lugar de notorios por obligación.

Quizá sea una de las libertades más tardías.

Ya no tener que explicar quién somos.

Ya no tener que impresionar.

Ya no tener que competir.

Ya no tener que demostrar que todavía estamos en condiciones de hacerlo.

Simplemente estar.

A los ochenta, decía Stravinski, todo contemporáneo es un amigo. Me gusta esa idea porque contiene una forma de fraternidad que la juventud suele desconocer: cuando el tiempo se acorta, hasta el desconocido adquiere cierta familiaridad.

Mark Twain, por su parte, imaginaba una vida tan bien aprovechada que hasta el dueño de la funeraria lamentaría nuestra partida.

No sé si llegar tan lejos.

Pero me gusta pensar que, cuando llegue el momento, sería conveniente haber dejado al menos alguna pequeña molestia en el mundo: una risa, un libro, una conversación, una persona que nos recuerde con cariño y quizá algún asunto sin resolver que todavía le dé trabajo a alguien.

Eso también sería una forma de haber vivido.

Recuerdo a una mujer que, después de haber atravesado las cuatro estaciones de la vida, decía con una sencillez admirable que había conocido el invierno, el verano, la primavera y el otoño.

Tal vez eso sea envejecer.

No acumular años, sino estaciones.

No contar únicamente cumpleaños, sino inviernos sobrevividos, primaveras que llegaron cuando ya no las esperábamos, veranos que parecieron eternos y otoños que nos enseñaron que desprenderse también puede ser una forma de belleza.

Por eso me gusta el título de aquel libro de Luz María Londoño: «Viejo es aquel que tuvo la suerte de llegar a la vejez».

Tiene razón.

Llegar hasta aquí ya es una pequeña victoria.

No una victoria sobre la muerte —sería demasiado pretencioso—, sino sobre todas las cosas que pudieron impedirnos llegar.

Les habla, entonces, un hombre con suerte.

Un hombre que ha cometido suficientes errores como para no necesitar cometerlos todos de nuevo.

Un hombre que aprendió algunas cosas tarde y otras, probablemente, demasiado tarde.

Pero que todavía está aprendiendo.

Hace poco, por televisión, le preguntaban a un anciano:

—¿Y usted a qué se dedica?

—¿Yo? Me dedico a ser viejito.

Y acompañó la respuesta con una sonrisa desdentada.

Me pareció una respuesta magnífica.

Después de tantos años dedicados a producir, competir, conseguir, acumular, responder llamadas y fingir que sabíamos adónde íbamos, quizá exista cierta sabiduría en poder decir simplemente:

Me dedico a ser viejo.

Sin disculpas.

Sin explicaciones.

Sin currículo.

Borges, con esa ironía suya capaz de convertir una desgracia en una frase memorable, dijo alguna vez que no era viejo, pero que hacía mucho tiempo era joven. Y siguió agradeciendo, a su manera, la extraña ironía de haber recibido al mismo tiempo los libros y la noche.

Fellini se miró un día al espejo mientras se afeitaba y se preguntó de dónde había salido aquel viejo.

Después descubrió que era él.

Me conmueve esa escena porque contiene algo que todos terminamos aprendiendo: el viejo no aparece de repente. Se va instalando poco a poco en el rostro de quien fuimos, mientras nosotros seguimos creyendo que el espejo exagera.

Quizá envejecemos cuando el recuerdo comienza a pesar más que la esperanza.

O cuando dejamos de contar anécdotas y empezamos a decir:

«Eso me recuerda la vez que...».

Aunque tampoco estoy seguro.

Tal vez envejecemos mucho antes.

Tal vez envejecemos cuando dejamos de tener curiosidad.

Tal vez cuando ya no nos sorprende nada.

O cuando creemos que ya lo sabemos todo.

En ese caso, conozco jóvenes bastante mayores que yo.

Por eso prefiero otra definición.

Envejecer no es deteriorarse.

Es perder algunas cosas y ganar otras.

Es dejar de ser necesario para todos y empezar, quizá, a ser más necesario para uno mismo.

Es descubrir que la vida continúa sin pedirnos autorización.

Que el sol sale sin consultar nuestra vigencia.

Que la lluvia cae sin preguntarnos nuestro cargo.

Que las estaciones pasan con una indiferencia casi ofensiva.

Y que, después de tantos años tratando de ser alguien, puede llegar un momento en que uno agradece profundamente poder ser nadie durante un rato.

Nadie importante.

Nadie imprescindible.

Nadie urgente.

Solo uno.

Con sus arrugas.

Con sus errores.

Con sus libros a medio leer.

Con sus recuerdos que llegan cuando quieren.

Con sus pequeños trucos para engañar al espejo.

Y con la suficiente lucidez para comprender que la juventud no siempre consiste en tener pocos años, sino en conservar alguna razón para levantarse con curiosidad.

La edad, finalmente, nos entrega un pequeño privilegio: ya no tenemos que estar vigentes para estar vivos.

Podemos fundar nuestro propio sindicato de los que ya no compiten.

La divisa podría ser sencilla:

La vida también es posible sin estar vigente.

Y quizá añadiría, en letra más pequeña, para que nadie se entusiasme demasiado:

De anonimato nadie ha muerto.

Aunque, bien pensado, tampoco conviene apostar demasiado fuerte por esa última afirmación.

La muerte, como sabemos, siempre termina leyendo la letra menuda.

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***63 — Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

Capítulo 63

Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

La brevedad de la vida

Durante años creí que la vida era un asunto urgente, una carrera silenciosa donde uno debía llegar a algún lugar que nunca estaba del todo claro. «La vejez no me quitó la prisa; me enseñó que casi nunca era necesaria.» Ahora, en esta edad del silencio —que no es una edad cronológica sino una forma de estar en el mundo—, he entendido algo que llegó tarde, pero llegó con bastante claridad: la vida no es breve por falta de días, sino por la manera en que los usamos, como si fueran monedas que no sabemos si gastar o guardar. El problema es que el tiempo no acepta propinas y rara vez devuelve el cambio.

