Capítulo 4
— El país que camina conmigo
Hay noches en que despierto con el corazón latiendo como si acabara de correr desde muy lejos. No hay ruido, no hay sobresalto —apenas una certeza física, honda, de haber vuelto a un lugar que ya no existe. La habitación permanece quieta, pero adentro se abre una madrugada entera: el vapor de una olla de frijoles sobre la hornilla, el murmullo de una radio anunciando el día, la sombra de una calle que conocí antes de aprender a nombrar el mundo. Entonces entiendo que la patria no desaparece de golpe: se deshilacha, pero deja ecos que uno sigue escuchando aunque baje el volumen del mundo.
«No se emigra una sola vez: se emigra cada noche, un poco, hacia el país que ya no puede alcanzarnos.»
Con los años he aprendido que la patria no es una geografía. Es la lengua en la que sueño sin querer —esa que el cuerpo no ha consentido en olvidar, aun cuando ya no quede nadie esperando del otro lado del océano.
Desde que crucé aquella frontera invisible del exilio, camino acompañado por un país entero que nadie más puede ver. No tiene himno ni oficinas de inmigración, tampoco figura en los libros escolares. Es un territorio hecho de cosas mínimas que sobreviven tercamente al tiempo: el modo en que pronunciaban mi nombre en la juventud, la luz amarilla de las tardes sobre los techos calientes, los perros ladrando a lo lejos en las madrugadas del barrio. A veces basta una canción escuchada por accidente en una tienda de especias para que todo regrese de golpe, como si la memoria fuera un animal que nunca termina de dormirse del todo.
He descubierto que la nostalgia no siempre duele igual. En la juventud era una herida abierta; hoy se parece más a esa humedad fina que empaña los vidrios sin que uno la note, hasta que ya no ve bien la calle. Uno aprende a convivir con ella como con ciertas cicatrices: sin tocarlas demasiado, pero sabiendo que están ahí.
Camino por el Plateau-Mont-Royal y oigo idiomas que hace treinta años me habrían parecido imposibles. Hoy forman parte de mi rutina, igual que el vaho que sube de las rejillas del metro en pleno invierno o el chirrido metálico de un vagón entrando en la estación. Y sin embargo hay días en que me siento visitante dentro de mi propia vida. Quizás por eso, cuando alguien me pregunta de dónde soy, todavía dudo un segundo de más —el tiempo justo para que note que la pregunta, para mí, nunca tuvo una sola respuesta.
Quizá por eso el exilio tenga algo de representación teatral. No hablo de falsedad, sino de aprendizaje. Durante años me moví por esta ciudad como un actor que memoriza, despacio, un papel que no eligió. El clima fue el primer idioma que tuve que descifrar —no el frío en sí, sino su gramática: cuándo se dice y cuándo se calla—. Después vinieron los silencios distintos, las formas de cortesía, el modo prudente en que aquí se protegen los afectos, como quien resguarda una lámpara del viento. Yo venía de un país donde las palabras se derramaban con facilidad, donde hasta la tristeza tenía volumen. Aquí aprendí la contención. Aprendí que también hay cariños que se dicen en voz baja —y algunos, sospecho, ni siquiera se dicen: se cocinan, se sirven, se dejan a la puerta de alguien sin tocar el timbre.
Pero debajo de esas capas aprendidas —el abrigo grueso, el francés todavía imperfecto, la rutina canadiense, los inviernos sobrellevados con una dignidad que tuve que fabricarme— sigue intacto el hombre que fui. Lo descubro en detalles mínimos: en el modo de servir el arroz, en una canción que aún me desarma, en ciertas palabras que sigo pronunciando como si el tiempo no hubiera pasado por ellas.
Hay algo extraño en envejecer lejos del lugar donde uno nació: uno se convierte, despacio, en guardián de un museo que nadie más visita. Muchos de los que amé ya no están. Algunas calles cambiaron de nombre; otras fueron demolidas. Tal vez el país que extraño tampoco existe ya para quienes nunca se marcharon —como habría anotado Tabucchi, con esa costumbre suya de tratar los recuerdos como si fueran personas que todavía tienen algo que decirnos. Quizá todos terminamos exiliados de algo, aunque nunca nos movamos de sitio.
Esa idea me acompaña algunas noches, cuando bajo por las escaleras de la ciudad subterránea para no cruzar el frío de la calle. Ahí abajo, entre vitrinas y pasillos que nadie diseñó para ser hermosos, pienso que la memoria funciona igual: una ciudad entera sigue caminando bajo la que se ve, con su propio tráfico de fantasmas, invisible para quien nunca tuvo que construirla. Nada desaparece del todo. Solo cambia de nivel.
He comprendido, despacio, que la vida no me pide elegir entre el país que perdí y el que me recibió. Los dos me habitan de maneras distintas: uno sostiene mis recuerdos; el otro, mis pasos cansados sobre las aceras heladas. Entre ambos fui construyendo esta identidad incierta, híbrida, imperfecta —y, por eso mismo, profundamente humana.
Quizá ahí resida la verdadera naturaleza del exilio: no en la pérdida, sino en esa transformación silenciosa que ocurre mientras uno aprende a vivir entre dos nostalgias.
Porque, al final, la patria verdadera no es una bandera ni una línea trazada por hombres cansados de la guerra. Es la voz que sigue pronunciando nuestro nombre con el acento de los primeros años —esa voz que permanece incluso cuando envejecemos, incluso cuando afuera la ciudad amanece cubierta de blanco y uno ya no sabe con certeza desde dónde recuerda.
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