lunes, 7 de septiembre de 2026

73 Caminar al lado de la Vida

 Capitulo 73

Caminar al lado de la Vida

En la juventud atropellé a la Vida —como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de que el tiempo es un cómplice y no un testigo. Corría, sí, pero sin destino; confundía el movimiento con la llegada y la prisa con el propósito. Aspiraba a ser alguien, a alcanzar ese territorio imaginario donde, creía, todo empezaría por fin a tener sentido.

La Vida me miraba desde la esquina y sonreía.
No tenía prisa.

Ella sabía algo que yo ignoraba: que tarde o temprano todos terminamos llegando al mismo sitio, aunque algunos lleguemos dando vueltas innecesarias —que casi siempre son las más interesantes. Me dejó correr, enamorarme de lo imposible, cambiar de rumbo, perder batallas que entonces me parecían el fin del mundo, y hasta creer, por un tiempo, que el vértigo era un destino.

La juventud tiene esa insolencia admirable: cree que el futuro le pertenece. Y el futuro, que nunca ha sido demasiado respetuoso con las propiedades ajenas, se lo llevó todo a su manera.

Después, sin que nadie me avisara, el péndulo cambió de dirección: empecé a sentir que era la Vida quien me atropellaba a mí. Ya no era yo quien la perseguía, sino ella quien me alcanzaba con sus preguntas sin respuesta, con sus plazos cumplidos, con los nombres que empezaron a faltar y esas pequeñas despedidas que al principio apenas noté.

Un día descubrí que ciertas personas ya no estaban donde las había dejado, que algunos lugares habían desaparecido, que había canciones pertenecientes a una época que no vuelve, y que yo mismo, aunque conservara el nombre, me había ido convirtiendo en otro.

El espejo, por supuesto, se enteró antes que yo.
Y no siempre tuvo la delicadeza de guardar silencio.

Entonces comprendí algo que de joven no podía comprender: no es la Vida la que cambia. Soy yo quien envejece.

Ella sigue ahí —joven, incansable, luminosa y algo insolente—, abriendo puertas, haciendo nacer hijos, levantando edificios, llenando las calles de gente que todavía tiene prisa, con ese rumor de obra en construcción que nunca termina de callarse del todo. Yo, en cambio, empecé a mirar el paisaje con otros ojos, con la atención de quien sabe que algunas cosas no van a repetirse.

De joven aspiraba a ser feliz —como quien aspira a tocar el sol con la mano. La felicidad me parecía un horizonte, una promesa, casi una obligación. Si no era feliz, pensaba que algo había hecho mal.

Con los años aprendí a desconfiar de esas palabras grandes.

La felicidad dejó de parecerme un estado permanente y empezó a parecerme una visita. Llega, se sienta un rato, conversa conmigo y se marcha sin decir cuándo volverá. Y cuando aparece, prefiero no hacerle demasiadas preguntas.

Podría asustarse.

A veces basta una tarde tranquila, una conversación que no necesita explicación, una risa que llega desde otra habitación, para entender que tal vez la felicidad siempre fue eso: algo demasiado pequeño para que pudiera reconocerlo de joven.

Por eso, con el tiempo, mis aspiraciones se volvieron más modestas. No es que haya renunciado a vivir; aprendí el precio de pedirle demasiado a la existencia. Aspiro, simplemente, a ser lo menos infeliz posible.

Dicho así parece una derrota. Y quizá lo sea para quien todavía necesita grandes victorias. Pero hay cierta sabiduría en aceptar que la vida no tiene la obligación de mantenerme contento. A veces su mayor generosidad consiste en dejarme una tarde sin sobresaltos, una noticia buena, una conversación sin reloj.

La Vida, que durante tantos años soportó mis exigencias, parece decirme ahora:

—¿Ves? Tampoco era tan complicado.

Mis aspiraciones, mientras tanto, también cambiaron de rumbo. De joven quería conquistar. Después quise conservar: que permanecieran ciertas personas, ciertas costumbres, cierta forma de reconocerme en el espejo. Descubrí entonces que conservar es un oficio mucho más difícil que conquistar, porque exige aceptar que nada se queda exactamente como estaba.

Las decepciones no desaparecieron. Se volvieron más silenciosas. Ya no hacen escándalo: se acomodan en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, me recuerdan lo que fui capaz de esperar. Algunas todavía duelen. Otras me producen una sonrisa. Hay incluso decepciones que, vistas desde lejos, terminan pareciéndose bastante a favores que la vida me hizo sin consultarme.

Eso también lo aprendí tarde: no todo lo que perdí era mío.

Quizá por eso dejé de volar y empecé a caminar —lo cual, bien mirado, no es una caída sino otra manera de avanzar. Camino más despacio, no siempre por falta de fuerzas, sino porque finalmente descubrí que no todo paisaje merece ser atravesado corriendo. Miro los árboles, las ventanas encendidas, a la gente que pasa sin saber nada de mí. Ya no necesito llegar primero.

Ni siquiera necesito llegar a todo.

La juventud quiere llegar. La madurez quiere entender por qué corría.

Ahí está la paradoja: de joven ensayé el vuelo, el ruido, la certeza. Ahora camino en silencio, no porque haya perdido todas las respuestas, sino porque aprendí a vivir sin ellas. La vida se volvió menos una conquista que una conversación prolongada con aquello que no puedo modificar.

El tiempo, decidí hace tiempo, es un personaje bastante peculiar. De joven me parecía un empleado mío: creía que podía darle órdenes, aplazarlo, hasta malgastarlo. Después descubrí que siempre trabajó para él mismo.

Nunca presentó renuncia. Ni siquiera avisó con los quince días que exige la ley.

Uno cree que gobierna su cuerpo hasta el día en que descubre que apenas lo administraba. Durante años lo exigí, lo ignoré, lo llevé de un sitio a otro sin preguntarle demasiado. Hasta que empezó a presentar sus propias opiniones.

Primero discretamente.
Después con documentos.
Y finalmente con cierta autoridad administrativa.

Envejecer también consiste en negociar con ese socio silencioso que durante décadas aceptó casi todas mis imprudencias sin reclamo.

Incluso la muerte cambió de lugar. Durante muchos años la imaginé como una amenaza situada muy lejos, casi en otro idioma. Ahora se acerca sin hacer ruido. No la temo más; simplemente dejé de considerarla una abstracción.

Está ahí, y no como enemiga: como una presencia que me recuerda que el tiempo no es infinito, y que por eso mismo cada instante pesa distinto. Tal vez envejecer consista en aprender a caminar junto a esa certeza sin dejar que me quite el paso —no hacia una muerte que busco ni que deseo, sino hacia ese límite que es parte del mismo viaje. Como quien ve que las luces de la calle se van apagando una a una y, aun así, se queda un rato más en la ventana, mirando las que todavía alumbran.

Todavía hay árboles.
Todavía hay luces encendidas.
Y alguien, en alguna ventana, sigue despierto.

