Capítulo 7
«Dialogando con el silencio»
Aquella noche llegó sin anunciarse.
No abrió la puerta ni perturbó la quietud de mi cuarto. Simplemente apareció —como aparecen ciertas verdades: sin ruido, sin testigos, instalándose en el aire como un olor conocido que uno no sabe cuándo empezó a notar—. Primero fue apenas un cambio mínimo en el ánimo de las cosas. La calefacción comenzó a crujir dentro de los muros con una cadencia más lenta, como si la casa hubiese reconocido una presencia remota. Luego vino ese leve descenso de temperatura que no alcanzaba a ser frío, pero sí memoria.
Montreal estaba enterrada bajo la nieve.
Desde la ventana del comedor podía verse la calle hundida en una blancura fatigada —esa nieve de finales de invierno que ya no parece limpia sino cansada de caer sobre el mundo, de hacerlo una y otra vez sin que nadie se lo agradezca—. Había una botella de vino a medio terminar sobre la mesa y un libro abierto frente a mí desde hacía casi una hora. Fingía leer. A cierta edad uno finge muchas cosas: interés, esperanza, incluso insomnio. Sobre todo insomnio.
La figura permanecía sentada frente a mí.
No recuerdo exactamente en qué momento apareció la silla ocupada. Quizá siempre estuvo allí. Hay visitas que no llegan: simplemente dejan de esconderse.
Llevaba un abrigo oscuro salpicado de copos derretidos. Sus manos descansaban con serenidad sobre el borde de la mesa —manos que no eran jóvenes ni viejas, que parecían hechas de humo, invierno y penumbra—. No pertenecía a ninguna edad. Más bien pertenecía a esa clase de cosas que existen fuera del tiempo, como las cicatrices o ciertos remordimientos.
Observó el vaso entre mis dedos.
—Todavía bebes como quien espera noticias —dijo—. Y siempre son malas. —Sonrió, sin llegar a la burla—. A tu edad, las buenas noticias ya no se anuncian con vino, sino con chequeos médicos.
Sonreí apenas.
—Y tú todavía apareces sin invitación.
—No seas dramático —respondió—. Si esperara tu invitación, tendría que mandarte recordatorios, correos, señales de humo… y aun así te harías el distraído.
Tenía razón. Esa clase de razón que uno preferiría no escuchar después de medianoche.
Afuera pasó un autobús levantando una nube blanca sobre la avenida. Las luces rojas se alejaron lentamente, como brasas arrastradas por la nieve.
La desconocida recorrió el apartamento con la mirada. El viejo reloj detenido sobre la repisa. Las fotografías amarillentas. El sillón hundido donde solía quedarme dormido después de medianoche. Parecía inspeccionar los restos de una vida abandonada a medias —o quizá no abandonada, pensé, sino simplemente dejada caer, como se deja caer una maleta al llegar a casa después de un viaje demasiado largo—.
—Has envejecido rodeado de objetos fieles —murmuró—. Qué tragedia tan elegante.
—Los objetos no decepcionan.
—Te soportan mejor que las personas —continuó—. No discuten, no reclaman, no te piden que cambies. Por eso envejeces con ellos: porque no te exigen nada que no estés dispuesto a dar.
—Claro que no. Apenas se rompen. Los humanos, en cambio, tienen la mala costumbre de marcharse antes.
Guardé silencio.
Había en ella una calma incómoda, como la de ciertos médicos que ya conocen el diagnóstico antes de hacer preguntas. Y sin embargo, no parecía cruel. Sólo demasiado lúcida. Esa lucidez que uno perdona a los demás porque sabe cuánto les ha costado adquirirla.
Me serví otro poco de vino.
—No recuerdo haberte conocido.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Eso dicen todos al principio.
La lámpara amarillenta proyectaba sombras largas sobre las paredes. Por momentos pensé que el apartamento entero se acomodaba al ritmo de aquella visitante. Afuera, Montreal dormía bajo la tormenta como un animal gigantesco y agotado.
—¿Vienes a juzgarme? —pregunté.
Ella soltó una pequeña risa. No burlona. Más bien compasiva —esa compasión que sólo pueden permitirse quienes ya no esperan nada de nosotros—.
—Por favor. A tu edad ya sería redundante.
Tuve que admitir que aquello era gracioso.
Durante años había huido precisamente de noches como esa. De apartamentos silenciosos. De mesas servidas para una sola persona. Busqué refugio en bares ruidosos, amistades pasajeras, conversaciones interminables cuyo único propósito era impedir que el silencio pronunciara mi nombre.
Ella observó mis manos —manos que a los setenta y cuatro años ya no esconden nada, que han perdido la vanidad de parecer firmes—.
—Qué agotador debió ser escapar siempre de ti mismo.
La frase cayó con suavidad y, sin embargo, dolió más que cualquier insulto.
—No estaba escapando de mí.
—No, claro —respondió con una ironía delicada—. Los hombres nunca huyen de sí mismos. Sólo pasan cuarenta años rodeándose de ruido por mera «decoración acústica».
No pude evitar sonreír. Era una manera elegante de decir que había desperdiciado la vida con método.
Entonces ocurrió algo extraño.
La habitación pareció oscurecerse apenas, como si las sombras se acercaran para escucharla mejor. Ella apoyó los codos sobre la mesa y me miró con una serenidad inmemorial.
Y por primera vez supe quién era.
Había estado allí en cada apartamento vacío, en cada madrugada insomne, en cada despedida prolongada más de lo necesario frente a una puerta. Conocía mis hábitos, mis derrotas, incluso mis pequeñas miserias cotidianas —esas que uno cree secretas y que en realidad son el pan de cada día de la vejez—.
