La memoria que llama a la puerta
No sé exactamente cuándo empezó. Quizás fue una mañana de noviembre de 1988, cuando Montreal todavía era para mí una ciudad sin rostro y desde la ventana veía caer unas pequeñas plumitas blancas que se deshacían apenas tocaban el suelo. No sabía todavía que aquello era nieve —o quizá sí lo sabía—, pero me resistía a creer que el invierno pudiera llegar de una manera tan delicada. La nieve verdadera la conocí después.
Aquella mañana salí a caminar. No tenía mucho que hacer, salvo reconocer las calles y tratar de convencerme de que aquella ciudad podía llegar a ser mi casa. Había dejado atrás Medellín, una parte de mi historia y muchas cosas que no cabían en una maleta. Llegué en julio con una visa de catorce días, suficiente para entrar al país, pero demasiado breve para explicar todo lo que ya había ocurrido dentro de mí. Hoy pienso que aquella visa no fue más que un papelito burocrático para un viaje que había comenzado mucho antes de que el avión despegara.
La memoria vuelve a esa mañana sin levantar la voz. Se presenta en mi apartamento del Plateau-Mont-Royal cuando menos la espero, se sienta frente a mí y comienza a sacar de sus bolsillos escenas que yo creía perdidas. Algunas vienen intactas; otras llegan con los bordes gastados, como fotografías que han pasado demasiados años en una caja.
A veces me muestra al hombre que fui en aquel invierno todavía desconocido. Lo veo caminar con una mezcla de miedo y determinación, fingiendo saber adónde iba mientras la ciudad —indiferente y enorme— seguía con su vida. Nadie me esperaba en aquellas calles. Nadie conocía mi nombre. Y, sin embargo, había algo extraño en aquella soledad: por primera vez podía empezar de nuevo sin que nadie supiera quién había sido.
La memoria también me lleva a México, diez años después, cuando me fui para casarme: otro de esos momentos en que la vida parece pedirle a uno que salte antes de explicar dónde está el suelo. No hubo heroísmo. No recuerdo música de fondo ni una frase memorable que pudiera utilizar ahora para embellecer aquella decisión. Hubo miedo, necesidad y esa clase de coraje que uno descubre solamente después, cuando mira hacia atrás y comprende que siguió caminando porque detenerse tampoco era una opción.
Durante mucho tiempo llamé a aquello supervivencia. Quizás lo era. Pero sobrevivir no consiste únicamente en mantenerse de pie. También es conservar alguna parte de uno mismo cuando las circunstancias parecen empeñadas en cambiarle el nombre a todo.
La memoria no siempre es amable. Hay días en que abre puertas que yo preferiría mantener cerradas. Me recuerda las llamadas que no hice, las palabras que dejé para después, los afectos que fui soltando sin comprender del todo que algunas cosas, una vez perdidas, no regresan. Me recuerda que el exilio puede convertirse en una explicación demasiado cómoda y que no todas las heridas nacieron de la distancia. Algunas las llevé conmigo.
También nosotros tuvimos nuestras torpezas, nuestros silencios, nuestros egoísmos pequeños, nuestras ausencias. La memoria no viene a juzgarnos por ello. Viene, más bien, a impedir que nos mintamos.
Pero después cambia de tono.
Entonces me habla de mi hijo.
Me recuerda que nació un mes antes de que yo cumpliera cincuenta años, como si la vida, que hasta entonces había parecido empeñada en cerrarme puertas, hubiera decidido dejar una ventana abierta. Recuerdo la mezcla de alegría y miedo que acompañó su llegada. A esa edad uno ya ha aprendido que la vida no concede garantías, y quizá por eso su nacimiento tuvo algo de milagro doméstico: un niño pequeño entrando en la historia de un hombre que creía conocer demasiado bien la suya.
Mi hijo no llegó a corregir mi pasado, ni tenía por qué hacerlo. Llegó, simplemente, y el futuro volvió a sorprenderme.
A veces pienso que la memoria es una anciana que vive en algún rincón de mi apartamento. No la he visto nunca, pero sé que está allí. Camina despacio por las habitaciones, toca mis libros, mira las fotografías y, cuando encuentra alguna que he olvidado, la vuelve a colocar sobre la mesa. De vez en cuando abre una ventana y deja entrar el frío. Yo le pregunto qué busca y ella no responde. Solo sonríe.
Ya no intento expulsar los recuerdos incómodos. La memoria no viene únicamente a devolvernos lo que perdimos. También viene a mostrarnos lo que fuimos capaces de soportar.
Y hay días en que no trae frío.
Una vez más el verano ha regresado.
Me sorprende decirlo así, porque durante muchos años fui un hombre que esperaba el verano como quien espera una tregua. Ahora lo miro de otra manera. Entra sin pedir permiso, se queda sobre los libros, enciende las paredes con una luz tranquila. No promete nada, simplemente regresa. No sé cómo lo hace.
Me quedo observando la luz y siento que la memoria se sienta a mi lado.
«Mira bien —parece decirme—. Esto también eres tú».
Entonces comprendo que este verano y aquella primera nieve no son recuerdos separados. Entre ambos hay casi cuarenta años. Llegué en julio y, sin embargo, es la nieve lo que recuerdo como llegada; el verano es mi permanencia. Entre una y otro caben el miedo, el exilio, el trabajo, las pérdidas, los afectos, las equivocaciones, mi hijo, los libros y todos esos pequeños acontecimientos que en su momento parecieron insignificantes y que ahora, vistos desde la distancia, forman una especie de dibujo secreto.
