jueves, 24 de septiembre de 2026

*** 80 Para que no se nos acabe la conversación

Capítulo 80

Para que no se nos acabe la conversación

El libro costó dos dólares. Estaba en la sección de usados de la Librería Española, en el boulevard Saint-Laurent, a pocas cuadras de donde vivo, entre un manual de jardinería y una novela policial sin tapa. Eran unos Cuentos de Jack London, en una traducción de los años sesenta, con el lomo despegado y una dedicatoria a lápiz que alguien había intentado borrar sin conseguirlo. Tenía la letra de alguien que estaba aprendiendo el idioma: Para B. Hélène C., que no le tiene miedo al frio. Para que no se nos acabe la conversación. Así, sin tilde. Lo compré por Hélène —creo— más que por London.

Sé que no es ella. Las iniciales se repiten, los nombres también, y esta ciudad está llena de libros que cambiaron de dueño sin avisar. Pero hay coincidencias que no piden permiso. Me quedé un rato en la acera, con el libro en la mano, mientras el tráfico de Saint-Laurent pasaba a mi lado, y de pronto regresé a mis veinte años y era la hora del almuerzo en una oficina de otro país y de otro siglo.

Trabajábamos en la esquina de una calle con el nombre de nuestro país y un prócer olvidado. No había semáforos: solo transeúntes y carros que se entendían como podían, a fuerza de bocina y de paciencia. La geografía también tiene sentido del humor. Había un mensajero que llegaba a pie, con la camisa empapada y una carpeta que nunca se mojaba, aunque lloviera de lado. Nadie sabía cómo lo hacía. Una vez se lo pregunté y me dijo: «Uno aprende a cuidar lo que lleva». Entonces me pareció una frase de mensajero. Ahora creo que era otra cosa.

Esa noche, bajo la lámpara de la cocina, la dedicatoria me pareció más oscura que en la librería, como si el lápiz hubiera recuperado algo en el camino. Debajo había una fecha que allá no había visto: de marzo, y delante un número que la goma había alcanzado a gastar —un dieciocho o un diecinueve, no sabría decir—. Sin año. Será la luz, pensé. Después abrí el libro al azar, como se abren los libros viejos, dejando que ellos elijan. Y el libro eligió una página que he vuelto a leer tantas veces que ya no sé si la copio o la recuerdo —que es otra manera de traicionarla—. Decía, más o menos, así:

La vida es cosa rara. ¿De dónde nos viene esta sed de seguir? Es una partida que nadie termina ganando. Vivir es cargar, sudar y perder, hasta que la vejez nos cae encima como un abrigo mojado y acabamos calentándonos las manos en estufas que apenas dan calor, como si también ellas estuvieran cansadas de acompañarnos. Cuesta vivir. El niño entra al mundo llorando, como quien reclama un equipaje que no le devolvieron; el viejo sale de él agarrado al último aire como a la baranda de una escalera; y entre una puerta y otra no hay día que no traiga su cuota de apuro y de pena. Y sin embargo el hombre va hacia la muerte a tropezones, cayéndose, mirando por encima del hombro lo que deja, peleando cada paso. Y la muerte es amable. Lo que tiene filo es la vida, y las cosas de la vida. Pero amamos la vida y le tememos a la muerte. Es muy raro.

La leí dos veces. La segunda, en voz alta, para oír cómo sonaba en la cocina. Hace cincuenta años se la habría leído a ella, y ella me habría discutido la mitad.

Hay frases que uno encuentra demasiado tarde para discutirlas con su autor. London escribió aquello siendo muy joven, y se murió a los cuarenta, antes de llegar a la edad desde la que yo lo leo. Tenía derecho a esa rotundidad; los jóvenes que han pasado frío y hambre suelen tenerlo. Yo, en cambio, ya no me atrevo a decir que «la muerte es amable». No la conozco lo suficiente. La he visto llevarse gente —eso sí— y no siempre con buenos modales.

Pero la pregunta se me quedó puesta en la mesa, como un plato que nadie recoge. ¿De dónde esta sed? A cierta edad las preguntas se hacen menos para contestarlas que para habitarlas. Uno se sienta en ellas como en un sillón que ya tiene la forma de su cuerpo, y desde ahí mira.

Es verdad que nadie gana. Y sin embargo ahí seguimos, barajando otra vez las mismas cartas gastadas, con una terquedad que no sé si es valentía o simple falta de imaginación. Quizá las dos cosas. Quizá vivir consista en eso: volver a repartir aunque uno ya sepa cómo termina la partida.

Lo que la página no dice —o a su autor no le dio tiempo de decir— es lo que ocurre antes de que las estufas se enfríen del todo. Hay una edad que no aparece en ella. He visto hombres y mujeres llegar a esa edad. No lo anuncian; no hay umbral ni ceremonia. Un día simplemente dejan de corregir a los demás. Dejan de tener razón y después —lo que es más difícil— dejan de querer tenerla. Y entonces, casi sin darse cuenta, empiezan a escuchar: el ascensor que sube a deshoras, la tos de un vecino detrás de la pared, el metro que pasa bajo la calle y hace temblar apenas el agua de un vaso. Ella aprendió todo eso mucho antes que yo.

