Capítulo 11
La compasión de los añosHay días en que el pasado me toca el hombro con la suavidad de un fantasma cansado. No viene a reclamar nada; le basta con que lo mire y le reconozca la cara, que ha cambiado tanto como la mía.
La memoria llega sin pedir permiso y se instala como el polvo: nadie la ve caer. Se acumula durante meses sobre los lomos de los libros, sobre el borde de las fotografías, y uno sigue creyendo que la casa es la misma de siempre. Después, una tarde cualquiera, la luz entra de costado y ahí está todo — una capa fina que lo cubre sin haber movido nada de sitio.
Dicen que los años curan las heridas. No sabría decirlo. Lo que veo es que trabajan despacio, como quien remienda: juntan el dolor con lo que vino después y dejan la costura a la vista. Uno termina mirando la tela ya cosida, cuando ya casi no hay fuerzas para deshacer los nudos.
Miro mis manos. Están más lentas, con manchas que antes no estaban. Todavía hacen algunos gestos del muchacho que fui: el modo de sostener un vaso, de rascarse la nuca antes de decir algo difícil. A veces basta cerrar los ojos para sentir otra vez el sol de mi tierra sobre la piel, el polvo de las calles, las tardes largas en que el mundo se extendía más allá del último árbol.
Aquel niño sigue por ahí. Lo encuentro de vez en cuando, escondido entre los recuerdos, corriendo por caminos que ya no existen, detrás de sueños sencillos, convencido de que el tiempo no va a alcanzarlo nunca. Lo miro desde esta orilla y siento ternura, y también algo parecido a la vergüenza. Durante años le exigí demasiado. Lo juzgué por sus miedos y por unas decisiones que después fueron el mapa de todo lo que vino.
Hizo lo que pudo.
Me costó mucho tiempo admitir una cosa tan simple. Sospecho que la vejez tiene algo de eso: uno se levanta del sillón del juez y se sienta atrás, entre los que solo miran. Las culpas no desaparecen; cambian de forma. Se vuelven silencios, un nombre que regresa cuando cae la tarde, la costumbre de callarse en mitad de una frase. Algunas, con los años, dejan de arder y sirven apenas para alumbrar un poco: uno sabe por dónde no volver a pasar.
Pienso en las mujeres que conocí. En las que sostuvieron casas enteras sin levantar la voz, en las que aprendieron a resistir sin hacer ruido. Cuántas veces el amor siguió existiendo gracias a ellas, escondido detrás de las cuentas por pagar y de la comida del día siguiente, sin que nadie se lo agradeciera en voz alta. Hay dolores que no hacen escándalo y que, sin embargo, sostienen una casa entera.
Y con todo, la belleza es terca. La he visto aparecer donde no tenía nada que hacer: en la risa de alguien que ha sufrido de más, en una llamada desde muy lejos a una hora imposible, en una fotografía amarilla que sobrevivió a todas las mudanzas. Quizás por eso sigo caminando. Ya no espero ninguna victoria; me conformo con encontrar, casi todos los días, alguna razón pequeña para dar las gracias.
A veces me quedo mirando a la gente que cruza la calle. Cada uno lleva una historia que no voy a saber, una pérdida guardada, un amor que todavía lo acompaña. Entonces la soledad se afloja un poco. Me inclino a creer que todos emigramos, tarde o temprano, de nuestra propia infancia: dejamos voces, abrazos, pedazos sueltos en el camino, y creemos que avanzamos, aunque una parte se quede siempre mirando hacia atrás.
Desde la ventana, a esta hora, la luz baja por la escalera de hierro del edificio de enfrente y se detiene en el segundo escalón. Los años han ido limando el filo de algunos recuerdos. Aquella culpa que me oscurecía las mañanas se volvió una manera más callada de mirar lo mismo. Ya no necesito ganarle ninguna batalla al pasado; me alcanza con sentarme a su lado y escucharlo.
Aquel niño todavía corre por dentro. No puedo devolverle nada de lo que perdió. Puedo, a lo sumo, dejar de exigirle, bajar la voz cuando lo encuentro.
Afuera anochece temprano — ya es esa época del año. Dejo la lámpara apagada un rato más.
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