Capítulo 64
La edad de perder vigencia
«Envejecer no es deteriorarse».
Lo dijo un viejito chévere, Gonzalo Canal Ramírez, en ese libro que para muchos ha sido una especie de biblia de la vejez. Me gusta la frase porque tiene algo de desafío y algo de consuelo. Envejecer no necesariamente significa estropearse. A veces significa, simplemente, cambiar de catálogo.
Cambian los médicos, las amistades, las aficiones, los intereses, los atardeceres, los libros que uno elige y hasta las conversaciones que está dispuesto a soportar. También cambia la manera de mirar el mundo. Lo que antes parecía urgente empieza a parecer apenas ruidoso.
Y uno aprende cosas que nadie le había explicado.
Aprende no solo a perdonar, sino a olvidar, que quizá sea todavía más saludable. Porque perdonar conserva cierta memoria del agravio; olvidar, en cambio, tiene la cortesía de no volver a cobrarlo.
Envejecer nos depara incluso verbos sorprendentes, como ennietecer: esa posibilidad maravillosa de volver a ser niños o, más exactamente, de dejar salir al niño que nunca tuvimos tiempo de ser.
A quienes ya estamos más cerca del barrio de los acostados que de la cuna nos llaman «adultos mayores» o «personas de la tercera edad». Gracias por el eufemismo, pero tanto cuidado verbal no paga el arriendo ni evita las arrugas. A cierta edad uno agradece que lo llamen como quieran, siempre que no sea para venderle un seguro de vida demasiado caro.
Porque la vejez tiene una particularidad: la cédula envejece con una puntualidad admirable, mientras uno sigue creyendo, algunas mañanas, que todavía puede engañarla.
Yo, por ejemplo, he recurrido a ciertos trucos inocentes para que no se note demasiado el ocaso. Con la idea de escurrirle el bulto a los años, me dejé crecer el bigote para esconder ese implacable código de barras que se va formando sobre el labio.
No sé si funcionó.
Pero al menos ahora las arrugas tienen competencia.
Otro método para retrasar la vejez pertenece a las obras completas de Perogrullo: no mirarse demasiado al espejo. Lo recomiendo. Es sencillo, económico y no requiere anestesia. De paso, uno se ahorra el cirujano plástico y la desagradable conversación posterior con alguien que intenta convencerlo de que ahora parece veinte años más joven, cuando uno sabe perfectamente que parece veinte años más joven... que mañana.
Quizá nuestros antepasados tenían una relación más despreocupada con la edad. Cuando el eco era casi el único periódico que circulaba, aparecieron aquellos patriarcas bíblicos que parecían haber descubierto el secreto de una jubilación interminable. Matusalén, según el Génesis, llegó a una edad que hoy resultaría poco compatible con cualquier estadística de esperanza de vida. Adán tampoco parece haber llevado una contabilidad demasiado rigurosa de sus años.
Abraham, por su parte, se detuvo en una cifra algo más manejable.
No sabemos exactamente qué había en el aire de aquellos tiempos, aunque algunos teólogos y creacionistas han aventurado explicaciones relacionadas con una atmósfera anterior al diluvio que habría favorecido una longevidad extraordinaria. Otros prefieren leer esas edades como lenguaje simbólico.
Yo, que no soy especialista en teología ni en longevidades patriarcales, me inclino por una explicación más sencilla: aquellos hombres no tenían televisión, internet ni contraseñas que recordar. Solo eso ya podría añadir unos cuantos años de vida.
Lo cierto es que hoy la medicina ha alargado considerablemente nuestra permanencia en este mundo. Sesentones, setentones y ochentones forman parte del paisaje cotidiano. Y quizá no sea poca cosa.
Antes, a los cuarenta o cincuenta años, muchas personas ya parecían estar haciendo las maletas definitivas. Ahora llegamos a edades que nuestros abuelos habrían considerado casi mitológicas y, para celebrarlo, nos quejamos de las rodillas, de la memoria y de que nadie sabe dónde quedaron las gafas que tenemos puestas.
La humanidad ha progresado.
Aunque no siempre en la dirección que esperábamos.
A cierta edad aparece, sin embargo, otra palabra que me interesa más que «vejez»: vigencia.
¿En qué momento empezamos a perderla?
Algunos dirán que cuando dejamos de ser invitados a ciertos cócteles o almuerzos donde había que inventar sonrisas, estar de acuerdo, dar palmaditas lagarteras en la espalda del sagrado anfitrión, fabricar solidaridades y pensar una cosa mientras se decía otra.
