sábado, 12 de septiembre de 2026

** 75 — “El río que escucha”

Capitulo 75


— “El río que escucha”

Desde la terraza del piso diecisiete, Montreal parece otra ciudad.

Quizá todas las ciudades cambian cuando uno las mira desde arriba. Las calles pierden sus nombres, los edificios dejan de parecer enormes y las personas se vuelven casi invisibles. Uno descubre entonces que la ciudad no es solamente aquello que caminamos, sino también aquello que contemplamos cuando dejamos de participar, por un momento, en su movimiento.

Frente a mí está el Saint-Laurent.

Desde esta altura puedo verlo extenderse con una majestuosidad tranquila. Viene de lejos, entero, como una sola corriente, y al llegar a Montreal se abre en distintos brazos que rodean la ciudad hasta convertirla en una isla.

A veces pienso que el río no la divide.

La abraza.

Es una diferencia pequeña en las palabras, pero enorme en la imaginación. Quizá por eso me conmueve contemplarlo: el agua parece saber algo que nosotros olvidamos con demasiada facilidad, que separarse no siempre significa alejarse. Hay formas de dividirse que también son maneras de permanecer unidos.

El río llega como una sola corriente y luego se bifurca: Montreal queda en medio, una ciudad rodeada de agua.

Y yo, tantos años después de haber llegado a este país, siento que también me volví una corriente que se abrió en dos brazos sin dejar de ser una sola agua. Uno de esos brazos lleva todavía las voces, los paisajes, los muertos y las palabras del país que dejé. El otro fue adquiriendo, despacio, otras costumbres, otros silencios, otra manera de mirar las estaciones.

Durante mucho tiempo pensé que debía elegir entre ambos. Hoy ya no. Tal vez algunas vidas están destinadas a eso: a abrirse en dos brazos que nunca vuelven a juntarse del todo, sin por eso dejar de ser un mismo cauce.

El río no parece tener ese problema. Se bifurca y continúa, sin angustiarse por haber dejado de ser una sola corriente. Quizá ahí comience su lección.

La terraza se ha convertido para mí en uno de esos pocos lugares donde el mundo parece concedernos permiso para callar.

No vengo siempre a buscar respuestas. A estas alturas, uno aprende que algunas preguntas pierden su importancia cuando se las deja reposar.

Vengo a mirar.

Y mirar, cuando ya se ha vivido bastante, puede ser una forma de pensamiento.

Desde aquí arriba, Montreal parece descansar dentro de los brazos del río. La ciudad continúa con sus asuntos, indiferente a mi contemplación. Hay algo tranquilizador en eso.

Durante tantos años creemos que el mundo está pendiente de nosotros. Después descubrimos que tiene suficiente trabajo consigo mismo. Es una liberación. A cierta edad, dejar de ser el centro de las cosas puede convertirse en una forma inesperada de descanso.

El río, en cambio, no parece preocupado por ninguna de nuestras urgencias.

Sigue.

Lleva siglos pasando por aquí. Ha visto crecer la ciudad, cambiarle el rostro, levantar puentes y edificios, recibir a quienes llegaron de lejos y despedir a quienes se fueron.

Quizá haya visto a hombres que se parecían a mí. Hombres que llegaron pensando que estaban comenzando una vida nueva, sin sospechar que ninguna vida comienza completamente de nuevo.

Siempre llevamos algo: una voz, una costumbre, un paisaje, una ausencia.

El río no pregunta de dónde venimos. Eso me gusta de él. Durante buena parte de la vida nos hacen preguntas sobre nuestro origen, nuestros planes, nuestras decisiones. Pareciera que siempre debemos justificar el lugar que ocupamos en el mundo.

El río no exige explicaciones: recibe, pasa, escucha.

Tal vez por eso siento que puedo conversar con él. No espero que me responda. Algunas conversaciones importantes no necesitan interlocutor.

A cierta edad, además, uno empieza a desconfiar de las respuestas demasiado rápidas. Prefiere una buena pregunta. Una pregunta que pueda acompañarlo durante varios años.

El tiempo, por su parte, se comporta como otro río. No avisa ni se explica: simplemente sigue.

Cuando éramos jóvenes, el tiempo parecía estar delante de nosotros. Ahora lo sentimos también detrás.

Quizá esa sea una de las modificaciones más silenciosas de la edad: el futuro deja de ser un territorio inmenso y el pasado empieza a ocupar más espacio en el paisaje. No necesariamente por nostalgia. A veces solo por reconocimiento.

Uno vuelve la mirada y encuentra personas que ya no están, lugares que cambiaron de nombre, versiones de sí mismo que resultan difíciles de reconocer. Y, sin embargo, algo permanece debajo de todas esas transformaciones.

Una corriente secreta. La misma que ahora veo dividirse y continuar alrededor de Montreal.

Pienso en el hombre que fui hace muchos años y me cuesta imaginar que aquel hombre pudiera sospechar siquiera que algún día estaría viviendo aquí, a setenta y cuatro años, contemplando desde un piso diecisiete el Saint-Laurent. La vida tiene esas ironías que nadie termina de explicar del todo.

Uno hace planes. La vida, mientras tanto, escribe los suyos con otra tinta.

Quizá por eso me resulta tan natural mirar este río. No se parece a mí en nada y, sin embargo, me reconozco en él. Ha cambiado de aspecto miles de veces sin dejar de ser el mismo.