Séneca lo dijo con la serenidad de un hombre que ya había visto suficientes tragedias romanas como para saber que el Imperio no se construyó en una tarde, aunque Nerón hiciera todo lo posible por desmantelarlo en menos tiempo. «La vida no es corta; nosotros la encogemos.» Y yo, que tardé décadas en comprenderlo, ahora lo veo con una mezcla de lucidez y picardía: uno pierde tiempo como quien pierde unas llaves, sin darse cuenta de que lo que se extravía no vuelve y de que las llaves, encima, suelen aparecer justo después de haber cambiado la cerradura.

Schopenhauer, siempre tan sombrío que a veces parece practicar un humor involuntario —o quizá el humor alemán más sofisticado consista precisamente en eso: hacer reír sin que nadie se atreva a admitirlo—, escribió que la vida es un préstamo recibido de la muerte y que el sueño es el interés diario de ese préstamo. Me gusta la imagen: cada noche pagamos la cuota, y cada mañana la muerte nos renueva el contrato sin preguntarnos nada, con la tranquilidad de un acreedor que sabe —y disfruta saberlo— que jamás leímos la «letra menuda».

Yo entendí esto tarde, cuando ya no tenía demasiada prisa por demostrar nada, y descubrí que dormir bien es una de las primeras formas de dignidad. Hay edades en las que una buena noche de sueño empieza a parecerse peligrosamente a un triunfo moral.

Montaigne habría celebrado esta comprensión tardía. Él decía que filosofar es aprender a morir, pero también —me gusta imaginar— aprender a vivir sin tanta solemnidad. Añadiría, estoy seguro, que reírse de uno mismo es el primer paso para no tomarse demasiado en serio, porque la vida es breve y el universo, con sus galaxias y sus silencios, no necesita nuestra gravedad para funcionar. Ya bastante tiene con la suya.

Cioran, que veía la existencia como un malentendido prolongado, habría sonreído con esa sonrisa suya que parecía un suspiro. No hacemos más que aplazar lo inevitable. Y, sin embargo, había en él una forma extraña de consuelo: el tedio, por ejemplo, era para Cioran una prueba de que seguíamos vivos. Aburrirse con elegancia podía ser una forma de resistencia. Yo añadiría que también es una señal de privilegio: hay personas que tienen tanto tiempo que pueden darse el lujo de preguntarse qué hacer con él, mientras otras apenas consiguen que el día las deje en paz.

Marco Aurelio insistía en que el presente es lo único que poseemos. El pasado ya cerró su oficina; el futuro todavía está en construcción y, probablemente, con retraso, como todas las obras importantes. Solo este instante —este pequeño territorio que respira conmigo mientras escribo— es nuestro. Y aun así lo tratamos como si fuera un visitante inoportuno, cuando en realidad es el único que siempre estuvo sentado en la sala, esperando con esa paciencia que solo tienen quienes saben que, al final, inevitablemente se les presta atención.

Me conmueve imaginarlo de noche, emperador cansado, escribiendo para sí mismo en la penumbra de una tienda de campaña, con la guerra a pocos pasos y ningún lector a la vista. Sospechaba que las turbaciones rara vez nacen de los hechos, sino de la mirada con que los juzgamos. Tenía razón, supongo. Aunque a él le tocaba juzgar a los bárbaros del Danubio; a mí, un semáforo de la rue Saint-Denis que nunca termina de decidirse.

Pascal, que veía abismos en todas partes —y probablemente también habría encontrado alguno en un queso demasiado añejo o en el fondo de una taza vacía—, nos advirtió que la distracción es una de las grandes enfermedades humanas. Y tenía razón: nunca hubo tantas herramientas para «ahorrar tiempo», y quizá nunca se perdió tanto. Hemos conseguido la extraordinaria hazaña de acelerar casi todo, excepto la llegada de la felicidad, que sigue viajando con un retraso administrativo.

Es una ironía global: corremos para llegar a ninguna parte… pero llegamos rápido, con el aliento agitado y el alma vacía, como quien ha hecho las maletas para un viaje que no recuerda haber planeado.

Yo entendí todo esto tarde, cuando ya no necesito demostrar gran cosa. Descubrí que la vida se vuelve más larga cuando se vive despacio, y más profunda cuando se vive con atención. Que nunca me exigió grandeza, apenas un poco de claridad. Que gobernar el tiempo es, en cierto modo, gobernar el alma, aunque el alma, como un gato independiente, rara vez reconozca nuestra autoridad. Uno puede llamarla, convencerla, ofrecerle argumentos; ella seguirá mirando por la ventana.

He aprendido también que el tiempo no es solo una medida: es una sustancia, como el pan o el vino, y, como ellos, se disfruta más cuando se comparte.

Es, además, la única pertenencia que no lleva nombre. Todo lo demás —lo visible, lo tocable, lo que creemos nuestro— acaba por encontrar dueño. El tiempo, en cambio, nos lo entregan como quien sirve agua en un cuenco agrietado: apenas lo recibimos, ya empieza a irse. Y, sin embargo, pagamos sin protestar por objetos que no guardan memoria, mientras casi nadie se detiene a pensar que cada rato que le tomamos a otro es una «deuda secreta», un pequeño despojo sin ruido. El tiempo ajeno no admite devolución: nadie ha conseguido reintegrar una hora, ni siquiera con intereses. Quizá por eso sea el único préstamo que no puede saldarse. Apenas cabe tratarlo con delicadeza —llegar puntual, no alargar la visita— y agradecer, sin demasiada ceremonia, a quienes alguna vez nos regalaron una tarde entera sin mirar el reloj.

