Capítulo 51
— El idioma tardío
Hay palabras que uno estuvo esperando sin saber que las esperaba, y que llegan un martes cualquiera, a esa hora indecisa de enero en que la tarde ya dejó de ser tarde y todavía no se decide a ser noche. No vienen con ceremonia. Vienen en la pantalla de un teléfono que uno sostiene con las dos manos, como se sostenían antes las cartas, y que alumbra la habitación con una luz azul que no calienta nada.
Durante años supuse, sin detenerme demasiado a examinarlo, que lo que hace un padre se parece a esas escaleras de hierro que en esta ciudad quedaron fuera de las casas. Alguien decidió hace mucho tiempo que subir fuera un asunto de la intemperie, para que adentro cupieran las habitaciones. La escalera se oxida, se llena de sal, se repara mal y tarde; adentro, mientras tanto, la gente cena.
No estoy seguro de que la comparación se sostenga. Las escaleras al menos se ven desde la calle, y el trabajo de un padre no siempre. Se madruga sin épica ninguna. Se vuelve por la noche con el cansancio guardado en el mismo bolsillo donde van las preocupaciones, que es un bolsillo con un agujero pequeño por donde a veces se pierde alguna.
Los hijos conocen una parte. Ven al hombre que llega, al que resuelve, al que se sienta a la mesa con una cara ya compuesta en el pasillo, unos segundos antes de abrir. Lo que casi nunca alcanzan a ver es esa composición del rostro en el pasillo, que es donde ocurre casi todo.
Se me ocurre a veces —y no sabría defenderlo— que cada padre redacta una autobiografía que no llega a publicar. Está escrita en jornadas largas y en cuentas que apenas alcanzaban, en la obstinación callada de procurar que los hijos lleguen un poco más lejos de donde uno llegó. Es un libro sin lectores previstos, cosa que uno acepta temprano y sin demasiado drama.
Hace poco mi hijo me escribió. No era un homenaje. Era otra cosa, que todavía no sé nombrar del todo.
Escribió:
"Mi padre nunca tuvo una vida fácil. Nunca lo escuché rendirse, aunque muchas veces llegaba cansado, preocupado o con problemas que seguramente cargaba solo para no preocuparnos. Mi padre aprendió a callar su dolor mientras hacía todo lo posible por mantenernos bien.
Y ahora que crecí, entiendo algo que antes no podía ver: hay hombres que pasan toda la vida sacrificándose en silencio para que sus hijos tengan oportunidades que ellos jamás tuvieron. Por eso, si todavía tienes a tu papá contigo, abrázalo fuerte. Porque un día entenderás que detrás de cada esfuerzo suyo había una forma inmensa de amar."
Lo leí más de una vez. La pantalla se apagaba sola y yo volvía a tocarla con el pulgar para que las palabras regresaran, y así varias veces, hasta que afuera alguien empezó a subir la escalera del edificio de al lado y el hierro fue devolviendo cada paso con ese sonido que aquí uno termina por no oír.
Hay en su mensaje una frase que tiene la forma de las cosas que circulan por ahí, de esas que la gente comparte los domingos. Puede que la haya tomado prestada. Estuve un rato pensando si eso le quitaba algo y me incliné a creer que no, aunque no podría explicar por qué; quizá porque uno también aprende a querer con frases que no inventó, y las mías tampoco eran todas mías.
Sentí después algo que no era exactamente orgullo y que se le parecía poco. Más bien la incomodidad de ser visto en el sitio donde uno había puesto cuidado en no ser visto. Uno se pasa media vida disimulando y descubre tarde que el disimulo era transparente, o que al menos alguien lo miró al trasluz, como se mira un dibujo antiguo bajo la pintura nueva de una pared.
Quizá el silencio deje marcas. No lo afirmo. Sé que los hijos no entienden mientras son niños, pero desconfío de la idea de que después les llegue una traducción ordenada, como si el tiempo trabajara para nosotros en algún despacho. Prefiero pensar que a veces coinciden dos edades por un momento y que en ese cruce alguien alcanza a decir algo.
Como habría insinuado Ginzburg, una casa se sostiene en gestos que nadie registra mientras ocurren, y cuya importancia solo se deja ver muchos años más tarde, cuando ya no queda nadie a quien agradecérselos.
No escribo esto para presentarme como ejemplo. Hubo errores que todavía reconozco de lejos, por la forma, y ausencias que no fueron todas inevitables aunque en su momento me convino pensarlo. Ningún padre sale ileso de su propia historia. Uno queda con zonas oscuras que ya no piensa iluminar, más por cansancio que por sabiduría.
Lo que sí me parece cierto —esta tarde, al menos— es que el afecto se parece bastante a una lámpara encendida en una habitación donde alguien lee sin preguntarse quién paga la electricidad. Y que hay una vanidad pequeña, casi tierna, en desear que alguna vez lo pregunte.
Le escribí de vuelta. Tres líneas. Las borré. Escribí otras dos, más torpes, y las dejé sin enviar en ese lugar donde el teléfono guarda lo que uno no termina de decir. Ahí siguen. Algunas noches las abro y les cambio una palabra, como si lo que faltara fuera la palabra exacta. Anoche le quité un adverbio y volví a dejarla ahí. Mañana, si el día alcanza, tal vez le quite otro.
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