sábado, 8 de agosto de 2026

*** 57 - No lo sé ...

Capítulo 57

«No lo sé»

No lo sé. Tal vez sea ésa la única certeza que me queda —la única columna que aún sostiene el techo de esta morada que habito sin haberla elegido—. No recuerdo el instante exacto en que el corazón comenzó a disminuir el paso, como si temiera despertar a los fantasmas que viven en los pliegues del tiempo. Quizá fue en algún otoño de esos que llegan sin avisar y se quedan más de lo debido. O quizá fue cuando la memoria empezó a borrar los bordes de las cosas, a desdibujar los rostros, a hacer que los nombres pesaran menos que los silencios que los acompañan.

Pero tampoco hace falta recordarlo. Los relojes no preguntan, y yo he aprendido a no interrogar al tiempo —a no pedirle cuentas, a no exigirle explicaciones—. Él va a su paso, a su manera. Y yo, que he visto a mi padre envejecer y a mi hijo crecer, sé que la única lección que vale la pena no es detener el tiempo, sino aprender a caber en él sin pedirle que se achique.

Así que sigo aquí, sostenido por esta columna de no‑saber, bajo este techo hecho de preguntas que nunca encuentran respuesta. Y aunque a veces el viento haga crujir las maderas, sé que la columna aguanta. No porque sea fuerte, sino porque he dejado de exigirle que lo sea.

Ya no espero la felicidad, y sin embargo camino.

Me tomó años llegar a esa frase sin sentir que era una derrota. Durante mucho tiempo creí que la felicidad era algo que debía perseguirse con la obstinación de quien busca una casa cuyo número ha olvidado. Había que encontrarla. Merecerla. Defenderla. Ahora pienso que quizá fue ella quien nunca quiso ser encontrada. Tal vez sólo pasaba de vez en cuando, se sentaba un momento a mi lado y luego seguía su camino sin despedirse.

La vida se presenta como un engaño continuo, tanto en lo grande como en lo pequeño. Si ha prometido algo, no lo cumple, a no ser para demostrar lo poco deseable que era lo deseado; nos engaña tanto la esperanza como lo esperado. Si nos da algo es para volvérnoslo a quitar. El hechizo de la lejanía nos muestra paraísos que se desvanecen como ilusiones ópticas cuando nos hemos dejado seducir por ellos. La felicidad, por tanto, se halla siempre o en el pasado o en el futuro, y el presente es comparable a una nubecilla oscura empujada por el viento encima de la llanura soleada: delante y detrás de ella todo es luminoso, y solo ella proyecta siempre una sombra.

No estoy roto del todo. Me lo repito en silencio, como quien comprueba que una pared todavía se sostiene después de una larga tormenta. Aún puedo levantarme, vestirme, contestar una pregunta, mirar a alguien y sonreír. Pero tampoco soy el mismo. Hay grietas por donde se escapa el entusiasmo, goteras invisibles por donde se filtra una tristeza sin nombre ni partida de nacimiento. Una tristeza antigua, discreta, que no hace escándalo. Me acompaña como un perro viejo que decidió seguirme y al que, después de tantos años, ya no tendría sentido echar de casa.

He aprendido a representar la normalidad con cierta eficacia. Los vecinos no se alarman —para eso sirven, en el fondo, los vecinos: para no alarmarse—. La gente que encuentro en la calle no sospecha nada; el mundo sigue esperando de mí esos pequeños gestos que certifican que uno pertenece todavía a la comunidad de los vivos. Hablo, sonrío, pago cuentas, respondo mensajes, ordeno lo que puede ordenarse. Ejecuto los gestos necesarios de un hombre en pie —nada más, nada menos—.

Y, sin embargo, a veces me observo desde una distancia que no sé explicar. Ese hombre que soy yo camina, gesticula, se mira en el espejo, se afeita, sale, vuelve. Pero hay momentos en que siento que una parte de mí se quedó en otra parte, suspendida en una neblina sin temperatura, escuchando el eco de una vida que ya no sé si fue enteramente mía.

Es un silencio difícil de nombrar. No es exactamente la soledad, porque la soledad de los cuartos vacíos tiene puertas y ventanas: se puede airear. Esto es otra cosa —estar entre los demás y no encontrar el idioma que traduzca lo que ocurre por dentro—. Como estar en una conversación y descubrir, de pronto, que todos conocen una palabra que a uno nunca le enseñaron.

A veces, en medio de esas conversaciones pequeñas que llenan las horas —el precio de las cosas, el tiempo que hace, los problemas ajenos—, miro los rostros y me pregunto si ellos también llevan por dentro alguna forma secreta de invierno.

«¿Tú también?»

«¿O soy el único que compró la entrada para esta función?»