Desperdiciar el propio es, en cierto modo, desperdiciarse. Pero si vamos a desperdiciarlo —porque es inevitable, porque la perfección es aburrida y la eficiencia puede convertirse en una forma elegante de infelicidad—, al menos hagámoslo con estilo: eligiendo qué ignorar, qué soltar, qué no atender, qué no responder.

Hay una sabiduría particular en dejar sonar un teléfono que no queremos contestar. No siempre es cobardía; a veces es higiene espiritual.

He aprendido, por ejemplo, que no responder un correo a tiempo puede ser un pequeño acto de soberanía, que dejar un libro a medio leer es una declaración de principios y que mirar por la ventana sin hacer nada durante veinte minutos no es ocio: es una forma modesta de antropología aplicada al paisaje. También he comprendido que algunas obligaciones sobreviven únicamente porque nadie se ha atrevido a preguntar si todavía son necesarias. Y que renunciar a enderezar las sombras que otros eligen arrastrar ahorra más horas que cualquier agenda.

El arte de perder el tiempo consiste, en realidad, en ganar otro tipo de tiempo: ese que no se mide con relojes sino con pausas, con silencios, con la respiración de una habitación que no pide nada.

Hay días en que siento que el tiempo me mira con una paciencia antigua, como si supiera que por fin he comenzado a entender su idioma. Ya no me exige demasiado; tampoco yo le exijo explicaciones. Hemos llegado a esa edad de la amistad en la que uno aprende que no es necesario hablar todos los días para seguir acompañándose.

Camina a mi lado sin apuro, como un amigo que aprendió a no interrumpir el silencio. Y en esa compañía descubro que las horas no pesan, que los minutos no se arrastran, que incluso la espera puede convertirse en una forma de presencia. Claro que hay esperas menos filosóficas que otras: una cosa es esperar la tarde y otra muy distinta esperar una cita médica. Conviene no exagerar las virtudes de la serenidad.

He descubierto que el tiempo no se pierde: se transforma. Lo que antes llamaba desperdicio ahora es pausa; lo que antes llamaba demora ahora es respiración; lo que antes llamaba distracción puede ser, simplemente, una manera discreta de estar vivo. Es como si el tiempo hubiera dejado, por fin, de serme ajeno, y ahora viviéramos juntos en una casa con muchas ventanas, cada una abierta a una luz distinta. Podría decirse que, después de tantos años de persecuciones, malentendidos y ausencias, hemos terminado viviendo en concubinato, él y yo: sin haber firmado nada, sin grandes promesas y con la discreta certeza de que ninguno de los dos puede abandonar al otro.

No siempre nos llevamos bien, desde luego. Él sigue avanzando sin consultarme y yo continúo fingiendo, de vez en cuando, que no lo noto. Pero hemos aprendido a convivir.

La vida, al final, es un cuaderno que se escribe con lo que queda, no con lo que falta. Y en estas páginas tardías, donde ya no corro detrás de casi nada, descubro que perder el tiempo con estilo es una manera de honrarlo: una forma suave de decirle al mundo que todavía estoy aquí, que todavía escucho, que todavía me dejo atravesar por lo que importa.

No me preocupa demasiado que el mundo se acelere allá afuera. Aquí dentro, las manecillas del reloj giran con la cadencia de alguien que ha aprendido a bailar con el tiempo sin pisarle demasiado los pies. Alguna vez se los pisa, por supuesto. La experiencia no vuelve elegante a nadie: apenas nos enseña a disimular mejor los tropiezos.

Porque la vida es breve, sí. Pero el silencio —cuando uno aprende a habitarlo— puede ensancharla. Y también, si me permiten la confidencia, volverla mucho más divertida.

Al final, entre filosofía y filosofía, entre lectura y pausa, he descubierto que la vida se ríe de nosotros todo el tiempo. No con crueldad, creo, sino con esa ironía antigua de quien sabe que hemos llenado de importancia asuntos que dentro de cien años no merecerán ni una nota al pie.

La pregunta es si sabemos reír con ella o si seguimos empeñados en llevar el ritmo de un compás que nadie marcó, dentro de una orquesta donde el director ya se fue, quizá hace rato, a tomar un café y nadie tuvo el valor de avisarnos.

Yo, por si acaso, he decidido quedarme un momento más.

Después de todo, también eso es perder el tiempo con estilo.

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jueves, 20 de agosto de 2026

*** 62 El caballo que me trajo hasta aquí

Capítulo 62

El caballo que nunca obedeció

A veces me pregunto si la vida no será, en el fondo, un caballo desbocado que corre por una llanura sin horizonte. No sabría decir cuándo comenzó la carrera —tal vez aquella tarde en que vi a mi hermano Gilberto montar uno por primera vez, o quizá antes, cuando todavía ignorábamos que los años podían escaparse con tanta facilidad y que un día nos volveríamos a mirar hacia atrás, buscando entre el polvo el rostro de quien fuimos—. El caballo corre sin preguntar adónde queremos ir. Corre porque algo en su naturaleza le impide detenerse. Y nosotros, durante buena parte de la existencia, confundimos su carrera con nuestra voluntad: creímos llevar las riendas, creímos escoger el camino, creímos que bastaba tirar un poco hacia un lado para torcer el destino. Después pasan los años y descubrimos que quizá las riendas siempre estuvieron flojas entre nuestras manos.

Yo también tuve esa ilusión. Durante mucho tiempo pensé que mi vida se parecía a un camino que podía dibujarse sobre un mapa. Había lugares a los que quería llegar, cosas que deseaba conservar, otras que juraba no volver a mirar jamás. Como todos, hice planes con la seriedad de quien firma un contrato que nadie ha redactado. Creí que las decisiones importantes serían mías, que sabría reconocer las encrucijadas cuando aparecieran y que, llegado el momento, escogería con suficiente lucidez el rumbo de mi existencia.

