sábado, 26 de septiembre de 2026

*** 81 - El último inquilino

Capítulo 81

El último inquilino

Una frase me persigue. Está escrita a lápiz en el margen de un libro, con una letra que no es la mía: «La realidad pesa más de lo que el alma soporta; por eso la gente se refugia en sueños prestados y les da el nombre de felicidad.» La encontré hace años en el sótano 2 del edificio, donde se acumulan las últimas pertenencias de quienes parten sin que nadie venga después por ellas. Descansaba entre cajas huérfanas, una lámpara sin pantalla y un diccionario mutilado al que le faltaba la letra a. La leí una sola vez. Bastó para que se instalara en mí. Desde entonces me acompaña como una voz sin rostro, llegada desde una vida extinguida, como si alguien hubiera dejado aquella frase esperándome entre los escombros discretos del olvido.

Pesa la realidad, eso no lo discuto. Pesa el cuerpo al levantarse, antes de que las rodillas acepten el día. Pesa el amor cuando empieza a agrietarse por donde nadie mira, y pesa la memoria cuando se deshilacha justo en el nombre que uno andaba buscando. Pesa el silencio de los dioses, que se parece mucho al de las preguntas que nadie contesta, y pesa también el ruido de la humanidad. Pero sobre todo pesa esto, que tardé años en poder decir: el tiempo no se detiene; somos nosotros quienes nos quedamos quietos mientras él sigue avanzando.

Ante ese peso, el animal humano alquila. Alquila una casa más luminosa, un amor más joven, una fe más consoladora, un futuro más ancho, una nostalgia más dulce —y un balcón que nunca usa—. Firma el contrato con una sonrisa, porque ese contrato —lo dice la frase del margen— se llama felicidad. Lo que casi nadie mira es la letra pequeña: todo alquiler vence. Y el casero, como todos los caseros, rara vez avisa con tiempo; simplemente llega, y uno entiende que la luz prestada nunca fue del todo suya.

⁂

Esta mañana salí a caminar sin rumbo, o con uno que no figuraba en ningún mapa; tardé varias cuadras en darme cuenta. Era primavera, y los letreros de À louer, For rent habían vuelto a las ventanas de mi barrio, el Plateau, como una floración más, pegados con cinta a los vidrios, algunos escritos a mano. Siempre pensé que era una rareza de la ciudad, esa costumbre de mudarse todos a la vez a comienzos de julio, con los colchones amarrados al techo de los carros. Ahora sospecho que es la manera más honesta que tiene un lugar de confesar lo que somos: inquilinos que suben cajas por las escaleras de caracol, convencidos de que esta vez sí la buena decision.

Los romanos llamaban a ese contrato *locatio conductio*. Me gusta pensar —aunque un latinista me corregiría— que alquilar era para ellos conducir algo ajeno: la casa de otro, el campo de otro, a veces el cuerpo de otro. No sé si imaginaron que también se podía alquilar la felicidad. Se alquila, me temo, desde que alguien notó que la verdad pesa y que la mentira, en cambio, se deja pagar a plazos.

⁂

Subí por la avenida du Parc hasta donde empiezan los senderos del cerro de Mont-Royal. Los arces seguían desnudos, con esa quietud que tienen antes de las hojas, y la luz de la mañana pasaba entre las ramas sin pedir nada. Durante un rato me pareció que el mundo todavía me guardaba un sitio. Y, sin embargo, por debajo seguía la inquietud de siempre, esa que no se disipa caminando y que tampoco se va cuando uno se sienta.

Fui pensando, cuesta arriba, en las ilusiones que alquilé para no sentir el peso, y quiero ser justo con ellas: no todas fueron mentiras. Algunas fueron cuartos de paso, habitaciones pequeñas donde uno descansaba antes de volver a la intemperie, y sospecho que sin ellas no habría llegado hasta aquí. Me dije que todos hacemos eso, y me pareció una disculpa razonable. El problema empieza cuando uno se queda a vivir en el cuarto de paso y se olvida de que tenía puerta.

