sábado, 29 de agosto de 2026

65 "Una queja razonable contra el universo"

 Capítulo 65

"Una queja razonable contra el universo"

A veces sospecho que el universo fue diseñado por un funcionario distraído. No digo que esté mal hecho; funciona, más o menos, desde hace siglos. Pero sí creo que alguien, en algún escritorio cósmico, invirtió las instrucciones. Como cuando uno arma un mueble y al final descubre que la puerta quedó arriba y el cajón abajo. Algo así nos pasó con la vida.

Yo, por ejemplo, habría empezado por el final.

Morirse primero: rápido, limpio, sin tanto trámite emocional. Uno se quita ese pendiente de encima y continúa con cierta tranquilidad. Sería como pagar la factura antes de usar el servicio.

Después de la muerte, uno despertaría en una residencia de ancianos. Pero no para deteriorarse, no señor: para mejorar. Cada mañana el cuerpo recuperaría funciones como quien recupera electrodomésticos en garantía. Las rodillas dejarían de protestar, la espalda volvería a colaborar y los médicos, en vez de pedir exámenes, lo felicitarían por existir.

Hasta que un día lo echarían por exceso de salud:

—Lo sentimos, señor. Aquí solo recibimos gente en declive.

Y uno saldría a la calle, expulsado por vitalidad, con la alegría de quien ha sido ascendido sin haber hecho nada. Afuera, hasta el gallo del vecindario comentaría la noticia con el aire solemne de quien anuncia una guerra, aunque a nadie más pareciera importarle gran cosa.

Lo primero sería cobrar la pensión.

Nunca ha trabajado, pero eso no importa. El Estado —en esta versión más humana del universo— le entregaría un dinero mensual solo por haber empezado a vivir. Una especie de bienvenida financiera. Sería el único momento en la historia donde la burocracia se comporta como un tío generoso: de esos que uno anuncia desde diciembre y que, contra todo pronóstico familiar, sí llega.

Luego vendría el trabajo.

El primer día, en vez de reglamentos y contraseñas imposibles, le entregarían un reloj de oro. No para medir el tiempo, sino para recordarle que ahora sí vale la pena gastarlo. Dicen que ese reloj, cuando alguien lo dejaba dormir demasiado en un cajón, empezaba a suspirar de impaciencia —cosas de relojes con vocación de vida propia—. Trabajaría cuarenta años rejuveneciendo: cada año más fuerte, más ágil, más terco. La experiencia crecería, pero el cuerpo no se enteraría. Eso sí sería progreso: un país donde la espalda mejora con los años y jubilarse es un premio, no una sospecha.

Al llegar al retiro laboral estaría en plena forma. Tendría tiempo, salud y energía. Por fin podría hacer todas esas cosas que uno promete hacer «cuando tenga tiempo», esa mentira elegante que usamos para aplazar la vida.

Entonces vendrían las fiestas.

Las buenas.

No esas reuniones donde uno finge interés por la remodelación de la cocina ajena. No. Hablo de fiestas con música, amigos, noches largas y amores irresponsables. La vida, por fin, en su orden correcto: primero la lucidez, luego la rumba.

Cuando ya estuviera cansado de tanta celebración, empezaría a estudiar.

Pero estudiar al revés.

Primero aprendería lo esencial: jugar, perder el tiempo sin culpa, hacer amigos sin preguntarles a qué se dedican. Después vendrían los libros, las preguntas, las tardes largas, el colegio. Cada año menos obligaciones y más recreo. Así debería ser la educación: una devolución gradual de responsabilidades.

Hasta llegar a la infancia.

La edad perfecta: no demostrar nada, ensuciarse la ropa, comerse un puñado de tierra del patio sin que nadie se escandalizara demasiado, llorar sin justificarlo.

Y luego, finalmente, sería un bebé.

Los nueve meses más cómodos de la existencia: flotando en un hotel acuático de lujo, con servicio de habitaciones permanente y sin facturas, noticias ni llamadas que uno preferiría no contestar. La comida llegaría sola. Esa parte del diseño original sí quedó bien hecha.

Y al final, uno abandonaría este mundo en un gran estremecimiento de placer.

Un cierre digno, elegante, casi poético.

Suena hermoso.

Pero la vida no funciona así.

Y quizá sea mejor.

Porque si empezáramos sabiendo todo lo que sabemos al final, no tendríamos el valor de comenzar. La juventud necesita ignorancia para ser valiente. Yo tomé decisiones con una seguridad que hoy me enternece. Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, no habría hecho la mitad de las cosas. Y quizá tampoco habría vivido la mitad de la vida.

La experiencia llega tarde.

Ese es su defecto más conocido.

Si hay que resumirlo en una sola frase, es esta: «la experiencia es el paraguas que nos prestan cuando ya escampó».

Cuando aprendemos a no tropezar, el camino se llena de escalones.

Cuando comprendemos que no era necesario correr tanto, ya nos cuesta hacerlo.

Cuando aprendemos a disfrutar del tiempo, el tiempo empieza a escasear.

No es perfecto.

Pero tiene su gracia.

Tal vez la vida no está desordenada.

Tal vez somos nosotros quienes pasamos demasiados años tratando de reorganizarla, como quien intenta ponerle orden a un cajón que nació para estar revuelto.

A cierta edad, uno se cansa de esa tarea.

Ya no quiero corregir el universo.

Bastante tengo con recordar dónde dejé las gafas, que la mitad de las veces resultan estar puestas.

Así que sigo viviendo en el orden que me tocó: aprendiendo tarde, comprendiendo a destiempo y descubriendo, con humor y resignación, que muchas de las cosas que consideré urgentes podían haber esperado.

He terminado aceptando el programa.

No del todo, claro.

Todavía tengo mis objeciones: la manera de repartir las fuerzas, por ejemplo —toda la pólvora al principio y las cenizas al final—, me parece un chiste cruel.

Pero supongo que nadie nos pidió opinión.

Aquí estoy:

un poco más viejo,

un poco menos seguro,

y, curiosamente, bastante más tranquilo.

La vida avanza en la dirección que decidió antes de que yo llegara. Yo protesto de vez en cuando, como corresponde a un hombre que ya ha vivido lo suficiente para tener quejas razonables y otras completamente inútiles.

Pero ya no intento cambiar el orden.

He comprendido —tarde, como siempre— que quizá la vida no consiste en poner las cosas en su sitio.

Quizá consiste en aprender a vivir con ellas un poco desordenadas.

Y, mientras se pueda, flotar.

Aunque sea fuera del agua.

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