Capitulo 73
Caminar al lado de la Vida
En la juventud atropellé a la Vida —como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de que el tiempo es un cómplice y no un testigo. Corría, sí, pero sin destino; confundía el movimiento con la llegada y la prisa con el propósito. Aspiraba a ser alguien, a alcanzar ese territorio imaginario donde, creía, todo empezaría por fin a tener sentido.
La Vida me miraba desde la esquina y sonreía.
No tenía prisa.
Ella sabía algo que yo ignoraba: que tarde o temprano todos terminamos llegando al mismo sitio, aunque algunos lleguemos dando vueltas innecesarias —que casi siempre son las más interesantes. Me dejó correr, enamorarme de lo imposible, cambiar de rumbo, perder batallas que entonces me parecían el fin del mundo, y hasta creer, por un tiempo, que el vértigo era un destino.
La juventud tiene esa insolencia admirable: cree que el futuro le pertenece. Y el futuro, que nunca ha sido demasiado respetuoso con las propiedades ajenas, se lo llevó todo a su manera.
Después, sin que nadie me avisara, el péndulo cambió de dirección: empecé a sentir que era la Vida quien me atropellaba a mí. Ya no era yo quien la perseguía, sino ella quien me alcanzaba con sus preguntas sin respuesta, con sus plazos cumplidos, con los nombres que empezaron a faltar y esas pequeñas despedidas que al principio apenas noté.
Un día descubrí que ciertas personas ya no estaban donde las había dejado, que algunos lugares habían desaparecido, que había canciones pertenecientes a una época que no vuelve, y que yo mismo, aunque conservara el nombre, me había ido convirtiendo en otro.
El espejo, por supuesto, se enteró antes que yo.
Y no siempre tuvo la delicadeza de guardar silencio.
Entonces comprendí algo que de joven no podía comprender: no es la Vida la que cambia. Soy yo quien envejece.
Ella sigue ahí —joven, incansable, luminosa y algo insolente—, abriendo puertas, haciendo nacer hijos, levantando edificios, llenando las calles de gente que todavía tiene prisa, con ese rumor de obra en construcción que nunca termina de callarse del todo. Yo, en cambio, empecé a mirar el paisaje con otros ojos, con la atención de quien sabe que algunas cosas no van a repetirse.
De joven aspiraba a ser feliz —como quien aspira a tocar el sol con la mano. La felicidad me parecía un horizonte, una promesa, casi una obligación. Si no era feliz, pensaba que algo había hecho mal.
Con los años aprendí a desconfiar de esas palabras grandes.
La felicidad dejó de parecerme un estado permanente y empezó a parecerme una visita. Llega, se sienta un rato, conversa conmigo y se marcha sin decir cuándo volverá. Y cuando aparece, prefiero no hacerle demasiadas preguntas.
Podría asustarse.
A veces basta una tarde tranquila, una conversación que no necesita explicación, una risa que llega desde otra habitación, para entender que tal vez la felicidad siempre fue eso: algo demasiado pequeño para que pudiera reconocerlo de joven.
Por eso, con el tiempo, mis aspiraciones se volvieron más modestas. No es que haya renunciado a vivir; aprendí el precio de pedirle demasiado a la existencia. Aspiro, simplemente, a ser lo menos infeliz posible.
Dicho así parece una derrota. Y quizá lo sea para quien todavía necesita grandes victorias. Pero hay cierta sabiduría en aceptar que la vida no tiene la obligación de mantenerme contento. A veces su mayor generosidad consiste en dejarme una tarde sin sobresaltos, una noticia buena, una conversación sin reloj.
La Vida, que durante tantos años soportó mis exigencias, parece decirme ahora:
—¿Ves? Tampoco era tan complicado.
Mis aspiraciones, mientras tanto, también cambiaron de rumbo. De joven quería conquistar. Después quise conservar: que permanecieran ciertas personas, ciertas costumbres, cierta forma de reconocerme en el espejo. Descubrí entonces que conservar es un oficio mucho más difícil que conquistar, porque exige aceptar que nada se queda exactamente como estaba.
Las decepciones no desaparecieron. Se volvieron más silenciosas. Ya no hacen escándalo: se acomodan en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, me recuerdan lo que fui capaz de esperar. Algunas todavía duelen. Otras me producen una sonrisa. Hay incluso decepciones que, vistas desde lejos, terminan pareciéndose bastante a favores que la vida me hizo sin consultarme.
Eso también lo aprendí tarde: no todo lo que perdí era mío.
Quizá por eso dejé de volar y empecé a caminar —lo cual, bien mirado, no es una caída sino otra manera de avanzar. Camino más despacio, no siempre por falta de fuerzas, sino porque finalmente descubrí que no todo paisaje merece ser atravesado corriendo. Miro los árboles, las ventanas encendidas, a la gente que pasa sin saber nada de mí. Ya no necesito llegar primero.
Ni siquiera necesito llegar a todo.
La juventud quiere llegar. La madurez quiere entender por qué corría.
Ahí está la paradoja: de joven ensayé el vuelo, el ruido, la certeza. Ahora camino en silencio, no porque haya perdido todas las respuestas, sino porque aprendí a vivir sin ellas. La vida se volvió menos una conquista que una conversación prolongada con aquello que no puedo modificar.
El tiempo, decidí hace tiempo, es un personaje bastante peculiar. De joven me parecía un empleado mío: creía que podía darle órdenes, aplazarlo, hasta malgastarlo. Después descubrí que siempre trabajó para él mismo.
Nunca presentó renuncia. Ni siquiera avisó con los quince días que exige la ley.
Uno cree que gobierna su cuerpo hasta el día en que descubre que apenas lo administraba. Durante años lo exigí, lo ignoré, lo llevé de un sitio a otro sin preguntarle demasiado. Hasta que empezó a presentar sus propias opiniones.
Primero discretamente.
Después con documentos.
Y finalmente con cierta autoridad administrativa.
Envejecer también consiste en negociar con ese socio silencioso que durante décadas aceptó casi todas mis imprudencias sin reclamo.
Incluso la muerte cambió de lugar. Durante muchos años la imaginé como una amenaza situada muy lejos, casi en otro idioma. Ahora se acerca sin hacer ruido. No la temo más; simplemente dejé de considerarla una abstracción.
Está ahí, y no como enemiga: como una presencia que me recuerda que el tiempo no es infinito, y que por eso mismo cada instante pesa distinto. Tal vez envejecer consista en aprender a caminar junto a esa certeza sin dejar que me quite el paso —no hacia una muerte que busco ni que deseo, sino hacia ese límite que es parte del mismo viaje. Como quien ve que las luces de la calle se van apagando una a una y, aun así, se queda un rato más en la ventana, mirando las que todavía alumbran.
Todavía hay árboles.
Todavía hay luces encendidas.
Y alguien, en alguna ventana, sigue despierto.
Y quizá eso sea lo más extraño de todo: de joven creía que vivir consistía en alejarme de la muerte. Ahora sospecho que consiste, más bien, en aprender a caminar junto a ella sin dejar de mirar lo que aún sigue vivo.
La Vida sigue. Yo también, mientras pueda. Ya no corro detrás de ella.
Ahora camino a su lado.