Y quizá eso sea lo más extraño de todo: de joven creía que vivir consistía en alejarme de la muerte. Ahora sospecho que consiste, más bien, en aprender a caminar junto a ella sin dejar de mirar lo que aún sigue vivo.

La Vida sigue. Yo también, mientras pueda. Ya no corro detrás de ella.

Ahora camino a su lado.

sábado, 5 de septiembre de 2026

*** 72 Las tres habitaciones del mundo

Capítulo 72

Las tres habitaciones del mundo

Hay lugares a los que uno llega sin haberlos escogido. Algunos tienen camas blancas, otros barrotes, otros lápidas. Lo extraño es que, con los años, uno descubre que los tres hablan de lo mismo: de la fragilidad, de la libertad y del tiempo que nos queda. Tal vez la vida sea eso: aprender a pasar por ciertas habitaciones sin confundir ninguna con la casa entera.

I. El hospital

El aire tiene allí una densidad particular, como si hasta el silencio estuviera esperando noticias. Las máquinas susurran en coro, un rosario digital que repite su oración interminable: todavía, todavía, todavía. Los cuerpos yacen en sus lechos como barcos detenidos, mientras los monitores traducen la incertidumbre en números verdes.

En agosto de 2019 fui yo quien ocupó una de esas camas. Un infarto, dijeron, con la sequedad clínica con que se anuncian las cosas más graves: dos arterias bloqueadas, y un procedimiento con nombre casi técnico —angioplastia— que consistía, me explicaron, en introducir un catéter hasta el corazón, guiarlo por dentro de mí mismo como quien traza un mapa a ciegas, e inflar allí un pequeño globo para abrir camino donde la sangre ya no encontraba paso; después, un resorte diminuto —un stent— quedaría instalado para sostener esa apertura, como una llave dejada permanentemente en la cerradura. 

Todo esto ocurrió en el Instituto de Cardiología de Montreal, y yo estuve despierto durante el proceso, viendo en una pantalla el interior de mi propio pecho, mis propios ríos, mientras alguien a quien apenas podía ver los destapaba con una serenidad que a mí me hubiera costado toda una vida aprender. «No hay manera de explicar del todo lo que se siente al mirar, en una pantalla, el lugar exacto donde uno pudo haberse quedado.»

He visto al millonario y al mendigo compartir el mismo pasillo, la misma bata de tela áspera, la misma mirada desnuda frente al abismo. Allí el dinero se vuelve un rumor lejano, una vieja historia sin importancia: la enfermedad nivela con una imparcialidad que no conoce apellidos.

En la cama contigua a la mía, durante esos mismos días de agosto, dormía un hombre que insistía en terminar el crucigrama del periódico aunque le temblaran las manos. No hablábamos mucho —apenas su nombre, Édouard, y el hospital al que ambos debíamos nuestra paciencia— pero cada mañana me mostraba, casi con orgullo, la palabra que había logrado completar el día anterior. Murió un martes, sin haber terminado el crucigrama del domingo; alguien —una enfermera, quizás— lo dejó doblado sobre la mesa, como si todavía pudiera necesitarlo.

El cuerpo, ese compañero que durante décadas obedeció sin exigir demasiadas explicaciones, puede levantarse un día contra nosotros. Duele. Tiembla. Olvida. Y entonces comprendemos que habíamos confundido lo cotidiano con lo eterno.

Camino por los pasillos y algunas puertas entreabiertas parecen mostrar futuros posibles: un hombre ya no reconoce a su esposa, una mujer sostiene la mano de su madre con una delicadeza que parece detener el tiempo. «No son desconocidos. Son espejos.»

Nadie piensa en el milagro de estar bien mientras lo está. Quizás porque la vida tiene esa vieja costumbre de esconder sus milagros detrás de la rutina, y mientras todo funciona, uno supone que el cuerpo tiene contrato indefinido. «No lo tiene.»

II. La prisión

Nunca he vivido entre barrotes, pero he conocido otras cárceles. Algunas comenzaron en la infancia, hechas de palabras que llegaron demasiado pronto o de silencios que duraron demasiado; otras las levanté yo mismo, con decisiones que parecían pequeñas y terminaron construyendo habitaciones enteras dentro de la memoria. Hay prisiones sin guardias y sin cerraduras: basta con recordar todos los días aquello que ya no podemos cambiar.

Hubo un filósofo francés que leí de joven y que veía en la libertad una condena. Yo, con los años, he llegado a sospechar que también puede ser una forma de perdón. «Ser libre no siempre consiste en abrir una puerta; a veces consiste en dejar de golpear una que ya no conduce a ninguna parte.»

He sido mi propio carcelero y, algunas veces, mi único prisionero: una organización bastante eficiente, que no necesitaba vigilancia porque yo mismo hacía los turnos.

Recuerdo un miércoles de hace veintitantos años —no fue una fecha importante para nadie más que para mí— en que dije una frase que no debí decir, a alguien que ya no está para escucharla de nuevo. No fue gran cosa, medida desde afuera. Mirada desde adentro, en cambio, construí con esa sola frase una celda que he visitado más veces de las que quisiera confesar.

He pasado demasiado tiempo encerrado en errores que el calendario ya había archivado, como quien permanece en una habitación oscura porque terminó acostumbrándose a ella. Pero existe una extraña misericordia en la edad: uno empieza a comprender que no todo merece seguir siendo cargado.
«Las llaves suelen estar más cerca de lo que creemos, aunque durante años hayamos preferido buscar la cerradura.»

La vida, vista desde cierta distancia, resulta ser un inventario de tropiezos. Algunos nos hicieron daño; otros nos hicieron reír mucho después. Y quizá madurar consista en aprender a llevar solamente aquello que todavía tiene sentido. «No todo lo que pesa pertenece al equipaje.»

Además, llega un momento en que uno descubre algo casi ofensivamente sencillo: hay culpas que ya cumplieron su condena y todavía seguimos alimentándolas, como si fueran mascotas.

III. El cementerio

El cementerio parece ser el único lugar donde el tiempo ha renunciado a discutir. No hay prisa ni cuentas pendientes: solo nombres, fechas y esa quietud particular que no parece ausencia, sino una forma distinta de presencia. Las piedras conservan lo que los vivos olvidamos con facilidad: que cada vida, incluso la más discreta, alguna vez ocupó un lugar en el mundo.

Allí el poder pierde su voz, no porque alguien se la quite, sino porque ya no tiene a quién dirigirla. Algunas lápidas, las más antiguas, ya no pueden leerse: la lluvia y el tiempo ha ido borrando los nombres con la misma paciencia con que los grabaron. Dentro de cien años, ni el mármol más costoso logrará recordarnos mejor que la piedra más humilde de al lado. «La tierra no distingue entre quienes tuvieron mucho y quienes apenas tuvieron tiempo.»

Hace no mucho me detuve frente a una lápida con un nombre que no reconocía —Thérèse, 1927-2004— y un ramo de flores demasiado frescas para una tumba que, a juzgar por el musgo en la base, ya nadie visitaba. Me quedé preguntándome quién habría cruzado la ciudad esa mañana para dejarlas ahí, y por qué, después de tantos años, seguía siendo importante que Thérèse supiera —si es que en algún lugar todavía puede saberlo— que alguien no la había olvidado del todo.