Nadie me advirtió, entonces, que toda decisión exige una renuncia. Que lo que uno deja ir es el precio exacto de aquello que elige. Cada camino tomado cierra, sin ruido, alguna puerta que quizá nunca vuelva a tocar. Y en ese intercambio silencioso —entre lo que se toma y lo que se suelta— se va escribiendo, sin que uno lo note del todo, la vida entera: un inventario de caminos elegidos y de ausencias que se aprende a cargar en voz baja.

Pero la vida tiene una manera extraña de adelantarse a nuestras decisiones: mientras uno está ocupado pensando qué hará mañana, ella ya ha movido de sitio las cosas que creíamos seguras.

Ahora, cuando miro hacia atrás, veo al caballo atravesando una llanura inmensa y sé que hubo momentos en que quise detenerlo y no pude. Quise quedarme cuando la vida ya había decidido que debía partir. Quise volver cuando el camino de regreso ya no conducía al mismo lugar. Quise conservar ciertas cosas que el tiempo había empezado a llevarse con la discreción de un ladrón paciente. Y muchas veces, mientras yo creía elegir, algo más profundo y desconocido iba eligiendo por mí.

El exilio fue uno de esos giros del caballo.

No lo vi venir como se ve venir una tormenta. Un día estaba de un lado de mi vida y, al siguiente, el caballo ya corría hacia otra dirección. Detrás quedaron las voces, las calles, los muertos y los vivos que pertenecían a la misma geografía de mi sangre; quedaron los lugares donde había aprendido a ser quien era, como si alguien hubiera arrancado de golpe una página y el viento se la hubiera llevado.

Uno cree que, al partir, conserva intacta la tierra que deja atrás. Se equivoca. La patria sigue viviendo, pero no espera: cambia de rostro, envejece, pierde sus propias cosas, mientras uno aprende a sobrevivir en otra estación, bajo otro cielo, entre palabras que al principio no sabe pronunciar. El caballo sigue corriendo y, cuando uno vuelve la cabeza, descubre que la distancia ha hecho su trabajo. Ya no pertenece del todo al lugar que abandonó, pero tampoco termina de pertenecer al lugar donde llegó.

«Quizá el exilio sea eso: viajar toda la vida sobre un caballo que corre entre dos orillas y no se detiene en ninguna».

Hay días en que me pregunto qué habría sido de mí si el animal hubiera tomado otro camino. No lo hago con la esperanza de obtener una respuesta. A cierta edad uno descubre que las preguntas que no pueden cambiar nada se parecen a las ventanas de las casas abandonadas: uno puede asomarse por ellas, pero no volver a entrar. ¿Habría sido más feliz? ¿Sería este mismo hombre que ahora recuerda? No lo sé. Y tal vez ésa sea la única respuesta honesta.

Porque cada vida posible tiene su propio cementerio. En algún lugar quedaron enterrados todos los hombres que no llegamos a ser: el que permaneció, el que regresó, el que tomó una decisión distinta una tarde cualquiera, el que tuvo menos miedo. A veces siento que todos ellos corren junto a mí por la llanura, silenciosos, levantando el mismo polvo. Son mis vidas no vividas. No puedo hablar con ellas. Apenas las veo de reojo antes de que desaparezcan detrás de una colina.

Pero la vida no permite volver para probar el otro camino. El caballo no sabe de arrepentimientos. Avanza. Y nosotros tenemos que avanzar con él.

Después llegó la edad, que también es una manera de mirar el camino desde una altura distinta. Uno envejece y empieza a entender cosas que de joven le habrían parecido insoportables: que no todo lo perdido fue un fracaso, que algunas puertas cerradas nos salvaron de habitaciones donde habríamos terminado ahogándonos, que ciertos dolores nos acompañaron durante años no porque fueran más fuertes que nosotros, sino porque nunca supimos dónde dejarlos. Y entiende también que muchas de las cosas que más importaron no estuvieron previstas.

La vida, después de todo, tiene la costumbre de entrar por las puertas que uno no estaba vigilando.

Yo lo supe cuando, en una edad en que creía conocer ya la dirección de mi camino, llegó un hijo inesperado.

Hasta entonces pensaba que ciertas decisiones pertenecían definitivamente al pasado, que algunas estaciones de la vida habían cerrado sus puertas y que ya no quedaban sorpresas de esa magnitud esperándome detrás de ninguna curva. Pero el caballo, que nunca obedeció mis cálculos, volvió a hacer lo que quiso. Y cambió el rumbo.

No de manera estruendosa. Las verdaderas transformaciones casi nunca llegan anunciándose con trompetas —a veces entran en la vida con el peso pequeño de un niño y, sin hacer ruido, desplazan el centro de todo—. De pronto el tiempo deja de pertenecernos por completo. Hay otro corazón latiendo en el mundo y, por alguna razón difícil de explicar, uno comienza a mirar la propia existencia desde ese nuevo latido.

Mi hijo llegó cuando yo no lo esperaba. Y quizá por eso lo cambió todo: no porque borrara lo anterior, ni porque volviera más fáciles las preguntas que ya llevaba conmigo, sino porque introdujo en la carrera una forma distinta de esperanza. Yo, que había pasado tantos años intentando adivinar hacia dónde me llevaba la vida, descubrí que ahora alguien venía detrás de mí —o a mi lado— mirando el mismo horizonte con unos ojos que todavía no sabían cuánto podía durar una llanura.

Tal vez fue entonces cuando supe que no siempre somos nosotros quienes llegamos a la vida de los demás: a veces alguien llega a la nuestra y nos obliga a empezar de nuevo.

