miércoles, 7 de octubre de 2026

^^^Pequeñas eternidades

Pequeñas eternidades

He vivido varias vidas y cada una tuvo su propia geografía. La primera transcurrió entre los caminos de tierra y los silencios del campo en San Carlos. Después vino Medellín, con el vértigo de la juventud y la impaciencia de los sueños. Más tarde llegó Montreal, donde aprendí el oficio de recomenzar. Y hubo también un tiempo mexicano que, aunque más breve, transformó silenciosamente mi manera de entender el mundo y mi lugar en él. Hoy algo me dice que ninguna de esas vidas terminó realmente cuando me alejé de sus paisajes. Los lugares que amamos rara vez aceptan nuestra partida. Permanecen dentro de nosotros como habitaciones secretas, donde siguen viviendo las personas que alguna vez fuimos.

A veces pienso en Medellín como se piensa en una casa después de haberla perdido: no la recuerdo entera, sino en fragmentos. Una ventana abierta, el olor de la tarde, una calle que ya no sé si era tan larga como la recuerdo. El ruido lejano de una radio. Una voz llamándome desde alguna parte. La luz cayendo sobre un patio. La memoria no conserva las cosas como ocurrieron, sino como consiguieron quedarse. Entonces yo no sabía que estaba viviendo algo que un día echaría de menos. Nadie lo sabe mientras vive.

Montreal, en cambio, llegó a mi vida con otra temperatura. Aquí aprendí que también se puede echar de menos una tierra mientras uno aprende a querer otra. Casi cuarenta años después, camino por las calles del barrio Le Plateau y reconozco en ellas una parte de mí que no existía cuando llegué. Hay árboles que he visto desnudarse tantas veces que podría reconocerlos por la manera en que esperan la primavera. Conozco el rumor del metro, las ventanas iluminadas al anochecer, el silencio particular que deja la nieve cuando cubre las calles. Son cosas casi insignificantes, pero la vida suele esconder su permanencia precisamente en aquello que nadie considera digno de ser guardado.

Quizá la eternidad sea eso: recordar.

No una eternidad solemne, de esas que aparecen en los libros con mármol y columnas, sino una más humilde, hecha de pequeñas supervivencias. Una fotografía cuyo papel comienza a amarillear. Una chaqueta que todavía conserva, quién sabe por qué, el olor de una persona que ya no está. Una dirección que uno puede repetir aunque la casa haya desaparecido. Un nombre que vuelve de pronto mientras uno camina por una calle cualquiera y, durante unos segundos, consigue abrir una puerta que el tiempo creía cerrada.

He llegado a pensar que la memoria es el único territorio que no puede ser expropiado completamente. Pueden cambiar las ciudades, demoler las casas, borrar los nombres de las calles, morir las personas. Pero algo queda. No necesariamente intacto, desde luego. La memoria también tiene goteras. Algunas imágenes se borran en los bordes y otras adquieren una luz que quizá nunca tuvieron. Incluso esas deformaciones forman parte de lo que somos.

Camino despacio ahora. No porque siempre quiera hacerlo, sino porque el cuerpo ha comenzado a negociar conmigo la velocidad. En otro tiempo caminaba para llegar; ahora muchas veces camino para estar.

Aquel jueves me dirigía a una consulta médica, sin sospechar que el trayecto habría de quedárseme grabado. Acababa de salir de la estacion del metro Honoré-Beaugrand. Era octubre y hacía uno de esos fríos tempranos que todavía no son invierno, pero ya empiezan a anunciarlo. A la salida de la estación, en uno de los bancos junto al muro, casi oculto entre el ruido del tráfico y el viento, vi a un hombre recogido sobre sí mismo, como si quisiera ocupar el menor espacio posible en el mundo. Era un habitante de calle, gastado por la intemperie y por los años, aunque resultaba difícil saber cuál de las dos cosas había dejado en él la huella más honda. El abrigo, vencido, parecía una prolongación de la acera; las manos, enrojecidas por el frío, descansaban inmóviles sobre las rodillas.