Si esto es crecer, nadie me lo advirtió. O quizá sí, pero yo miraba hacia otro lado. Nadie me explicó que se puede añorar la propia vida mientras todavía se la vive. Que uno puede echar de menos una casa que aún habita, un rostro que sigue presente, una versión de sí mismo que no ha muerto del todo pero que ya no sabe cómo regresar.

Me pregunto en qué recodo del camino quedó aquel muchacho que creía en los gestos grandilocuentes y en los amores capaces de incendiar el mundo. Aquel que saltaba sin mirar demasiado y confundía, con la arrogancia de los jóvenes, la imprudencia con la valentía.

Quizá sigue ahí.

Tal vez duerme en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, se mueve bajo las mantas. No para volver —porque nadie vuelve realmente—, sino para recordarme que alguna vez fui capaz de desear las cosas con una intensidad que ahora me parece casi ajena.

La vida es breve, aunque sus horas sepan estirarse como un telón que tarda demasiado en caer. Detrás de ese telón espera la muerte, con una paciencia que nosotros no tenemos. Antes me parecía una palabra inmensa. Ahora la miro con menos aspaviento. No porque haya aprendido a comprenderla, sino porque he dejado de pedirle explicaciones a lo inevitable.

Sé que algún día vendrá. Vendrá a buscar lo que fui y lo que no alcancé a ser. Se llevará mis pequeñas costumbres, mis derrotas, las palabras que nunca dije y las que dije demasiado tarde. Se llevará también aquello que creí poseer. Al final, todo lo que uno tuvo termina por alejarse, como una fotografía expuesta durante años a demasiada luz: los contornos desaparecen primero, después se borran los detalles, y un día uno descubre que apenas queda una sombra de aquello que había jurado no olvidar jamás.

No la temo del todo. ¿Cómo temer durante tanto tiempo a un visitante que uno sabe inevitable? Quizá el miedo también envejece. O se cansa.

Pero queda algo. Siempre queda algo.

Queda este extraño goce de la tristeza, esta manera de habitar la sombra sin renunciar del todo a la claridad. Queda la costumbre de volver, aunque sea con el pensamiento, a ciertos lugares: una puerta que ya no existe, una esquina donde el pasado parece haber dejado una respiración detenida, un nombre que ya sólo se pronuncia dentro de uno mismo.

Queda ese Sur íntimo hacia el que el corazón se inclina sin pedir permiso. Allí guardo mis derrotas, mis pequeñas victorias y todo aquello que perdí sin saber exactamente cuándo. Quizá también guardo allí ese hábito inútil de estar triste que me acompaña desde hace años y que, a estas alturas, ya forma parte de mis pertenencias.

La nostalgia, después de todo, también puede ser una forma de hogar. No digo que sea un hogar cómodo —a veces tiene habitaciones demasiado oscuras, a veces uno abre una puerta y encuentra detrás una ausencia—, pero es el lugar donde permanecen las cosas que el tiempo no consiguió llevarse del todo. Allí siguen ciertos olores, algunas voces, calles enteras que ya no existen como existían entonces. Allí permanece una parte de nosotros, esperando quizá nada más que ser visitada de vez en cuando.

Hoy me conformo con la tibieza de las cosas pequeñas: el pan tostado, el agua del grifo, el silbido distante de un tren de mercancías, una silla junto a la ventana, la página que todavía admite una palabra más. He llegado a una edad en que comprendo que no todo lo que salva tiene que ser extraordinario. A veces basta con que algo permanezca quieto y nos espere.

Y por eso escribo.

Escribo porque tal vez la única manera de no diluirme del todo sea dejar constancia de esta niebla. No escribo para resolver lo que no sé. Escribo precisamente porque no lo sé. Porque el papel no interrumpe ni ofrece soluciones. Porque una página en blanco tiene la fina cortesía de aceptar nuestras contradicciones sin intentar corregirlas.

A veces pienso que escribir es sentarse frente a uno mismo sin apagar la luz.

La literatura me ha devuelto, en ocasiones, una intensidad que la vida cotidiana ya no me concede. En los libros he vivido otras vidas, he amado sin consecuencias, he cruzado países que sólo existen en una página y he regresado a casas que nunca fueron mías. Leo y recuerdo que alguna vez ardí. Y sé también que, tras cada incendio, queda la tarea de rescatar los muebles que aún sirven —no para montar la misma casa, sino para habitar de otra manera las ruinas.

Hay tardes en que la tristeza se sienta a mi lado y no intento discutir con ella. Le he cedido algunas cosas: ciertas canciones, los aeropuertos, los lugares de paso, las despedidas que llegan cuando uno ya no tiene nada que añadir. Pero no le he entregado el mundo entero.

Todavía hay días que se abren con una grieta por donde se filtra una luz incierta. Todavía hay una esquina cualquiera que puede sorprenderme.

Un olor. Una frase. Una ventana iluminada. El recuerdo de una risa.

