Capítulo 54
—El tiempo que no se mide
Hay días —cada vez más, lo admito— en que vivo casi por completo en el presente. No lo digo como quien exhibe una medalla; lo digo como quien ha aprendido a conformarse con lo que queda. Sospecho que esta fidelidad al instante no fue una conquista, sino una rendición. Un descarte. Como cuando se vacía una casa y se decide qué llevarse y qué dejar que el polvo se lleve.
El futuro, ese viejo territorio de promesas y mapas doblados, se volvió demasiado incierto para instalar allí esperanzas. Ya no construyo castillos en sus arenas movedizas. Ya no escribo cartas a un destinatario que quizá nunca llegue. Y el pasado —que sigue conmigo como una sombra que no se desprende— ya no consiente que lo recorra con la misma libertad de antes. Algo ha cambiado en la geografía de los recuerdos: cada vez que los visito, los encuentro ligeramente distintos. Como si la memoria envejeciera al mismo ritmo que las manos, y los rostros se desdibujaran, y las palabras perdieran su filo original, y los silencios pesaran más que las voces.
Entre un territorio y otro —entre el país que ya fue y el que quizá nunca será— queda esto: un presente pequeño, a veces frágil, que algunos días apenas me alcanza para respirar y darme cuenta de que aún estoy aquí.
He dejado de imaginar el tiempo como una línea —esa vieja ilusión de los relojes, esa mentira piadosa que nos hace creer que todo avanza hacia algún lugar. Me inclino a creer que se parece más al marco de esta puerta: repintado por inquilinos que nunca conocí, cubierto de capas que ya no recuerdan su color original, pero que aún sostienen la misma madera, la misma forma, la misma resistencia a los años.
Debajo de la última capa de pintura —blanca, reciente, con olor a promesa de hogar— hay otra, quizá amarilla, quizá de un verde que ya nadie nombra. Y debajo de esa, otra más, y otra, y otra. Todas siguen ahí, acumuladas, invisibles pero presentes, sosteniendo la estructura sin alardear. No hay contradicción entre ellas: cada capa fue necesaria, cada una tuvo su momento, cada una protegió la madera del frío, del sol, del paso indiferente de los cuerpos que atravesaron el umbral.
Algo semejante sucede conmigo, lo he notado. El muchacho que fui —ese que corría sin preguntar hacia dónde, ese que creía que el futuro era un derecho— no se ha ido a ninguna parte. Está aquí, debajo del hombre que trabajó, que emigró, que aprendió a decir «bonjour» con acento de otra tierra, que volvió a empezar cuando los mapas ya no le servían de nada. Y ese hombre, a su vez, está debajo del que hoy escribe estas líneas, del que ya no corre porque ha aprendido el valor de la pausa, del que ya no busca respuestas sino preguntas mejor hechas.
Están todos aquí, apretados dentro de este momento que llamo «ahora». No como recuerdos —que los recuerdos son visitas que uno hace al pasado— sino como presencia. Como las capas de pintura que no compiten entre sí, sino que colaboran en la tarea de sostener la puerta. El niño, el adolescente, el joven enamorado, el padre primerizo, el inmigrante asustado, el hombre que aprendió a estar solo, todos ellos respiran en mi pecho sin pedir turno, sin reclamar protagonismo.
A veces, en la quietud de la noche, creo oírlos. El muchacho pregunta: «¿Llegamos ya?». El inmigrante responde: «Todavía no, pero estamos más cerca». Y el que soy ahora, el que escribe, se limita a callar y a dejar que las capas se sostengan mutuamente.
Porque he aprendido que no se trata de elegir una versión de uno mismo y desechar las demás. Eso sería como arrancar capas de pintura hasta dejar la madera desnuda, y entonces la puerta se pudriría, se agrietaría, dejaría de cumplir su oficio de abrirse y cerrarse. La sabiduría —si es que hay alguna en todo esto— está en aceptar que todas las capas son necesarias. Que el tiempo no borra: acumula. Que cada instante que vivimos se convierte en una capa más que protegerá lo que vendrá, y que lo que vendrá, a su vez, protegerá lo que ya pasó.
El muchacho que fui no ha muerto: ha sido absorbido. El hombre que trabajó no ha desaparecido: ha sido transformado. Y yo, el que hoy escribe, no soy más que la última capa visible —la que el sol toca, la que la mano reconoce al pasar—, pero sé que sin las anteriores, sin su peso silencioso, sin su memoria acumulada, no sería más que una mancha de pintura sin madera, sin historia, sin oficio.
Así que ya no busco la línea recta. Ya no mido el tiempo en kilómetros ni en años. Lo mido en capas, en texturas, en colores que ya no están a la vista pero que aún sostienen el marco por donde entro y salgo de mi propia vida.
