Capítulo 61
La inutilidad luminosa
Creo que hace mucho tiempo que hemos muerto, aunque nadie lo haya notado. Morimos en el instante exacto en que dejamos de ser útiles, cuando el mundo ya no espera nada de nosotros y la prisa ajena sigue su curso sin mirarnos. Desde entonces vivimos en esta franja extraña —una vida póstuma que no duele pero tampoco consuela—: horas que se dejan caer como hojas secas, días que no reclaman nada.
Y sin embargo, en esta muerte tranquila aparece algo que nunca habíamos tenido: el derecho a descansar. No por cansancio, sino por finitud.
Es la primera vez que me encuentro frente a mí mismo sin órdenes que obedecer, sin tareas que me justifiquen. Antes bastaba con cumplir para sentirme vivo. Ahora nadie puede darme ya órdenes, y nada puede justificarme. A veces creo que es aquí, en esta franja donde ya no sirvo para nada, donde la vida empieza de veras. Otras veces no estoy tan seguro —lo anoto y lo dejo así, sin cerrar.
Me pregunto ahora si el miedo que tuve siempre a la inutilidad no era en realidad miedo a la libertad. Porque ser útil es ser predecible; es ocupar un hueco en el engranaje y dejar que el engranaje decida el ritmo de los latidos. La utilidad es una jaula dorada con forma de horario. Y yo fui un buen prisionero. Durante décadas, mi valor se midió en tachuelas, en informes entregados a tiempo, en silencios cómplices y en sonrisas forzadas ante los superiores. Mi identidad era un conjunto de funciones: padre, esposo, empleado, ciudadano. Ahora que ya no ejerzo ninguna de esas funciones con plenitud, ¿quién soy? La pregunta no me angustia tanto como antes. Tal vez porque ya no necesita respuesta.
El silencio que me rodea no es el vacío, como temía. Es una cámara de resonancia. Cada pensamiento que antes ahogaba con el ruido de la agenda ahora rebota contra las paredes de las horas y vuelve a mí amplificado. Escucho por primera vez el rumor de mi propia sangre. Y en ese rumor hay cosas que no me gustan: rencores que creía olvidados, ternuras que nunca expresé, preguntas que dejé pudrirse en el sótano de la conciencia. No las aparto. Las dejo estar, como se deja estar a un huésped incómodo al que ya no se le pide que se vaya.
Esta edad no es sabia por acumulación, sino por despojo —como los árboles del parque, que en invierno pierden las hojas para mostrar la verdad de sus ramas—: nudos, cicatrices, direcciones erráticas, una geometría que solo el frío hace visible. Yo estoy desnudo ahora. Y la desnudez, descubro, no es vergüenza; es el único territorio donde cabe la verdad.
Ayer, al despertar, con la luz gris del amanecer colándose entre las cortinas, la nieve detenida detrás del cristal y el crujido de la calefacción, tuve un instante de pánico. No sabía qué día era. Y entonces, en ese vértigo, comprendí que todos los días son el mismo día cuando ya no hay metas que los distingan. Pero en lugar de desesperarme, sentí una extraña paz: el tiempo ya no me empuja, me sostiene. Es como estar en el ojo de un huracán al que llamábamos «vida». Fuera, las obligaciones siguen girando, los jóvenes corren, los plazos vencen, las facturas se pagan, los sueños se construyen o se derrumban. Pero yo estoy aquí, en el centro quieto, viendo pasar el vendaval sin que me toque.
He empezado a hablar con los muertos. No con fantasmas, sino con las versiones de mí mismo que fui y que ya no son.
—¿Estás orgulloso de este anciano? —le pregunto al niño que fui. Tarda en contestar, con esa lentitud de quien no quiere mentir. —No sé —dice al fin—. Pareces cansado.
Al joven impaciente le pido perdón por no haber llegado a los lugares que él imaginaba. —No importa —responde, aunque los dos sabemos que sí importa un poco—. Llegaste a otros.
Al padre que fui le confieso que no siempre supe amar sin condiciones. Él no dice nada. Se queda ahí, con las manos vacías, como se quedan los padres cuando ya no hay nada que corregir.
Y en estas conversaciones silenciosas —estos diálogos que solo yo escucho— descubro que el perdón que más necesito no es el de los demás, sino el mío propio. No sé si lo alcanzo del todo —pero la conversación misma, eso ya es algo.
La juventud cree que la vida es una línea ascendente. La vejez sabe que es un círculo, o mejor, una espiral que vuelve siempre a los mismos temas pero desde una altura distinta. El amor, la pérdida, el miedo, la belleza y frescura de la juventud, la muerte: todo eso ya lo he vivido, pero ahora lo vivo de nuevo, no con la angustia de la primera vez, sino con la lucidez de quien sabe que todo termina y que precisamente por eso cada instante es un milagro minúsculo.
Hace unas noches, miré el cielo estrellado desde el apartamento de la calle De Rigaud, a través del cristal, y supe, con una certeza que no necesita pruebas, que yo soy también esa luz que tarda millones de años en llegar. Quizá mi vida, como la de las estrellas, ya se ha extinguido en el plano de la acción, pero su fulgor sigue viajando, sigue tocando otras orillas —útil sin serlo, bello sin propósito—. No lo digo para consolarme. Lo digo porque me parece cierto, y porque la certeza que no pide pruebas es la única que a esta altura todavía me convence.
Emil Cioran hubiera dicho —o algo así lo hubiera dicho— que «solo empezamos a existir de verdad el día en que dejamos de justificarnos, que todo lo anterior fue disculpa disfrazada de vida». Yo no sé si necesitaba ir tan lejos, pero entiendo el gesto: hay una violencia serena en dejar, por fin, de pedir permiso para existir.
Esto que vivo no es el final. Es la posdata. Es la carta que escribimos cuando el sobre ya está cerrado —y en ella decimos lo que de verdad importa—, porque ya no hay destinatario que juzgue, solo el alivio de haberlo dicho.
Y así, sentado en este banco de la tarde, viendo cómo la luz se retira sin pedir permiso, me abrazo a mi inutilidad como quien acepta, por fin, una verdad modesta: tal vez vivir no sea servir, sino permanecer despierto ante la propia existencia, hasta que el último suspiro nos devuelva al silencio originario, ese que no es ausencia de ruido, sino presencia plena de lo que siempre fuimos y nunca supimos escuchar.
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