sábado, 25 de julio de 2026

51 — El idioma tardío

 Capítulo 51

— El idioma tardío

Hay palabras que uno estuvo esperando sin saber que las esperaba, y que llegan un martes cualquiera, a esa hora indecisa de enero en que la tarde ya dejó de ser tarde y todavía no se decide a ser noche. No vienen con ceremonia. Vienen en la pantalla de un teléfono que uno sostiene con las dos manos, como se sostenían antes las cartas, y que alumbra la habitación con una luz azul que no calienta nada.

Durante años supuse, sin detenerme demasiado a examinarlo, que lo que hace un padre se parece a esas escaleras de hierro que en esta ciudad quedaron fuera de las casas. Alguien decidió hace mucho tiempo que subir fuera un asunto de la intemperie, para que adentro cupieran las habitaciones. La escalera se oxida, se llena de sal, se repara mal y tarde; adentro, mientras tanto, la gente cena.

No estoy seguro de que la comparación se sostenga. Las escaleras al menos se ven desde la calle, y el trabajo de un padre no siempre. Se madruga sin épica ninguna. Se vuelve por la noche con el cansancio guardado en el mismo bolsillo donde van las preocupaciones, que es un bolsillo con un agujero pequeño por donde a veces se pierde alguna.

Los hijos conocen una parte. Ven al hombre que llega, al que resuelve, al que se sienta a la mesa con una cara ya compuesta en el pasillo, unos segundos antes de abrir. Lo que casi nunca alcanzan a ver es esa composición del rostro en el pasillo, que es donde ocurre casi todo.

Se me ocurre a veces —y no sabría defenderlo— que cada padre redacta una autobiografía que no llega a publicar. Está escrita en jornadas largas y en cuentas que apenas alcanzaban, en la obstinación callada de procurar que los hijos lleguen un poco más lejos de donde uno llegó. Es un libro sin lectores previstos, cosa que uno acepta temprano y sin demasiado drama.

Hace poco mi hijo me escribió. No era un homenaje. Era otra cosa, que todavía no sé nombrar del todo.

Escribió:

"Mi padre nunca tuvo una vida fácil. Nunca lo escuché rendirse, aunque muchas veces llegaba cansado, preocupado o con problemas que seguramente cargaba solo para no preocuparnos. Mi padre aprendió a callar su dolor mientras hacía todo lo posible por mantenernos bien.

Y ahora que crecí, entiendo algo que antes no podía ver: hay hombres que pasan toda la vida sacrificándose en silencio para que sus hijos tengan oportunidades que ellos jamás tuvieron. Por eso, si todavía tienes a tu papá contigo, abrázalo fuerte. Porque un día entenderás que detrás de cada esfuerzo suyo había una forma inmensa de amar."

Lo leí más de una vez. La pantalla se apagaba sola y yo volvía a tocarla con el pulgar para que las palabras regresaran, y así varias veces, hasta que afuera alguien empezó a subir la escalera del edificio de al lado y el hierro fue devolviendo cada paso con ese sonido que aquí uno termina por no oír.

Hay en su mensaje una frase que tiene la forma de las cosas que circulan por ahí, de esas que la gente comparte los domingos. Puede que la haya tomado prestada. Estuve un rato pensando si eso le quitaba algo y me incliné a creer que no, aunque no podría explicar por qué; quizá porque uno también aprende a querer con frases que no inventó, y las mías tampoco eran todas mías.

Sentí después algo que no era exactamente orgullo y que se le parecía poco. Más bien la incomodidad de ser visto en el sitio donde uno había puesto cuidado en no ser visto. Uno se pasa media vida disimulando y descubre tarde que el disimulo era transparente, o que al menos alguien lo miró al trasluz, como se mira un dibujo antiguo bajo la pintura nueva de una pared.

Quizá el silencio deje marcas. No lo afirmo. Sé que los hijos no entienden mientras son niños, pero desconfío de la idea de que después les llegue una traducción ordenada, como si el tiempo trabajara para nosotros en algún despacho. Prefiero pensar que a veces coinciden dos edades por un momento y que en ese cruce alguien alcanza a decir algo.

Como habría insinuado Ginzburg, una casa se sostiene en gestos que nadie registra mientras ocurren, y cuya importancia solo se deja ver muchos años más tarde, cuando ya no queda nadie a quien agradecérselos.

No escribo esto para presentarme como ejemplo. Hubo errores que todavía reconozco de lejos, por la forma, y ausencias que no fueron todas inevitables aunque en su momento me convino pensarlo. Ningún padre sale ileso de su propia historia. Uno queda con zonas oscuras que ya no piensa iluminar, más por cansancio que por sabiduría.

Lo que sí me parece cierto —esta tarde, al menos— es que el afecto se parece bastante a una lámpara encendida en una habitación donde alguien lee sin preguntarse quién paga la electricidad. Y que hay una vanidad pequeña, casi tierna, en desear que alguna vez lo pregunte.