He caminado entre tumbas y nunca he sentido solamente tristeza; hay también una serenidad difícil de explicar, quizás porque allí la muerte deja de ser una idea abstracta y se convierte en una vecindad. Uno termina comprendiendo que no hay manera elegante de escapar de ella: podemos aplazarla, discutirla, ignorarla durante décadas, pero finalmente todos llegamos con las manos vacías. «Y, sin embargo, esa certeza no me parece la peor noticia.»

La muerte no vuelve inútil la vida; le pone un límite, y precisamente por eso cada instante adquiere peso. Acaso por eso, al contemplar una lápida, no pienso tanto en quien falta como en todo aquello que todavía permanece: una conversación, una fotografía, una costumbre, una frase que alguien dijo sin saber que algún día sería recordada. Pienso, por ejemplo, en esas flores frescas sobre una tumba de hace veinte años.

«Los muertos no siempre desaparecen. A veces simplemente cambian de habitación.»

Y, pensándolo bien, tienen una ventaja que nosotros todavía no: ya no tienen que preocuparse por el próximo recibo.

IV. El anciano y su casa

Después de pasar por esas tres habitaciones, empiezo a sospechar que ninguna estaba destinada a ser una morada definitiva. El hospital me enseñó que soy frágil; la prisión, que soy responsable de algunas de mis cadenas; el cementerio, que soy fugaz. Y la vejez, sospecho, consiste en aprender a vivir con esas tres verdades sin convertir ninguna en tragedia. La edad del silencio no es necesariamente una caída; puede ser la altura desde la cual ciertas cosas, por fin, se ven con menos ruido.

Entonces aparece la casa.

No una casa real, sino esa otra que uno lleva dentro después de haber vivido lo suficiente para conocer sus habitaciones, sus pasillos y también algunas puertas que sería mejor no volver a abrir. A estas alturas, uno ya sabe que no todas las puertas conducen a alguna parte: algunas conducen, simplemente, a otro recuerdo. «Y hay recuerdos que deberían venir con horario de visita.»

Desde una ventana cualquiera, el mundo continúa haciendo sus pequeñas cosas. La gente camina. Los árboles se mueven. Alguien ríe en la calle. Un desconocido carga una bolsa de compras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y uno comprende, con cierta sorpresa, que todavía pertenece a ese movimiento.

No porque haya resuelto la vida —a estas alturas, semejante pretensión resultaría incluso un poco ridícula: si después de tantos años hubiera descubierto cómo funciona la vida, probablemente tendría que sospechar de ella—, sino porque todavía hay cosas que mirar, alguien a quien escuchar, alguna pregunta pendiente y, por fortuna, algunas ganas de equivocarse de nuevo, aunque ya con menos entusiasmo.

Tal vez vivir consista en eso: aceptar que somos frágiles, responsables y fugaces, y aun así levantarnos cada día con suficiente curiosidad para ver qué ocurre después.

Las tres habitaciones siguen allí: el hospital, la prisión, el cementerio. Pero hay una cuarta, más callada, donde uno finalmente puede sentarse, mirar hacia afuera y comprender que la vida nunca fue una línea recta. Fue una casa extraña, con puertas que se cerraron y otras que permanecieron abiertas, y con una ventana desde la cual, incluso ahora, el mundo todavía parece dispuesto a continuar sin nosotros y, por alguna razón inexplicable, también a invitarnos a seguir dentro de él.
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71 - Los amigos que seguimos siendo

 Capitulo 71

Los amigos que seguimos siendo

Con los años uno descubre que la vejez no llega de golpe. Se instala despacio, sin hacer ruido, como esas visitas que conocen la casa y ya no necesitan llamar a la puerta.

Tal vez una de sus primeras señales sea esta: empiezan a regresar los amigos.

No necesariamente los de ahora. Regresan los de antes, los que pertenecen a una época en la que uno todavía no sabía que estaba viviendo una época. Los que conocieron nuestra risa antes de que aprendiéramos a moderarla, nuestras ilusiones antes de que la vida les pusiera nombre a las decepciones. Amigos que sabían quiénes éramos cuando nosotros apenas lo sospechábamos.

A veces pienso que cada amistad fue una manera distinta de conocernos.

Con uno aprendimos a ser valientes. Con otro, a no tomarnos demasiado en serio. Hubo quien conoció nuestra parte más vulnerable y quien solamente necesitó sentarse a nuestro lado para entenderla. Cada amigo parecía tener una llave diferente de esa casa que llamamos nosotros mismos.

Y cuando alguno se va, comprendemos que no desaparece solamente una persona.

Desaparece también una versión de nosotros.

Eso es lo extraño de perder amigos con los años. No solo se pierde su compañía, sus conversaciones, sus ocurrencias o aquella manera particular que tenían de pronunciar nuestro nombre. Se pierde el hombre que éramos cuando estábamos con ellos.

Hay amigos que conocieron una juventud que ya no existe. Otros fueron testigos de nuestros errores, de nuestras pequeñas hazañas, de esas decisiones que entonces parecían definitivas y que ahora apenas nos producen una sonrisa. Con ellos quedó guardada una parte de nuestra vida que nadie más puede certificar.

Quizás por eso algunos muertos siguen teniendo cierta autoridad sobre nosotros.

No porque nos hablen desde ninguna parte misteriosa, sino porque conservamos intacta la mirada con la que alguna vez nos vieron. Y esa mirada, después de tantos años, todavía puede corregirnos.

La vejez tiene esa extraña cortesía: devuelve lo que creíamos perdido, aunque no siempre de la manera que esperábamos.

Una palabra. Un apellido. Una canción escuchada por casualidad. La forma de reírse de alguien en la calle. Y de pronto aparece un amigo que llevaba treinta años sin visitarnos.

No viene con solemnidad.

Llega como llegaban antes: sin pedir permiso.

Entonces uno recuerda una conversación que había olvidado, una tarde cualquiera, una estupidez que nos hizo reír durante horas. Y comprende que la memoria no conserva la vida entera. Hace algo más caprichoso: guarda pequeñas escenas y deja que el resto se pierda.

Quizás así trabaja también la amistad.

No como un archivo ordenado, sino como esas cosas que permanecen sin que sepamos muy bien por qué.

A veces me pregunto cuántos hombres distintos fui gracias a mis amigos. Cuántas cosas de mí nacieron en esas conversaciones interminables, en aquellas discusiones inútiles que entonces parecían importantes, en las caminatas sin propósito, en las confidencias que nunca volvieron a repetirse.

Uno cree que los amigos nos acompañan durante una parte de la vida.

Tal vez sea al revés.

Tal vez sean ellos quienes, durante un tiempo, nos prestan una vida distinta.

Y después se marchan.

Algunos a otra ciudad. Otros hacia otras costumbres. Algunos, simplemente, hacia ese lugar definitivo al que todavía nos cuesta ponerle nombre.