Uno cree que ya ha vivido lo esencial y, de pronto, aparece un hijo cuando el calendario parecía haber decidido otra cosa. Entonces el caballo vuelve a correr, pero ya no corre igual. O quizá somos nosotros quienes hemos cambiado. Quizá por primera vez nos damos cuenta de que no viajamos solos.

Hoy, desde la orilla de los años, miro ese camino con una mezcla de asombro y cansancio. No siento tristeza por todo —sería injusto: he conocido demasiadas cosas hermosas para hacer de mi vida una larga queja—. Pero tampoco puedo fingir que no hay melancolía en mirar hacia atrás.

La vejez tiene esa extraña costumbre de reunir en una misma habitación a quienes fuimos. De noche, cuando todo calla, a veces siento que el muchacho que fui todavía vive en alguna parte de la casa. No habla. No me reprocha nada. Me mira con la curiosidad de quien quiere saber qué hicimos con todo aquello que él soñaba.

Y no siempre sé qué responderle. ¿Cómo explicarle que la vida tomó caminos que ninguno de los dos había imaginado? ¿Cómo decirle que aquel caballo al que tanto quiso dominar terminó llevándonos por lugares que nunca aparecieron en sus mapas?

Tal vez él se decepcionaría. Tal vez no. Quizá, si pudiera mirarme con la compasión que los jóvenes rara vez tienen por los viejos, entendería que hice lo que pude: que muchas veces elegí a ciegas, que otras veces no elegí nada y aun así tuve que aceptar las consecuencias, que hubo días en que tuve miedo y días en que fui valiente sin saberlo, que perdí personas que creía eternas y encontré otras cuando ya no esperaba encontrar a nadie.

El caballo siguió corriendo. Y yo con él.

A estas alturas ya no quiero dominarlo. He dejado de discutir con su naturaleza —sería tan inútil como discutir con el río porque no vuelve, o con la noche porque apaga la luz—. La vida nunca prometió obedecer nuestros planes. Nosotros fuimos quienes supusimos que debía hacerlo.

Ahora me basta con mirar la llanura. El horizonte continúa alejándose, como siempre. El polvo se levanta detrás de los años y, en ocasiones, una ráfaga lo aparta lo suficiente para que pueda distinguir algún rostro, una casa, una calle, una voz que creía perdida. Entonces me detengo un instante —no para regresar, ya sé que nadie regresa, sino para agradecer que todo aquello haya existido—.

Porque, a pesar de lo que perdimos, existió. Existió el niño. Existió el joven. Existió la tierra que dejé y los caminos que me trajeron hasta aquí. Y existió ese hijo inesperado que llegó a enseñarme, sin proponérselo, que la vida todavía podía guardar algo para mí cuando yo creía haber recibido ya casi todo lo que podía recibir.

Quizá no fuimos nosotros quienes condujimos el caballo. Quizá tampoco él estaba tan perdido como parecía. Tal vez solo corría obedeciendo una música que nunca alcanzamos a escuchar, y nosotros, orgullosos de nuestra voluntad, confundimos durante años el movimiento de sus patas con el rumbo que creíamos haber elegido.

Ahora ya no sé. Hay muchas cosas que antes me parecían claras y que la edad ha cubierto de niebla. Antes necesitaba respuestas. Hoy me basta con algunas preguntas: saber que estuve aquí, que respiré este aire, que amé como pude, que cometí errores que aún me acompañan y que, pese a todo, hubo momentos en que sentí que la vida era una cosa extraordinaria. Incluso cuando dolía. Incluso cuando nos arrancaba de lo que amábamos. Incluso cuando nos llevaba hacia lugares donde nunca pensamos vivir.

Ahora que ya no soy joven —que los años han ido dejando su caligrafía sobre mi cara y que he recorrido bastante más de la mitad de esta llanura—, me pregunto qué hacer con el polvo de recuerdos que el caballo levanta a su paso y que nunca termina de asentarse. Qué hacer con tantos aniversarios acumulados, con tanta juventud convertida en memoria, con tantos nombres que alguna vez me iluminaron los días y que ahora solo pronuncio por dentro. Yo, que más de una vez me morí sin abandonar la vida —de tedio, de pérdidas, de silencios que se alargaron más de la cuenta—, todavía salgo a la mañana con los brazos un poco abiertos, como quien recibe una noticia que esperaba. Y de noche, cuando el miedo amenaza con ocupar toda la habitación, me acompaño con canciones viejas, en voz baja, para dejarle apenas un rincón.

Hay una paradoja que la edad termina por mostrar, o que al menos me mostró a mí: los años pasan, pero algo adentro nunca aprendió a contarlos. A veces tengo la impresión de no haber nacido del todo, de que todavía me cabe un mundo entero en el costado izquierdo. Y hay preguntas que corren a la par del caballo sin pedirme respuesta. Ya no las espanto. Quizá sea ésa una forma discreta de fortuna: haber llegado lejos sin haber dejado de estar en camino.

Mientras quede algo que me asombre, una página por escribir, algún rincón de mí mismo que todavía no entiendo, me inclino a creer que la edad seguirá siendo apenas una cifra en los papeles. Y si algún día envejezco de verdad, no será —eso quiero pensar— por la suma de los años. Será la mañana en que deje de hacerle preguntas al horizonte.

El caballo sigue corriendo. Lo escucho todavía, aunque ya no trato de sujetar las riendas con la desesperación de antes. He aprendido a acompañarlo: a inclinarme sobre su lomo cuando sopla el viento, a guardar silencio cuando la llanura se vuelve oscura, a no preguntar demasiado por qué hemos tomado un camino y no otro.