No es sabiduría. Es algo más modesto: el cansancio de tener opiniones.

Esas personas no callan porque no tengan nada que decir. Callan porque descubrieron que las palabras, a fuerza de usarlas, se gastan como piedras de río y ya no cortan. A eso lo he llamado, en estas páginas, la edad del silencio. Nunca supe bien si el nombre era exacto. Esta noche, con el libro de Hélène abierto, me parece al menos que no es un nombre triste: es la edad en que el ruido de uno, por fin, deja oír otras cosas. Y que, a pesar de su nombre, todavía guarda palabras que uno no había pronunciado.

Aquellas estufas de la página apenas dan calor. Yo también he puesto las manos en ellas. Pero hay noches —pocas, no voy a exagerar— en que al fondo de la ceniza aparece una brasa mínima, sin leña y sin viento, y calienta los dedos un instante. No sé de dónde sale. No es un recuerdo; los recuerdos queman distinto. Se parece más a una curiosidad que se niega a apagarse. A las ganas de ver qué trae el martes. A estas alturas uno no comienza de nuevo; continúa, que es una forma más humilde de esperanza. Quizá eso era lo que él llamaba sed, y lo que le parecía raro. A mí también me lo parece. Solo que ya no me molesta.

La vida, a su manera torpe, me ha ido enseñando a soltar: primero las cosas grandes, luego las pequeñas, luego la necesidad de explicar por qué las solté. No lo hizo con delicadeza. Pero lo hizo. Algunas cosas, sin embargo, no me las ha pedido.

Aquella compañera de tiempos idos leía más que yo y escuchaba todavía mejor. Hablábamos de todo —de todo un poco, del tiempo, de si valía la pena— como si nos hubieran prestado unos temas que no eran de nuestra edad y hubiera que devolverlos pronto. En aquella oficina no era la más ruidosa ni la más visible. Era de las que sostienen las cosas sin que nadie lo note.

Recuerdo, sobre todo, un domingo por la tarde en que fui a visitarla. No sé con qué pretexto —a esa edad los pretextos se inventan por el camino—. Nos sentamos en el piso de su balcón, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas hacia la baranda, porque las sillas estaban adentro y a ninguno de los dos se le ocurrió ir a buscarlas. Las baldosas guardaban todavía el calor del mediodía. Abajo pasaba poca gente; en algún apartamento vecino, un radio narraba un partido que nadie parecía estar oyendo, y la tarde se iba poniendo de ese color que allá anuncia el aguacero y después no siempre cumple.

De qué hablamos, no lo sé bien. De todo, supongo —como siempre—. Recuerdo mejor las pausas: ella con las rodillas recogidas, mirando la calle; yo buscando una frase inteligente que no terminaba de llegar. Y recuerdo haber pensado, sin decirlo, que aquel rato no se iba a repetir. No me equivoqué del todo. Hay recuerdos que, si los sigo hasta el principio, me devuelven siempre a ese piso tibio.

Yo tenía entonces opiniones rotundas sobre la muerte, como las de esa página; ella tenía la paciencia de dejarme terminarlas. Hubo entre nosotros una claridad breve, de esas a las que a esa edad uno no sabe qué nombre ponerles. Yo no se lo puse. No la recuerdo como una pérdida. Se parece más a una canción que ya nadie canta y que uno, sin embargo, se sabe entera.

Cada uno siguió su camino —y fueron caminos completos—.

Hay otoños que no llegan con hojas amarillas ni con olor a lluvia. Se instalan por dentro. Durante aquellos años de distancia y desarraigo descubrí que la verdadera intemperie no estaba en las calles de una ciudad extraña, sino en ciertos lugares de uno mismo que nadie visitaba. Vivía, trabajaba, avanzaba como podía, pero algo en mí seguía esperando. No sabía exactamente qué. Tal vez una amistad sincera, una conversación sin prisas, alguien capaz de abrir una rendija en aquellas habitaciones que el tiempo había mantenido cerradas.

Muchos años después, por uno de esos azares que ahora caben en una pantalla, volvimos a encontrarnos. No hubo anuncio ni fecha que yo pueda señalar: un día advertí que ciertas sombras ya no ocupaban todo el espacio, y que aquella conversación que daba por terminada estaba apenas en pausa. No borró nada de lo que traigo encima —tampoco se lo habría pedido—; me ayudó, quizá, a mirarlo sin sentir que debía quedarme a vivir ahí.

