lunes, 31 de agosto de 2026

*** 68 — La vanidad y sus disfraces modernos

Capítulo 68

La vanidad y sus disfraces modernos

Con los años he descubierto que la vanidad es como esas aplicaciones del celular que uno nunca pidió, pero igual se instalan y empiezan a consumir batería. Uno cree que la dejó atrás con las canas, pero no. La vanidad es persistente, terca y, para colmo, tiene mejor memoria que uno. Yo, por ejemplo, puedo olvidar para qué entré a una habitación y, en cambio, recordar perfectamente que hace cuarenta años alguien me dijo que tenía buena pinta.

La juventud vive pendiente de salir bien en las fotografías. Yo, a estas alturas, apenas aspiro a salir enfocado. Antes la vanidad dependía del peinado, del perfume y de la postura frente al espejo. Ahora depende de «filtros», ángulos y de esa misteriosa facultad del teléfono para quitarle a uno diez años sin preguntarle si está de acuerdo.

La vanidad moderna ya no necesita cultivo. Crece sola, silvestre, como esas matas que aparecen en cualquier grieta del andén. Antes había que esforzarse para ser presumido; ahora basta con tener un celular y un poco de tiempo libre.

El otro día vi pasar a una amiga por la calle y no la saludé. No fue descortesía. Fue un problema tecnológico. Sin filtro no la reconocí.

Ella se sorprendió y me reclamó entre la risa y el disgusto, esa combinación que solo conservan las amistades viejas.

—¿Y usted qué? ¿Ya no saluda?

—Sí saludo —le dije—. Lo que pasa es que sin filtro no la conocí.

No sé si me perdonó. Pero la amistad verdadera, a cierta edad, consiste también en poder decirle a alguien que se parece menos a su fotografía de internet que a sí misma.

La vanidad digital hace milagros. Alarga piernas, pule pieles, ilumina rostros y hasta consigue que uno parezca descansado después de haber dormido cuatro horas. La vida, en cambio, no usa filtros. Cada mañana nos devuelve a nuestra versión silvestre: ojeras, canas, alguna arruga nueva y esa rodilla que protesta sin haber sido consultada.

Ahí, entre lo que mostramos y lo que somos, aparece una de las comedias más discretas de nuestro tiempo.

He conocido vanidades de todos los tamaños. Está la del hombre que presume un reloj que no sabe leer; la del que se fotografía levantando pesas y luego necesita negociar con las escaleras; la del que habla de viajar para «encontrarse a sí mismo» cuando lo único que encontró fue una deuda impagable en la tarjeta.

Y está la más peligrosa de todas: la de creer que uno ya entendió la vida.

Esa no necesita celular.

La mía, por fortuna, se ha vuelto doméstica. Ya no me interesa demasiado impresionar a nadie. Me conformo con que el café quede sabroso, que el pantalón no se encoja misteriosamente y que la memoria tenga la decencia de avisarme dónde puse las llaves.

Aunque la memoria tiene sus preferencias. Puede conservar durante sesenta años el nombre del perro de una vecina y olvidar, con absoluta tranquilidad, dónde dejó uno los lentes hace cinco minutos.

Los lentes suelen estar puestos.

En esos momentos sospecho que la vanidad se ríe de mí desde algún rincón del cerebro.

—Tampoco es que usted sea tan especial —parece decirme.

Y quizá tenga razón.

Pero la vanidad no siempre es una enfermedad. Hay una forma pequeña y entrañable de ella que todavía me gusta. La abuela que se pinta los labios para ir al mercado, no para que la miren, sino porque así se siente completa. El viejo que se pone su mejor sombrero para ir a la farmacia, aunque solo vaya por unas aspirinas. El niño que se peina frente al espejo antes de salir al recreo, como si el mundo mereciera recibirlo bien presentado.

Esas vanidades mínimas no engañan a nadie. Son pequeñas ceremonias de dignidad.

Tal vez por eso no me molestan. Hay días en que arreglarse un poco es una manera de decirle a la vida: todavía estamos aquí.

La vanidad moderna tiene, además, una particularidad curiosa: se volvió colectiva. Antes el vanidoso presumía solo. Ahora presume acompañado. Las redes sociales son su plaza pública, su escaparate y, a veces, su confesionario.

Allí todos se muestran y todos miran.

Lo extraño es que, mientras cada cual intenta ser visto, casi nadie parece estar mirando de verdad.

Es un carnaval sin máscaras, porque la máscara terminó siendo el propio rostro.

Y cuando alguien aparece sin filtro, sin pose, sin una fotografía cuidadosamente calculada, produce cierto desconcierto.

¿Por qué no está actuando?

Tal vez porque la sinceridad, en estos tiempos, se ha vuelto una extravagancia.

También existe la vanidad que llega hasta la muerte.

He conocido personas que preparan su funeral con una minuciosidad que otros reservan para una boda: el traje, las flores, la música, la cantidad de asistentes. Conocí a un hombre que guardaba un traje de lino blanco para el día de su despedida y, de vez en cuando, se lo probaba frente al espejo.