Yo también.

Ahí sigue, de alguna manera, el niño que fui; el joven que quiso apresurar algunas cosas; el hombre que se equivocó creyendo que tendría tiempo de sobra para corregirlas. Está el emigrante, que aprendió a vivir lejos de parte de sus raíces, y el padre que llegó tarde a ciertas experiencias. Y está, sobre todo, este hombre de ahora, que mira el agua con una paciencia que antes no conocía.

Todos siguen aquí. No sé dónde los guarda exactamente la memoria: quizá en algunas palabras, quizá en la manera de mirar, quizá en ciertas tardes en las que, sin saber por qué, algo de una época remota regresa y se sienta a nuestro lado.

La memoria tampoco es un archivo ordenado. Se parece más al agua. Devuelve unas cosas y se lleva otras. A veces conserva un rostro y borra una conversación. Otras veces desaparece un nombre, pero permanece intacta la sensación de haber querido a alguien.

Con los años he terminado por aceptar esa arbitrariedad. No todo lo que vivimos está destinado a permanecer en nuestra memoria. Y quizá sea mejor así. Si pudiéramos recordarlo todo, la vida sería insoportable.

El río tampoco conserva cada hoja que pasa sobre su superficie. La deja seguir.

Desde la terraza vuelvo a mirar la ciudad. Allá abajo, Montreal permanece rodeada por el agua como si el río hubiera decidido protegerla sin pedirle permiso.

Me pregunto si las ciudades también tienen memoria. Quizá sí. Una ciudad recuerda en sus calles, en sus edificios, en los pasos de quienes la han habitado. Recuerda incluso aquello que nosotros olvidamos.

Y yo, que llegué de otra orilla del continente, he terminado aprendiendo que una ciudad puede convertirse lentamente en parte de la biografía.

Primero vivimos en ella. Después ella empieza a vivir en nosotros.

Hay lugares que uno adopta sin ceremonia. No hay un día exacto en que dejan de ser extranjeros. Simplemente ocurre. Una mañana cualquiera uno descubre que reconoce sus ritmos, sus silencios, sus cambios de luz. Ya no necesita explicarse por qué está allí.

Está. Y eso basta.

Dicen que Ulises lloró al volver a Ítaca. Lo entiendo. Después de tantos caminos, quizá no llorara solamente por haber regresado, sino por reconocer algo que llevaba dentro desde mucho antes de volver.

Hay lugares que no necesitan ser grandiosos para convertirse en eternos. Basta con que nos devuelvan una parte de nosotros mismos.

Tal vez por eso algunas ciudades terminan siendo una segunda patria sin dejar de recordarnos que hubo una primera.

No estoy seguro de que una reemplace a la otra. Abajo, el Saint-Laurent sigue abriéndose en sus brazos silenciosos, sin apuro por decidir cuál de ellos es el verdadero río.
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Cambios irreversibles de fondo (por continuidad del libro, no por preferencia estilística):

— El motivo "vivo entre dos orillas / no sé cuál me pertenece más" se reemplazó por el de la corriente que se abre en dos brazos sin dejar de ser una sola agua. Repetía casi literalmente la imagen del capítulo 62 (el caballo que corre "entre dos orillas y no se detiene en ninguna"), y además contradecía la propia tesis del capítulo — que dividirse no es alejarse — al presentar la doble pertenencia como una tensión sin resolver. La nueva versión hace que la reflexión personal obedezca a la misma lógica que el narrador ya le atribuyó al río, en vez de caer en el tópico del exilio-como-desgarro.

— Se retiró "un puente entre dos lugares que nunca terminan de encontrarse", que dialogaba de más con el puente del capítulo 3. Se sustituyó por una imagen que se queda dentro del propio cauce del capítulo (brazos que no vuelven a juntarse, mismo cauce).

— Se disolvieron tres bloques anafóricos que funcionaban como listas verticales ("Una voz. / Una costumbre..."; "No se anuncia, no explica, no pregunta"; "Recibe. / Pasa. / Escucha."; y la enumeración de los hombres que uno fue) integrándolos en frases corridas. El contenido no cambió; sí la forma, para que no leyeran como un recurso retórico mecánico.

Cambios reversibles, de pulido:

— "sino porque algunas conversaciones importantes no necesitan interlocutores" se simplificó, para no repetir dos veces la construcción "no... sino" en el mismo capítulo.
— "esas ironías que ningún filósofo consigue explicar del todo" se aligeró; sonaba un poco más grandilocuente que el resto de la voz.
— El cierre "No reemplazan. / Se agregan." se sustituyó por una imagen que vuelve al río sin declarar la moraleja por segunda vez — la idea ya había quedado resuelta unos párrafos antes ("Durante mucho tiempo pensé que debía elegir. Hoy ya no."), y cerrar otra vez con una sentencia doblaba la explicación de algo que el capítulo ya había mostrado.

Alerta de continuidad: "brazos del río" queda ahora establecido como imagen propia de este capítulo para la doble pertenencia. Si en capítulos futuros vuelve el tema del exilio o la doble identidad, convendría no repetir "orillas" en ese sentido (dos orillas, entre dos orillas) durante un tramo, ya lo usó el 62 y ahora, de otra forma, este.

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