Otras ilusiones tuvieron forma de mapa. Las fui dibujando a mano, sin darme cuenta, durante años: cómo debía responder una persona querida, qué me debía una ciudad, a qué edad tenía que llegar cada cosa. Sospecho que casi ninguna decepción me vino de afuera. Venía del mapa, el día en que alguien se apartaba un milímetro de la línea que yo le había trazado sin consultarle. Entonces no se resquebrajaba el mundo; me resquebrajaba yo, y durante mucho tiempo le eché la culpa al territorio.

Quizá lo que llamé felicidad en esos años fue apenas una coincidencia frágil: una tarde en que el mapa y el camino, por pura casualidad, se parecieron. Y quizá lo más cercano a la serenidad que he conocido sea corregir el mapa con lo que uno va pisando, y no al revés; dejar que la camino sea el camino, aunque yo la hubiera dibujado distinto.

Me pregunto si la realidad era de verdad tan pesada o si simplemente nos enseñaron a cargarla mal: con las manos de la ilusión, con la espalda del deseo, esperando que alguien viniera a relevarnos. Nadie vino. O vinieron, pero también andaban cargando un peso alquilado, y no les quedaban brazos para el nuestro. Quizá lo insoportable haya sido quedarse: vivir tanto tiempo en la casa de otro, entre los muebles de otro, con los sueños de otro, pagando una renta que nunca nos dejó ser dueños de nada. Ni siquiera del silencio, que también se alquila —hay silencios que nos imponen y silencios que uno compra para no oír lo que no quiere oír—.

⁂

Cerca de la cima, al borde del sendero, un hilo de agua de deshielo bajaba por el margen del camino entre piedras y hojas del otoño pasado. Me quedé mirándolo más tiempo del que un hombre sensato le dedica a un recodo del camino. Llevaba un ritmo que no era el mío ni el de la ciudad que zumbaba allá abajo, un ritmo más viejo que cualquiera de mis preocupaciones, y no parecía necesitar que nadie lo entendiera. Pensé —o quizá lo pensó el agua por mí— que tal vez la vida tampoco lo necesita, que le basta con que no le mintamos demasiado. Seguí un trecho el ritmo del agua, sin darme cuenta, y por un momento respiré al compás de la orilla del camino, como si el cuerpo hubiera aprendido algo que la cabeza todavía no sabía.

Por un momento tuve la impresión de que alguien me llamaba desde lejos. Tardé en reconocer la voz: era la mía, la de antes de todos los contratos. Venía sin ruido, desde algún lugar detrás del pecho, y traía el cansancio de los años y una cierta torpeza de niño que no había aprendido a disimular.

⁂

He conversado en estas páginas con el que fui, con el cuerpo, con la fe y con la muerte, con el amor y con el olvido, con el trabajo, con el país y con la intemperie. Visto desde aquí, sospecho que cada diálogo fue una manera de devolver un alquiler. Cada pregunta sacaba un mueble de la casa; cada respuesta dejaba una pared desnuda.

Con el tiempo he comprendido que escribir no es solo un acto de memoria, sino también una mudanza lenta: uno va desalojando habitaciones interiores, desmontando viejas estructuras, retirando objetos que ya no sostienen nada. A veces, mientras escribo en el 413, mi apartamento de la calle de Rigaud, siento que el edificio respira conmigo, como si también él se aligerara de algo. Y pienso en el sótano, donde siguen acumulándose los libros de los que se fueron. Las paredes parecen escuchar, y en ciertos silencios —los más hondos, los que llegan de madrugada— casi podría jurar que se inclinan un poco, como si quisieran participar en la conversación.

Cada capítulo ha sido una forma de abrir una ventana y dejar que entre aire nuevo, aunque a veces ese aire traiga frío, o recuerdos que preferiría no tocar. Pero así es este oficio: uno escribe para aclarar, y termina removiendo lo que estaba cuidadosamente guardado. Uno escribe para ordenar, y termina descubriendo que el desorden también tiene su verdad.