Ella sonrió al notar mi descubrimiento.
—Por fin —susurró—. Ya era hora de que dejaras de fingir sorpresa.
La miré largamente.
—Así que eres tú.
—Sí. Soy yo.
Tomó el vaso entre sus manos. El cristal se empañó bajo sus dedos invisiblemente tibios.
—Soy tu amiga —dijo con una serenidad impecable—, esa a la que tú y la sociedad tanto denigran. La misma que convierten en castigo, en vergüenza o en fracaso, sólo porque les aterra escuchar lo que ocurre dentro de ustedes cuando el mundo finalmente se calla.
No respondí enseguida.
Ella continuó:
—Qué curiosos son los hombres… pasan la juventud desesperados por estar acompañados y la vejez desesperados porque nadie los deja en paz. Nunca saben exactamente qué hacer conmigo.
—No eres precisamente agradable.
—Tampoco lo son los espejos bajo cierta luz, y aun así insisten en colgarlos en todas partes.
El reloj detenido, sobre la repisa, pareció por un instante a punto de moverse.
Me descubrí observándola con una mezcla extraña de cansancio y afecto. Como quien contempla a una vieja enemiga con la que ha compartido demasiados inviernos para seguir odiándola del todo.
—Con el tiempo te instalaste en mis huesos —admití—. En la mirada también.
Ella asintió suavemente.
—Porque dejaste de resistirte.
—O porque aprendí a escucharte —dije—. Desde entonces dejaste de ser una habitación vacía.
No contestó. Me pareció que la frase le había gustado y que prefería no demostrarlo.
Miré hacia la ventana empañada.
Pasé tantas noches conversando con sombras que terminé descubriendo algo terrible: el pasado posee casi siempre una nitidez más cruel que el presente. Los rostros que amamos hace décadas pueden regresar intactos en mitad de la madrugada, mientras el día de ayer ya comienza a desdibujarse. Qué oficio miserable el de sobrevivir a tantas versiones de uno mismo.
En aquellas largas lucubraciones de mi vejez, sentado frente a la ventana, se me ocurrió que el secreto de envejecer bien quizá fuera simplemente aceptar sus condiciones sin engaños.
—Por fin piensas algo inteligente esta noche —murmuró, como si me hubiera oído.
Reímos.
Y aquella risa compartida tuvo algo profundamente triste y profundamente humano —la clase de risa que sólo se permite a ciertas horas, cuando ya no queda nadie a quien impresionar—.
Después permanecimos callados largo rato. Desde algún apartamento vecino llegaba el murmullo distante de un televisor encendido. Pensé en todos los viejos dispersos por la ciudad, cada uno bajo una lámpara distinta, frente a una ventana, mientras la nieve bajaba sin prisa sobre los tejados.
Afuera, el invierno seguía tragándose las calles. Pensé que la muerte vuelve a los hombres criaturas extrañas: preciosas y patéticas al mismo tiempo. Cada gesto adquiere una gravedad secreta cuando intuimos que podría ser el último; cada despedida lleva escondida una pequeña forma de eternidad. Quizá sólo quien conoce el límite sabe lo que vale una lámpara encendida en mitad de la noche, mientras la nieve cae del otro lado del cristal.
Ella me observaba en silencio desde el otro lado de la mesa.
Entonces me pareció entender algo que quizá había tardado toda una vida en aceptar: nunca había venido a destruirme. Había venido a despojarme de ruido. A obligarme, tarde o temprano, a escuchar aquello que pasé años intentando callar con voces ajenas y amores equivocados, con todo lo que servía para retrasar el regreso a casa.
He llegado al silencio por caminos tan largos que ahora me parece una patria.
Después de tantos años, ha dejado de ser una ausencia. Se sienta conmigo, escucha mis dudas y, algunas veces, parece responder sin necesidad de palabras —o eso me gusta imaginar a estas horas, cuando nadie va a corregirme—. Cuando escribo, no intento romperlo; quisiera más bien averiguar qué trata de decirme. Y mientras la tinta avanza, tengo a veces la impresión de que algo de lo vivido encuentra su sitio, aunque sea de manera provisional. Hay cosas que prefiero dejar en suspenso, como quien guarda una carta sin terminar de leerla.
Ella pareció adivinar lo que pensaba.
—Las palabras los acompañan toda la vida —dijo—. Los consuelan, los engañan, los empujan o los detienen. Pero soy yo quien las juzga. Aquí, conmigo, muestran lo que de verdad pesan. Algunas se secan antes de que termines la frase. Otras germinan despacio, cuando ya nadie las recuerda, y un día alimentan a alguien. —Hizo una pausa—. No te ilusiones: de las tuyas, la mayoría se seca.
No le contesté. Afuera seguía nevando con una calma remota, casi misericordiosa.
—Quédate un rato más —le pedí.
Ella levantó la mirada hacia mí con una ternura fatigada, maternal, como si hubiese esperado aquella frase desde hacía décadas.
Y sonrió apenas.
—Viejo terco… —susurró—. Llevo aquí toda tu vida. Y aun así sigues sorprendiéndote cuando te hablo. A veces pienso que tu memoria y yo deberíamos reunirnos para coordinar mejor nuestras apariciones.
Nota: aquí el párrafo pasó a boca de la visitante, para no repetir la versión narrada del capítulo 59. Conviene dejarlo solo en uno de los dos capítulos. Si se queda en este, habría que quitarlo del 59.
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