—Quiero irme elegante —decía.

Yo pensaba que tenía razón.

Aunque había un pequeño inconveniente:

los muertos no usan espejos.

Me pareció una imagen triste y, al mismo tiempo, profundamente humana. Incluso cuando sabemos que no podremos ver el resultado, queremos dejar una última versión de nosotros mismos.

Como si la eternidad fuera un salón donde todavía hubiera alguien tomando fotografías.

Hay otra vanidad más silenciosa: la de quienes pasan la vida preparándose para ser recordados.

El que compra un reloj carísimo que no necesita, no para saber la hora, sino para que otros sepan que puede comprarlo. El que se endeuda para viajar a lugares que apenas disfruta, pero que lucen bien en una pantalla. El que vive con lo justo y, sin embargo, necesita aparentar abundancia porque le teme a una palabra que parece inocente y a veces pesa demasiado: común.

La vanidad y el dinero suelen entenderse bastante bien. Uno pone el escenario y la otra contrata a los actores.

El problema es que, al final de la función, casi todos se han ido a mirar su propia fotografía.

A mi edad empiezo a sospechar que detrás de muchas vanidades hay algo menos superficial de lo que parece: un miedo antiguo a no dejar señal, a desaparecer sin que nadie alcance a decir aquí estuvo.

El que presume de su reloj, de su viaje, de sus lecturas o incluso de su humildad quizá esté diciendo, sin saberlo:

«Mírenme un momento. No me borren todavía.»

Y uno, que ya ha visto demasiadas despedidas, aprende a no burlarse demasiado. Debajo de ciertas presunciones hay una fragilidad que se disfraza de orgullo.

Tal vez por eso la vanidad merece menos condena y un poco más de indulgencia. Todos queremos conservar algo de nosotros cuando sabemos que nada permanece intacto. Nos editamos porque envejecemos, nos adornamos porque tememos desaparecer, y detrás de casi todo lo que mostramos hay, en el fondo, las ganas de sentir que nuestra presencia tuvo algún sentido.

Pero la vida tiene sus propias reglas y no suele pedirnos permiso.

Mientras uno se mira en el espejo tratando de rescatar una versión perdida, el mundo sigue haciendo su trabajo: pasa el invierno, llega la primavera, envejecen los edificios, cambian los rostros y hasta los árboles terminan aceptando que alguna rama sobra.

El universo, por fortuna, no está pendiente de nuestro perfil.

Eso debería tranquilizarnos.

Y también debería hacernos reír.

Porque hay una vanidad que sí me parece digna de conservar: la de saberse vivo.

La de levantarse una mañana, con las rodillas protestando y la memoria haciendo huelga parcial, y decidir que el día todavía merece una oportunidad.

Esa vanidad no necesita público. No se publica ni acumula «me gusta»: se practica en silencio.

Puede consistir en ponerse una camisa limpia para salir a comprar pan, en preparar un café con cierto esmero, en abrir un libro aunque los ojos ya reclamen descanso o en sentarse a escribir unas páginas que nadie pidió.

A veces pienso que escribir es también una forma de vanidad; y ahí me meto yo, dándole cuerda al ego para que no se me duerma, convencido además de que mis recuerdos merecen escenario.

Uno llena hojas con sus recuerdos como quien deja pequeñas señales en el camino. No porque crea que serán eternas, sino porque le gusta pensar que alguna persona, algún día, podría encontrarlas.

Eso me basta.

He decidido que, si voy a conservar alguna vanidad, sea esa: la de seguir aquí — con mis canas, mis lentes extraviados, mi rodilla protestona, el café que a veces se enfría mientras pienso en otra cosa, y estas páginas que escribo sin saber exactamente quién las recibirá.

No quiero dejar una imagen perfecta. Prefiero dejar una voz reconocible, una palabra sincera, alguna pequeña ternura que se me haya escapado sin pedir permiso. Porque quizá eso sea lo único que vale la pena conservar cuando se apagan los reflectores.

La vanidad, con todos sus disfraces, termina siendo una comedia involuntaria. El vivo presume sus logros, el rico su abundancia, el humilde hasta su humildad. Cada cual lleva al escenario aquello que cree que lo distingue.

Después baja el telón y todos quedamos iguales: sin espejos, sin filtros, sin aplausos. Solo nosotros, frente a ese silencio que no necesita explicación.

Por eso prefiero reírme de la vanidad, pero hacerlo con cariño. También ella ha envejecido conmigo. Hemos tenido nuestras discusiones, nuestros momentos de orgullo y nuestras pequeñas derrotas.

Ahora la conozco mejor. Sé que aparece cuando menos la necesito y desaparece cuando ya no tengo ganas de perseguirla.

A estas alturas no quiero competir por quién brilla más. Me conformo con una luz pequeña — la suficiente para encontrar mis lentes.

Aunque estén puestos.

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