Capítulo 66
Canas y terquedades: manual de uso (no obligatorio)
«Dicen que el tiempo vuela; yo creo que simplemente se escapa para no oír nuestras quejas.»
A estas alturas de la vida he llegado a una conclusión que a la edad de veinte años me habría parecido una insolencia imperdonable: envejecer no es tan grave. Lo grave es enterarse tarde, cuando ya uno tiene más canas que planes, más citas médicas que amigos disponibles y una rodilla que amanece de mal genio sin haber pasado por ninguna parranda. Porque las rodillas, como ciertas personas que uno no invita, empiezan a opinar sin pedir permiso.
Yo, por ejemplo, me levanto cada mañana con la dignidad planchada y la voluntad de conquistar el día. Pero apenas pongo un pie en el suelo, la rodilla izquierda me recuerda que una cosa es la voluntad y otra muy distinta el Ministerio de Obras Públicas del cuerpo humano, institución burocrática donde cada articulación tiene derecho a huelga y cada tendón llena formularios para quejarse.
La juventud cree que uno se vuelve sabio con los años. Mentira. Uno se vuelve astuto, que es distinto. La sabiduría exige estudio; la astucia, en cambio, nace del cansancio.
Por eso ahora no persigo los problemas: los dejo que me alcancen. Cuando llegan, llegan fatigados, con la lengua afuera, y se resuelven solos.
Y sí, tengo mis terquedades. A estas alturas, cambiar de opinión es como cambiar de dentadura: costoso, incómodo y solo necesario si la anterior se cae. Pero no me quejo. Las arrugas son medallas al mérito, y las canas, certificados de supervivencia. Cada una cuenta una historia que ya olvidé, pero que igual defiendo como si fuera épica.
La vejez, si uno la mira con calma, no es para tanto: tiene sus días buenos y sus días de mal genio, y ya está. Y uno aprende a quererla, porque después de tantos años juntos, ya nos entendemos sin palabras. Uno ya no corre, no compite, no se afana: simplemente sigue andando, con la parsimonia del que ya pagó todas las deudas y ahora camina ligero.
Y cuando alguien me pregunta cómo hago para llevar todo esto con tanta paciencia, yo solo me acomodo las canas, enderezo la terquedad y recuerdo la filosofía del filántropo Camilo, que sabía más de vida que de libros:
—Hágale, patrón, que yo afán no tengo.
Porque a estas alturas, el afán es para los que todavía creen que el tiempo se puede alcanzar. Yo, en cambio, ya aprendí que el tiempo es como la rodilla: si uno lo presiona, protesta; si uno lo deja quieto, lo acompaña.
Y yo le hago caso. A mi edad uno aprende que discutir con las articulaciones es como discutir con la inflación: no conduce a nada y, al final, el que termina pagando es uno. Las articulaciones, igual que los ministros de Hacienda, siempre tienen la razón… o por lo menos la última palabra.
Eso de que los años vuelven sabio a todo el mundo es una propaganda muy bien montada por los viejos, una estrategia de mercadeo tan exitosa que ya nadie la cuestiona. La verdad es que algunos envejecen y se vuelven sabios; otros envejecemos y aprendemos a disimular mejor la ignorancia.
Yo pertenezco a una categoría intermedia: no sé más que antes, pero ahora hablo con una tranquilidad que da la impresión de que sé. Y como ya nadie me exige demasiadas pruebas, he adquirido cierta autoridad moral, esa que se otorga por desgaste, no por mérito.
Si digo una tontería, alguien comenta:
—Déjenlo, hombre. A esa edad ya ha vivido mucho.
Y yo, que todavía conservo un mínimo de decencia, hago como que me ofendo. Pero por dentro estoy encantado.
¡Imagínese usted el privilegio! Toda una vida cuidando lo que uno dice, y de pronto llega la vejez, le entrega un salvoconducto y le anuncia:
—Hágale, hable tranquilo. Ahora le perdonamos todas las pendejadas.
