sábado, 5 de septiembre de 2026

*** 72 Las tres habitaciones del mundo

Capítulo 72

Las tres habitaciones del mundo

Hay lugares a los que uno llega sin haberlos escogido. Algunos tienen camas blancas, otros barrotes, otros lápidas. Lo extraño es que, con los años, uno descubre que los tres hablan de lo mismo: de la fragilidad, de la libertad y del tiempo que nos queda. Tal vez la vida sea eso: aprender a pasar por ciertas habitaciones sin confundir ninguna con la casa entera.

I. El hospital

El aire tiene allí una densidad particular, como si hasta el silencio estuviera esperando noticias. Las máquinas susurran en coro, un rosario digital que repite su oración interminable: todavía, todavía, todavía. Los cuerpos yacen en sus lechos como barcos detenidos, mientras los monitores traducen la incertidumbre en números verdes.

En agosto de 2019 fui yo quien ocupó una de esas camas. Un infarto, dijeron, con la sequedad clínica con que se anuncian las cosas más graves: dos arterias bloqueadas, y un procedimiento con nombre casi técnico —angioplastia— que consistía, me explicaron, en introducir un catéter hasta el corazón, guiarlo por dentro de mí mismo como quien traza un mapa a ciegas, e inflar allí un pequeño globo para abrir camino donde la sangre ya no encontraba paso; después, un resorte diminuto —un stent— quedaría instalado para sostener esa apertura, como una llave dejada permanentemente en la cerradura. 

Todo esto ocurrió en el Instituto de Cardiología de Montreal, y yo estuve despierto durante el proceso, viendo en una pantalla el interior de mi propio pecho, mis propios ríos, mientras alguien a quien apenas podía ver los destapaba con una serenidad que a mí me hubiera costado toda una vida aprender. «No hay manera de explicar del todo lo que se siente al mirar, en una pantalla, el lugar exacto donde uno pudo haberse quedado.»

He visto al millonario y al mendigo compartir el mismo pasillo, la misma bata de tela áspera, la misma mirada desnuda frente al abismo. Allí el dinero se vuelve un rumor lejano, una vieja historia sin importancia: la enfermedad nivela con una imparcialidad que no conoce apellidos.

En la cama contigua a la mía, durante esos mismos días de agosto, dormía un hombre que insistía en terminar el crucigrama del periódico aunque le temblaran las manos. No hablábamos mucho —apenas su nombre, Édouard, y el hospital al que ambos debíamos nuestra paciencia— pero cada mañana me mostraba, casi con orgullo, la palabra que había logrado completar el día anterior. Murió un martes, sin haber terminado el crucigrama del domingo; alguien —una enfermera, quizás— lo dejó doblado sobre la mesa, como si todavía pudiera necesitarlo.

El cuerpo, ese compañero que durante décadas obedeció sin exigir demasiadas explicaciones, puede levantarse un día contra nosotros. Duele. Tiembla. Olvida. Y entonces comprendemos que habíamos confundido lo cotidiano con lo eterno.

Camino por los pasillos y algunas puertas entreabiertas parecen mostrar futuros posibles: un hombre ya no reconoce a su esposa, una mujer sostiene la mano de su madre con una delicadeza que parece detener el tiempo. «No son desconocidos. Son espejos.»

Nadie piensa en el milagro de estar bien mientras lo está. Quizás porque la vida tiene esa vieja costumbre de esconder sus milagros detrás de la rutina, y mientras todo funciona, uno supone que el cuerpo tiene contrato indefinido. «No lo tiene.»

II. La prisión

Nunca he vivido entre barrotes, pero he conocido otras cárceles. Algunas comenzaron en la infancia, hechas de palabras que llegaron demasiado pronto o de silencios que duraron demasiado; otras las levanté yo mismo, con decisiones que parecían pequeñas y terminaron construyendo habitaciones enteras dentro de la memoria. Hay prisiones sin guardias y sin cerraduras: basta con recordar todos los días aquello que ya no podemos cambiar.