No sé si ella le teme al frío. Sé que nunca le tuvo miedo a las preguntas, y que todavía lee lo que escribo —desde su mundo— con esa manera suya de detenerse justo donde yo dudé. Aquella claridad no se apagó: cambió de oficio. Ahora alumbra la lectura.

Si hoy volviéramos a sentarnos en aquel piso tibio, creo que ya no le llevaría opiniones. Le diría, a lo sumo, que me ha ido pareciendo un privilegio extraño esto de ser mortal. Que pasamos la vida haciendo planes para un mañana que nadie nos prometió, hablando del futuro con la confianza de los dueños, cuando somos apenas huéspedes de paso. Ella sonreiría, me parece, porque eso lo supo antes que yo.

Le diría también que he dejado de querer entenderlo todo; la vida no se deja entender mucho, se deja vivir, y a veces ni eso sin regatear. Que acepto —no siempre de buen grado— como quien mira la tarde desde una ventana y sabe que esa luz no se queda. Y que por eso, cuando el cuerpo lo permite, me sirvo una copa de vino, miro despacio las flores que mañana tendrán otra forma y procuro no soltar demasiado pronto a quienes todavía se sientan a mi mesa. Lo demás pesa mucho. Voy aprendiendo a dejarlo.

En la página, la vida era una partida que nadie gana. Yo, algunos días, veo más bien un puente de niebla tendido sobre no sé qué. No parece obra firme ni duradera. Pero mientras lo cruzo, y mientras una voz amiga me responda desde la otra orilla, el desastre no tiene la última palabra. O al menos tarda en decirla.

Quizá un día lea esta página. Quizá reconozca un almuerzo, un domingo, una fecha a medio borrar, unas iniciales escritas a lápiz por otra mano. O quizá no, y pase de largo, como se pasa frente a una dedicatoria ajena en una caja de usados. Las dos cosas me parecen bien.

Las dedicatorias son cartas que se escriben en un margen y que a veces llegan a manos que no eran las destinatarias. Uno escribe «Para B.» y no sabe que un día un desconocido en Montreal va a leer esas dos letras y a preguntarse quién fue B. y por qué no le tenía miedo al frío. A mí, esta noche, me tocó ser ese desconocido.

El libro llama raro a eso de amar la vida y temerle a la muerte. Durante muchos años yo también creí que el gran misterio estaba del lado de la muerte. Ahora ya no estoy tan seguro. Ella ha acompañado sin alboroto a cada generación antes que la mía, y seguirá haciéndolo cuando ya nadie pronuncie mi nombre; se parece más a una ley que a un enigma. Lo raro ha sido lo otro.

Vivir aquella mañana en Medellín sin saber que algún día me iría. Vivir el vuelo que me trajo a Montreal con una visa de apenas catorce días y la incertidumbre doblada en el bolsillo como un recibo. Vivir los inviernos, los trabajos, los afectos que llegaron para quedarse y los que se fueron sin despedirse. A veces me miro las manos y me cuesta creer que sean las mismas que sostuvieron documentos de banco, maletas de inmigrante y, esta noche, un libro de dos dólares con una dedicatoria ajena.

Ya no me pregunto tanto por qué habremos de morir. Me pregunto cómo fue posible vivir tanto, equivocarme tanto, aprender tan poco y, aun así, llegar hasta aquí. Si el libro me dejara corregirle una línea, le movería la rareza de lugar: lo raro no es la muerte. Lo raro es haber vivido.

Así que no voy a decidir esta noche si amo la vida y le temo a la muerte. Me quedo en el espacio que hay entre las dos. Es un espacio estrecho, pero cabe una silla, y un libro de dos dólares, y una conversación que empezó hace medio siglo y que nadie ha dado por terminada. Cabe también una dedicatoria que no era para mí y que, sin embargo, me encontró.

Afuera, en la calle Saint-Laurent, un camión de basura hacía su ronda con esa puntualidad que en Montreal es casi una forma de fe. «La vida es cosa rara», sí. Lo dijo un joven que no llegó a viejo. Yo, que sí llegué, apenas le he movido una palabra de sitio.

Dejé el libro sobre la mesa, abierto en esa página, por si alguien quería seguir la discusión. Por la mañana estaba abierto en otra.

Solo imagino de qué se habrá acordado.

***

Quizá todos seamos el secreto de alguien:
un nombre escrito a lápiz en un margen,
que alguien intentó borrar
sin conseguirlo.

Hay afectos que no se despiden.
Se quedan en la memoria
como se queda una fecha
cuando ya nadie recuerda el año.

No necesitan palabras, ni siquiera presencia.
Les basta una página abierta,
una conversación
que nadie ha dado por terminada.

Y mientras la vida sigue escribiendo
otros capítulos —completos, suyos—,
ellos crecen en voz baja,
como esos jardines que nadie mira
y que, sin embargo, retoñan cada marzo.

Algunas cosas no se cuentan.
Se dejan en un margen,
por si alguien, alguna vez, las lee.

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