Eso sí: el salvoconducto no es ilimitado. Si uno se pasa de la raya, la vida le recuerda que la vejez no es impunidad, sino jurisdicción especial. Uno puede decir bobadas, pero no demasiadas seguidas, porque la memoria ya no está para sostener argumentos largos.
Un amigo, por supuesto, sostiene que me he vuelto terco. Yo le explico que está confundido: la terquedad es un defecto juvenil; lo mío es consistencia histórica.
Un hombre que lleva más de setenta años pensando de determinada manera no puede cambiar de opinión cada vez que a alguien se le ocurra traer una teoría nueva desde Internet. Eso sería como cambiarme de zapatos ya amoldados al pie solo por antojo ajeno: un despropósito estético y moral.
Además, cambiar de opinión exige energía, y a cierta edad la energía ya no sobra: toca cuidarla. Yo ya no la gasto en cualquier cosa. Antes discutía. Ahora escucho. Escuchar es más barato, más silencioso y, sobre todo, más descansado.
Y cuando alguien termina de explicarme durante cuarenta minutos por qué el mundo debería ser distinto, yo digo:
—Puede ser.
Esa frase es mi nueva estrategia de supervivencia. «Puede ser» no compromete, no pelea, no promete. Es una hamaca verbal: uno se recuesta ahí y deja que el mundo siga su curso sin involucrarse demasiado.
A estas alturas, la vida no necesita que yo la arregle; apenas necesita que yo no la estorbe. Sirve para todo: evita discusiones, conserva amistades y permite que uno siga pensando exactamente lo que pensaba antes. Eso, señores, no es terquedad. Eso es experiencia de la buena.
El médico, que es un hombre joven y por lo tanto todavía confía en el cuerpo humano, me recomendó caminar todos los días.
—Tiene que moverse más —me dijo.
Y yo le contesté:
—Doctor, después de cierta edad, uno no se mueve: uno se desplaza.
Pero él insistió. Ahora camino.
Camino por la casa, hasta la cocina. Después regreso. A veces, si me siento especialmente atlético, llego hasta la ventana y miro la calle. Desde allí observo a la gente corriendo de un lado para otro y siento una enorme satisfacción. No porque esté por encima de ellos, sino porque no tengo ninguna obligación de acompañarlos. Hay una libertad extraordinaria en ver a otro llegar tarde.
La gente joven anda siempre con una urgencia que me conmueve. Corren para trabajar, corren para hacer ejercicio, corren para descansar de haber trabajado y, si les sobra tiempo, se ponen unos zapatos especiales para correr un poco más. Yo los miro y pienso:
—Ya se les pasará.
La gravedad, por fortuna, es democrática. Tarde o temprano pone a todo el mundo en su sitio.
No tengo nada contra el ejercicio. Al contrario: admiro profundamente a quienes lo practican. Sobre todo cuando lo hacen lejos de mí.
A mi edad uno ha empezado a sospechar que la vida es demasiado corta para sudar la gota gorda innecesariamente. Aunque, claro, el cuerpo no siempre comparte mis opiniones.
Antes yo me despertaba y el cuerpo estaba listo. Ahora, cada mañana, tenemos una reunión. Yo propongo levantarme. La espalda solicita más tiempo. La rodilla presenta objeciones. El cuello dice que no recuerda haber autorizado ese movimiento. Y el resto del organismo pide una prórroga.
Después de largas negociaciones, consigo ponerme de pie. Es entonces cuando comprendo por qué los viejos tenemos fama de madrugadores. No es que nos guste levantarnos temprano. Es que el proceso comienza desde la noche anterior.
Pero no todo son desgracias. La vejez también trae privilegios que nadie menciona en los folletos. Uno de ellos es la posibilidad de decir lo que piensa sin grandes consecuencias.
