jueves, 8 de octubre de 2026

Geografía de lo perdido

 

Geografía de lo perdido

Hay personas que abandonan nuestra vida. Otras permanecen, pero el tiempo las modifica hasta volverlas irreconocibles. Ignoro cuál de las dos pérdidas es más profunda.

Durante años supe que la memoria era una forma de rescate. Imaginaba que recordar equivalía a conservar, como quien guarda cartas en una caja o fotografías en un cajón. Ahora creo lo contrario. La memoria no conserva nada. La memoria reescribe.

Cada vez que regreso a ciertos episodios de mi vida encuentro pequeñas variaciones. Una puerta cambia de color. Una voz adquiere una dulzura que quizá nunca tuvo. Un silencio se vuelve más largo. El pasado parece trabajar en secreto sobre sí mismo, corrigiéndose, borrándose, inventando detalles para llenar las grietas que deja el olvido.

Tal vez por eso recordamos.

No para recuperar lo perdido sino para acercarnos a ello.

Porque todo amor verdadero contiene una distancia.

Amamos lo que se aleja, lo que no podemos poseer del todo, lo que siempre guarda una habitación cerrada dentro de sí. Incluso cuando creemos conocer a alguien, apenas rozamos la superficie de su misterio. Y quizá ocurre lo mismo con nosotros mismos.

A veces me pregunto si el deseo de amar y el deseo de comprender no son una misma cosa usando diferentes máscaras.

Desde joven quise conocer el mundo. Leí libros, escuché historias, crucé ciudades y fronteras. Sin embargo, detrás de esa curiosidad existía otra fuerza más difícil de nombrar: el anhelo. Quería llegar al corazón de las cosas. Quería comprender por qué una mirada permanece durante décadas en la memoria mientras cientos de rostros desaparecen. Quería saber por qué ciertos instantes poseen una intensidad capaz de desafiar al tiempo.

Pero el conocimiento nunca termina de alcanzar aquello que persigue.

Cuando una respuesta llega, el misterio ya se ha desplazado unos pasos más allá.

Quizá el deseo existe precisamente para eso: para mantener abierta la distancia.

Pienso en las personas que ya no están.

Algunas murieron.

Otras simplemente siguieron caminos distintos.

Sin embargo, en las noches tranquilas, cuando el mundo reduce su ruido y las horas parecen respirar más despacio, descubro que siguen acompañándome. No como fueron, sino como la memoria las reconstruye. Son presencias hechas de fragmentos, de gestos incompletos, de palabras cuyo sonido se ha desgastado como una inscripción antigua.

Entonces comprendo algo.

La mortalidad no consiste únicamente en desaparecer.

Consiste también en transformarse.

Los seres humanos nos extinguimos poco a poco dentro de los recuerdos ajenos. Cambiamos de forma. Nos convertimos en relato, en imagen, en evocación. Quizá sea ésa la verdadera vejez: observar cómo las personas que hemos sido comienzan a vivir una existencia independiente dentro de nuestra memoria.

El tiempo continúa su trabajo silencioso.

Arruga la piel, encanece el cabello, debilita los cuerpos.

Pero hay emociones que parecen ignorar esas leyes.

La nostalgia conserva su primer perfume.

La tristeza reconoce los mismos caminos.

El asombro sigue encendiéndose ante ciertos nombres.

Como pequeñas lámparas protegidas del viento.

Y acaso por eso seguimos recordando.

No para regresar.

No para corregir.

No para vencer a la muerte.

Sino para establecer una conversación con aquello que ya no podemos alcanzar.

Una conversación inútil y necesaria.

Como quien permanece junto a una ventana al caer la tarde, mirando cómo se aleja una luz que sabe que nunca volverá exactamente igual, y aun así no puede dejar de contemplarla.

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