Su mirada estaba perdida en un punto que yo no podía ver. No parecía esperar a nadie. Tampoco parecía tener prisa por irse. Era como si el mundo hubiera continuado su marcha alrededor de él y, por alguna razón, él hubiera quedado detenido en otro tiempo.

Me detuve. Tal vez por costumbre, tal vez por esa vieja necesidad de aliviar, aunque sea por un instante, la soledad ajena. Llevaba algunas monedas en el bolsillo y le ofrecí un café caliente. Pensé que, con aquel frío, una taza entre las manos podía ser una forma modesta de consuelo.

Levantó apenas la cabeza. Tenía los ojos apagados de quien ha visto demasiado y espera poco. Negó con suavidad. No quería café.

Hubo un breve silencio entre nosotros, como si la ciudad entera se hubiera alejado unos pasos.

—¿No tendrá un cigarrillo?

La voz era tenue, pero firme. Como si, entre todas las cosas que todavía podía pedirle al mundo, aquella fuera la única que tenía perfectamente clara.

—No fumo, señor.

Insistí: un café, un croissant, algo caliente. No dudó. No bajó la mirada ni buscó una excusa.

—No. Un cigarrillo.

Solo eso.

Después encontró una colilla, no sé de dónde. La encendió con cuidado, protegiéndola del viento, y a la primera bocanada lo sacudió una tos que no terminaba. Tosía doblado sobre sí mismo, con la colilla todavía entre los dedos, y yo me quedé ahí, de pie, sin saber qué hacer con las manos. Cuando por fin pudo enderezarse, echó a andar. Lo llamé. No me escuchó, o quizá ya no era a mí a quien escuchaba.

Habíamos sido, durante un par de minutos, dos desconocidos frente a la boca del metro, separados por historias enteras y unidos apenas por una pregunta.

Seguí mi camino hacia la consulta, pero aquella pequeña conversación comenzó a caminar conmigo.

No recuerdo hoy los rasgos precisos de su rostro. Recuerdo, en cambio, la obstinación tranquila con que rechazó mi ayuda. No era ingratitud. Tampoco desafío. Yo había respondido a una necesidad que imaginaba; él expresaba una que conocía. Yo veía el frío, tal vez el hambre, tal vez la soledad. Él sabía exactamente qué buscaba.

Mientras me alejaba pensé que la pobreza no siempre consiste en carecer de algo. A veces consiste en haber llegado a un lugar donde un simple cigarrillo parece contener todo el consuelo que todavía se espera del día.

Recordé entonces a Viktor Frankl y una escena de El hombre en busca de sentido. En los campos de concentración de la Alemania nazi los cigarrillos eran moneda: se ganaban con trabajo y se cambiaban por un plato de sopa, que era un día más. Por eso, cuando un prisionero empezaba a fumarse los suyos, todos lo sabían. Ese hombre ya quería morir.

No sé si el hombre del banco estaba renunciando a la esperanza. No tengo derecho a saberlo. Tampoco sé qué había ocurrido antes de que llegara allí, ni cuántas noches había pasado en la calle, ni qué pérdidas había acumulado. Quizá solo quería un cigarrillo. Quizá lo necesitaba como otros necesitan una conversación o una puerta que se cierre detrás de ellos para sentirse, por unos minutos, protegidos del mundo. Podía ser una costumbre, un pequeño consuelo, una forma de sentirse dueño de algo. Incluso, quién sabe, una manera de conversar con el mundo sin tener que explicarle nada.

Yo quería ofrecerle calor y él quería humo. Todavía no sé cuál de los dos entendía mejor lo que hacía falta.

No lo juzgué. ¿Cómo podría hacerlo? A cierta edad uno aprende que la vida de los demás contiene cuartos a los que nunca tendremos acceso. Hay historias que vemos apenas desde la puerta y que sería una forma de arrogancia creer que podemos comprender.

Y a veces uno no puede hacer nada. Eso quizá sea lo más difícil de aceptar.

El tiempo me permitió reconocer que casi todo lo que me importa tiene ese tamaño. Una mujer que sostiene la puerta para que pase un desconocido. Un vecino que pregunta si ya llegó la primavera. Una cajera de Jean Coutu que sonríe porque reconoce al cliente que compra siempre lo mismo. Un anciano que ofrece a alguien más cansado que él el asiento que acaba de recibir. Un hombre que solo pide un cigarrillo.