La sinceridad, cuando la ejerce un joven, puede ser insolencia. Cuando la ejerce un viejo, es carácter. Yo he descubierto esta ventaja con verdadero entusiasmo.
Puedo mirar una situación absurda y decir:
—Esto es una pendejada.
Si alguien se molesta, siempre aparece una persona comprensiva que interviene:
—No le haga caso. Es que ya está mayor.
Y yo quisiera abrazarla.
Porque durante toda la vida uno ha tenido que pagar impuestos, cumplir horarios, contestar con educación y tragarse opiniones. Ahora resulta que la edad me ha convertido en una especie de patrimonio nacional. Ya nadie sabe si estoy diciendo una verdad profunda o si simplemente necesito dormir la siesta. Y lo mejor es que nadie se atreve a averiguarlo.
La memoria, por su parte, merece un capítulo aparte. La gente habla de la pérdida de memoria como si fuera una tragedia. Yo no estoy tan seguro. Olvidar ciertas cosas puede ser una bendición. ¿Para qué quiero recordar el nombre del señor que me hizo una mala cara en 1987? ¿Para qué conservar intacta la discusión que tuve con alguien que probablemente ya tampoco recuerda haber discutido conmigo?
La memoria de los viejos es sabia en eso. Se lleva unas cosas y deja otras. El problema es que no siempre consulta.
Olvido dónde dejé las gafas —y las tenía puestas— y recuerdo, con una precisión ofensiva, una frase que me dijo un profesor hace sesenta años. Busco las llaves durante media hora y, de pronto, aparece en mi cabeza el nombre del perro que tuvo una vecina cuando yo era niño. ¿De qué me sirve? No lo sé. Pero ahí está, ocupando espacio mientras la memoria reciente anda de vacaciones sin avisar.
También están los espejos. Los espejos son unos aparatos que deberían venir con una advertencia: «Imagen sujeta a cambios sin previo aviso». Uno se mira y reconoce la cara, claro, pero empieza a sospechar que alguien ha vivido mucho tiempo dentro de ella.
Hay arrugas que uno no recuerda haber comprado. Manchas que aparecieron sin permiso. Canas que se multiplican como si cobraran comisión. Yo he dejado de preguntar. La cara hace lo que puede. Y, siendo sinceros, después de tantos años juntos, tampoco voy a abandonarla ahora. Sería una falta de gratitud.
Además, la vanidad a cierta edad se vuelve complicada. Uno quisiera verse joven, pero tampoco quiere hacer demasiado esfuerzo. Ese es el problema.
Yo aceptaría fácilmente tener el cuerpo de los treinta años, siempre y cuando no tuviera que volver a vivirlos. La juventud es un estado físicamente envidiable y emocionalmente agotador. Demasiadas dudas. Demasiadas urgencias. Demasiado por demostrar. A mí ahora me interesa demostrar poco. Y eso produce una tranquilidad que nadie aprecia suficientemente.
La vida, que antes me perseguía con afanes, ahora camina a mi lado como un perro viejo. A veces se adelanta, a veces se detiene a mirar cualquier cosa y, de vez en cuando, nos sentamos los dos sin saber muy bien qué estamos esperando. Pero ya nos entendemos.
Después de tantos años juntos, la vida y yo hemos llegado a un acuerdo: ella no me exige que corra y yo procuro no quejarme demasiado cuando me sorprende con alguna avería. Hay días en que no cumplimos el pacto. Pero, en general, nos llevamos bien.
Si algo he aprendido es que envejecer no consiste únicamente en perder. Es, sobre todo, aprender a soltar. Soltar la velocidad. Soltar la necesidad de gustarle a todo el mundo. Soltar la costumbre de tener razón. Aunque esta última la suelto con una mano solamente. Tampoco hay que exagerar.