«Quizá ésa sea la última forma de la paz: no la de haber descifrado la vida, porque nadie la descifra del todo, sino la de dejar de exigirle explicaciones».

Un día el caballo se detendrá. Entonces el polvo caerá lentamente sobre la llanura y todo aquello que parecía correr hacia alguna parte quedará, por fin, inmóvil. Quizá entonces descubra que el horizonte nunca fue una promesa, que la meta no estaba al final del camino, que no se trataba de llegar a ser el hombre que habíamos imaginado, sino de aprender a reconocer al hombre en que nos convirtió el viaje.

Y quizá, cuando todo haya terminado, pueda mirar al caballo sin rencor. Porque no obedeció. Es verdad, nunca obedeció. Pero, después de tantos años, tal vez deba reconocer que, de algún modo misterioso, me llevó exactamente hasta donde estoy.

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lunes, 17 de agosto de 2026

61- La inutilidad luminosa

Capítulo 61

La inutilidad luminosa

Creo que hace mucho tiempo que hemos muerto, aunque nadie lo haya notado. Morimos en el instante exacto en que dejamos de ser útiles, cuando el mundo ya no espera nada de nosotros y la prisa ajena sigue su curso sin mirarnos. Desde entonces vivimos en esta franja extraña —una vida póstuma que no duele pero tampoco consuela—: horas que se dejan caer como hojas secas, días que no reclaman nada.

Y sin embargo, en esta muerte tranquila aparece algo que nunca habíamos tenido: el derecho a descansar. No por cansancio, sino por finitud.

Es la primera vez que me encuentro frente a mí mismo sin órdenes que obedecer, sin tareas que me justifiquen. Antes bastaba con cumplir para sentirme vivo. Ahora nadie puede darme ya órdenes, y nada puede justificarme. A veces creo que es aquí, en esta franja donde ya no sirvo para nada, donde la vida empieza de veras. Otras veces no estoy tan seguro —lo anoto y lo dejo así, sin cerrar.

Me pregunto ahora si el miedo que tuve siempre a la inutilidad no era en realidad miedo a la libertad. Porque ser útil es ser predecible; es ocupar un hueco en el engranaje y dejar que el engranaje decida el ritmo de los latidos. La utilidad es una jaula dorada con forma de horario. Y yo fui un buen prisionero. Durante décadas, mi valor se midió en tachuelas, en informes entregados a tiempo, en silencios cómplices y en sonrisas forzadas ante los superiores. Mi identidad era un conjunto de funciones: padre, esposo, empleado, ciudadano. Ahora que ya no ejerzo ninguna de esas funciones con plenitud, ¿quién soy? La pregunta no me angustia tanto como antes. Tal vez porque ya no necesita respuesta.

El silencio que me rodea no es el vacío, como temía. Es una cámara de resonancia. Cada pensamiento que antes ahogaba con el ruido de la agenda ahora rebota contra las paredes de las horas y vuelve a mí amplificado. Escucho por primera vez el rumor de mi propia sangre. Y en ese rumor hay cosas que no me gustan: rencores que creía olvidados, ternuras que nunca expresé, preguntas que dejé pudrirse en el sótano de la conciencia. No las aparto. Las dejo estar, como se deja estar a un huésped incómodo al que ya no se le pide que se vaya.

Esta edad no es sabia por acumulación, sino por despojo —como los árboles del parque, que en invierno pierden las hojas para mostrar la verdad de sus ramas—: nudos, cicatrices, direcciones erráticas, una geometría que solo el frío hace visible. Yo estoy desnudo ahora. Y la desnudez, descubro, no es vergüenza; es el único territorio donde cabe la verdad.

Ayer, al despertar, con la luz gris del amanecer colándose entre las cortinas, la nieve detenida detrás del cristal y el crujido de la calefacción, tuve un instante de pánico. No sabía qué día era. Y entonces, en ese vértigo, descubrí que todos los días son el mismo día cuando ya no hay metas que los distingan. Pero en lugar de desesperarme, sentí una extraña paz: el tiempo ya no me empuja, me sostiene. Es como estar en el ojo de un huracán al que llamábamos «vida». Fuera, las obligaciones siguen girando, los jóvenes corren, los plazos vencen, las facturas se pagan, los sueños se construyen o se derrumban. Pero yo estoy aquí, en el centro quieto, viendo pasar el vendaval sin que me toque.

Quizá por eso veo ahora, con más claridad que antes, la extraña promesa sobre la que vivimos apoyados: la del mañana. Cada día nuevo nos ofrece la ilusión de un comienzo, aunque también nos acerque, sin hacer ruido, al último. Y sin embargo seguimos caminando. Hacemos planes, compramos flores, escribimos páginas que quizás nadie lea, como si la muerte fuera una noticia reservada para otros. Yo también lo hago todavía —de vez en cuando me sorprendo comprando un frasco grande de algo, con una confianza que no sé de dónde saco.

He empezado a hablar con los muertos. No con fantasmas, sino con las versiones de mí mismo que fui y que ya no son.

—¿Estás orgulloso de este anciano? —le pregunto al niño que fui.

Tarda en contestar, con esa lentitud de quien no quiere mentir.

—No sé —dice al fin—. Pareces cansado.

Al joven impaciente le pido perdón por no haber llegado a los lugares que él imaginaba.

—No importa —responde, aunque los dos sabemos que sí importa un poco—. Llegaste a otros.

Al padre que fui le confieso que no siempre supe amar sin condiciones. Él no dice nada. Se queda ahí, con las manos vacías, como se quedan los padres cuando ya no hay nada que corregir.

Y en estas conversaciones silenciosas —estos diálogos que solo yo escucho— descubro que el perdón que más necesito no es el de los demás, sino el mío propio. No sé si lo alcanzo del todo —pero la conversación misma, eso ya es algo.