Pero algo queda.

No exactamente el recuerdo. El recuerdo cambia, se equivoca, mezcla fechas y rostros. Queda algo más difícil de explicar: una manera de mirar, una frase que uno todavía utiliza sin recordar de quién la aprendió, cierta forma de reírse de las desgracias, una paciencia que antes no teníamos.

Quizás los amigos que hemos perdido continúan viviendo de esa manera: escondidos en nuestros gestos.

A cierta edad ya no se trata de recuperar el tiempo. Eso sería pedirle demasiado a la memoria. Basta con reconocer que algunas personas siguen caminando con nosotros aunque ya no estén a nuestro lado.

El otro día, mirando la luz de la tarde sobre las fachadas del Plateau-Mont-Royal, pensé en uno de ellos.

No intenté recordar exactamente su rostro. Me sorprendió descubrir que ya no podía hacerlo con absoluta precisión.

Recordé, en cambio, su manera de reír.

Y me pareció suficiente.

Quizás envejecer consista también en eso: ir perdiendo detalles y conservar, contra toda lógica, lo esencial.

Los amigos se van.

Algunos desaparecen de nuestra vida; otros desaparecen de la vida.

Pero hay una parte de ellos que permanece en nosotros, no como una estatua ni como una fotografía, sino como una costumbre del alma.

Y entonces comprendo algo que antes no sabía:

uno nunca deja del todo de ser el amigo que fue.

Por eso, cuando alguno regresa desde la memoria, no viene solamente a recordarnos quién era él.

Viene a recordarnos quiénes éramos nosotros.

Y durante un instante —solo un instante— volvemos a ser aquellos hombres que todavía no sabían que algún día tendrían que aprender a despedirse.

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jueves, 3 de septiembre de 2026

*** 70 - «Un manual de filosofía para desarmar la vejez»

Capítulo 70

«Un manual de filosofía para desarmar la vejez»

No sé si esto sea un manual de filosofía. Para empezar, no tengo credenciales para semejante oficio. Pero a estas alturas he aprendido algunas cosas que no vienen en los libros: cuándo gastar, cuándo callar, cuándo reírse, cuándo decir que no y, sobre todo, cuándo dejar de esperar. Tal vez la vejez no necesite que la entendamos tanto como que aprendamos a desarmarla.

Porque la vejez también se puede desarmar. No a golpes, porque uno ya sabe que los golpes salen caros, sino quitándole pieza por pieza aquello que más la hace temible: el miedo, la prisa, la necesidad de demostrar y esa absurda costumbre de creer que todo lo bueno ocurrió antes. Después de tantos años, uno descubre que algunas reglas de la vida solo aparecen cuando ya no tiene sentido ignorarlas. Este es, pues, mi pequeño manual. No sirve para detener la vejez —eso sería pedirle peras al olmo—, pero quizá sirva para sentarla a conversar con ella sin que se crea tan importante.

A cierta edad, el cuerpo deja de pedir permiso y empieza a exigir explicaciones. Uno descubre entonces que la vida ya no se mide en monedas sino en mañanas. Y yo, que crucé la frontera de los sesenta hace rato —sin pasaporte ni sellos de aduana—, he decidido dejar de contar centavos para contar atardeceres y silencios bien ganados. Esos que antes pesaban como soledad pura, ahora saben a libertad decantada.

Primera regla: no guardar toda la vida para después. El después es un país al que nadie tiene visa asegurada.

Porque mientras uno sigue guardando plata «por si acaso», los «por si acaso» están allá afuera, afilando el colmillo como perros callejeros, esperando que a uno le dé por cansarse para robarle el gusto de vivir. Yo ya trabajé, ya sufrí, ya me partí la espalda y el alma. Cargué recuerdos queridos como quien carga bultos de preguntas sin respuesta, y con esa carga a cuestas fui subiendo, sin darme cuenta, la única montaña que me quedaba por subir: se pierde agilidad en la subida, pero se gana horizonte. Ahora me toca a mí, carajo —y no es egoísmo, aunque a ratos se sienta así: es supervivencia del espíritu, la única que de verdad cuenta cuando el cuerpo empieza a pedir tregua. Ya estoy en la parte alta, donde el aire es más puro y las preocupaciones se ven pequeñas, como hormigas en el valle.

Segunda regla: después de haber cargado tanto, uno tiene derecho a viajar más ligero.

He aprendido que envejecer es volverse experto en economía emocional: gastar menos en preocupaciones y más en placeres terrenales.

Tercera regla: gastar en lo que todavía puede devolverle sabor a la vida.

Con los años uno descubre que no todo gasto se mide en dinero. También gastamos tiempo, paciencia, afecto y hasta la poca energía que nos queda en asuntos que, mirados desde cierta distancia, no valían ni una arruga. Por eso conviene escoger mejor dónde poner lo que todavía tenemos. Una conversación que nos hace bien, una comida disfrutada sin culpa, un libro, una caminata, una risa inesperada: pequeñas inversiones que no aparecen en ningún estado de cuenta, pero que suelen rendir mejores intereses que muchas preocupaciones. A cierta edad, hasta perder el tiempo puede ser una forma inteligente de aprovecharlo.

El café caro, por ejemplo. Antes me parecía un lujo innecesario; ahora es una ceremonia que tomo despacio, como un poema caliente que se bebe y que en cada sorbo trae de vuelta la cocina de mi madre, un primer beso que supo a travesura recién estrenada, alguna madrugada de trabajo que me dejó medio torcido y me robó cosas que ahora intento recuperar, como quien recoge piezas sueltas de sí mismo por la casa.

Si alguien me dice que es un desperdicio, sonrío con esa sonrisa que solo se aprende después de sobrevivir a la vida: el verdadero desperdicio no es darse un buen gusto, sino llegar al final sin haberse sentado nunca a saborear algo rico. Y, de paso, sigo dándome mis licencias: como comer con grasa, porque, con los años, el colesterol ya me conoce y no se mete conmigo; reírme cuando no debería; y tomarme un par de roncitos los fines de semana, que por estos días ya cuentan como terapia alternativa. También procuro celebrar cada amanecer como si fuera un pequeño triunfo doméstico. A veces la vida se parece a un peine que llega cuando uno ya se quedó calvo: llega tarde, pero al menos sirve para rascarse la espalda con estilo.

También entendí que, con los años, uno se vuelve experto en detectar vendedores de humo. Siempre aparece alguien diciendo que tiene «el negocio del siglo», que va a revolucionar el mercado, que solo necesita «una pequeña inversión». Y uno los escucha con la malicia indígena activada, esa que despierta sola cuando alguien empieza a hablar demasiado bonito, porque ya sabe que el único mercado que revolucionan es el de las promesas. Mi consejo, si es que a esta edad todavía sirve dar consejos, es simple: hay que apoyar con cariño, pero no con plata. La fe es infinita; la pensión, no. Uno no llegó hasta aquí para convertirse en cajero automático con memoria sentimental.