Con los años uno empieza a comprender que muchas batallas eran ridículas y que algunos triunfos no merecían tanto esfuerzo. Lo que antes parecía indispensable hoy apenas ocupa un rincón de la memoria. Y eso tiene algo liberador. Uno queda más liviano. No porque tenga menos años —de esos, lamentablemente, uno tiene cada vez más—, sino porque lleva menos equipaje inútil.
Así que aquí estoy. Canoso. Terco, según mi amigo. Consistente, según mi propia y muy autorizada opinión. Más lento, sí, pero también más selectivo con la velocidad. Menos preocupado por llegar. Más agradecido por haber llegado.
Porque al final la vejez tiene una dignidad que solo se comprende cuando uno la alcanza. No es una victoria, desde luego. Sería demasiado vanidoso decirlo. Es, más bien, una manera de haber resistido lo suficiente para poder sentarse un rato a mirar el camino. Y pensar:
—¡Juepucha!… sí que fue largo.
Mi abuela decía que quien llega viejo, llega lejos. Yo no sé si tenía razón, porque nunca le dio por explicarlo. Las abuelas tienen esa costumbre: lanzan una sentencia y siguen con lo suyo, dejando que uno pase el resto de la vida tratando de entenderla.
Pero algo de razón debía de tener, porque yo he llegado tan lejos en la vida que, francamente, ya no sabría cómo devolverme. Y, pensándolo bien, tampoco tengo ganas. Además, ¿para qué?
Aquí, con mis canas, mis rodillas sindicalizadas, mi memoria haciendo lo que se le da la gana y esta terquedad que se niega a jubilarse, todavía encuentro razones para reírme. Y mientras uno pueda reírse de sí mismo, la edad no habrá ganado del todo.
Que pase lo que tenga que pasar. Yo, por mi parte, seguiré avanzando. Despacio, eso sí. No por miedo. Sino porque ahora tengo tiempo. Y porque la rodilla izquierda, que es la que manda, ya dio la orden.
«El hombre sólo se fija en su sufrimiento: no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara en ella, vería que en todas las etapas de su vida ha tenido momentos felices.»
Capítulo 66
Canas y terquedades: manual de uso (no obligatorio)
«Dicen que el tiempo vuela; yo creo que simplemente se escapa para no oír nuestras quejas.»
A estas alturas de la vida he llegado a una conclusión que a la edad de veinte años me habría parecido una insolencia imperdonable: envejecer no es tan grave. Lo grave es enterarse tarde, cuando ya uno tiene más canas que planes, más citas médicas que amigos disponibles y una rodilla que amanece de mal genio sin haber pasado por ninguna parranda. Porque las rodillas, como ciertas personas que uno no invita, empiezan a opinar sin pedir permiso.
Yo, por ejemplo, me levanto cada mañana con la dignidad planchada y la voluntad de conquistar el día. Pero apenas pongo un pie en el suelo, la rodilla izquierda me recuerda que una cosa es la voluntad y otra muy distinta el Ministerio de Obras Públicas del cuerpo humano, institución burocrática donde cada articulación tiene derecho a huelga y cada tendón llena formularios para quejarse.
La juventud cree que uno se vuelve sabio con los años. Mentira. Uno se vuelve astuto, que es distinto. La sabiduría exige estudio; la astucia, en cambio, nace del cansancio.
Por eso ahora no persigo los problemas: los dejo que me alcancen. Cuando llegan, llegan fatigados, con la lengua afuera, y se resuelven solos.
Y sí, tengo mis terquedades. A estas alturas, cambiar de opinión es como cambiar de dentadura: costoso, incómodo y solo necesario si la anterior se cae. Pero no me quejo. Las arrugas son medallas al mérito, y las canas, certificados de supervivencia. Cada una cuenta una historia que ya olvidé, pero que igual defiendo como si fuera épica.
La vejez, si uno la mira con calma, no es para tanto: tiene sus días buenos y sus días de mal genio, y ya está. Y uno aprende a quererla, porque después de tantos años juntos, ya nos entendemos sin palabras. Uno ya no corre, no compite, no se afana: simplemente sigue andando, con la parsimonia del que ya pagó todas las deudas y ahora camina ligero.