Si perder vigencia significa quedar fuera de esas veladas gastronómico-etílicas donde todos se necesitan mientras se necesitan, bienvenida sea la jubilación de la vanidad.
También puede ocurrir que aquel amigo o interlocutor profesional que antes contestaba el teléfono con entusiasmo deje de hacerlo. De pronto ya no somos el sujeto «importante» de antes.
Con amigos así, para qué enemigos.
García Márquez decía que sus verdaderos amigos eran los que tenía antes de recibir el Nobel. Es una observación que siempre me ha gustado. Después del reconocimiento llegan también los paracaidistas: personas que aterrizan suavemente en nuestra hoja de vida cuando descubren que puede resultarles útil.
La edad tiene, entre otras ventajas, la capacidad de volver transparente ese fenómeno.
Uno empieza a distinguir quién venía a visitarlo a uno y quién venía a visitarse a sí mismo.
Y entonces sucede algo curioso: perder vigencia puede convertirse en una forma de libertad.
Qué rico caminar por la calle siendo anónimo como la sota de bastos, sin tener que representar ningún papel, con todo el tiempo del mundo para «leer» el paisaje urbano o rural, mirar los titulares de los diarios, entrar a un cine a una hora inverosímil o sentarse en una banca sin tener que justificar la existencia.
Mientras el músculo duerme, la ambición puede seguir trabajando si quiere.
Yo ya no tengo por qué ayudarla.
Por carecer de vigencia, el sol sigue saliendo. Ningún espléndido aguacero ha declarado una huelga de gotas. El arcoíris no ha reducido su número de colores. Las bancas de los parques continúan acogiendo glúteos jubilados con una dignidad que ninguna oficina supo reconocer a tiempo.
El mundo, descubrimos, funciona bastante bien sin nuestra intervención.
Y eso, lejos de ser una tragedia, puede ser un alivio.
Muchas ventajas tiene carecer de vigencia. El estrés se va de vacaciones. Se recuperan algunos kilos perdidos. Vuelve a servir la ropa vieja —esa que uno conservó durante años por una mezcla de esperanza y mala administración— y finalmente hay tiempo para leer aquel libro aplazado setenta veces siete.
Uno empieza a recuperar cosas que no sabía que había perdido.
Abrazos nunca dados.
Besos embolatados.
Boleros no bailados.
Poemas que no fueron escritos porque había que rendir desde el amanecer hasta cuando el sol nos decía adiós desde el ocaso.
Durante buena parte de la vida confundimos productividad con existencia. Creíamos que estar ocupados era una prueba de que éramos necesarios. Nos llenábamos de horarios y obligaciones con una disciplina admirable, aunque no siempre quedara claro para qué.
Ahora sospecho que algunas agendas eran simplemente una manera elegante de no escucharnos.
Y hay algo profundamente desestresante en descubrir que mientras otros siguen triturando horarios, uno puede permitirse la condición de miembro de la familia Miranda: mirar vitrinas, contemplar el mundo pasar y, de vez en cuando, recordar que la vida también puede disfrutarse sin producir nada.
Incluso mirar pasar a una mujer hermosa por la calle puede convertirse en una pequeña celebración estética, siempre que uno conserve la cortesía, la discreción y la suficiente edad para comprender que admirar no significa poseer.
La no vigencia tiene también ese beneficio: ya no tenemos que demostrar que todavía podemos.
Podemos simplemente estar.
Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cócteles inútiles nos habremos ahorrado? ¿Cuántos fulanos dejaron de utilizarnos para sus conveniencias? ¿Cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron reemplazadas por madrugadas más tranquilas?
La pérdida de importancia puede resultar, paradójicamente, bastante importante.
Cuando pasamos a la clandestinidad social nos espera un reto difícil y hermoso: aprender a ser anónimos por convicción, en lugar de notorios por obligación.
Quizá sea una de las libertades más tardías.
Ya no tener que explicar quién somos.
Ya no tener que impresionar.
Ya no tener que competir.
Ya no tener que demostrar que todavía estamos en condiciones de hacerlo.
Simplemente estar.
A los ochenta, decía Stravinski, todo contemporáneo es un amigo. Me gusta esa idea porque contiene una forma de fraternidad que la juventud suele desconocer: cuando el tiempo se acorta, hasta el desconocido adquiere cierta familiaridad.
Mark Twain, por su parte, imaginaba una vida tan bien aprovechada que hasta el dueño de la funeraria lamentaría nuestra partida.
No sé si llegar tan lejos.
