domingo, 24 de mayo de 2026

* Prólogo — “Diálogos desde la edad del silencio”

 

Prólogo

— Crónicas de un viaje hacia el interior de los años

Hay libros que nacen del ruido y otros que nacen del silencio que queda después. Este nació del segundo. No fue escrito para explicar una vida, sino para escucharla cuando ya empezaba a deshacerse entre las horas lentas. Estas páginas no buscan certezas. Apenas intentan conservar el eco tenue de un hombre que, al llegar al otoño de su existencia, sospechó que la memoria no es un refugio: es más bien un corredor lleno de puertas entreabiertas, y uno nunca sabe cuál se cerrará a su espalda.

Conviene advertirlo desde el principio: aquí no ocurre casi nada. No hay una historia que avance hacia algún destino, ni un final que aguarde al otro lado de la última página. Este no es un libro que se termina; es un libro al que se regresa. Puedes abrirlo en cualquier punto, dejarlo sobre la mesa, volver días después. Cada capítulo es una habitación aparte, y no hace falta visitarlas en orden ni todas en la misma tarde.

A cierta edad, uno deja de contar los años y empieza a contar las ausencias. Entonces los objetos adquieren un peso distinto. Una taza olvidada junto a la ventana puede contener una época entera. El crujido de la madera en la madrugada devuelve a veces una voz apagada hace décadas. Hay silencios que empezaron en una mesa vacía y que ya nunca abandonaron la casa; se instalaron en un rincón, como un huésped que no molesta pero tampoco se va.

Durante mucho tiempo creí que los recuerdos permanecían inmóviles, aguardándonos en algún rincón quieto de la conciencia. Me equivocaba. Los recuerdos también envejecen. Cambian de rostro. Aprenden a callar ciertas cosas y a iluminar otras. Algunos regresan con la suavidad de una mano sobre el hombro; otros llegan como esos trenes nocturnos que uno escucha a lo lejos sin saber si parten o si vuelven.

Hay días en que no recuerdo rostros, y sin embargo retengo ciertas voces. Tal vez por eso escribo. Porque hay nombres que aún se mueven dentro de mí cuando la ciudad se apaga. Porque un hijo —aun cuando ya es hombre— sigue habitando los rincones más frágiles de la memoria de su padre. Porque algunas despedidas no terminan del todo de suceder, y uno se descubre despidiéndose todavía años más tarde, sin público, en la cocina.

A veces pienso —como habría pensado Ribeyro— que uno escribe menos para ser leído que para dejar constancia de que estuvo aquí, aunque no sepa muy bien ante quién. Siempre sospeché que las bibliotecas se parecen un poco a los cementerios: ambas guardan voces que se niegan a desaparecer. Uno entra creyendo que busca respuestas y termina encontrando presencias. Cada página despierta algo que dormía bajo el polvo del tiempo.

Estas páginas no quieren ser leídas con prisa. Fueron escritas desde la lentitud, en esa edad en que el alma —o como quiera llamarse a eso que se cansa antes que el cuerpo— renuncia a correr y se conforma con mirar, todavía con cierta torpeza. Si en algún momento sientes la urgencia de llegar a un punto donde todo se resuelva, te pido que la dejes pasar. No hay aquí nada que resolver. Hay, en cambio, alguna idea que quizá merezca quedarse sobre la mesa unos días, alguna duda que tal vez se parezca a la tuya.

No sé bien qué encontrarás en estas habitaciones. Tampoco estoy seguro de que importe demasiado saberlo. Uno escribe algunas cosas sin saber exactamente para quién, con la misma fe oscura con que los viejos dejan encendida una lámpara antes de dormirse, no porque esperen a alguien, sino porque apagarla les parecería, esa noche, un gesto que todavía no están dispuestos a hacer.




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Parte 3
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Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------



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