Y cuando alguien me pregunta cómo hago para llevar todo esto con tanta paciencia, yo solo me acomodo las canas, enderezo la terquedad y recuerdo la filosofía del filántropo Camilo, que sabía más de vida que de libros:
—Hágale, patrón, que yo afán no tengo.
Porque a estas alturas, el afán es para los que todavía creen que el tiempo se puede alcanzar. Yo, en cambio, ya aprendí que el tiempo es como la rodilla: si uno lo presiona, protesta; si uno lo deja quieto, lo acompaña.
Y yo le hago caso. A mi edad uno aprende que discutir con las articulaciones es como discutir con la inflación: no conduce a nada y, al final, el que termina pagando es uno. Las articulaciones, igual que los ministros de Hacienda, siempre tienen la razón… o por lo menos la última palabra.
Eso de que los años vuelven sabio a todo el mundo es una propaganda muy bien montada por los viejos, una estrategia de mercadeo tan exitosa que ya nadie la cuestiona. La verdad es que algunos envejecen y se vuelven sabios; otros envejecemos y aprendemos a disimular mejor la ignorancia.
Yo pertenezco a una categoría intermedia: no sé más que antes, pero ahora hablo con una tranquilidad que da la impresión de que sé. Y como ya nadie me exige demasiadas pruebas, he adquirido cierta autoridad moral, esa que se otorga por desgaste, no por mérito.
Si digo una tontería, alguien comenta:
—Déjenlo, hombre. A esa edad ya ha vivido mucho.
Y yo, que todavía conservo un mínimo de decencia, hago como que me ofendo. Pero por dentro estoy encantado.
¡Imagínese usted el privilegio! Toda una vida cuidando lo que uno dice, y de pronto llega la vejez, le entrega un salvoconducto y le anuncia:
—Hágale, hable tranquilo. Ahora le perdonamos todas las pendejadas.
Eso sí: el salvoconducto no es ilimitado. Si uno se pasa de la raya, la vida le recuerda que la vejez no es impunidad, sino jurisdicción especial. Uno puede decir bobadas, pero no demasiadas seguidas, porque la memoria ya no está para sostener argumentos largos.
Un amigo, por supuesto, sostiene que me he vuelto terco. Yo le explico que está confundido: la terquedad es un defecto juvenil; lo mío es consistencia histórica.
Un hombre que lleva más de setenta años pensando de determinada manera no puede cambiar de opinión cada vez que a alguien se le ocurra traer una teoría nueva desde Internet. Eso sería como cambiarme de zapatos ya amoldados al pie solo por antojo ajeno: un despropósito estético y moral.
Además, cambiar de opinión exige energía, y a cierta edad la energía ya no sobra: toca cuidarla. Yo ya no la gasto en cualquier cosa. Antes discutía. Ahora escucho. Escuchar es más barato, más silencioso y, sobre todo, más descansado.
Y cuando alguien termina de explicarme durante cuarenta minutos por qué el mundo debería ser distinto, yo digo:
—Puede ser.
Esa frase es mi nueva estrategia de supervivencia. «Puede ser» no compromete, no pelea, no promete. Es una hamaca verbal: uno se recuesta ahí y deja que el mundo siga su curso sin involucrarse demasiado.
A estas alturas, la vida no necesita que yo la arregle; apenas necesita que yo no la estorbe. Sirve para todo: evita discusiones, conserva amistades y permite que uno siga pensando exactamente lo que pensaba antes. Eso, señores, no es terquedad. Eso es experiencia de la buena.
El médico, que es un hombre joven y por lo tanto todavía confía en el cuerpo humano, me recomendó caminar todos los días.
—Tiene que moverse más —me dijo.
Y yo le contesté:
—Doctor, después de cierta edad, uno no se mueve: uno se desplaza.