Hubo un filósofo francés que leí de joven y que veía en la libertad una condena. Yo, con los años, he llegado a sospechar que también puede ser una forma de perdón. «Ser libre no siempre consiste en abrir una puerta; a veces consiste en dejar de golpear una que ya no conduce a ninguna parte.»

He sido mi propio carcelero y, algunas veces, mi único prisionero: una organización bastante eficiente, que no necesitaba vigilancia porque yo mismo hacía los turnos.

Recuerdo un miércoles de hace veintitantos años —no fue una fecha importante para nadie más que para mí— en que dije una frase que no debí decir, a alguien que ya no está para escucharla de nuevo. No fue gran cosa, medida desde afuera. Mirada desde adentro, en cambio, construí con esa sola frase una celda que he visitado más veces de las que quisiera confesar.

He pasado demasiado tiempo encerrado en errores que el calendario ya había archivado, como quien permanece en una habitación oscura porque terminó acostumbrándose a ella. Pero existe una extraña misericordia en la edad: uno empieza a comprender que no todo merece seguir siendo cargado.
«Las llaves suelen estar más cerca de lo que creemos, aunque durante años hayamos preferido buscar la cerradura.»

La vida, vista desde cierta distancia, resulta ser un inventario de tropiezos. Algunos nos hicieron daño; otros nos hicieron reír mucho después. Y quizá madurar consista en aprender a llevar solamente aquello que todavía tiene sentido. «No todo lo que pesa pertenece al equipaje.»

Además, llega un momento en que uno descubre algo casi ofensivamente sencillo: hay culpas que ya cumplieron su condena y todavía seguimos alimentándolas, como si fueran mascotas.

III. El cementerio

El cementerio parece ser el único lugar donde el tiempo ha renunciado a discutir. No hay prisa ni cuentas pendientes: solo nombres, fechas y esa quietud particular que no parece ausencia, sino una forma distinta de presencia. Las piedras conservan lo que los vivos olvidamos con facilidad: que cada vida, incluso la más discreta, alguna vez ocupó un lugar en el mundo.

Allí el poder pierde su voz, no porque alguien se la quite, sino porque ya no tiene a quién dirigirla. Algunas lápidas, las más antiguas, ya no pueden leerse: la lluvia y el tiempo ha ido borrando los nombres con la misma paciencia con que los grabaron. Dentro de cien años, ni el mármol más costoso logrará recordarnos mejor que la piedra más humilde de al lado. «La tierra no distingue entre quienes tuvieron mucho y quienes apenas tuvieron tiempo.»

Hace no mucho me detuve frente a una lápida con un nombre que no reconocía —Thérèse, 1927-2004— y un ramo de flores demasiado frescas para una tumba que, a juzgar por el musgo en la base, ya nadie visitaba. Me quedé preguntándome quién habría cruzado la ciudad esa mañana para dejarlas ahí, y por qué, después de tantos años, seguía siendo importante que Thérèse supiera —si es que en algún lugar todavía puede saberlo— que alguien no la había olvidado del todo.

He caminado entre tumbas y nunca he sentido solamente tristeza; hay también una serenidad difícil de explicar, quizás porque allí la muerte deja de ser una idea abstracta y se convierte en una vecindad. Uno termina comprendiendo que no hay manera elegante de escapar de ella: podemos aplazarla, discutirla, ignorarla durante décadas, pero finalmente todos llegamos con las manos vacías. «Y, sin embargo, esa certeza no me parece la peor noticia.»

La muerte no vuelve inútil la vida; le pone un límite, y precisamente por eso cada instante adquiere peso. Acaso por eso, al contemplar una lápida, no pienso tanto en quien falta como en todo aquello que todavía permanece: una conversación, una fotografía, una costumbre, una frase que alguien dijo sin saber que algún día sería recordada. Pienso, por ejemplo, en esas flores frescas sobre una tumba de hace veinte años.

