sábado, 29 de agosto de 2026

63 — Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

 Capítulo 63

Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

La brevedad de la vida

Durante años creí que la vida era un asunto urgente, una carrera silenciosa donde uno debía llegar a algún lugar que nunca estaba del todo claro. Ahora, en esta edad del silencio —que no es una edad cronológica sino una forma de estar en el mundo—, he entendido algo que llegó tarde, pero llegó con bastante claridad: la vida no es breve por falta de días, sino por la manera en que los usamos, como si fueran monedas que no sabemos si gastar o guardar. El problema es que el tiempo no acepta propinas y rara vez devuelve el cambio.

Séneca lo dijo con la serenidad de un hombre que ya había visto suficientes tragedias romanas como para saber que el Imperio no se construyó en una tarde, aunque Nerón hiciera todo lo posible por desmantelarlo en menos tiempo. «La vida no es corta; nosotros la encogemos.» Y yo, que tardé décadas en comprenderlo, ahora lo veo con una mezcla de lucidez y picardía: uno pierde tiempo como quien pierde unas llaves, sin darse cuenta de que lo que se extravía no vuelve y, encima, suelen aparecer justo después de haber cambiado la cerradura.

Schopenhauer, siempre tan sombrío que a veces parece practicar un humor involuntario —o quizá el humor alemán más sofisticado consista precisamente en eso: hacer reír sin que nadie se atreva a admitirlo—, escribió que la vida es un préstamo recibido de la muerte y que el sueño es el interés diario de ese préstamo. Me gusta la imagen: cada noche pagamos la cuota, y cada mañana la muerte nos renueva el contrato sin preguntarnos nada, con la tranquilidad de un acreedor que sabe —y disfruta saberlo— que jamás leímos la letra menuda.

Yo entendí esto tarde, cuando ya no tenía demasiada prisa por demostrar nada, y descubrí que dormir bien es una de las primeras formas de dignidad. Hay edades en las que una buena noche de sueño empieza a parecerse peligrosamente a un triunfo moral.

Montaigne habría celebrado esta comprensión tardía. Él decía que filosofar es aprender a morir, pero también —me gusta imaginar— aprender a vivir sin tanta solemnidad. Añadiría, estoy seguro, que reírse de uno mismo es el primer paso para no tomarse demasiado en serio, porque la vida es tan breve y tan fugaz que el universo, con sus galaxias y sus silencios, no necesita nuestra gravedad para funcionar. Ya bastante tiene con la suya.

Cioran, que veía la existencia como un malentendido prolongado, habría sonreído con esa sonrisa suya que parecía un suspiro. No hacemos más que aplazar lo inevitable. Y, sin embargo, había en él una forma extraña de consuelo: el tedio, por ejemplo, era para Cioran una prueba de que seguíamos vivos. Aburrirse con elegancia podía ser una forma de resistencia. Yo añadiría que también es una señal de privilegio: hay personas que tienen tanto tiempo que pueden darse el lujo de preguntarse qué hacer con él, mientras otras apenas consiguen que el día las deje en paz.

Marco Aurelio insistía en que el presente es lo único que poseemos. El pasado ya cerró su oficina; el futuro todavía está en construcción y, probablemente, con retraso, como todas las obras importantes. Solo este instante —este pequeño territorio que respira conmigo mientras escribo— es nuestro. Y aun así lo tratamos como si fuera un visitante inoportuno, cuando en realidad es el único que siempre estuvo sentado en la sala, esperando con esa paciencia que solo tienen quienes saben que, al final, inevitablemente se les presta atención.

Pascal, que veía abismos en todas partes —y probablemente también habría encontrado alguno en un queso demasiado añejo o en el fondo de una taza vacía—, nos advirtió que la distracción es una de las grandes enfermedades humanas. Y tenía razón: nunca hubo tantas herramientas para «ahorrar tiempo», y quizá nunca se perdió tanto. Hemos conseguido la extraordinaria hazaña de acelerar casi todo, excepto la llegada de la felicidad, que sigue viajando con un retraso administrativo.

Es una ironía global: corremos para llegar a ninguna parte… pero llegamos rápido, con el aliento agitado y el alma vacía, como quien ha hecho las maletas para un viaje que no recuerda haber planeado.

Yo entendí todo esto tarde, cuando ya no necesito demostrar gran cosa. Descubrí que la vida se vuelve más larga cuando se vive despacio, y más profunda cuando se vive con atención. Que gobernar el tiempo es, en cierto modo, gobernar el alma, aunque el alma, como un gato independiente, rara vez reconozca nuestra autoridad. Uno puede llamarla, convencerla, ofrecerle argumentos; ella seguirá mirando por la ventana.