Pero él insistió. Ahora camino.
Camino por la casa, hasta la cocina. Después regreso. A veces, si me siento especialmente atlético, llego hasta la ventana y miro la calle. Desde allí observo a la gente corriendo de un lado para otro y siento una enorme satisfacción. No porque esté por encima de ellos, sino porque no tengo ninguna obligación de acompañarlos. Hay una libertad extraordinaria en ver a otro llegar tarde.
La gente joven anda siempre con una urgencia que me conmueve. Corren para trabajar, corren para hacer ejercicio, corren para descansar de haber trabajado y, si les sobra tiempo, se ponen unos zapatos especiales para correr un poco más. Yo los miro y pienso:
—Ya se les pasará.
La gravedad, por fortuna, es democrática. Tarde o temprano pone a todo el mundo en su sitio.
No tengo nada contra el ejercicio. Al contrario: admiro profundamente a quienes lo practican. Sobre todo cuando lo hacen lejos de mí.
A mi edad uno ha empezado a sospechar que la vida es demasiado corta para sudar la gota gorda innecesariamente. Aunque, claro, el cuerpo no siempre comparte mis opiniones.
Antes yo me despertaba y el cuerpo estaba listo. Ahora, cada mañana, tenemos una reunión. Yo propongo levantarme. La espalda solicita más tiempo. La rodilla presenta objeciones. El cuello dice que no recuerda haber autorizado ese movimiento. Y el resto del organismo pide una prórroga.
Después de largas negociaciones, consigo ponerme de pie. Es entonces cuando comprendo por qué los viejos tenemos fama de madrugadores. No es que nos guste levantarnos temprano. Es que el proceso comienza desde la noche anterior.
Pero no todo son desgracias. La vejez también trae privilegios que nadie menciona en los folletos. Uno de ellos es la posibilidad de decir lo que piensa sin grandes consecuencias.
La sinceridad, cuando la ejerce un joven, puede ser insolencia. Cuando la ejerce un viejo, es carácter. Yo he descubierto esta ventaja con verdadero entusiasmo.
Puedo mirar una situación absurda y decir:
—Esto es una pendejada.
Si alguien se molesta, siempre aparece una persona comprensiva que interviene:
—No le haga caso. Es que ya está mayor.
Y yo quisiera abrazarla.
Porque durante toda la vida uno ha tenido que pagar impuestos, cumplir horarios, contestar con educación y tragarse opiniones. Ahora resulta que la edad me ha convertido en una especie de patrimonio nacional. Ya nadie sabe si estoy diciendo una verdad profunda o si simplemente necesito dormir la siesta. Y lo mejor es que nadie se atreve a averiguarlo.
La memoria, por su parte, merece un capítulo aparte. La gente habla de la pérdida de memoria como si fuera una tragedia. Yo no estoy tan seguro. Olvidar ciertas cosas puede ser una bendición. ¿Para qué quiero recordar el nombre del señor que me hizo una mala cara en 1987? ¿Para qué conservar intacta la discusión que tuve con alguien que probablemente ya tampoco recuerda haber discutido conmigo?
La memoria de los viejos es sabia en eso. Se lleva unas cosas y deja otras. El problema es que no siempre consulta.
Olvido dónde dejé las gafas —y las tenía puestas— y recuerdo, con una precisión ofensiva, una frase que me dijo un profesor hace sesenta años. Busco las llaves durante media hora y, de pronto, aparece en mi cabeza el nombre del perro que tuvo una vecina cuando yo era niño. ¿De qué me sirve? No lo sé. Pero ahí está, ocupando espacio mientras la memoria reciente anda de vacaciones sin avisar.
También están los espejos. Los espejos son unos aparatos que deberían venir con una advertencia: «Imagen sujeta a cambios sin previo aviso». Uno se mira y reconoce la cara, claro, pero empieza a sospechar que alguien ha vivido mucho tiempo dentro de ella.