«Los muertos no siempre desaparecen. A veces simplemente cambian de habitación.»

Y, pensándolo bien, tienen una ventaja que nosotros todavía no: ya no tienen que preocuparse por el próximo recibo.

IV. El anciano y su casa

Después de pasar por esas tres habitaciones, empiezo a sospechar que ninguna estaba destinada a ser una morada definitiva. El hospital me enseñó que soy frágil; la prisión, que soy responsable de algunas de mis cadenas; el cementerio, que soy fugaz. Y la vejez, sospecho, consiste en aprender a vivir con esas tres verdades sin convertir ninguna en tragedia. La edad del silencio no es necesariamente una caída; puede ser la altura desde la cual ciertas cosas, por fin, se ven con menos ruido.

Entonces aparece la casa.

No una casa real, sino esa otra que uno lleva dentro después de haber vivido lo suficiente para conocer sus habitaciones, sus pasillos y también algunas puertas que sería mejor no volver a abrir. A estas alturas, uno ya sabe que no todas las puertas conducen a alguna parte: algunas conducen, simplemente, a otro recuerdo. «Y hay recuerdos que deberían venir con horario de visita.»

Desde una ventana cualquiera, el mundo continúa haciendo sus pequeñas cosas. La gente camina. Los árboles se mueven. Alguien ríe en la calle. Un desconocido carga una bolsa de compras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y uno comprende, con cierta sorpresa, que todavía pertenece a ese movimiento.

No porque haya resuelto la vida —a estas alturas, semejante pretensión resultaría incluso un poco ridícula: si después de tantos años hubiera descubierto cómo funciona la vida, probablemente tendría que sospechar de ella—, sino porque todavía hay cosas que mirar, alguien a quien escuchar, alguna pregunta pendiente y, por fortuna, algunas ganas de equivocarse de nuevo, aunque ya con menos entusiasmo.

Tal vez vivir consista en eso: aceptar que somos frágiles, responsables y fugaces, y aun así levantarnos cada día con suficiente curiosidad para ver qué ocurre después.

Las tres habitaciones siguen allí: el hospital, la prisión, el cementerio. Pero hay una cuarta, más callada, donde uno finalmente puede sentarse, mirar hacia afuera y comprender que la vida nunca fue una línea recta. Fue una casa extraña, con puertas que se cerraron y otras que permanecieron abiertas, y con una ventana desde la cual, incluso ahora, el mundo todavía parece dispuesto a continuar sin nosotros y, por alguna razón inexplicable, también a invitarnos a seguir dentro de él.
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71 - Los amigos que seguimos siendo

 Capitulo 71

Los amigos que seguimos siendo

Con los años uno descubre que la vejez no llega de golpe. Se instala despacio, sin hacer ruido, como esas visitas que conocen la casa y ya no necesitan llamar a la puerta.

Tal vez una de sus primeras señales sea esta: empiezan a regresar los amigos.

No necesariamente los de ahora. Regresan los de antes, los que pertenecen a una época en la que uno todavía no sabía que estaba viviendo una época. Los que conocieron nuestra risa antes de que aprendiéramos a moderarla, nuestras ilusiones antes de que la vida les pusiera nombre a las decepciones. Amigos que sabían quiénes éramos cuando nosotros apenas lo sospechábamos.

A veces pienso que cada amistad fue una manera distinta de conocernos.

Con uno aprendimos a ser valientes. Con otro, a no tomarnos demasiado en serio. Hubo quien conoció nuestra parte más vulnerable y quien solamente necesitó sentarse a nuestro lado para entenderla. Cada amigo parecía tener una llave diferente de esa casa que llamamos nosotros mismos.

Y cuando alguno se va, comprendemos que no desaparece solamente una persona.

Desaparece también una versión de nosotros.

