Capítulo 6
La voz que casi perdí
«A veces pienso que la vida entera fue una especie de internado invisible, una escuela sin muros donde las expectativas ajenas terminaron pesando más que cualquier libro. Durante años caminé como aquel muchacho que fui: aplicado, correcto, obediente, convencido de que la disciplina era la única manera de merecer un lugar en el mundo. No sabía entonces que el precio de tanta obediencia podía ser, precisamente, la propia voz.»
Quizá por eso regreso algunas veces, sin proponérmelo, a los primeros años en San Carlos, cuando la vida todavía tenía el olor de la tierra húmeda y los días parecían más largos porque nadie había conseguido llenarlos de prisa. Mi infancia campesina transcurrió entre caminos de tierra, árboles, animales, lluvias repentinas y ese silencio particular del campo que no es ausencia de sonidos, sino una manera distinta de escucharlos. Allí aprendí algunas cosas que ningún maestro habría sabido explicar: que el amanecer tiene su propio lenguaje, que la tierra guarda memoria y que un río puede acompañar a un niño sin pedirle nada a cambio.
Entonces no sabía que aquella libertad sencilla sería uno de los pocos territorios verdaderamente míos.
Había en aquellos años una forma de estar en el mundo que después fui perdiendo. Bastaba con seguir un camino, detenerse a mirar el cielo, escuchar el viento entre los árboles o contemplar el agua de un río avanzar sin preguntarse hacia dónde. El niño que fui no necesitaba demasiadas respuestas. Le bastaba la posibilidad de descubrir.
Después llegó la vida con sus instrucciones.
Uno aprende muy pronto que existen maneras correctas de comportarse, caminos que conviene seguir, expectativas que sería mejor no decepcionar. Aprende a cumplir antes que a preguntarse qué desea. Aprende a ser responsable, a no causar problemas, a responder cuando lo llaman y a callar cuando hablar puede resultar incómodo. Poco a poco, sin que nadie lo anuncie, comienza a confundir la obediencia con la virtud y el silencio con la madurez.
Así fui avanzando.
No hubo un día preciso en que dejara de escucharme. Las grietas no aparecen de golpe. Se forman despacio, como el desgaste de una piedra bajo el agua. Uno cumple, uno trabaja, uno avanza, uno se esfuerza… y, sin darse cuenta, va dejando atrás pequeñas partes de sí mismo, como migas que nadie recoge.
Tal vez eso sea lo más extraño de crecer: que uno puede llegar muy lejos y, sin embargo, alejarse de sí mismo.
Durante mucho tiempo pensé que vivir consistía en responder adecuadamente a las circunstancias. Había que hacer lo que correspondía, sostenerse cuando tocaba sostenerse, continuar cuando hubiera sido más fácil detenerse. Y yo continué. A veces por convicción; otras, simplemente porque no conocía otra manera.
Pero hubo momentos de gracia.
Ahora, cuando la memoria parece adquirir una nitidez que a veces le falta al presente, regresan aquellos instantes mínimos en los que algo dentro de mí permanecía intacto. Recuerdo la sensación de libertad que me daba mirar un río. Recuerdo el viento detrás de una puerta cerrada. Recuerdo la amplitud de ciertos cielos de mi infancia, cuando todavía no sabía que el mundo podía volverse estrecho.
Eran momentos pequeños, casi invisibles. Nadie habría pensado que allí estaba ocurriendo algo importante. Y, sin embargo, allí respiraba el niño que intentaba no ser aplastado por las ruedas del mundo.
Hoy comprendo algo que entonces no podía comprender: aquel niño no buscaba rebelarse. Buscaba sobrevivir sin dejar de ser él mismo.
Cada gesto de ternura hacia sí mismo —una pausa, una mirada al cielo, una caminata sin rumbo, un pensamiento que se escapaba del deber— era una forma silenciosa de resistencia. No tenía nombre para ello. No sabía que estaba protegiendo una parte de sí mismo. Simplemente lo hacía.
Quizá por eso, después de tantos años, regreso con tanta frecuencia a aquellas imágenes de San Carlos. No porque la memoria quiera devolverme al pasado, sino porque allí quedó una versión de mí que todavía sabía escuchar lo que sentía.
La edad del silencio me ha enseñado que la vida no siempre nos arrebata las cosas de una sola vez. A veces las va cubriendo. Primero con obligaciones, luego con costumbres, después con responsabilidades y, finalmente, con una especie de resignación que puede parecer serenidad. Hasta que un día uno descubre que ha pasado tanto tiempo tratando de cumplir con la vida que ha olvidado preguntarse qué quería hacer con ella.
Tal vez madurar consista también en desandar ese camino.
No para volver a ser el muchacho que fui —eso sería imposible y, quizá, innecesario—, sino para recuperar algo de su mirada. Esa capacidad de detenerse. De contemplar. De no exigirle inmediatamente una utilidad a cada instante.
Hoy, desde esta edad donde el ruido ya no manda como antes, camino con más lentitud y menos urgencia. He aprendido que no todo debe resolverse, que algunas preguntas pueden acompañarnos durante años sin convertirse en fracasos y que hay silencios que no son vacíos, sino refugios.
Y en ese silencio encuentro nuevamente al niño de San Carlos.
No aparece como una figura grandiosa. No viene a reclamarme nada. Simplemente está allí, como si hubiera esperado pacientemente durante décadas a que yo terminara de correr. Lo miro y siento una extraña ternura. Pienso en todo lo que tuvo que aprender demasiado pronto y en todo lo que todavía ignoraba sobre la vida.
Quisiera decirle que no tenía que ganarse el derecho a existir.
Que podía equivocarse.
Que podía tener miedo.
Que podía decir que no.
Que su voz también merecía un lugar.
Pero no puedo regresar para decírselo. Solo puedo escucharlo ahora.
Quizá esa sea una de las pocas reparaciones que concede el tiempo: permitirnos comprender, cuando ya no podemos cambiar los hechos, aquello que durante años no supimos comprender de nosotros mismos.
La vida, al final, no era la carrera que me hicieron creer.
Era este cauce silencioso que solo se revela cuando uno deja de correr.
Y en ese cauce descubro algo que nadie consiguió enseñarme del todo: que la dignidad no está solamente en cumplir, sino también en escucharse; que la fortaleza, algunas veces, es simplemente reconocer que estamos cansados.
Durante muchos años pensé que pertenecerse era una forma de egoísmo.
Ahora sé que puede ser una forma de reconciliación.
Por eso, cuando el mundo guarda silencio y la memoria abre alguna de sus puertas antiguas, vuelvo por un instante a aquellos caminos de tierra, a los árboles, al río, al cielo abierto de San Carlos. Y allí, entre los restos luminosos de una infancia que creía perdida, escucho algo que todavía me pertenece.
Mi propia voz.
No habla fuerte.
Ya no lo necesita.
En esta edad del silencio, por fin, me pertenezco.
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