viernes, 14 de agosto de 2026

58 Tan lejos, tan adentro

 

Capítulo 58

Tan lejos, tan adentro

Hay momentos en que las cosas pierden su prisa. No ocurre de golpe. Se advierte apenas, como se advierten ciertas mudanzas en una casa donde se ha vivido demasiado: una puerta que ya no cruje igual, una marca en la madera que antes no estaba, la luz de la tarde entrando por el mismo sitio de siempre y, sin embargo, distinta.

Entonces comprendo que también yo soy un poco eso: el espacio que queda cuando las cosas dejan de correr. Permanezco en esta habitación sin muros precisos, en este rincón donde las horas se han ido depositando unas sobre otras, como capas invisibles de polvo sobre la madera. No hay pasos en el pasillo, ni voces que me llamen, ni nombres que sea necesario pronunciar. Y, curiosamente, no siento que falte nada.

Durante muchos años confundí la presencia de los otros con una forma de certeza. Estar acompañado parecía confirmar que uno pertenecía al mundo, que había todavía un lugar reservado en alguna parte. Quizá por eso la soledad asustaba tanto: porque dejaba al descubierto la pregunta que uno procura esquivar durante buena parte de la vida.

¿Quién soy cuando nadie me mira?

Ahora esa pregunta ya no inquieta del mismo modo. La soledad ha perdido algo de su antigua severidad. Dejó de ser una habitación vacía para convertirse en un territorio que, después de tantos años, he aprendido a recorrer sin pedir disculpas.

Me detengo. Escucho. No sucede nada extraordinario. Y es justamente por eso que algo sucede: un pequeño silencio entre un pensamiento y el siguiente, una pausa que antes no sabía reconocer. Allí estoy, sin necesidad de explicar quién fui, qué hice, qué perdí o qué pude haber sido. Durante un instante no tengo biografía. Solo presencia.

La luz de la tarde se derrama sobre el suelo y toca las pequeñas imperfecciones de la madera. No las corrige: las revela. Pienso que quizá eso mismo hace el tiempo con nosotros. No nos mejora necesariamente, ni nos vuelve más sabios por el simple hecho de acumular años. Pero va retirando ciertas ilusiones, una tras otra, hasta dejar a la vista las grietas que siempre estuvieron ahí. Y tal vez no haya nada malo en eso.

El aire de la habitación tiene esa densidad particular de los lugares donde nadie tiene prisa. Algo tibio se instala en la quietud, aunque afuera la ciudad siga con su movimiento indiferente. Montreal continúa detrás de los muros, con sus voces, sus puertas que se abren y se cierran, sus pasos apresurados. Pero aquí dentro el tiempo parece haber cambiado de oficio. Ya no empuja. Acompaña.

Me gusta pensar que algunas horas no fueron hechas para ser utilizadas. No sirven para trabajar, resolver, producir, alcanzar. Simplemente pasan, se quedan un momento junto a nosotros y después se marchan sin pedir cuentas. Tal vez la madurez consista, entre otras cosas, en aprender a no llenar todos los silencios.

Durante demasiado tiempo quisimos ocuparlos con conversaciones, con proyectos, con viajes, con personas: cualquier cosa parecía preferible al vacío. Ahora sospecho que algunos vacíos no necesitan ser llenados. Hay ausencias que, de tanto permanecer con nosotros, terminan adquiriendo una forma propia, casi doméstica. No son heridas abiertas. Son habitaciones. Y uno aprende a vivir en ellas.

A veces pienso que la memoria trabaja de un modo parecido. No conserva la vida tal como sucedió, sino como puede sobrevivir dentro de nosotros. Cambia los tamaños, borra los bordes, acerca unas cosas y aleja otras. Lo que ayer parecía esencial puede convertirse en sombra; lo que creíamos insignificante regresa, años después, con una claridad que no pedimos. La memoria no obedece. Quizá por eso se parece tanto a la vida. Hay días en que recuerdo con precisión una conversación de hace décadas y no consigo recordar qué hice ayer por la tarde. Ya no intento explicarlo. La mente tiene sus propias habitaciones y no siempre entrega la llave de la que necesitamos.

Y sin embargo hay noticias que consiguen abrir de golpe una puerta que creíamos bien cerrada.

Hace pocos días llegó desde Colombia la noticia de un terremoto devastador. La leí aquí, tan lejos, sentado en medio de la tranquilidad de una habitación que no sabía nada de aquello. Por un momento sentí que la distancia era una cosa física, una pared enorme levantada entre mi cuerpo y esa tierra que, después de tantos años, todavía sabe pronunciar mi nombre.

No necesité conocer los detalles para sentir el golpe. Hay noticias que no se leen: se reciben en el cuerpo. Uno permanece inmóvil frente a una pantalla y, sin embargo, algo se mueve muy adentro. No es solo preocupación. Es algo más antiguo, más difícil de nombrar: la sensación de que una parte de uno sigue perteneciendo a un lugar del que se fue hace demasiado tiempo, aunque la vida haya aprendido a continuar lejos de allí.

Eso es quizá lo más extraño del exilio: uno puede acostumbrarse a la distancia, pero nunca termina de acostumbrarse a la desgracia de la tierra que dejó atrás.

Cuando Colombia sufre, hay algo en mí que escucha desde lejos. No sé exactamente qué. Tal vez sean las calles que ya no camino, las voces que alguna vez reconocía sin necesidad de ver el rostro, los nombres de los lugares que todavía despiertan algo que el tiempo no ha conseguido borrar. Tal vez sea, simplemente, esa forma obstinada de pertenencia que sobrevive incluso cuando uno ha pasado más años lejos que cerca.