Cuarta regla: ayudar no significa dejarse usar. Hay afectos que se conservan mejor cuando uno sabe dónde termina la solidaridad y dónde empieza el abuso.

Los nietos, en cambio, son otra historia: no vienen con planes de negocio ni con discursos de «oportunidad única», sino con la simple magia de existir. Son una segunda oportunidad de reír sin culpa. Pero ojo: uno no está para criar más a nadie. A esta edad, el único que debería despertarme a las seis de la mañana es el sol, no un niño de esos que son capaces de desbaratar un balín. Y, sin embargo, cuando pienso en mi hijo… a veces me despierto con el recuerdo del olor a talco y pienso que valdría la pena perder una mañana de sueño por ver de cerca ese milagro de brazos pequeños. Solo que ahora el cuerpo decide, y el cuerpo ya no pregunta. A mi edad, una fiesta salvaje es quedarme despierto hasta las diez sin acidez ni Mylanta, que ya es casi un acto de rebeldía fisiológica. Hay que escoger las madrugadas con gratitud y sin desespero.

Quinta regla: querer mucho no obliga a renunciar al descanso.

Y hablando de energía… la gente cree que envejecer es apagarse. No. Envejecer es cambiar de voltaje. Uno ya no ilumina como bombillo de feria; ahora brilla como lámpara japonesa: suave, cálida, elegante, esa luz que no alumbra estadios pero que le permite a dos personas mirarse a los ojos sin estorbo. El que no lo entienda, que siga corriendo detrás de la juventud como si fuera una promoción de supermercado, que siga comprando cremas milagrosas para detener lo que no se detiene, mostrando una vitalidad prestada, consciente de que en el fondo no es más que pánico disfrazado.

Porque hay que ser valiente para envejecer con las canas al aire, con la piel contando su verdad sin maquillaje y con una risa que no envidia la frescura de los veinte, porque sabe lo que costó cada arruga. A ese, prefiero llamarlo remasterizado, no envejecido. Yo ando en alta definición, aunque a veces la pantalla se me congela por unos segundos.

Sexta regla: aceptar el cuerpo sin entregarle el gobierno de la vida.

Decidí, no sé si con toda la razón, que mi cuerpo es mi casa y mi ánimo, un jardín. La casa hay que mantenerla decente, sí, pero sin obsesiones: aceptar que cruje de noche, que las ventanas ya no cierran del todo, que el techo tiene goteras y aun así la sigo barriendo, agradecido de que me haya aguantado tanto. El ánimo, en cambio, hay que regarlo todos los días: con música, con caminatas, con recuerdos que no duelen, con historias que todavía se pueden contar sin llorar. Y también con las que se lloran un poco, porque esas también nutren. Hay lágrimas que abonan la tierra de adentro para que florezca lo que sigue.

Séptima regla: cuidar el jardín aunque la casa tenga algunas grietas.

Si alguien me dice que «ya no sirvo para nada», le devuelvo una risa que parece batalla ganada. ¿Que no sirvo? Claro que sirvo: para evitar urgencias, para no explicarle mi existencia a nadie, y —sobre todo— para ser el único en la mesa que distingue un vino barato sin arruinar la foto del brindis. Servir, a esta edad, es un lujo de pocos. Y sirvo para algo más raro: para ser testigo, para donar sangre, para contar cómo era el mundo antes de las pantallas, para recordar los nombres de los que se fueron y que no mueran del todo. Esa también es una forma de servir: ser archivo vivo, memoria con voz. Quizá esa sea una de las pocas riquezas que la edad entrega sin cobrarnos intereses:

haber visto.

Octava regla: mientras uno pueda contar algo, todavía tiene algo que entregar.

Y si el resto quiere amargarse, pues de malas. Yo ya hice suficiente fila en esta existencia como para seguir esperando permiso. Ahora camino ligero, con humor, con dignidad, y yo que le tengo fobia a ser un viejo gruñón, prefiero esta terquedad tranquila de quienes han sobrevivido a varias pandemias y tres fines del mundo. Aquí sigo.

Y sobrevivir no es poca cosa: es haber mirado al miedo a los ojos, haber enterrado sueños y haber plantado otros, haber entendido que la derrota no es caer sino quedarse en el suelo. Ya ni me acuerdo del origen de la mayoría de mis cicatrices, pero las llevo puestas como condecoraciones de una guerra que no declaré y que, por ahora, no he perdido.

Novena regla: no pedir permiso para disfrutar lo que todavía está vivo. La madurez no es dejar de reír: es reír con más causa. Y yo ya tengo causa, y hasta efecto.

Porque envejecer, al final, no es deteriorarse: es afinar la capacidad de encontrar gracia en lo que antes pasaba desapercibido. Es descubrir que la risa, aunque sea mínima, es una forma de lucidez, y que en esa lucidez hay una libertad que ninguna juventud conoció, ocupada como está en llegar, en demostrar, en conquistar. La vejez sabia, en cambio, se sienta en el umbral y contempla. Ya no demuestra nada. Ya no conquista territorios, conquista instantes. Ya no persigue la felicidad: la reconoce cuando pasa a su lado, la invita a sentarse, comparte con ella un té. Y la felicidad, agradecida, se queda. No toda la tarde, pero se queda lo suficiente. Y con eso basta.

Décima regla: no perseguir la felicidad; reconocerla cuando se sienta a la mesa.

Y si los reveses y las vicisitudes de la vida no me tumban, pues viviré hasta que toque colgar los guayos, o como decía un amigo futbolero de Medellín: «hasta que el árbitro de arriba me pite el final del partido». Porque no pienso pedir tiempo extra: este partido ya lo jugué con ganas, esquivé golpes, celebré goles inesperados y me reí de mis propias caídas. Al final, nadie entiende bien las reglas de la vida, y yo ya no estoy para discutirlas. Que las discuta otro; yo ya tengo bastante con jugar el partido.

Y si el paraíso existe, que haya sabores de Colombia, sillas que no crujan y wifi celestial para no perderme los partidos de la Selección. Si no existe, que no me despierten antes del mediodía, porque esta vida ya la madrugué bastante. Mientras tanto, sigo aquí, con la salud del burro y la fe del carbonero, y el humor del que ya no tiene nada que demostrar. Y si todo falla, siempre puedo hacerme el dormido. A mi edad, es una habilidad, no una excusa.

Ese sería, pues, queridos lectores, por ahora mi manual. No tiene garantías, no trae repuestos y probablemente tampoco sirve para todos. Pero tiene una ventaja: fue escrito después de haberle dado vuelo a la hilacha, como aprendí en mis pasos por la tierra del tequila, donde esa expresión es casi un certificado de buena conducta para disfrutar sin remordimientos. Y eso —a cierta edad— ya es una forma bastante respetable de filosofía.

Y si a alguno le parece incompleto, no se preocupe: la vida tampoco viene con instructivo, y aun así todos la usamos como si supiéramos. Ustedes sigan leyendo, sigan viviendo, sigan equivocándose con estilo. Yo, por mi parte, seguiré actualizando este manual cada vez que la existencia me dé otro golpe, otro milagro o, mínimo, otro motivo para reírme.

