Capítulo 68
— La vanidad y sus disfraces modernos
A estas alturas de la vida he descubierto que la vanidad es como esas aplicaciones del celular que uno nunca pidió, pero igual se instalan y empiezan a consumir batería. Uno cree que la dejó atrás con las canas, pero no: la vanidad es persistente, terca, y tiene mejor memoria que yo, que a veces busco las gafas durante media hora… y las tengo puestas. La juventud vive obsesionada con verse bien en las fotos; yo, en cambio, solo quiero salir enfocado. Antes la vanidad era cuestión de peinados, perfumes y posturas; ahora es cuestión de filtros, ángulos y la ilusión de que la cámara del teléfono puede corregir lo que la vida ya decidió dejar como está.
La vanidad de hoy ya no necesita cultivo: crece sola, silvestre, como esas matas que brotan en cualquier grieta del andén. Antes había que esforzarse para ser presumido; ahora basta con tener un celular. La gente anda tan ocupada editándose que se olvidó de existir sin retoques. El otro día vi pasar a una amiga por la calle y no la saludé. No por descortesía, sino porque sin filtro no la reconocí: era como ver la versión sin abono de una planta que en redes sociales florece con colores imposibles. Ella se sorprendió, claro, y me reclamó con esa mezcla de risa y ofensa que solo tienen las amistades antiguas. Yo, que ya no estoy para dramas, le dije la verdad: “Es que yo sin filtro no te conozco”. Y no era burla, era diagnóstico. En estos tiempos uno tiene que aprender a reconocer a la gente en su estado natural, que es más difícil que reconocerlos en sus fotos.
La vanidad digital hace milagros: alarga piernas, pule pieles, ilumina rostros y rejuvenece memorias. Pero la vida, que no usa filtros, nos devuelve cada mañana a nuestra versión silvestre: con ojeras, canas y esa rodilla que protesta sin haber sido invitada. Y ahí, entre lo que mostramos y lo que somos, se esconde la comedia más moderna de todas.
He visto vanidades de todos los tamaños. La del que presume un reloj que no sabe leer. La del que se toma fotos en el gimnasio y luego sube las escaleras como si cargara un piano. La del que habla de “viajar para encontrarse” cuando lo único que encontró fue el WiFi del aeropuerto. Y también la vanidad más peligrosa: la de creer que uno ya lo entendió todo. Esa sí es mortal. La mía, por fortuna, se volvió doméstica. Ya no me preocupa impresionar a nadie; apenas me preocupa que el café me quede sabroso y que la memoria no me juegue tantas bromas. Aunque, claro, hay días en que recuerdo con precisión el nombre del perro de una vecina de hace sesenta años, pero olvido dónde dejé las llaves. La vanidad, en esos casos, se ríe de mí desde algún rincón del cerebro, como diciendo: “¿Ve? Tampoco es que usted sea tan especial”.
La vida, con su brevedad y su prisa, no tiene tiempo para tanta pose. Mientras algunos se miran al espejo buscando la gloria, el universo sigue su curso sin darse por enterado. Y uno, que ya ha visto suficientes espectáculos, aprende a no aplaudir. Porque la vanidad, si uno la celebra, se crece; y si uno la ignora, se ofende y se va, como esos parientes que solo aparecen cuando hay foto grupal.
Al final, la vanidad es una comedia involuntaria: una ilusión que todos cargamos, pero que solo se vuelve peligrosa cuando creemos que es verdad. Yo, por mi parte, prefiero reírme de ella. Porque si algo he aprendido es que la vida es demasiado corta para tomarse demasiado en serio… y demasiado larga para andar compitiendo por quién brilla más.
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