Y entonces llega la impotencia: la de estar demasiado lejos para hacer algo inmediato, la de recibir el dolor de otros a través de una pantalla, la de saber que mientras aquí la tarde sigue su curso, allá la tierra ha decidido cambiar de lugar bajo los pies de quienes uno lleva dentro.

Me quedé en silencio. No había nada que decir. Quizá porque ciertas tragedias nos devuelven, aunque sea por un instante, a una edad anterior de nosotros mismos. La noticia no habla solo del presente: despierta también la memoria de una patria que creíamos dormida, una patria que no necesita ser idealizada para seguir doliendo.

Después apagué la pantalla. Pero la noticia se quedó, mezclada con la luz que empezaba a desaparecer, con el silencio, con esa sensación difícil de nombrar de estar aquí y allá al mismo tiempo. Pensé que tal vez el exilio consiste también en eso: en vivir con una parte de la vida situada siempre a una distancia que ninguna carretera puede medir.

He aprendido a no insistir. Hay recuerdos que vienen y otros que no. Algunos se sientan a nuestro lado unos minutos y después se levantan sin despedirse. Los dejo ir. También eso forma parte de permanecer, porque permanecer no significa aferrarse. A veces significa justamente lo contrario: dejar que algo se marche sin correr detrás.

La tarde empieza a perder su claridad. La habitación se llena, despacio, de una penumbra que no parece oscura sino cansada. La madera guarda todavía un poco de luz. El suelo permanece inmóvil bajo mis pies. Todo ocupa su sitio con una naturalidad que me conmueve más de lo que quisiera admitir.

Pienso entonces en todo lo que fui: en los hombres que alguna vez creí que sería, en las vidas que imaginé y nunca ocurrieron, en las personas que caminaron conmigo un tramo y luego tomaron otra dirección, en las que aún permanecen, de una manera u otra, aunque ya no estén cerca. Durante mucho tiempo pensé que la vida era la suma de esas presencias. Ahora no estoy tan seguro. Tal vez también seamos lo que queda cuando esas presencias se retiran. No como una ruina, sino como una forma distinta de compañía.

Hay una edad en la que uno deja de preguntarse qué falta y empieza, casi sin darse cuenta, a mirar lo que permanece. No es resignación. Es otra manera de mirar.

A esta altura de la vida no necesito demasiado para sentir que estoy aquí. Una habitación tranquila. Un poco de luz que se filtra como si todavía creyera en mí. El murmullo lejano de la ciudad, que ya no exige nada. Y, sobre todo, los gorriones que llegan cada mañana, insistentes, fieles, reclamando unas migajas de pan como quien pide una forma mínima de compañía. Cantan sin descanso, como si supieran que su música sostiene algo en mi interior. Me observan, esperan, vuelan y regresan. En su rutina hay una ternura que no se anuncia, una presencia que no exige palabras. Mientras ellos picotean su pan, dejo que el pensamiento llegue sin haber sido llamado, que la conciencia permanezca despierta, que esta vida mía se afirme en lo esencial.

A veces basta eso: un puñado de luz, un silencio que no pesa, y estos pequeños compañeros que recuerdan que aún hay algo que responde cuando el mundo toca a la puerta.

Nada más.

Quizá la existencia nunca necesitó tantos testigos como imaginamos. Pasamos años buscando que alguien confirmara nuestro lugar en el mundo: que nos quisiera, que nos recordara, que dijera nuestro nombre. Y sin embargo llega un momento en que uno descubre algo incómodo y, al mismo tiempo, liberador: nadie tiene que certificar que estamos aquí.

Estamos. Eso basta.

No sé si esta certeza es sabiduría o simplemente cansancio. A estas alturas prefiero no ponerle nombre. Hay cosas que se vuelven más verdaderas cuando dejamos de explicarlas.

La penumbra termina de ocupar la estancia. Ya casi no distingo las pequeñas marcas del suelo. La habitación ha perdido sus contornos y, por un instante, parece más grande, como si los muros se hubieran retirado discretamente para dejarnos a solas con aquello que no necesita forma.

Permanezco sentado. No espero a nadie. Tampoco espero una respuesta. Afuera, la ciudad sigue viviendo sin saber que estoy aquí, y me parece bien. Hay una tranquilidad particular en no ser necesario para el movimiento del mundo. Quizá esa sea una de las pocas libertades que llegan con los años: comprender que el mundo puede continuar sin nosotros y que, aun así, nuestra existencia no pierde su sentido.

El aire se ha vuelto más fresco. La tarde ya terminó. Antes de encender la luz pienso, por alguna razón, que esta habitación no está vacía. Estoy yo. Y eso, por ahora, es suficiente.

Me quedo un momento más en silencio. Afuera, Montreal sigue su curso, indiferente y enorme, mientras al otro lado del continente mi país intenta recoger lo que la tierra dejó atrás. Pienso otra vez en aquella noticia y siento que el terremoto no terminó cuando cesó el movimiento de la tierra. Para quienes estamos lejos hay temblores que siguen viajando durante años, atravesando fronteras, husos horarios y silencios, hasta llegar a ese lugar secreto donde la patria todavía permanece.

Entonces comprendo que quizá también el exilio sea una forma de vivir con una tierra que tiembla dentro de uno. No hace ruido. No derriba paredes. Pero de vez en cuando mueve algo que creíamos firme y nos recuerda que hay lugares de los que uno puede irse, aunque ellos nunca terminan de irse de uno.

Apago la luz. Y en la oscuridad, antes de que la noche termine de cerrar la habitación, pienso en Colombia. Tan lejos. Tan adentro. Y por un instante me parece escuchar, no el estruendo de la tierra, sino ese silencio que queda después de que todo ha temblado.

Ese silencio también permanece.

Como la estancia.

Como la memoria.

Como uno mismo.
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