Nos vemos en el próximo capítulo, si la vejez me deja señal y ustedes me invitan a cafecito con pan.

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

69 El oficio de hacerse viejo

 Capitulo 69

El oficio de hacerse viejo

Hay un momento de la vida en que uno descubre que envejecer no consiste exactamente en perder cosas, sino en dejar de necesitarlas todas.

Al principio uno se resiste. Quiere conservar la memoria completa, las fuerzas de antes, la rapidez para levantarse de una silla y hasta la capacidad de recordar por qué entró en una habitación. Después comprende que hay batallas que no merecen el esfuerzo de ponerse los zapatos.

La vejez llega sin ceremonia. No toca la puerta ni anuncia su visita. Un día uno descubre que el cuerpo ha empezado a tomar decisiones por su cuenta. Las rodillas opinan sobre las escaleras. La espalda presenta una queja formal por cualquier movimiento brusco. Los zapatos parecen haber aumentado de peso durante la noche. Y las gafas, que uno acaba de dejar sobre la mesa, desaparecen con una habilidad que ya quisiera un ladrón profesional.

Entonces empieza el verdadero aprendizaje.

Porque hacerse viejo es, sobre todo, aprender ciertas mañas.

Una de ellas consiste en caminar más despacio. No porque uno tenga prisa por llegar tarde, sino porque ya ha aprendido que muchas cosas importantes ocurren mientras se llega. Una conversación en la acera. Un árbol que floreció sin pedir permiso. El olor del pan recién hecho. Una nube con forma de animal que probablemente nadie más está viendo.

Antes uno corría detrás del metro.

Ahora, si se va, uno lo mira alejarse con una dignidad que tiene algo de filosofía y bastante de cansancio.

—Que le vaya bien —dice uno.

Y sigue caminando.

La memoria también adquiere sus propias mañas. Guarda con una fidelidad conmovedora el nombre de un compañero de escuela al que no hemos visto en sesenta años, pero se niega a decirnos dónde dejamos las llaves hace cinco minutos.

No hay que discutirle.

La memoria, a cierta edad, se vuelve una administradora caprichosa. Recorta, cambia de sitio, elimina documentos importantes y conserva recibos inútiles. Pero también hace algo que antes no sabía hacer: devuelve detalles que creíamos perdidos.

De pronto aparece el olor de una cocina de la infancia.

El patio de una casa que ya no existe.

Una voz.

Una tarde cualquiera.

Y uno comprende que quizá la memoria no está hecha para conservarlo todo, sino para salvar aquello que todavía tiene algo que decirnos.

Por eso no me preocupa demasiado olvidar algunas cosas. Hay recuerdos que pueden marcharse tranquilamente. No todos merecen jubilación con honores.

La vejez también trae una libertad que de joven parecía imposible: la de no tener que demostrar nada.

Ya no importa tanto tener razón.

Ni parecer inteligente.

Ni convencer al vecino.

Ni explicar por qué uno tomó una decisión hace treinta años.

A cierta edad uno descubre que muchas discusiones eran simplemente dos personas cansadas defendiendo su cansancio.

Entonces comienza a practicar el silencio.

No ese silencio solemne que parece preparado para una fotografía, sino el otro: el que permite escuchar la lluvia, el ruido de una cuchara contra una taza o el pequeño suspiro de una casa cuando cae la tarde.

Hasta los objetos parecen participar.

La silla cruje cuando uno se sienta, como si protestara por la confianza excesiva.

El reloj de la pared lleva años trabajando sin salario y, sin embargo, continúa señalando la hora con una paciencia que ya no tenemos nosotros.

El control remoto desaparece cuando más se necesita.

Uno lo busca debajo del cojín, sobre la mesa, en la cocina.

Nada.

Finalmente aparece en la mano.

No es que la vejez vuelva torpe al hombre.

Es que algunos objetos adquieren sentido del humor.

También cambia la relación con el espejo.

Durante muchos años uno se mira para saber cómo se ve.

Después empieza a mirarse para saber quién queda.

El rostro va llenándose de pequeñas historias. Una arruga aquí, otra allá. Algunas llegaron por el sol, otras por las preocupaciones y unas cuantas, espero, por haberse reído demasiado.

No me molestan.

Las arrugas son una especie de escritura que el cuerpo hace sin consultar al autor.

Y si algunas frases han quedado mal redactadas, ya no pienso corregirlas.

A estas alturas sería una falta de respeto con el tiempo.

Hay, además, una cosa que se aprende tarde: el humor.

No el humor de la carcajada obligatoria ni el que necesita convertir al otro en víctima. Hablo de ese humor pequeño que aparece cuando uno se descubre haciendo exactamente lo contrario de lo que pretendía.

Buscar los anteojos mientras los lleva puestos.

Entrar a una habitación y olvidar para qué.

Guardar algo tan bien que después nadie, ni uno mismo, consigue encontrarlo.

Y levantarse de la silla con una lentitud que parece la de un funcionario revisando una solicitud.

Uno se ríe.

Y eso basta.

Porque reírse de uno mismo tiene una ventaja considerable: evita que los demás tengan que hacer el trabajo.

Tal vez por eso la vejez no sea un arte triste, como algunos quieren hacernos creer. Es un oficio. Y como todo oficio, requiere práctica.

Hay que aprender a levantarse.

A sentarse.

A despedirse.

A recordar.

A olvidar.

A aceptar que algunas puertas ya no se abren y que otras, por fortuna, nunca debieron abrirse.

También hay que aprender a estar.

Simplemente estar.

Sin convertir cada día en una hazaña.

Sin exigirle a la vida que todavía nos sorprenda como cuando éramos jóvenes.

A veces basta una taza de café, una conversación tranquila, una ventana abierta.

Y si además las rodillas colaboran, puede considerarse un día extraordinario.

Quizá ese sea el verdadero lujo de los años: descubrir que la vida no necesita hacer ruido para seguir siendo hermosa.

Uno empieza a entender que no todo lo valioso tiene que ser grande.

Una visita.

Una llamada.

Una risa.

Un recuerdo que vuelve.

Una persona que se queda un rato más.

Y entonces, sin darse cuenta, uno deja de contar los años como quien cuenta pérdidas y empieza a mirarlos como quien mira una casa después de una larga jornada: con algunas ventanas rotas, algunas habitaciones cerradas y todavía una luz encendida en la cocina.

No sé si la vejez perfecciona a nadie.

A mí, por lo menos, me ha vuelto más tolerante con mis propias imperfecciones.

Ya es bastante trabajo envejecer como para pretender hacerlo correctamente.

Y si alguna vez consigo llegar al final con la memoria un poco desordenada, las rodillas quejándose y una risa todavía disponible, me daré por bien servido.

Lo demás puede esperar.

Incluso las gafas.