Gestos diminutos, sin monumentos ni testigos.

Quizá por eso guardo mis días como quien protege unas brasas. No para negar la muerte, porque a estas alturas sería una discusión un poco ingenua. La muerte llegará con la puntualidad que ha demostrado durante siglos. No necesita que yo la invite ni que la comprenda. Lo único que puedo hacer mientras tanto es procurar que mi vida no se me escape sin haberla mirado.

Hay días en que esa mirada ocurre frente a una página. Otros, simplemente mientras camino.

 Aun conservo objetos que han adquirido una importancia que no tenían cuando llegaron a mis manos. Un cuaderno viejo, entre cuyas páginas aún duermen las primeras rayaduras de mi hijo, de aquellos años en que le encantaba que le comprara "plumones", como llamaba a los marcadores con los que daba vida a sus dibujos infantiles. Algunos libros con las páginas dobladas..Una tarjeta con las huellitas de los pies de mi hijo recién nacido: dos manchas de tinta tan pequeñas que cuesta creer que alguien haya aprendido después a caminar con ellas. Y un caballito articulado de carey que ese mismo hijo me regaló cuando tenía seis años. Me dijo que se llamaba Woody y que era un amuleto para mí. A esa edad seguramente no sabía explicar qué era un amuleto, pero sí parecía saber que algunas cosas pueden acompañarnos y protegernos de algo que todavía no comprendemos.

Lo conservo desde entonces. Guarda una parte de aquel niño que lo puso en mis manos creyendo, quizá, que con él podía proteger a su padre. No sé de qué me habrá protegido. Sigue aquí, y eso ya es bastante para un amuleto.

Nada de eso vale demasiado para alguien que entre aquí sin conocer mi historia. Los objetos tienen esa extraña capacidad de guardar lo que nosotros olvidamos haberles confiado.

A veces abro un cajón y encuentro un papel escrito hace muchos años. Reconozco mi letra, aunque ya no reconozca del todo al hombre que la escribió. Me sucede algo curioso entonces: no siento nostalgia solamente por lo que está escrito, sino por la persona que fue capaz de escribirlo. Ese hombre tenía otros temores, otras ilusiones, otras formas de equivocarse. Lo miro desde esta edad con una mezcla de indulgencia y ternura. No siempre supo lo que estaba haciendo, pero hizo lo que pudo con las herramientas que tenía.

Quizá en eso consista también envejecer: en aprender a no juzgar con demasiada dureza a quienes fuimos.

Hay recuerdos que no necesitan explicación. Llegan y se sientan a nuestro lado. No preguntan si estamos ocupados. Una melodía puede traer de vuelta una calle de Medellín. Una palabra pronunciada por alguien en Montreal puede despertar la voz de mi madre. Un olor cualquiera puede devolverme, durante unos segundos, a aquellos caminos de San Carlos donde alguna vez fui un muchacho que todavía no sabía que la vida terminaría llevándolo tan lejos.

Descubrí también que la nostalgia tiene reflejos. Me hace pensar en los perros de Pavlov, aquellos que aprendieron a salivar al escuchar una campana porque habían asociado su sonido con la llegada de la comida. La memoria tiene sus propias campanas. Basta una palabra dicha con determinado acento, una canción que escapa de una ventana, una sombra sobre la pared, el olor de una escalera recién lavada. Entonces algo dentro de nosotros responde antes de que podamos entender qué ha ocurrido. No son señales que pertenezcan del todo al presente; son llaves viejas que todavía funcionan.

Durante muchos años creí que el exilio consistía principalmente en vivir lejos de la tierra donde uno nació. Ahora pienso que es algo más complejo. Uno vive entre dos geografías, pero también entre varios tiempos. San Carlos pertenece a la infancia; Medellín, a la juventud; México guarda otra parte de mi historia; Montreal es la ciudad donde aprendí a permanecer. Entre todos esos lugares he construido una patria hecha de recuerdos.

No es una patria perfecta. Pero ninguna lo es.