Hay arrugas que uno no recuerda haber comprado. Manchas que aparecieron sin permiso. Canas que se multiplican como si cobraran comisión. Yo he dejado de preguntar. La cara hace lo que puede. Y, siendo sinceros, después de tantos años juntos, tampoco voy a abandonarla ahora. Sería una falta de gratitud.
Además, la vanidad a cierta edad se vuelve complicada. Uno quisiera verse joven, pero tampoco quiere hacer demasiado esfuerzo. Ese es el problema.
Yo aceptaría fácilmente tener el cuerpo de los treinta años, siempre y cuando no tuviera que volver a vivirlos. La juventud es un estado físicamente envidiable y emocionalmente agotador. Demasiadas dudas. Demasiadas urgencias. Demasiado por demostrar. A mí ahora me interesa demostrar poco. Y eso produce una tranquilidad que nadie aprecia suficientemente.
La vida, que antes me perseguía con afanes, ahora camina a mi lado como un perro viejo. A veces se adelanta, a veces se detiene a mirar cualquier cosa y, de vez en cuando, nos sentamos los dos sin saber muy bien qué estamos esperando. Pero ya nos entendemos.
Después de tantos años juntos, la vida y yo hemos llegado a un acuerdo: ella no me exige que corra y yo procuro no quejarme demasiado cuando me sorprende con alguna avería. Hay días en que no cumplimos el pacto. Pero, en general, nos llevamos bien.
Si algo he aprendido es que envejecer no consiste únicamente en perder. Es, sobre todo, aprender a soltar. Soltar la velocidad. Soltar la necesidad de gustarle a todo el mundo. Soltar la costumbre de tener razón. Aunque esta última la suelto con una mano solamente. Tampoco hay que exagerar.
Con los años uno empieza a comprender que muchas batallas eran ridículas y que algunos triunfos no merecían tanto esfuerzo. Lo que antes parecía indispensable hoy apenas ocupa un rincón de la memoria. Y eso tiene algo liberador. Uno queda más liviano. No porque tenga menos años —de esos, lamentablemente, uno tiene cada vez más—, sino porque lleva menos equipaje inútil.
Así que aquí estoy. Canoso. Terco, según mi amigo. Consistente, según mi propia y muy autorizada opinión. Más lento, sí, pero también más selectivo con la velocidad. Menos preocupado por llegar. Más agradecido por haber llegado.
Porque al final la vejez tiene una dignidad que solo se comprende cuando uno la alcanza. No es una victoria, desde luego. Sería demasiado vanidoso decirlo. Es, más bien, una manera de haber resistido lo suficiente para poder sentarse un rato a mirar el camino. Y pensar:
—¡Juepucha!… sí que fue largo.
Mi abuela decía que quien llega viejo, llega lejos. Yo no sé si tenía razón, porque nunca le dio por explicarlo. Las abuelas tienen esa costumbre: lanzan una sentencia y siguen con lo suyo, dejando que uno pase el resto de la vida tratando de entenderla.
Pero algo de razón debía de tener, porque yo he llegado tan lejos en la vida que, francamente, ya no sabría cómo devolverme. Y, pensándolo bien, tampoco tengo ganas. Además, ¿para qué?
Aquí, con mis canas, mis rodillas sindicalizadas, mi memoria haciendo lo que se le da la gana y esta terquedad que se niega a jubilarse, todavía encuentro razones para reírme. Y mientras uno pueda reírse de sí mismo, la edad no habrá ganado del todo.
Que pase lo que tenga que pasar. Yo, por mi parte, seguiré avanzando. Despacio, eso sí. No por miedo. Sino porque ahora tengo tiempo. Y porque la rodilla izquierda, que es la que manda, ya dio la orden.
«El hombre sólo se fija en su sufrimiento: no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara en ella, vería que en todas las etapas de su vida ha tenido momentos felices.»
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—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
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