Capítulo 45
— Inventario de nuestras despedidas
Uno llega a este mundo a perderlo todo. Es una certeza silenciosa que nadie te susurra al nacer, envuelto apenas en el asombro ajeno y en la luz cruda del principio. Vienes con las manos vacías y así, sin más equipaje que esa desnudez, te tocará partir. Pero en el tránsito —ah, ese tránsito desolador y magnífico— vamos dejando jirones del alma, soltando apegos con la misma melancolía con que los arces del Mont-Royal se despojan de sus hojas cobrizas antes del largo invierno.
Primero, el tiempo me arrebató a mis padres. No fue un tajo brusco, sino el goteo inexorable de las estaciones: un día los descubrí más encorvados, translúcidos como papel de arroz, y entendí, sin quererlo, «el orden brutal de la naturaleza» — ellos habían sido la raíz, y a mí me tocaba ahora ser la rama que cede. Se desvanecieron en la textura de unas manos que dejaron de sostenerme, en el eco de sus voces tragadas por la memoria, en la silla vacía que la luz plomiza de la tarde insiste en llenar de polvo y de ausencias.
Después perdí amigos, y perdí amores. Los que compartieron los fervores de mi juventud, la mujer que alguna vez fue el eje de mi órbita y mi razón para abrir los ojos cada mañana, se fueron diluyendo como tinta en las aguas heladas del San Lorenzo. No es que la muerte reclame siempre su parte; a veces es el olvido, el destierro de la costumbre, el habitar en «otro huso horario del corazón». Quedó el vacío en la curva de una espalda que ya no acaricio, en un perfume que el viento barrió por las calles empedradas del Vieux-Port, en los silencios que se instalaron, pesados como el hielo, sobre la mesa que alguna vez compartimos.
Perdí, con la quietud atónita de quien ve escurrirse el agua entre los dedos, la sonrisa de mi hijo. Creció con la fugacidad de un suspiro, con esa urgencia cruel que tienen los niños por dejar de serlo, y se marchó demasiado pronto, dejando un hueco insoportable en las habitaciones de esta casa. Y con su partida perdí también los lugares: la casa que cobijó su infancia, la esquina de sus primeros tropiezos, el parque bullicioso donde alguna vez, viéndolo correr, me creí eterno. Todo muta, se derrumba, se disfraza bajo el invierno incesante de esta ciudad, hasta volverse un paisaje gélido que ya no me reconoce como suyo. Al soltar de la mano su niñez, sentí que mi propia juventud terminaba de evaporarse. Es el relevo silencioso de la existencia: entregamos el vigor para que ellos construyan su mañana. Y al verlo adentrarse a zancadas en la primavera de su historia, comprendí que yo cruzaba, sin retorno, el umbral de mi propio invierno.
Y así, tras ceder el paso a su futuro, el despojo llegó, inevitable, hasta mi propio cuerpo. La vista, antes afilada, se nubla; la memoria, que atesoraba cada rostro y cada fecha, se ha vuelto un laberinto de espejos rotos. Voy perdiendo la firmeza del paso por las aceras congeladas. Me asomo al cristal, empañado por mi propio aliento, y el viejo que me devuelve la mirada es un forastero —un hombre al que el tiempo le ha ido limando los bordes con la paciencia de un escultor que trabaja a oscuras.
Sin embargo, desde el fondo de este encierro he aprendido que no se puede vivir a la sombra del temor. El miedo es «un ladrón miserable que saquea dos veces»: primero te arrebata el presente, y luego te condena por un futuro que todavía no germina. Es un espejismo que adelanta el luto, que te hace llorar lágrimas secas antes de tiempo. Vivir temblando es habitar una casa en ruinas cuando la tierra, bajo nuestros pies, sigue firme.
Hay que rendirse a «la sabiduría humilde de lo que permanece»: el sol pálido que apenas logra entibiar la piel a través de la ventana, el rumor antiguo del viento del norte, el agua helada que despierta el rostro por las mañanas. Hay que dejarse habitar por el instante, como quien se tiende sobre un campo de hierba alta y mira las nubes arrastrarse por el cielo encapotado de Quebec, sin preguntar hacia dónde van.
Hay que gozar lo que aún palpita en mis manos: la taza de té que humea entre mis dedos curtidos, el aroma de la leña ardiendo, la luz dorada y efímera del atardecer que tiñe de ámbar mi soledad. Hay que amar el recuerdo con toda el alma, como si cada evocación fuera el último abrazo y contuviera la eternidad entera.
Y vivir en el presente. Ahora. Aquí. En este latido que es todo lo que realmente me pertenece. Porque el pasado es ceniza y el porvenir, un país neblinoso que quizá nunca pise. Este instante, este soplo de vida, esta luz que ahora mismo entra por la ventana y dibuja sombras largas en el suelo de madera, eso es todo. Y es suficiente.
Uno viene a perderlo todo, es cierto. Pero en esta edad del silencio descubro que he venido también a saborear cada pérdida como lo que verdaderamente es: la prueba de que he amado, de que ardí, sin reservas, en esto que llamamos vida. Estas manos mías, vacías y surcadas de venas azules, no son el símbolo de una derrota; son la evidencia de que amé, de que supe soltar, de que honré a cada fantasma que cruzó por mi historia.
Y así, en la quietud de mi refugio, frente a la vasta inmensidad callada de este norte, va transcurriendo esta danza frágil y luminosa. Con el pecho en calma, con las manos abiertas, y con la mirada anclada en «este único, irrepetible y maravilloso ahora».
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