Eso es lo extraño de perder amigos con los años. No solo se pierde su compañía, sus conversaciones, sus ocurrencias o aquella manera particular que tenían de pronunciar nuestro nombre. Se pierde el hombre que éramos cuando estábamos con ellos.

Hay amigos que conocieron una juventud que ya no existe. Otros fueron testigos de nuestros errores, de nuestras pequeñas hazañas, de esas decisiones que entonces parecían definitivas y que ahora apenas nos producen una sonrisa. Con ellos quedó guardada una parte de nuestra vida que nadie más puede certificar.

Quizás por eso algunos muertos siguen teniendo cierta autoridad sobre nosotros.

No porque nos hablen desde ninguna parte misteriosa, sino porque conservamos intacta la mirada con la que alguna vez nos vieron. Y esa mirada, después de tantos años, todavía puede corregirnos.

La vejez tiene esa extraña cortesía: devuelve lo que creíamos perdido, aunque no siempre de la manera que esperábamos.

Una palabra. Un apellido. Una canción escuchada por casualidad. La forma de reírse de alguien en la calle. Y de pronto aparece un amigo que llevaba treinta años sin visitarnos.

No viene con solemnidad.

Llega como llegaban antes: sin pedir permiso.

Entonces uno recuerda una conversación que había olvidado, una tarde cualquiera, una estupidez que nos hizo reír durante horas. Y comprende que la memoria no conserva la vida entera. Hace algo más caprichoso: guarda pequeñas escenas y deja que el resto se pierda.

Quizás así trabaja también la amistad.

No como un archivo ordenado, sino como esas cosas que permanecen sin que sepamos muy bien por qué.

A veces me pregunto cuántos hombres distintos fui gracias a mis amigos. Cuántas cosas de mí nacieron en esas conversaciones interminables, en aquellas discusiones inútiles que entonces parecían importantes, en las caminatas sin propósito, en las confidencias que nunca volvieron a repetirse.

Uno cree que los amigos nos acompañan durante una parte de la vida.

Tal vez sea al revés.

Tal vez sean ellos quienes, durante un tiempo, nos prestan una vida distinta.

Y después se marchan.

Algunos a otra ciudad. Otros hacia otras costumbres. Algunos, simplemente, hacia ese lugar definitivo al que todavía nos cuesta ponerle nombre.

Pero algo queda.

No exactamente el recuerdo. El recuerdo cambia, se equivoca, mezcla fechas y rostros. Queda algo más difícil de explicar: una manera de mirar, una frase que uno todavía utiliza sin recordar de quién la aprendió, cierta forma de reírse de las desgracias, una paciencia que antes no teníamos.

Quizás los amigos que hemos perdido continúan viviendo de esa manera: escondidos en nuestros gestos.

A cierta edad ya no se trata de recuperar el tiempo. Eso sería pedirle demasiado a la memoria. Basta con reconocer que algunas personas siguen caminando con nosotros aunque ya no estén a nuestro lado.

El otro día, mirando la luz de la tarde sobre las fachadas del Plateau-Mont-Royal, pensé en uno de ellos.

No intenté recordar exactamente su rostro. Me sorprendió descubrir que ya no podía hacerlo con absoluta precisión.

Recordé, en cambio, su manera de reír.

Y me pareció suficiente.

Quizás envejecer consista también en eso: ir perdiendo detalles y conservar, contra toda lógica, lo esencial.

Los amigos se van.

Algunos desaparecen de nuestra vida; otros desaparecen de la vida.

Pero hay una parte de ellos que permanece en nosotros, no como una estatua ni como una fotografía, sino como una costumbre del alma.

Y entonces comprendo algo que antes no sabía:

uno nunca deja del todo de ser el amigo que fue.

Por eso, cuando alguno regresa desde la memoria, no viene solamente a recordarnos quién era él.

Viene a recordarnos quiénes éramos nosotros.

Y durante un instante —solo un instante— volvemos a ser aquellos hombres que todavía no sabían que algún día tendrían que aprender a despedirse.

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