Quizá por eso todavía puedo sentirme extranjero en un lugar y visitante en otro. La edad también produce sus propias fronteras: llega un momento en que uno ya no pertenece enteramente al pasado ni termina de instalarse en el futuro. Se vive en un presente más pequeño, pero también más preciso.

La certidumbre de morir, lejos de haberme vuelto más triste, me ha enseñado a caminar con menos arrogancia. Ya no necesito tener razón sobre tantas cosas. Tampoco necesito ganar discusiones que dentro de unos años nadie recordará. Muchas de las batallas que parecían decisivas solo eran ruido.

Prefiero ahora una conversación tranquila, un café compartido con un amigo en el Tim Hortons, donde el tiempo parece avanzar más despacio, una caminata serena, una página escrita sin prisa, el silencio de una tarde en la que no ocurre nada.

Escribir se ha convertido para mí en otra forma de caminar. Cuando el tiempo se lleva a las personas y difumina los episodios, quedan todavía la luz, los olores, las estaciones y esos objetos silenciosos que estuvieron allí mientras vivíamos. Al sentarme frente a la página vuelvo a encontrar algunas de esas señales. No recupero el pasado tal como fue —eso ya no es posible—, pero puedo acercarme a él y escuchar lo que todavía tiene que decirme.

Algunas personas regresan. No como fantasmas, porque no necesito convertirlas en fantasmas. Regresan como fueron: con sus gestos, sus defectos, sus silencios, incluso con aquellas pequeñas cosas que alguna vez me incomodaron y que ahora recuerdo con una ternura que entonces no habría sabido explicar.

El papel no juzga. Eso me gusta de él.

Uno puede poner sobre la página una culpa, una ausencia, una torpeza, una despedida, y el papel permanece ahí, sin pedir explicaciones. Quizá por eso escribir sea también una forma de reconciliación. No necesariamente con los demás, sino con el hombre que uno ha sido.

A veces pienso que en cada página algo de mí podrá permanecer cuando yo ya no esté.

No es vanidad.

O al menos eso me digo.

Es apenas el deseo de que una parte de lo vivido no se pierda completamente. Una frase puede durar más que quien la escribió. Un recuerdo puede pasar de una persona a otra y sobrevivir sin que nadie conozca ya su origen. Así funcionan las pequeñas eternidades: no prometen una duración infinita; simplemente consiguen aplazar un poco el olvido.

Y quizá eso sea suficiente.

Vivimos para ser recordados, pero también para recordar. Por eso una calle de Medellín puede aparecer de pronto en medio de Montreal. Por eso una tarde de San Carlos puede regresar mientras escribo en un apartamento del Plateau. Por eso un hombre de setenta y cuatro años puede abrir un cuaderno y encontrar todavía al muchacho que alguna vez fue.

No estoy seguro de que la eternidad exista. Pero he comenzado a darme cuenta que no necesitamos comprobarlo.

Esta noche, mientras escribo, las luces de los edificios aparecen dispersas en la oscuridad. Imagino que detrás de cada ventana encendida alguien prepara una cena, lee, discute, duerme, espera una llamada o recuerda a alguien que está lejos. La ciudad parece enorme y, al mismo tiempo, íntima. Quizá cada una de esas ventanas contenga una historia que, como la mía, intenta conservar algo antes de que el tiempo lo borre.

Cierro el cuaderno. Por un instante no hago nada. Solo escucho.

Pienso en aquel jueves, en el hombre del metro Honoré-Beaugrand, en su abrigo gastado, en aquella tos. Todavía no sé cómo interpretar lo que me pidió. Quizá nunca lo vuelva a ver. Probablemente él no me recuerde. Para él habré sido apenas un hombre que se detuvo unos segundos y le ofreció algo que no quería.

Sin embargo, yo sigo recordándolo.

Y tal vez ahí esté la pequeña eternidad. Aquel hombre desapareció entre las calles de Montreal y yo continué hacia mi consulta. Cada uno siguió su camino. Pero, tantos días después, todavía ocupa unas líneas de mi cuaderno.

A veces basta eso.

Un instante que se niega a desaparecer.

Una vida que, sin saberlo, toca otra.

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