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lunes, 31 de agosto de 2026

68 — La vanidad y sus disfraces modernos

 

Capítulo 68

La vanidad y sus disfraces modernos

A estas alturas de la vida he descubierto que la vanidad es como esas aplicaciones del celular que uno nunca pidió, pero igual se instalan y empiezan a consumir batería. Uno cree que la dejó atrás con las canas, pero no: la vanidad es persistente, terca, y tiene mejor memoria que yo, que a veces busco las gafas durante media hora… y las tengo puestas. La juventud vive obsesionada con verse bien en las fotos; yo, en cambio, solo quiero salir enfocado. Antes la vanidad era cuestión de peinados, perfumes y posturas; ahora es cuestión de filtros, ángulos y la ilusión de que la cámara del teléfono puede corregir lo que la vida ya decidió dejar como está.

La vanidad de hoy ya no necesita cultivo: crece sola, silvestre, como esas matas que brotan en cualquier grieta del andén. Antes había que esforzarse para ser presumido; ahora basta con tener un celular. La gente anda tan ocupada editándose que se olvidó de existir sin retoques. El otro día vi pasar a una amiga por la calle y no la saludé. No por descortesía, sino porque sin filtro no la reconocí: era como ver la versión sin abono de una planta que en redes sociales florece con colores imposibles. Ella se sorprendió, claro, y me reclamó con esa mezcla de risa y ofensa que solo tienen las amistades antiguas. Yo, que ya no estoy para dramas, le dije la verdad: “Es que yo sin filtro no te conozco”. Y no era burla, era diagnóstico. En estos tiempos uno tiene que aprender a reconocer a la gente en su estado natural, que es más difícil que reconocerlos en sus fotos.

La vanidad digital hace milagros: alarga piernas, pule pieles, ilumina rostros y rejuvenece memorias. Pero la vida, que no usa filtros, nos devuelve cada mañana a nuestra versión silvestre: con ojeras, canas y esa rodilla que protesta sin haber sido invitada. Y ahí, entre lo que mostramos y lo que somos, se esconde la comedia más moderna de todas.

He visto vanidades de todos los tamaños. La del que presume un reloj que no sabe leer. La del que se toma fotos en el gimnasio y luego sube las escaleras como si cargara un piano. La del que habla de “viajar para encontrarse” cuando lo único que encontró fue el WiFi del aeropuerto. Y también la vanidad más peligrosa: la de creer que uno ya lo entendió todo. Esa sí es mortal. La mía, por fortuna, se volvió doméstica. Ya no me preocupa impresionar a nadie; apenas me preocupa que el café me quede sabroso y que la memoria no me juegue tantas bromas. Aunque, claro, hay días en que recuerdo con precisión el nombre del perro de una vecina de hace sesenta años, pero olvido dónde dejé las llaves. La vanidad, en esos casos, se ríe de mí desde algún rincón del cerebro, como diciendo: “¿Ve? Tampoco es que usted sea tan especial”.

La vida, con su brevedad y su prisa, no tiene tiempo para tanta pose. Mientras algunos se miran al espejo buscando la gloria, el universo sigue su curso sin darse por enterado. Y uno, que ya ha visto suficientes espectáculos, aprende a no aplaudir. Porque la vanidad, si uno la celebra, se crece; y si uno la ignora, se ofende y se va, como esos parientes que solo aparecen cuando hay foto grupal.

Al final, la vanidad es una comedia involuntaria: una ilusión que todos cargamos, pero que solo se vuelve peligrosa cuando creemos que es verdad. Yo, por mi parte, prefiero reírme de ella. Porque si algo he aprendido es que la vida es demasiado corta para tomarse demasiado en serio… y demasiado larga para andar compitiendo por quién brilla más.

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domingo, 30 de agosto de 2026

67 Cuando ya no queda nadie

 


Capítulo 67

Cuando ya no queda nadie

«El sufrimiento no enseña nada, pero revela quiénes somos cuando ya no queda nadie a quien mentir.»

El otro día, bajo la luz azulada de una farmacia Jean Coutu, mientras el farmacéutico contaba mis pastillas con la solemnidad de un notario repartiendo una herencia, pensé que el sufrimiento tiene mejor reputación de la que merece. En mi país uno desconfía de los notarios por costumbre; aquí desconfío menos, pero solo porque a este señor nadie le ha visto nunca sonreír, y eso, entre los suyos, pasa por garantía de seriedad.

Todo el mundo dice que el sufrimiento enseña. Lo dicen con la misma seguridad con que se afirma que el agua moja o que después de cierta edad uno no debe agacharse demasiado rápido: verdades que circulan por el mundo con tal tranquilidad que a nadie se le ocurre pedirles papeles. «El sufrimiento te hace crecer», dicen, y uno, por educación, asiente — aunque por dentro sospeche que hay dolores que, en vez de hacerlo crecer, simplemente lo dejan más cansado.

Yo no creo que el sufrimiento enseñe nada. O, al menos, conmigo no ha hecho grandes progresos. No me hizo mejor persona. No me acercó a Dios de una manera que pudiera comprobarse — y eso que de joven le hablaba bastante. No me volvió más sabio, ni más paciente, y debo confesar que tampoco me sirvió para adelgazar, lo cual habría sido, al menos, una compensación razonable.

Lo que hizo fue otra cosa: me fue quitando los disfraces.

Uno vive muchos años representando personajes, no siempre por hipocresía — la vida exige cierto vestuario. Ante los hijos, el traje de la fortaleza, aunque por dentro se esté calculando cómo pagar las facturas. Ante los amigos, el de razonable. Ante los desconocidos, el de digno. Y ante el espejo, si tiene la mala educación de decir la verdad, uno intenta negociar.

Durante muchos años esa representación funciona bien. Hay público: los hijos pasan, los amigos llaman, alguien pregunta cómo estás y uno responde «bien», y como nadie insiste demasiado, el personaje conserva el empleo.

Pero llega un momento en que el teatro empieza a quedarse vacío. Los hijos crecen y tienen su propia vida, que es exactamente lo que uno deseó para ellos, aunque después descubra que los deseos cumplidos también dejan habitaciones vacías. Los amigos se dispersan — unos se van lejos, otros más lejos todavía, y algunos simplemente dejan de llamar, que es una forma menos dramática de desaparecer y, por eso mismo, más desconcertante. La mujer que compartió una parte de la vida ocupa otra geografía. Y uno termina viviendo en un apartamento de Montreal donde el refrigerador tiene una voz más constante que muchas amistades.

Es entonces cuando empieza el problema: ya no queda nadie delante de quien actuar. Y sin público, el actor descubre que también él se había ido cansando de la obra. Entonces se quita la máscara. No por valentía. Por agotamiento.

Las primeras noches son raras. Uno se sienta en la cocina con una taza de té y descubre que no tiene ninguna obligación de parecer interesante: puede quedarse mirando la pared durante veinte minutos y nadie llegará a preguntarle qué piensa. La taza se enfría, el vapor desaparece, y la pared, con una discreción admirable, no ofrece ninguna respuesta.

En mi cocina hay una mancha de humedad que lleva semanas creciendo. Durante mucho tiempo pensé arreglarla. Después pensé llamar a alguien para que la arreglara. Luego comprendí que la mancha y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo de convivencia: ella crece, yo envejezco, y ninguno hace demasiadas preguntas — lo cual, pensándolo bien, es más de lo que puede decirse de casi cualquier matrimonio.

