sábado, 15 de agosto de 2026

60 El desgaste de los días

 Capítulo 60

El desgaste de los días

Hay una muerte que no aparece en ningún certificado, que no exige sacerdote ni deja una silla vacía en la mesa, y que sin embargo ocurre —lenta, obstinada— en el interior de casi todos los que conozco. Empieza en una esquina inadvertida del alma, una zona que nunca logramos identificar del todo, y avanza sin prisa, como quien cumple un deber silencioso que nadie le pidió asumir. No hace ruido. Por eso tarda tanto en revelarse, y por eso casi nadie la admite, ni siquiera ante sí mismo. Es una muerte discreta, íntima, que se instala sin anunciarse y que, cuando por fin la reconocemos, ya ha cambiado para siempre la manera en que tocamos el mundo con nuestra respiración.

La reconozco en gestos pequeños, dispersos, que a primera vista no dicen nada. El hombre que deja de fotografiarse porque ya no reconoce del todo al que aparece en la imagen. La mujer que guarda la ropa nueva en el armario, sin estrenarla, porque la novedad perdió el filo que alguna vez tuvo. Quien deja de discutir, no porque haya aprendido a callar, sino porque comprendió, en algún momento que no supo fechar, que ciertas batallas estaban perdidas antes de empezar. Ninguno de ellos lo llamaría resignación. Yo tampoco. Es apenas un desgaste, y los desgastes no piden permiso.

No es exactamente tristeza. Tampoco es derrota, aunque se le parezca de lejos. Es la vida misma, que a veces se empeña en apagarnos por dentro mientras seguimos cumpliendo, con una obediencia casi conmovedora, el acto de estar vivos: se toma el metro, se contesta el teléfono, se sonríe cuando hace falta sonreír.

Pero existe una forma más honda de ese apagamiento, una que no aparece en ningún manual de la melancolía porque no tiene síntomas que se puedan nombrar. Ocurre cuando alguien deja de esperar el futuro diminuto de las cosas pequeñas: el segundo exacto en que la luz de la tarde entra por una ventana que da a las escaleras de caracol del vecino, la palabra que se guarda en vez de decirse, el gesto de una mano que ya no busca la otra mano en la oscuridad. Esa muerte no duele ni reclama. Simplemente instala, en el pecho, una habitación vacía donde antes vivía la expectativa. Y uno la habita durante años sin saber que la habita.

Empieza uno a notar, entonces —tarde, casi siempre tarde— que ha dejado de comprar flores para la mesa, que los libros se acumulan sin abrirse, que la música suena pero ya no se escucha del todo, que hasta los besos se dan por costumbre, como quien firma un documento cuyo contenido dejó de importarle hace tiempo. La vida se vuelve una coreografía aprendida de memoria: los pies se mueven, el cuerpo cumple, pero algo adentro se ha quedado quieto, como un reloj al que se le olvidó dar cuerda y que, sin embargo, sigue de pie sobre la repisa, fingiendo que el tiempo continúa pasando por él.

Conocí, hace años, a una antigua compañera de oficina a la que visité una sola vez, ya jubilada, en un departamento pequeño donde el silencio parecía tener su propio peso específico. No hablamos de mucho. En un momento, sin que yo le preguntara nada, me dijo: "Ya no espero nada, y eso, curiosamente, me da paz." Entonces no entendí. Hoy, con la piel menos firme y la memoria más porosa, empiezo a sospechar que aquella paz no era felicidad ni tampoco resignación pura: era una tregua que el alma firma con el cansancio, la mano que finalmente deja de intentar atrapar mariposas que de todos modos nunca se dejaban atrapar.

Pienso en mí, en los que caminan por la vida con el disfraz de la normalidad mientras adentro las luces se apagan una a una, como en un edificio que se va desocupando piso por piso sin que nadie lo anuncie. ¿Cuándo dejé de emocionarme con la lluvia contra el vidrio? ¿En qué momento el ruido del mundo se volvió solamente eso, ruido, y no la música torpe que alguna vez creí saber escuchar? No sé responder. Quizá las respuestas ya no importan cuando la pregunta misma ha perdido el filo con que antes cortaba.

Y sin embargo —y aquí está lo que más me desconcierta— a veces, en lo más hondo de la noche, cuando el edificio entero respira despacio y hasta en la tienda de la esquina ha apagado su letrero, algo atraviesa esa oscuridad sin pedir permiso. Una canción vieja que no elegí escuchar. El olor de un guiso que no se cocina desde hace treinta años. Una fotografía que cae de un libro y muestra un rostro que ya no está. Y el corazón, por un instante, se sobresalta, despierta de su letargo, recuerda —como quien recuerda un idioma que creía olvidado— que alguna vez supo latir con otra intensidad. Sé que es un espejismo. Sé que dura poco. Pero en ese breve tramo de tiempo la muerte interior se detiene, confundida, sin saber bien qué hacer con nosotros.

A veces pienso, como habría pensado Idea Vilariño en sus cuadernos más callados, que no hace falta vencer eso que nos apaga por dentro: basta con dejarlo estar, sin nombrarlo demasiado, sin pedirle explicaciones que de todos modos no daría.

Llevamos, creo, un cementerio pequeño de versiones anteriores de nosotros mismos. No se trata de resucitarlas todas —sería un trabajo inútil, casi cruel—, sino de aceptar que algunas luces se apagan para que otras, más humildes, puedan finalmente encenderse. La vida no sube en línea recta. Es más bien una sucesión de pequeñas muertes y pequeñas resurrecciones que casi nunca notamos, del mismo modo en que solo se escucha el propio corazón cuando el silencio, por fin, se vuelve absoluto.

No sé si hay sabiduría en aceptar el propio desgaste. Sospecho que no, o que la palabra sabiduría le queda demasiado grande a algo tan modesto. Solo sé que ahí, en los días que transcurren sin estridencia, en las manos que ya no buscan sino que simplemente sostienen lo que tienen cerca, hay una forma de belleza que no sabría explicar del todo. Y que tal vez no haga falta explicarla.

…y así comprendí que el tiempo no nos derrota, solo nos revela, y que cada día gastado es también un día ganado en claridad.

“La edad, esa enfermedad hereditaria que se contrae al nacer y de la cual uno intenta curarse lo más tarde posible.”

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