Le escribí de vuelta. Tres líneas. Las borré. Escribí otras dos, más torpes, y las dejé sin enviar en ese lugar donde el teléfono guarda lo que uno no termina de decir. Ahí siguen. Algunas noches las abro y les cambio una palabra, como si lo que faltara fuera la palabra exacta. Anoche le quité un adverbio y volví a dejarla ahí. Mañana, si el día alcanza, tal vez le quite otro.

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50 — Las fisuras del espejo

Capitulo 50

— Las fisuras del espejo

Antes de que el sueño termine de cerrarme los párpados ocurre algo que ya no intento explicar. La ciudad baja su pulso, un motor se aleja por la avenida y no regresa, y el cuarto parece ensancharse en la penumbra. Se abre entonces una puerta discreta por donde entran escenas que yo daba por gastadas. No vienen de ayer. Vienen de mucho más atrás, de una zona donde ciertos instantes siguen enteros sin que yo sepa por qué el tiempo decidió dejarlos pasar.

La noche se me parece a un espejo viejo, con fisuras finas que solo se advierten de costado. En cada una asoma un fragmento del que fui: un hombre, o apenas un muchacho, que se reía sin medir cuánto iba a durarle la risa y que habitaba el mundo con la soltura de quien todavía no ha sido advertido de nada. Las rodillas no le pesaban. Ni siquiera sabía que tenía rodillas.

De aquellos años no me devuelven los acontecimientos grandes, que serían los que uno esperaría. Sobreviven los detalles, con una obstinación que no les pedí. El aire de una cocina llenándose del olor del pan recién sacado del horno, puesto a enfriar sobre un paño. Alguien dijo una vez que ese era el perfume verdadero de la abundancia, aunque el dinero no alcanzara nunca. Yo lo escuché sin darle peso; ahora lo escucho de otro modo, aunque no sabría precisar cuál.

La memoria trabaja de una manera que no termino de seguirle el paso. Rescata unas pocas imágenes y les presta una intensidad que el presente casi nunca tiene. Un vaso sobre la mesa, todavía con la marca de unos dedos. La luz inclinándose despacio contra una pared que hace décadas no existe. Con eso, algunas noches, alcanza; otras no alcanza con nada y las imágenes se quedan quietas, sin encenderse.

Dudo que esto se llame nostalgia. La nostalgia, según la entiendo, llega acompañada del deseo imposible de volver, y no querría volver a ninguna parte. Lo que me visita se parece más a una gratitud sin destinatario, dirigida acaso al hombre que fui, que no está en condiciones de recibirla. Le agradezco algo que él hizo sin darse cuenta y que yo tampoco terminé de entender del todo.

Vuelven las tardes en que el tiempo no tenía urgencia y las conversaciones se estiraban porque nadie miraba la hora. Vuelven algunos rostros que no hablan. Tampoco los necesito hablando: me basta que permanezcan un instante con la cara que tenían, para recordarme que hubo una época en que la alegría era tan simple que a nadie se le ocurrió ponerle nombre. Después se van, sin ceremonia, como quien se levanta a buscar algo y no regresa.

Pienso a veces —como habría anotado Natalia Ginzburg, con esa manera suya de decir las cosas sin subrayarlas— que uno no elige lo que se le queda. Se queda lo que se queda, y suele ser poco y menor: una silla, un modo de doblar la ropa, una frase dicha al pasar. Lo demás, que nos pareció el centro y por lo que discutimos tanto, se fue sin avisar.

Me gusta imaginar —y sé que es una comodidad mía, una figura que me invento para no quedarme a solas con el asunto— que la memoria se sienta a mi lado como un amigo viejo que ya no necesita conversar. No trae inventario de ausencias. Pasa unas páginas de un álbum que nadie más podría hojear y se detiene donde le parece. Si llega a decir algo, lo dice con mi propia voz, lo que le quita bastante autoridad.

Quizá volver atrás no sea siempre una manera de huir del presente. Hay noches en que se parece más a comprobar que la alegría ocurrió de veras, que no fue un invento tardío para hacer llevaderos los años difíciles. Existió con la misma consistencia con que hoy existen las cicatrices. Y las cicatrices, al menos, se dejan tocar.

Cuando el sueño termina por llevarse esas imágenes queda algo semejante al calor que guarda una piedra mucho después de que el sol se ha ido. No sirve para nada práctico. Sirve apenas para atravesar unas horas más, y ni siquiera estoy seguro de que sirva: puede que lo diga porque a esta hora conviene decirlo y mañana no lo sostendría.

Mañana el cuerpo volverá a recordarme la edad con su puntualidad de siempre y el mundo pedirá otra vez su cuota de paciencia. Mientras tanto conservo este pequeño rito de entrar cada noche en unas habitaciones que ya no puedo describirle a nadie. En algún pliegue sigue viviendo aquel que fue feliz sin enterarse. No sé si eso es una certeza o una costumbre. Voy a apagar la luz antes de decidirlo.

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