No necesito que ocurra un milagro. Quizá ya no creo demasiado en ellos. Pero todavía me conmueve la posibilidad de que algo mínimo interrumpa la costumbre y me recuerde, aunque sea por unos segundos, que sigo perteneciendo a este mundo vasto, diverso, incomprensible.

A veces me aferro a eso. No a la felicidad —esa palabra se ha vuelto demasiado grande, demasiado exigente—, sino a la posibilidad de sentir un instante de claridad. Una especie de tregua. Un minuto en que el peso de estar vivo no resulta insoportable ni extraordinario, sino simplemente verdadero.

Quizá eso sea suficiente. Y quizá no.

No lo sé. Ésa es la cuestión.

Schopenhauer lo dijo mejor que yo, hace más de siglo y medio: que la vida es «un negocio que no cubre los gastos». La primera vez que leí la frase me pareció exagerada. Ahora, algunos días, no tanto: con sus tropiezos de cada hora, de cada semana, de cada año, con esperanzas que no se cumplen y planes que se tuercen sin aviso, la vida a veces parece llevar puesta una etiqueta —hecha para desgastarnos, no para complacernos—. Es difícil entender cómo pude creer, durante tanto tiempo, que estábamos aquí para disfrutarla con gratitud. Ahora sospecho que ese vaivén entre la ilusión y el desengaño no es un accidente, sino casi un diseño: como si el mundo insistiera en recordarnos que nada —ni el esfuerzo, ni la lucha, ni lo que creímos ganar— alcanza a cubrir lo que puso. No sé si Schopenhauer tenía razón del todo. Pero cada vez que hago cuentas, algo en mí se la da.

Durante años busqué respuestas como quien busca una dirección escrita en un papel que se mojó bajo la lluvia. Ahora sospecho que algunas preguntas no fueron hechas para ser respondidas. Se quedan con nosotros. Nos acompañan. Envejecen a nuestro lado —pienso, como habría pensado Ribeyro con su discreta resignación, que uno no llega a comprender la vida: apenas aprende a llevarla con cierta elegancia derrotada—.

He aprendido a negociar con el misterio sin ganarle nunca.

Hay días en que me siento más cerca de la claridad. Otros, en cambio, la vida parece alejarse unos pasos, como si quisiera observar desde lejos qué hago con ella. En esos momentos vuelvo a pensar que todo lo que tuve se va desvaneciendo poco a poco, y que el mundo seguirá cuando yo ya no esté para mirarlo.

Pero el mundo sigue siendo profundo. Más profundo que mis pérdidas. Más vasto que mis heridas. Y eso, de alguna manera, me consuela.

No espero que la vida me devuelva lo que no supo guardar. Ya no le pido que corrija sus decisiones ni que me entregue una versión distinta del pasado. Sería como pedirle al río que devuelva cada piedra al lugar donde estaba antes de la creciente.

Hay cosas que se fueron. Hay cosas que no regresarán. Y, sin embargo, sigo caminando.

No con heroísmo. No con una gran fe. A veces camino apenas por costumbre, a veces porque no sé qué otra cosa hacer. Pero también porque, en algún lugar que no consigo identificar, persiste una curiosidad pequeña y obstinada.

Quiero ver qué hay después. No después de la muerte: después de la próxima esquina.

Ése es, tal vez, mi secreto. No espero grandes revelaciones. No espero que la dicha vuelva a instalarse en mi vida como una propietaria satisfecha. Me basta con saber que algo, aunque sea mínimo, todavía puede esperarme.

Una palabra. Una presencia. Un recuerdo nuevo. El silencio que sigue a una frase bien dicha.

Y así continúo. Con mis preguntas. Con mis grietas. Con esa tristeza que a veces me sigue y otras veces me deja caminar solo. Con todo lo que he perdido y con lo poco que todavía me sorprende.

Avanzo con la serenidad de quien ha comprendido que el destino verdadero no siempre fue el que quiso ni el que imaginó. Quizá sea éste: seguir sin conocer del todo el camino, aceptar que muchas cosas no tuvieron explicación, mirar hacia atrás sin quedarse allí.

Y doblar la próxima esquina.

No lo sé. Tal vez no haya nada. Tal vez haya otra tarde parecida a todas las anteriores. O tal vez algo, pequeño e inesperado, me esté esperando sin saber mi nombre.

Ni siquiera esta tristeza —la misma que nunca tuvo partida de nacimiento— me pedirá partida de defunción cuando yo falte. Se irá como llegó: sin papeles, sin trámite, sin dejar rastro en ninguna oficina del Estado.


Mientras tanto, sigo buscandole la comba al palo y arrastrando la esperanza de las mechas —a la fuerza, como quien arrastra a un invitado que ya debería haberse despedido—. Pero mientras la última puerta que se cierre no sea la del ataúd, uno puede volver a empezar las veces que le dé la gana.

Eso basta para seguir.

Por ahora.

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