Y mientras la luz continúa entrando, pienso que todavía puedo fiarme de la vida.
No como lo hacía aquel hombre joven que creía controlar el rumbo, sino de otra manera. A mi edad uno ya sabe que no controla casi nada. Sabe que el cuerpo cambia, que algunas personas se van, que ciertos caminos se cierran sin consultar, que el tiempo no devuelve lo que toma. Pero también sabe que la vida —contra toda lógica— puede abrir una puerta cuando uno ya había dejado de buscarla. Así fue Montreal. Así fue México. Así fue mi hijo. Así fue, también, el regreso.
A veces he pensado que llegar a los setenta y cuatro significa acercarse lentamente al final. Hoy empiezo a sospechar otra cosa: que una cosa es saber que la vida termina y otra muy distinta vivir como si ya hubiera terminado.
Yo todavía estoy aquí.
La frase parece sencilla, pero pesa más que cuando era joven. «Todavía estoy aquí». Con mis libros, mis recuerdos, mis ausencias, mis pequeñas alegrías. Con las calles conocidas de memoria y con algunas preguntas que todavía no han encontrado respuesta.
Ya no quiero pedirle a la vida que me devuelva lo que fue. Quiero pedirle, simplemente, que me permita estar presente en lo que queda.
Un día, no sé cuándo, entraré en mi apartamento después de caminar por el barrio y tendré la sensación de que alguien me estaba esperando. Dejaré las llaves sobre la mesa, me quitaré el abrigo y quizá me quede unos segundos frente al espejo.
Entonces lo veré.
No al anciano que a veces creo encontrar en el reflejo, sino al hombre que llegó de Medellín en 1988 con una maleta pequeña y demasiadas preguntas. Estará allí, detrás de mis ojos cansados, esperando que por fin lo reconozca.
Me acercaré un poco.
—Has tardado —le diré.
Y quizá él sonría.
No será una conversación extraordinaria. A estas alturas, las conversaciones importantes suelen ser sencillas. Le preguntaré cómo hizo para llegar hasta aquí. Él probablemente me devolverá la pregunta. Yo le contaré que hubo inviernos difíciles, que hubo personas que se fueron, que hubo noches en que la nostalgia parecía una enfermedad sin diagnóstico. Le hablaré de los años en que aprendí a vivir lejos de la tierra donde nací y de esa extraña patria interior que uno construye cuando ya no sabe exactamente dónde termina un país y comienza un recuerdo.
También le contaré que no todo salió mal.
Que hubo días luminosos.
Que hubo personas.
Que hubo un hijo.
Que hubo libros.
Y que, después de tantos años, descubrí que escribir podía ser otra forma de regresar.
Entonces quizá acerque otra silla y me siente con él. No como quien recibe a un extraño, sino como quien por fin invita a entrar a un viejo compañero de viaje.
Durante muchos años quise ser otro. Más fuerte. Más seguro. Menos vulnerable. Como si la existencia fuera una prueba que uno pudiera aprobar si aprendía a esconder bien sus heridas. Hoy ya no tengo interés en esa clase de perfección. Me parece un esfuerzo innecesario.
Prefiero reconocerme.
Reconocer al hombre que tuvo miedo y aun así cruzó fronteras. Al que se equivocó. Al que amó como pudo. Al que estuvo ausente cuando quizá debía estar presente. Al que perdió cosas que todavía duelen. Al que también recibió regalos que no esperaba. Al que alguna vez creyó que comenzar de nuevo era una cuestión de edad y terminó descubriendo que uno puede volver a empezar incluso cuando la vida parece haber gastado la mayor parte de sus cartas.
La memoria vuelve a sentarse frente a mí.
Esta vez no trae fotografías.
No trae reproches.
Solo me mira.
Y entiendo que durante todos estos años yo había esperado que me devolviera el pasado, cuando en realidad venía a devolverme a mí mismo.
El pasado no regresa. Los muertos no regresan. Los años tampoco. Lo que puede regresar es la mirada con que los contemplamos: dejar de pedirle a lo vivido que sea diferente y empezar, lentamente, a agradecer que haya sido nuestro.
Miro alrededor. Las fotografías, la tarde en la ventana. Afuera, Montreal continúa con su acostumbrada indiferencia. Alguien camina deprisa. Una ráfaga levanta unas hojas y las lleva unos metros por la calle antes de dejarlas caer.
La ciudad no sabe que estoy celebrando algo.
Tampoco necesita saberlo.
He habitado tres ciudades, dos lenguas, varias maneras de nombrar la ausencia. He aprendido que el exilio no termina cuando uno se acostumbra a la nueva dirección. Quizás nunca termina del todo. Se transforma. Con los años deja de ser una herida abierta y se convierte en una habitación interior donde uno guarda ciertas voces, ciertos rostros y una parte de la tierra que dejó atrás.
Por eso ya no pienso en regresar como antes. Regresar no siempre significa volver a un lugar.
Y la memoria sigue llamando a mi puerta.
No viene a pedirme cuentas.
Entonces abro.
La dejo pasar.
Afuera el verano continúa su trabajo silencioso. Dentro de mí, algo que creía terminado vuelve a moverse con una lentitud casi imperceptible.
No sé cuánto tiempo queda. Por primera vez esa pregunta no me asusta. Todavía estoy a tiempo de mirar, de recordar, de escribir. A tiempo, incluso, de comenzar de nuevo.
Y mientras la luz permanece sobre los libros, la memoria se acerca a la puerta, la abre un poco más y me deja entrar.