Prólogo
Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
Hay libros que nacen del ruido y otros que nacen del silencio que queda después. Este nació del segundo. No fue escrito para explicar una vida, sino para escucharla cuando ya empezaba a deshacerse entre las horas lentas. No busca certezas: apenas intenta conservar el eco de un hombre que, ya entrado en años, empezó a sospechar que la memoria, más que un refugio, es un corredor lleno de puertas entreabiertas, y que uno nunca sabe cuál terminará cerrándose a su espalda.
Conviene advertirlo desde el principio: aquí no ocurre casi nada. No hay una historia que avance hacia ninguna parte ni un final esperando al otro lado de la última página. Este no es un libro que se termina; es un libro al que se regresa. Puede abrirse en cualquier punto, dejarse sobre una mesa y olvidarse durante unos días sin que nadie se ofenda. Cada capítulo es una habitación aparte, y no hace falta visitarlas en orden ni todas en la misma tarde. A estas alturas, tampoco yo tengo mucho interés en llegar puntual a todas partes.
Durante mucho tiempo creí que los recuerdos permanecían inmóviles, aguardándonos en algún lugar quieto de la conciencia. Me equivocaba. Los recuerdos también envejecen: cambian de rostro, aprenden a callar ciertas cosas y a iluminar otras. Algunos regresan con la suavidad de una mano sobre el hombro; otros llegan como esos trenes nocturnos que uno escucha a lo lejos sin saber si parten o si vuelven.
A cierta edad uno va dejando de contar los años y empieza, casi sin darse cuenta, a contar las ausencias. Entonces los objetos adquieren un peso distinto. Una taza olvidada junto a una ventana puede contener una época entera. El crujido de la madera en la madrugada devuelve a veces una voz apagada hace décadas. Hay silencios que comenzaron en una mesa vacía y que ya nunca abandonaron la casa; se instalaron en un rincón, como un huésped que no molesta pero tampoco se va.
Quizá la vejez consista, en parte, en aprender a convivir con esos huéspedes. Algunos traen recuerdos agradables; otros tienen la mala costumbre de llegar sin avisar. Pero todos parecen saber algo de nosotros que nosotros mismos habíamos olvidado.
Hay días en que no recuerdo rostros y, sin embargo, retengo ciertas voces. Tal vez por eso escribo: porque hay nombres que todavía se mueven dentro de mí cuando la ciudad se apaga, y porque un hijo —aunque ya sea un hombre— sigue ocupando el rincón más frágil de la memoria de su padre. Hay despedidas que no terminan nunca de suceder, y uno se descubre despidiéndose muchos años después, sin público, en una cocina.
A veces pienso que uno escribe menos para ser leído que para dejar constancia de que estuvo aquí, aunque no sepa muy bien ante quién. Siempre pensé que las bibliotecas se parecen un poco a los cementerios: ambas guardan voces que se niegan a desaparecer. Uno entra creyendo que busca respuestas y termina encontrando presencias. Quizá ese sea uno de los pocos asuntos en los que todavía vale la pena salir con más preguntas de las que llevábamos al entrar.
Estas páginas no quieren ser leídas con prisa. Fueron escritas desde la lentitud, en esa edad en que el alma —o como quiera llamarse a eso que a veces se cansa antes que el cuerpo— renuncia a correr y se conforma con mirar, todavía con cierta torpeza.
He aprendido, entre otras cosas, que mirar despacio también requiere práctica. Durante años confundí estar ocupado con estar vivo. Era una confusión bastante eficiente: tenía la ventaja de mantenerme ocupado mientras seguía sin saber exactamente para qué.
Quizá por eso este libro se detiene tanto. No porque haya mucho que decir, sino porque algunas cosas solo se escuchan cuando uno se queda quieto.
Si en algún momento sientes la urgencia de llegar a un punto donde todo se resuelva, déjala pasar. Aquí no hay nada que resolver; yo tampoco lo he conseguido. Con los años uno descubre que muchas de las respuestas que buscó durante décadas eran preguntas que todavía no había aprendido a formular.
Hay, en cambio, alguna idea que tal vez merezca quedarse sobre la mesa unos días, alguna duda que quizá se parezca a la tuya. Y si alguna de estas memorias despierta otra que creías perdida, el libro habrá encontrado su destino.
No sé bien qué encontrarás en estas habitaciones. Tampoco estoy seguro de que importe demasiado saberlo. Uno escribe algunas cosas sin saber del todo para quién, con la misma fe oscura con que los viejos dejan encendida una lámpara antes de dormir: no porque esperen a alguien, sino porque apagarla les parecería, esa noche, un gesto que todavía no están dispuestos a hacer.
Yo también he dejado algunas luces encendidas. No sé si para recordar el camino de regreso o simplemente porque todavía no he aprendido a apagarlo todo.
Tal vez escribir sea eso: dejar una pequeña luz encendida en medio de los años. No para vencer la oscuridad —sería una pretensión desmedida—, apenas para distinguir, de vez en cuando, lo que todavía se mueve dentro de ella.
Este libro nace de ahí: de lo que recuerdo, de lo que he olvidado, de lo que llegué a saber cuando ya no servía de mucho, y de esas pequeñas cosas que, después de tantos años, todavía consiguen hacerme sonreír.
Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
--------------------------------------------
abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

No hay comentarios:
Publicar un comentario