La juventud cree que la vida es una línea ascendente. La vejez sabe que es un círculo, o mejor, una espiral que vuelve siempre a los mismos temas pero desde una altura distinta. El amor, la pérdida, el miedo, la belleza y la frescura de la juventud, la muerte: todo eso ya lo he vivido, pero ahora lo vivo de nuevo, no con la angustia de la primera vez, sino con la lucidez de quien sabe que todo termina y que precisamente por eso cada instante es un milagro minúsculo.

Con los años he llegado a pensar que el mundo, despojado de sus adornos y de los cuentos que nos contamos para soportarlo, tiene una indiferencia desnuda. No parece responder a nuestras preguntas ni conmoverse con nuestras lágrimas. Los astros siguen mudos sobre nuestras desgracias, y el cielo continúa su recorrido aun cuando una vida entera se derrumba bajo una ventana cualquiera. Buscamos explicaciones en la razón, en la ciencia, en las creencias, en libros envejecidos por otras manos que también le temieron a la oscuridad. Pero cuanto más avanzamos, más me parece que toda certeza termina volviéndose metáfora: nombramos el misterio sin llegar nunca a poseerlo.

Quizá ahí esté la herida secreta de nuestra condición: en ese deseo obstinado de entenderlo todo y en la negativa del universo a darnos una respuesta definitiva. Somos criaturas sedientas de unidad en un mundo hecho de fragmentos. Queremos un sentido único para nuestras pérdidas, para nuestros encuentros, para los años gastados en estaciones y despedidas; pero el mundo se nos presenta múltiple, disperso, irreductible —como un rompecabezas al que alguien, hace mucho, le perdió la tapa con el dibujo.

Y, sin embargo, hace unas noches miré el cielo estrellado desde el apartamento de la calle De Rigaud, a través del cristal, y supe, con una certeza que no necesita pruebas, que yo soy también esa luz que tarda millones de años en llegar. Quizá mi vida, como la de las estrellas, ya se ha extinguido en el plano de la acción, pero su fulgor sigue viajando, sigue tocando otras orillas —útil sin serlo, bello sin propósito—. No lo digo para consolarme. Lo digo porque me parece cierto, y porque la certeza que no pide pruebas es la única que a esta altura todavía me convence.

Emil Cioran hubiera dicho —o algo así lo hubiera dicho— que «solo empezamos a existir de verdad el día en que dejamos de justificarnos, que todo lo anterior fue disculpa disfrazada de vida». Yo no sé si necesitaba ir tan lejos, pero entiendo el gesto: hay una violencia serena en dejar, por fin, de pedir permiso para existir.

Esto que vivo no es el final. Es la posdata. Es la carta que escribimos cuando el sobre ya está cerrado —y en ella decimos lo que de verdad importa—, porque ya no hay destinatario que juzgue, solo el alivio de haberlo dicho.

Tal vez haya una extraña belleza en esa derrota. Cuando uno acepta que el misterio no será resuelto, deja de perseguir horizontes imposibles y empieza a oír el leve crujido de la vida presente: la lluvia resbalando por los vidrios en una tarde de Montreal, una fotografía amarillenta donde todavía respira alguien que ya no está.

Y así, sentado en este banco de la tarde, viendo cómo la luz se retira sin pedir permiso, me abrazo a mi inutilidad como quien acepta, por fin, una verdad modesta: quizá no estamos aquí para entender el universo, sino para habitarlo; quizá vivir no sea servir, sino permanecer despierto ante la propia existencia. Amar un poco, recordar otro poco, dejar algunas palabras encendidas contra la noche. Y seguir así, sin saber muy bien por qué, mientras dure este breve puente de luz, hasta que el último suspiro nos devuelva al silencio originario, ese que no es ausencia de ruido, sino presencia plena de lo que siempre fuimos y nunca supimos escuchar.

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sábado, 15 de agosto de 2026

*** 60 El desgaste de los días

Capítulo 60

El desgaste de los días

«La edad, esa enfermedad hereditaria que se contrae al nacer y de la cual uno intenta curarse lo más tarde posible.»

Hay una muerte que no aparece en ningún certificado, que no exige sacerdote ni deja una silla vacía en la mesa, y que sin embargo ocurre —lenta, obstinada— en el interior de casi todos los que conozco. Empieza en una esquina inadvertida del alma, una zona que nunca logramos identificar del todo, y avanza sin prisa, como quien cumple un deber silencioso que nadie le pidió asumir. No hace ruido. Por eso tarda tanto en revelarse, y por eso casi nadie la admite, ni siquiera ante sí mismo. Es una muerte discreta, íntima, que se instala sin anunciarse y que, cuando por fin la reconocemos, ya ha cambiado para siempre la manera en que tocamos el mundo.

La reconozco en gestos pequeños, dispersos, que a primera vista no dicen nada. El hombre que deja de fotografiarse porque ya no reconoce del todo al que aparece en la imagen. Quien deja de discutir, no porque haya aprendido a callar, sino porque supo, en algún momento que no alcanzó a fechar, que ciertas batallas estaban perdidas antes de empezar. La mujer que guarda la ropa nueva en el armario, sin estrenarla, para una ocasión que ya no espera: se empieza a envejecer el día en que uno guarda algo para una ocasión que ya no piensa tener. Ninguno de ellos lo llamaría resignación. Yo tampoco. Es apenas un desgaste, y los desgastes no piden permiso.

No es exactamente tristeza. Tampoco es derrota, aunque se le parezca de lejos. Es la vida misma, que a veces se empeña en apagarnos por dentro mientras seguimos cumpliendo, con una obediencia casi conmovedora, el acto de estar vivos: se toma el metro, se contesta el teléfono, se sonríe cuando hace falta sonreír.