Ahí comprendí algo que quizá debí saber desde el principio: el sufrimiento no enseña, revela. Son cosas distintas. Aprender significa que uno no sabía algo y de pronto lo sabe. Revelar significa que uno siempre lo supo, pero tuvo la cortesía de no mirarlo de frente. El dolor no siempre trae una gran verdad escondida en los bolsillos; a veces se limita a quitarle a uno los vendajes, las excusas, las buenas maneras. Y entonces aparece lo que uno es cuando nadie mira. No lo que dice ser. No lo que habría querido ser. Lo que es.

Yo descubrí un hombre bastante contradictorio: más frágil de lo que suponía, más terco de lo aconsejable, todavía capaz de guardar rencores que ya deberían estar jubilados — y, sin embargo, más tierno de lo que me habría gustado admitir.

Descubrí que puedo enfadarme con los recuerdos, con los muertos, con los ausentes, con ciertas personas a quienes, por razones que desconozco, mi memoria todavía les conserva una silla reservada, como en esos velorios colombianos donde la silla del difunto se deja vacía toda la noche por respeto, y también, sospecho, por si acaso decide sentarse. Durante años pensé que guardar esos rencores era mala señal. Ahora creo que es simplemente humano. A cierta edad uno aprende que el perdón no siempre consiste en perdonarlo todo: a veces consiste en dejar de discutir con aquello que ya no puede responder.

Hay noches en que el metro pasa bajo la calle y el edificio vibra apenas. Entonces me agarro del borde de la mesa. No porque el edificio vaya a caerse — Montreal es una ciudad seria y, hasta donde sé, no se derrumba por mis nervios — pero yo me agarro, como un niño. Nadie lo ve, nadie lo sabrá. Ésa es una de las ventajas de vivir solo: uno puede conservar ciertas vergüenzas sin tener que explicarlas. En mi barrio de Medellin eso habría sido noticia antes del mediodía; aquí, en cambio, uno puede desmoronarse en absoluta privacidad, lo cual —según el día— me parece un lujo o una condena, y algunos días las dos cosas antes del almuerzo.

Afuera pasa el autobús 105 con ese ruido de fieltro mojado que tienen los vehículos de Montreal en invierno. En el vestíbulo, mis botas dejan marcas de agua sucia sobre el piso. Antes las limpiaba enseguida. Ahora, algunas veces, las dejo secarse — no por rebeldía, que a estas alturas uno ya no tiene edad para grandes revoluciones domésticas, sino porque ya no encuentro sentido en fingir un orden que no existe.

Hay una moneda en el bolsillo de mi abrigo. Lleva allí desde octubre. Cada vez que salgo, la toco — no sé bien para qué, quizá para comprobar que todavía hay algo en mi vida que permanece exactamente donde lo dejé. Es una superstición modesta, casi contable, de esas que uno trae de fábrica por haber nacido donde nací. No vale gran cosa. Pero tampoco me contradice.

El sufrimiento revela esas pequeñas cosas: cómo se comporta uno cuando no hay espectadores. Cómo come solo, si se sirve el plato o come directamente de la olla, como si la ceremonia fuera un lujo reservado para cuando hay testigos. Si se pone zapatos para salir al pasillo o camina en calcetines. Si ordena la cama sabiendo que nadie va a entrar al dormitorio.

Y también revela si uno habla solo. Yo hablo. A veces con el refrigerador, a veces con la ventana. De joven le hablaba a los santos; ahora le hablo a los electrodomésticos, lo cual será un descenso en materia de fe, pero es un ascenso notable en materia de puntualidad: el refrigerador, al menos, siempre contesta, aunque sea con un zumbido, que ya es más de lo que conseguía yo de algunos santos particularmente ocupados.

En ocasiones hablo también con personas que ya no viven aquí, aunque algunas ni siquiera estén vivas en ninguna parte. Digo nombres, repito preguntas, recuerdo frases que pronuncié hace muchos años y que todavía me persiguen con una constancia que algunos amigos deberían imitar.

Hay una frase que le dije a mi padre hace décadas. No voy a repetirla. No porque sea secreta, sino porque todavía no he terminado de entenderla. La llevo conmigo como esa moneda del bolsillo: no sirve para comprar nada, pero tampoco consigo desprenderme de ella. No he aprendido a resolver ese asunto, pero al menos ya no finjo que está resuelto. Y quizá ésa sea una de las pocas formas de sinceridad que nos concede la edad: dejar de clausurar lo que sigue abierto, dejar de decir «ya lo superé» cuando uno apenas ha aprendido a vivir alrededor de aquello.

El farmacéutico terminó de contar las pastillas y me entregó la bolsa. La recibí con la seriedad de quien acepta un pequeño recordatorio administrativo de que el cuerpo lleva su propia contabilidad — una contabilidad, por cierto, bastante menos negociable que la de Hacienda. Pagué. Salí a la calle Sherbrooke.

Era enero y la luz tenía ese color de plomo bruñido que solo Montreal sabe fabricar, como si el cielo entero hubiera sido construido con una vieja lámina de estaño. Caminé despacio — no por filosofía, que las piernas ya no tienen tanta prisa — y mientras avanzaba, con la bolsa golpeándome el muslo a cada paso, pensé que si alguien me preguntara qué aprendí del sufrimiento, no sabría qué responder.

No aprendí a perdonar mejor. No aprendí a amar más. No aprendí a aceptar todo lo que la vida me quitó. Todavía hay pérdidas que no comprendo, ausencias con las que no he llegado a ningún acuerdo, preguntas que siguen esperando una respuesta de alguien que probablemente tampoco la tenía. Todo eso lo sigo sin saber, y sospecho que continuaré sin saberlo cuando ya no quede tiempo para aprender nada.

Lo único que puedo decir es que el sufrimiento me mostró el rostro que tengo cuando ya no me arreglo para nadie. Ese rostro que aparece de improviso en el vidrio de una farmacia, en el espejo del ascensor, en el agua oscura de un charco. No es el rostro de un hombre sabio. Tampoco el de un hombre derrotado. Es el rostro de alguien que finalmente ha dejado de hacerse preguntas cuya respuesta conocía desde hace mucho. Un hombre que se mira y no aparta los ojos. No por valentía. Por cansancio.

Llegué al apartamento. Me quité el abrigo. La moneda seguía en el bolsillo. Dejé la bolsa de medicamentos sobre la mesa de la cocina, junto a una taza de la mañana que todavía no había lavado. El refrigerador continuaba zumbando, fiel, como siempre, a su única conversación. La mancha de humedad en la pared parecía haber crecido otro poco. Pensé en limpiarla. No lo hice. Quizá mañana. A cierta edad, «mañana» sigue siendo una palabra bastante ambiciosa.

No encendí la luz del pasillo. No hacía falta. Ya conocía el camino.

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73 Caminar al lado de la Vida

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