Y no me refiero a una verdad filosófica, de esas que se citan en los libros. Me refiero a la verdad literal de mi escritorio: las pilas de papeles que ya no distinguen entre lo urgente y lo olvidado, los libros abiertos en páginas que ya no recuerdo por qué marqué, las tazas de café vacías que se acumulan como pequeños monumentos a la distracción —una de ellas todavía tiene el resto de anteayer, y no pienso lavarla: es la única arqueología que practico—. Si el desorden tiene su verdad, la mía debe de ser una enciclopedia. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso: una enciclopedia escrita por un hombre que ya no recuerda dónde guardó el índice.

He devuelto tantos alquileres que ya no sé qué queda por pagar. Quizá este libro sea la última habitación que me faltaba vaciar, el último mueble que debía arrastrar hacia la luz. Quizá después de esto la casa quede finalmente en silencio, no como un vacío, sino como una forma de descanso. Porque hay paredes que solo se vuelven verdaderamente nuestras cuando ya no les exigimos que sostengan nada.

Y ahora la casa está vacía.

No triste: vacía, que no es lo mismo. La tristeza habría sido un mueble más, y ya no queda ninguno. Queda una habitación donde la luz llega hasta el fondo sin tropezar con nada, y un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, no necesita mentirse para estar en ella.

⁂

Allá arriba, junto a la la orilla del camino, sentí algo que no me atrevo a llamar felicidad —no todavía—. Era más bien una claridad sin ruido, de esas que no duran y tampoco necesitan durar. Desde esa intemperie limpia puedo decir, en voz baja por si me equivoco, lo que no supe decir durante años: que quizá la felicidad nunca fue lo que buscaba. Lo que buscaba era algo que no consuela, pero sostiene; algo que no se alquila, se lleva. Llevarlo sin disfraces ni contratos es la única libertad que conozco. No es una libertad alegre. Es grave, y un poco torpe, como la de quien ha devuelto todo lo prestado y se queda con las manos vacías, que son, por fin, las suyas.

No sé cuánto tiempo me queda, y a estas alturas ya no le pido a nadie que me lo calcule. Me concedo, eso sí, algunas cosas sin trámite: abrir una botella de vino una tarde cualquiera, sin nada que celebrar; caminar sin volver la cabeza hacia lo que ya no me pertenece. Hace tiempo dejé de buscar alivio en los demás —también ellos andaban cargando lo suyo—, y fue entonces, cuando ya no la esperaba, que algo parecido a la alegría empezó a visitarme. No viene todos los días. Llega sin avisar, como el casero, pero no trae cuentas.

Si alguien me preguntara qué aprendí a estas alturas, cuando ya ha pasado tanta agua bajo el puente de la vida, diría —con algo de pudor, porque suena a poco— que aprendí a quedarme quieto. A no buscar un contrato nuevo cada vez que el anterior vencía. A dejar que el silencio dijera lo suyo sin apresurarme a traducirlo. Allá, en mi tierra, a eso le dirían «no hacer nada»; aquí, a esta edad, empieza a parecerme casi un oficio.

⁂

Hay algo, sin embargo, que no he podido devolver. La frase del margen sigue ahí, con su letra ajena, y a veces me sorprendo discutiéndole en voz baja, como a un vecino que tiene razón a medias. No sé de quién es esa letra. Tampoco estoy seguro de que importe. Quizá ese vecino también alquilaba, y al irse devolvió el libro sin saber que me dejaba la frase a mí.

Es extraño dedicar una vida entera a descifrar el enigma humano y sospechar, ya tarde, que toda esa búsqueda cabía en un gesto mínimo: intentar no herir, ser un poco más amable, como quien deja una luz encendida para que otro no tropiece.

Aquí termina *Diálogos desde la edad del silencio*. No porque se hayan acabado las preguntas: se han acabado los alquileres. Lo que venga después, si viene algo, será nuestro.

---------------------

Si te gustó, compártelo.
Comentarios y sugerencias son bienvenidos.

---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ----------------------------------------


La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera re...