Durante años creí que la alegría era un lujo, algo que venía después de lo importante. Ahora sé que era una necesidad, y que cuando falta —por una desgracia o, más a menudo, por el lento desgaste del aburrimiento— uno enferma sin enterarse. Se piensa peor. Se es menos valiente, y también menos generoso. Nada de eso se nota desde fuera: el metro llega igual, el teléfono se contesta igual.

Pero existe una forma más honda de ese apagamiento, una que no aparece en ningún manual de la melancolía porque no tiene síntomas que se puedan nombrar. Ocurre cuando alguien deja de esperar el futuro diminuto de las cosas pequeñas: el segundo exacto en que la luz de la tarde entra por una ventana que da a las escaleras de caracol del vecino, la palabra que se guarda en vez de decirse, el gesto de una mano que ya no busca la otra mano en la oscuridad. Esa muerte no duele ni reclama. Simplemente instala, en el pecho, una habitación vacía donde antes vivía la expectativa. Y uno la habita durante años sin saber que la habita.

Empieza uno a notar, entonces —tarde, casi siempre tarde— que ha dejado de comprar flores para la mesa, que los libros se acumulan sin abrirse, que la música suena pero ya no se escucha del todo, que hasta los besos se dan por costumbre, como quien firma un documento cuyo contenido dejó de importarle hace tiempo. La vida se vuelve una coreografía aprendida de memoria: los pies se mueven, el cuerpo cumple, pero algo adentro se ha quedado quieto, como un reloj al que se le olvidó dar cuerda y que, sin embargo, sigue de pie sobre la repisa, fingiendo que el tiempo continúa pasando por él.

Conocí, hace años, a una antigua compañera de trabajo a la que visité una sola vez, ya jubilada, en un departamento pequeño donde el silencio parecía tener su propio peso específico. No hablamos de mucho. En un momento, sin que yo le preguntara nada, me dijo: «Ya no espero nada, y eso, curiosamente, me da paz». Entonces no entendí. Hoy, con la piel menos firme y la memoria más porosa, empiezo a pensar que aquella paz no era felicidad ni tampoco resignación pura: era una tregua que el alma firma con el cansancio, la mano que finalmente deja de intentar atrapar mariposas que de todos modos nunca se dejaban atrapar.

Yo también terminé aprendiendo ese oficio. Durante mucho tiempo mis pensamientos me llevaron por territorios que prefería no nombrar —no eran grandes tristezas, de esas que tienen una causa precisa y un remedio imaginable, sino una fatiga sin nombre que se instalaba en los días y no hablaba de irse—. Con los años, uno les hace un lugar a ciertas ausencias, procura no tropezar con ellas y termina confundiéndolas con la vida misma. Llegué a considerar el desaliento una compañía tolerable. No era felicidad, desde luego, pero tampoco una desgracia que mereciera ser contada.

Pienso en los que caminan por la vida con el disfraz de la normalidad mientras adentro las luces se apagan una a una, como en un edificio que se va desocupando piso por piso sin que nadie lo anuncie. ¿Cuándo dejé de emocionarme con la lluvia contra el vidrio? ¿En qué momento el ruido del mundo se volvió solamente eso, ruido, y no la música torpe que alguna vez creí saber escuchar? No sé responder. Quizá las respuestas ya no importan cuando la pregunta misma ha perdido el filo con que antes cortaba.

Y sin embargo, y aquí está lo que más me desconcierta, a veces, en lo más hondo de la noche, cuando el edificio entero se aquieta y hasta la tienda de la esquina ha apagado su letrero, algo atraviesa esa oscuridad sin avisar. Una canción vieja que no elegí escuchar. Un perfume olvidado que aún habita los pliegues de la memoria. Una fotografía que cae de un libro y muestra un rostro que ya no está. Y el corazón, por un instante, se sobresalta, despierta de su letargo, recuerda, como quien recuerda un idioma que creía olvidado, que alguna vez supo latir con otra intensidad. Sé que es un espejismo. Sé que dura poco. Pero en ese breve tramo de tiempo la muerte interior se detiene, confundida, sin saber bien qué hacer con nosotros.

A veces pienso que no hace falta vencer eso que nos apaga por dentro. Hay cosas que se resisten a toda explicación y a toda resistencia. Cuanto más las combatimos, más arraigan; cuanto más las interrogamos, más se repliegan en su silencio. Tal vez la única sabiduría posible consista en dejarlas estar, sin nombrarlas demasiado, sin exigirles respuestas que nunca darán. Con el tiempo, uno aprende que no todo en la vida fue hecho para resolverse: algunas presencias permanecen, discretas e inevitables, como la sombra que acompaña al caminante hasta el final del día.

Llevamos, creo, un cementerio pequeño de versiones anteriores de nosotros mismos. No se trata de resucitarlas todas —sería un trabajo inútil, casi cruel—, sino de aceptar que algunas luces se apagan para que otras, más humildes, puedan finalmente encenderse. La vida no sube en línea recta. Es más bien una sucesión de pequeñas muertes y pequeñas resurrecciones que casi nunca notamos, del mismo modo en que solo se escucha el propio pulso cuando el silencio, por fin, se vuelve absoluto.

No sé si hay sabiduría en aceptar el propio desgaste. Me inclino a creer que no, o que la palabra sabiduría le queda demasiado grande a algo tan modesto. Quizá el tiempo no nos derrota del todo; apenas nos va dejando a la vista, y cada día gastado sea también, a su manera, un poco de claridad ganada. Solo sé que ahí, en los días que transcurren sin estridencia, en las manos que ya no buscan sino que simplemente sostienen lo que tienen cerca, hay una forma de belleza que no sabría explicar del todo. Y que tal vez no haga falta explicarla.

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La dignidad de vivir sin respuestas

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