martes, 2 de junio de 2026

*** 12 Lo que el tiempo no se lleva

Capítulo 12

Lo que el tiempo no se lleva

Miro mis manos apoyadas sobre la mesa. La piel se ha vuelto fina, casi transparente en algunos lugares, y los años han dejado en ellas un mapa que ya nadie sabe leer. Todavía guardan, sin embargo, el recuerdo de los trabajos, de los viajes, de las despedidas. El cuerpo, sospecho, olvida más despacio que uno.

De estas manos a las del muchacho que fui hay una distancia que no sabría medir. Lo miro en las fotografías con la misma extrañeza con que se mira a un desconocido: sé que habita en mí, que de algún modo somos el mismo, pero no nos reconoceríamos en la calle. No extraño los días que se fueron. Extraño a quien los vivió.

Afuera cae la tarde sobre Montreal. La luz se desliza por los edificios con esa lentitud del invierno, que no termina de irse ni de quedarse, y las ramas desnudas permanecen quietas contra el cielo. La ciudad, cuando el frío la obliga a callar, tiene una manera suya de estar presente sin pedir nada.

Los lugares que uno abandona dejan de existir tal como fueron. Quedan suspendidos en algún rincón, inmóviles, mientras nosotros seguimos envejeciendo sin ellos. Me inclino a creer que emigrar es sobre todo eso: dejar versiones enteras de uno mismo habitando territorios adonde ya no es posible volver. No siento nostalgia por ellas. La nostalgia embellece demasiado las cosas.

Hay sobre el librero un reloj que dejó de funcionar hace años. No lo he reemplazado, y cada cierto tiempo me pregunto por qué. Quizá porque sigue marcando una hora que de verdad existió, y eso, por razones que no sabría defender, me resulta más honesto que cualquier aguja que avance. Ciertos objetos guardan versiones nuestras que uno prefiere no interrumpir.

Junto al reloj descansa un caballito articulado de tonos beige y café, con las patas gastadas y esa expresión que adquieren los juguetes cuando dejan de ser jugados: una mezcla de paciencia y de espera. Se llama Woody. Lo conservo desde hace más años de los que podría contar con precisión.

Hubo un tiempo en que yo salía a trabajar de noche. No era el tipo de trabajo que uno elige con entusiasmo; era el que uno acepta porque no hay otro, porque la noche tiene sus propias tarifas y sus propias exigencias. Me ponía el abrigo en el pasillo, buscaba las llaves con la torpeza mecánica de quien ya sabe que el frío lo espera afuera, y entonces aparecía él. Todavía pequeño, todavía en esa edad en que los niños no distinguen bien entre lo necesario y lo mágico. Se acercaba con Woody extendido en las dos manos, con la solemnidad de quien entrega algo verdaderamente importante, y me decía que el caballito me daría fuerzas para aguantar la noche.

Yo lo tomaba. Siempre lo tomaba.

Lo guardaba en el bolsillo del abrigo y salía a la oscuridad con ese peso pequeño y tibio contra la cadera. No sé si Woody me daba fuerzas. Me daba algo más difícil de nombrar: alguien esperaba el regreso, alguien para quien mi resistencia importaba. Eso, algunas noches, era todo lo que había.

Ahora mi hijo tiene su propia vida, sus propias noches, sus propios abrigos que ponerse. Ya aprendió que las fuerzas hay que buscarlas en otra parte, o inventarlas cuando no aparecen. Woody se quedó aquí, sobre el librero, sin que ninguno de los dos lo habláramos nunca. Hay cosas que no se reclaman porque ya pertenecen al sitio donde están.

Guardo también, en este teléfono, un número que fue suyo antes de ser mío. Cuando pudo comprarse el propio, la línea pasó a mis manos con la naturalidad de esas herencias menores que no se anuncian. Sigo pagándola. Cuando alguien pregunta, digo que es por razones prácticas; la verdad, como casi siempre, es más simple y más irracional. Marcar esos dígitos fue durante años llamarlo a él. Ahora el número me pertenece, y en esa inversión pequeña hay algo que no termino de explicarme.

Me pasa lo mismo con ciertas palabras. Hay frases que dije en otro idioma, en otro país, dirigidas a gente que ya no existe o que dejó de ser quien era. No tienen traducción posible, y no es cuestión de vocabulario: se cerró el mundo que les daba sentido. Uno acaba aceptando que no todo necesita traducirse, que algunas cosas pueden quedarse intactas en su lengua, como fotografías que se guardan sin enmarcar.

A veces me pregunto qué queda de todo esto. No en el sentido vanidoso de la posteridad —esa ambición la fui soltando con cierto alivio—, sino en el más modesto: qué sobrevive al desgaste. La respuesta que encuentro, siempre provisional, tiene que ver con la atención. Sobrevive aquello que uno miró de verdad. Una conversación que nadie grabó. El modo en que la luz caía sobre esta misma mesa una tarde cualquiera y hacía que todo pareciera, por un instante, suficientemente bueno.

No es poco.

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