He aprendido también que el tiempo no es solo una medida: es una sustancia, como el pan o el vino, y, como ellos, se disfruta más cuando se comparte. Desperdiciarlo es, en cierto modo, desperdiciarse. Pero si vamos a desperdiciarlo —porque es inevitable, porque la perfección es aburrida y la eficiencia puede convertirse en una forma elegante de infelicidad—, al menos hagámoslo con estilo: eligiendo qué ignorar, qué soltar, qué no atender, qué no responder.

Hay una sabiduría particular en dejar sonar un teléfono que no queremos contestar. No siempre es cobardía; a veces es higiene espiritual.

He aprendido, por ejemplo, que no responder un correo a tiempo puede ser un pequeño acto de soberanía, que dejar un libro a medio leer es una declaración de principios y que mirar por la ventana sin hacer nada durante veinte minutos no es ocio: es una forma modesta de antropología aplicada al paisaje. También he comprendido que algunas obligaciones sobreviven únicamente porque nadie se ha atrevido a preguntar si todavía son necesarias.

El arte de perder el tiempo consiste, en realidad, en ganar otro tipo de tiempo: ese que no se mide con relojes sino con pausas, con silencios, con la respiración de una habitación que no pide nada.

Hay días en que siento que el tiempo me mira con una paciencia antigua, como si supiera que por fin he comenzado a entender su idioma. Ya no me exige demasiado; tampoco yo le exijo explicaciones. Hemos llegado a esa edad de la amistad en la que uno aprende que no es necesario hablar todos los días para seguir acompañándose.

Camina a mi lado sin apuro, como un amigo que aprendió a no interrumpir el silencio. Y en esa compañía descubro que las horas no pesan, que los minutos no se arrastran, que incluso la espera puede convertirse en una forma de presencia. Claro que hay esperas menos filosóficas que otras: una cosa es esperar la tarde y otra muy distinta esperar una cita médica. Conviene no exagerar las virtudes de la serenidad.

He descubierto que el tiempo no se pierde: se transforma. Lo que antes llamaba desperdicio ahora es pausa; lo que antes llamaba demora ahora es respiración; lo que antes llamaba distracción puede ser, simplemente, una manera discreta de estar vivo. Es como si el tiempo hubiera dejado, por fin, de serme ajeno, y ahora viviéramos juntos en una casa con muchas ventanas, cada una abierta a una luz distinta. Podría decirse que, después de tantos años de persecuciones, malentendidos y ausencias, hemos terminado viviendo en concubinato, él y yo: sin haber firmado nada, sin grandes promesas y con la discreta certeza de que ninguno de los dos puede abandonar al otro.

No siempre nos llevamos bien, desde luego. Él sigue avanzando sin consultarme y yo continúo fingiendo, de vez en cuando, que no lo noto. Pero hemos aprendido a convivir.

La vida, al final, es un cuaderno que se escribe con lo que queda, no con lo que falta. Y en estas páginas tardías, donde ya no corro detrás de casi nada, descubro que perder el tiempo con estilo es una manera de honrarlo: una forma suave de decirle al mundo que todavía estoy aquí, que todavía escucho, que todavía me dejo atravesar por lo que importa.

No me preocupa demasiado que el mundo se acelere allá afuera. Aquí dentro, las manecillas del reloj giran con la cadencia de alguien que ha aprendido a bailar con el tiempo sin pisarle demasiado los pies. Alguna vez se los pisa, por supuesto. La experiencia no vuelve elegante a nadie: apenas nos enseña a disimular mejor los tropiezos.

Porque la vida es breve, sí. Pero el silencio —cuando uno aprende a habitarlo— puede ensancharla. Y también, si me permiten la confidencia, volverla mucho más divertida.

Al final, entre filosofía y filosofía, entre lectura y pausa, he descubierto que la vida se ríe de nosotros todo el tiempo. No con crueldad, creo, sino con esa ironía antigua de quien sabe que hemos llenado de importancia asuntos que dentro de cien años no merecerán ni una nota al pie.

La pregunta es si sabemos reír con ella o si seguimos empeñados en seguir el ritmo de un compás que nadie marcó, dentro de una orquesta donde el director ya se fue, quizá hace rato, a tomar un café y nadie tuvo el valor de avisarnos. Yo, por si acaso, he decidido quedarme un momento más. Después de todo, también eso es perder el tiempo con estilo.
Yo, por si acaso, he decidido quedarme un momento más.
Después de todo, también eso es perder el tiempo con estilo.
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