Pero me gusta pensar que, cuando llegue el momento, sería conveniente haber dejado al menos alguna pequeña molestia en el mundo: una risa, un libro, una conversación, una persona que nos recuerde con cariño y quizá algún asunto sin resolver que todavía le dé trabajo a alguien.
Eso también sería una forma de haber vivido.
Recuerdo a una mujer que, después de haber atravesado las cuatro estaciones de la vida, decía con una sencillez admirable que había conocido el invierno, el verano, la primavera y el otoño.
Tal vez eso sea envejecer.
No acumular años, sino estaciones.
No contar únicamente cumpleaños, sino inviernos sobrevividos, primaveras que llegaron cuando ya no las esperábamos, veranos que parecieron eternos y otoños que nos enseñaron que desprenderse también puede ser una forma de belleza.
Por eso me gusta el título de aquel libro de Luz María Londoño: «Viejo es aquel que tuvo la suerte de llegar a la vejez».
Tiene razón.
Llegar hasta aquí ya es una pequeña victoria.
No una victoria sobre la muerte —sería demasiado pretencioso—, sino sobre todas las cosas que pudieron impedirnos llegar.
Les habla, entonces, un hombre con suerte.
Un hombre que ha cometido suficientes errores como para no necesitar cometerlos todos de nuevo.
Un hombre que aprendió algunas cosas tarde y otras, probablemente, demasiado tarde.
Pero que todavía está aprendiendo.
Hace poco, por televisión, le preguntaban a un anciano:
—¿Y usted a qué se dedica?
—¿Yo? Me dedico a ser viejito.
Y acompañó la respuesta con una sonrisa desdentada.
Me pareció una respuesta magnífica.
Después de tantos años dedicados a producir, competir, conseguir, acumular, responder llamadas y fingir que sabíamos adónde íbamos, quizá exista cierta sabiduría en poder decir simplemente:
Me dedico a ser viejo.
Sin disculpas.
Sin explicaciones.
Sin currículo.
Borges, con esa ironía suya capaz de convertir una desgracia en una frase memorable, dijo alguna vez que no era viejo, pero que hacía mucho tiempo era joven. Y siguió agradeciendo, a su manera, la extraña ironía de haber recibido al mismo tiempo los libros y la noche.
Fellini se miró un día al espejo mientras se afeitaba y se preguntó de dónde había salido aquel viejo.
Después descubrió que era él.
Me conmueve esa escena porque contiene algo que todos terminamos aprendiendo: el viejo no aparece de repente. Se va instalando poco a poco en el rostro de quien fuimos, mientras nosotros seguimos creyendo que el espejo exagera.
Quizá envejecemos cuando el recuerdo comienza a pesar más que la esperanza.
O cuando dejamos de contar anécdotas y empezamos a decir:
«Eso me recuerda la vez que...».
Aunque tampoco estoy seguro.
Tal vez envejecemos mucho antes.
Tal vez envejecemos cuando dejamos de tener curiosidad.
Tal vez cuando ya no nos sorprende nada.
O cuando creemos que ya lo sabemos todo.
En ese caso, conozco jóvenes bastante mayores que yo.
Por eso prefiero otra definición.
Envejecer no es deteriorarse.
Es perder algunas cosas y ganar otras.
Es dejar de ser necesario para todos y empezar, quizá, a ser más necesario para uno mismo.
Es descubrir que la vida continúa sin pedirnos autorización.
Que el sol sale sin consultar nuestra vigencia.
Que la lluvia cae sin preguntarnos nuestro cargo.
Que las estaciones pasan con una indiferencia casi ofensiva.
Y que, después de tantos años tratando de ser alguien, puede llegar un momento en que uno agradece profundamente poder ser nadie durante un rato.
Nadie importante.
Nadie imprescindible.
Nadie urgente.
Solo uno.
Con sus arrugas.
Con sus errores.
Con sus libros a medio leer.
Con sus recuerdos que llegan cuando quieren.
Con sus pequeños trucos para engañar al espejo.
Y con la suficiente lucidez para comprender que la juventud no siempre consiste en tener pocos años, sino en conservar alguna razón para levantarse con curiosidad.
La edad, finalmente, nos entrega un pequeño privilegio: ya no tenemos que estar vigentes para estar vivos.
Podemos fundar nuestro propio sindicato de los que ya no compiten.
La divisa podría ser sencilla:
La vida también es posible sin estar vigente.
Y quizá añadiría, en letra más pequeña, para que nadie se entusiasme demasiado:
De anonimato nadie ha muerto.
Aunque, bien pensado, tampoco conviene apostar demasiado fuerte por esa última afirmación.
La muerte, como sabemos, siempre termina leyendo la letra menuda.
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