Y cuando alguien me pregunta «¿Quién eres?», no respondo con un nombre ni con una fecha de nacimiento. Señalo la puerta y digo, simplemente:
—Soy esto. Todas las capas. Todas las manos que las pintaron. Todas las formas de atravesar el umbral.
Y eso, me parece, es suficiente.
Quizá por eso exista una edad que ningún calendario registra, y que he terminado por llamar la edad del silencio. No sabría decir cuándo empieza. Me inclino a creer que llega el día en que ciertas palabras dejan de encontrar dónde posarse. Está hecha menos de años que de ausencias: gente que se fue sin avisar, preguntas formuladas demasiado tarde, conversaciones que quedaron pendientes en un idioma que ya nadie habla dentro de esta casa.
Durante mucho tiempo creí que ese silencio era una forma de resignación. Hoy me inclino a pensar que puede ser también una manera de oír —aunque no podría jurarlo; hay días en que vuelve a parecerme lo primero—. Escuché durante décadas lo que los demás esperaban de mí, y las urgencias de cada jornada ocuparon un espacio tan grande que apenas quedó sitio para averiguar quién era yo cuando nadie esperaba nada.
Uno acaba pareciéndose, sospecho, a las necesidades ajenas. No sucede de golpe. Sucede despacio —casi con delicadeza—, del modo en que se instala el olor a lana húmeda del abrigo colgado en la entrada, ese olor que ya nadie percibe porque forma parte de la casa. Y un día cualquiera descubre uno que ha pronunciado miles de palabras sin haber dicho ninguna de las necesarias.
Alguien escribió —creo que fue Tabucchi, aunque la memoria me ha engañado otras veces— que la identidad no desaparece de un golpe, sino que aprende a esconderse detrás de las costumbres. Lo pienso cuando me siento al borde de la cama a quitarme los zapatos y noto que las manos tardan más que antes en obedecer. El gesto es idéntico al de hace treinta años. Ha cambiado el hombre que lo sostiene, y ni siquiera él sabría precisar en qué.
No me arrepiento de haber vivido como viví. Sería injusto con aquel que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Hubo decisiones acertadas y otras que no lo fueron, caminos que abandoné, puertas que no crucé. La edad enseña —o eso quiero creer— que ninguna vida cabe entera dentro de sí misma. Siempre quedarán ciudades sin ver y afectos que habrían merecido más tiempo del que supe darles.
Antes pensaba en esas renuncias como derrotas. Ahora me parecen más bien la forma que tomó mi existencia, quizá la única que estaba a mi alcance. La vida —si se me permite prestarle por un momento un rostro que no tiene— trabaja como un artesano indiferente: usa los materiales incompletos que le llegan y rara vez avisa cuáles le tocaron a uno. Desde ahí el pasado cambia de sitio: deja de ser un país al que quiero regresar y camina a mi lado sin hacer ruido, con la discreción de quien sabe que su tiempo ya pasó.
El futuro también ha perdido parte de su antiguo poder. En la juventud imaginamos que todo está delante; después casi todo ocurre aquí, en este momento diminuto que tantas veces dejamos escapar mientras pensábamos en el siguiente. A las cuatro de la tarde, en marzo, la luz empieza a retirarse de la pared —como quien se disculpa antes de irse— sin que uno haya decidido todavía qué hacer con el día. Esa hora me encuentra siempre en la mitad de algo.
Quizá la vejez tenga una sabiduría modesta: ya no promete conquistas, se conforma con habitar bien una conversación o una página escrita sin prisa. No estoy seguro de que eso baste. Algunos días basta. Otros me sorprendo esperando algo que no sabría nombrar, y entonces el presente se estrecha y vuelve a parecerse a una sala de espera.
Y sin embargo termino volviendo a él. Todo lo demás cambia de nombre, de país, de rostro. El instante llega casi siempre desarmado —no exige explicaciones, apenas pide que uno esté ahí de veras— y ni siquiera eso lo consigo con la frecuencia que quisiera. Me pregunto si la edad del silencio será un lugar del que pueda salirse, o una casa interior donde uno aprende, con los años, a abrir las ventanas.
Desde la ventana de atrás se ve la ruelle: ese pasaje estrecho donde la ciudad guarda lo que no muestra —cercas vencidas, un cable colgando, la puerta trasera de una vida que no conozco—. Alguien pasa por ahí a esta hora casi todos los días y nunca he visto quién. Me quedo un rato mirando el paso vacío, con los zapatos todavía en la mano, sin decidir si esto que siento es paz o solamente costumbre.
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El Jardin de lo vivido
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Diálogos desde la edad del silencio
— Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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