Capítulo 77
Herencia sin testamento
Hay mañanas en las que el tiempo no avanza: se queda suspendido, como si la mesa, la taza, la ventana que da al mundo conservaran todavía la memoria de las manos que las tocaron. No sé nombrar bien esa sensación. Se parece a un eco que tarda en apagarse, a esa vibración que queda en el aire después de que una campana ha dejado de sonar, y que nuestro oído, más lento que el silencio, se obstina en perseguir.
Me ocurre casi siempre al despertar, cuando la luz de Montreal entra con timidez por la persiana y me recuerda otras luces que ya no me pertenecen. Entonces pienso que el tiempo no es una línea: es más bien un jardín, aunque no sabría explicar por qué esa palabra y no otra se me impone cada vez que lo intento. Un jardín con flores que se abren a destiempo, con rincones donde el sol de una tarde de infancia ilumina todavía una hoja que creía seca para siempre.
Hay recuerdos que no vuelven como imágenes sino como sensaciones. El perfume de aquel primer amor, guardado en algún rincón secreto de la memoria, regresa de pronto sin avisar y me devuelve al instante en que la abracé por primera vez. Sospecho que la memoria no guarda tanto lo que ocurrió como lo que nos hirió o lo que nos salvó, y del resto se desentiende sin pedir permiso. A veces pienso que ese olvido tiene su propia belleza, como esas páginas en blanco que el tiempo ha ido arrancando de un libro. A veces solo pienso que es injusto.
Recuerdo el primer día de escuela de mi hijo Mauricio. Llevaba los cordones flojos, a punto de hacerlo tropezar, y me agaché a amarrárselos por costumbre, por urgencia, sin pensarlo. La maestra que nos recibía me detuvo con una sola frase: que lo dejara intentarlo él solo. Tenía apenas seis años, y sus dedos torpes tardaron un siglo en resolver el nudo mientras yo miraba sin decir nada, aprendiendo tarde, como aprendo casi todo, que ayudar demasiado pronto también es una forma de no dejar crecer.
Los afectos no vienen a reparar las fracturas de nuestra vida, ni a sustituir los sueños que quedaron en otro tiempo. Ninguna persona está destinada a llenar nuestros vacíos ni a cargar con nuestras nostalgias. Quien llega a nuestro lado merece libertad, no encargos secretos; compañía, no la tarea imposible de rescatarnos de nosotros mismos. Amar es compartir el camino, no depositar en otro el peso de nuestras ausencias.
Esa misma mañana la maestra me miró con una curiosidad que no supo disimular y me preguntó quién era yo. «¿Su abuelo?». No supe qué responder, o no encontré cómo explicarle, en un pasillo de colegio, que la paternidad a veces llega con el pelo ya gris, y que uno termina aprendiendo a atarse los propios cordones mucho después que sus hijos.
Meses más tarde, cuando empezó las clases de patinaje en la arena Saint-Michel, el nudo volvió a complicarse: los cordones de los patines no perdonan a nadie. Y sin embargo los demás niños de su edad ya se agachaban a resolverlos solos, sin ayuda, sin mirar al de al lado. Lo vi intentarlo entre ese bullicio y sentí una gratitud que todavía no sé nombrar bien —la de un padre que llegó tarde y que fue aprendiendo de los hijos ajenos, y del propio, la paciencia que no alcanzó a practicar a tiempo—.
Hoy se ata los cordones sin mirar, hablando de otra cosa, como si nunca hubiera existido esa mañana en el pasillo del colegio ni esa tarde en la arena. Guardo todavía, en un cajón que casi no abro, aquel primer par de patines —le quedaban grandes entonces; ahora no le entrarían ni de broma—. La nostalgia no me llega cuando lo veo crecer, sino en esos objetos que se quedaron atrás sin que nadie los despidiera.
Camino por las calles del Plateau y cada paso es una especie de conversación con mis días pasados. No los juzgo: los escucho, nada más. Algunas tardes eso basta. Otras, en cambio, querría detenerme, responder algo, pedir una explicación, pero las voces del pasado hablan un idioma que ya no sé pronunciar.
No envidio la juventud. La recuerdo con ternura, como se recuerda una casa donde alguna vez se fue feliz, pero a la que ya no se desea regresar. Allí quedaron mis primeras hambres, mis impaciencias, mis torpezas luminosas. Hoy camino más despacio, sí, pero llevo conmigo lo que fueron dejando tantas estaciones.
Envejecer es una larga mudanza. Uno va dejando por el camino rostros, entusiasmos, orgullos. Algunas despedidas ocurren tan despacio que apenas se advierten: un día las manos cuentan otra historia, el cuerpo empieza a hablar un idioma que todavía no domino, y descubro que ya no busco la aprobación que antes perseguía con tanto empeño.
Durante años creí que perder era empobrecerse. Ahora no estoy tan seguro. Algunas pérdidas abren un claro; algunas renuncias dejan ver más lejos. No todas —no voy a mentir—, pero algunas. Quizá tampoco la belleza se va con los años: abandona la superficie y se instala más adentro, en un lugar donde las arrugas no llegan. Puede que me engañe. A esta edad uno se concede algunos engaños útiles.
He reunido una riqueza que no cabe en ningún banco ni en ninguna herencia. Está hecha de despedidas, de calles abandonadas, de amores que florecieron apenas un instante, de ciudades que me vieron llegar con una maleta ligera y los bolsillos llenos de incertidumbre. Cada año añadió una capa invisible a mi mirada, sin que yo lo advirtiera.
Por eso la muerte no me duele solo por el hecho de partir. Me entristece imaginar que todo cuanto he aprendido, todo cuanto la vida escribió pacientemente en mí, se desvanezca conmigo. ¿Qué será de tantas horas de asombro, de tantas heridas convertidas en comprensión, de tantos errores que el tiempo fue limando?
A veces pienso en esos jardineros pacientes que emplean décadas cultivando un árbol cuyo esplendor apenas alcanzan a contemplar. Cuando al fin las ramas dan sombra y los frutos han madurado, llega la hora de abandonar el huerto.
Y, sin embargo, quizá no haya despilfarro alguno. Tal vez ninguna experiencia se pierde del todo; tal vez cada vida deja una huella imperceptible que otros recogen sin saberlo. Mauricio no recuerda aquella mañana en el pasillo del colegio, y aun así algo de ella va en sus manos cada vez que se agacha a atarse los zapatos. No lo sé. Me gusta pensarlo.
Quizás por eso escribo, aunque no siempre sé para qué. Para fijar algo antes de que se disuelva. O tal vez porque el jardín, cuando una imagen se abre entre estas líneas, no pregunta qué vamos a hacer con ella después: se abre, se ofrece, y luego se cierra otra vez, como esas flores que solo duran una mañana, sin que nadie les pida cuentas.
---------------------
Si te gustó, compártelo.
Comentarios y sugerencias son bienvenidos.
---------------------
Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
-------------------------------------------- Contactarme:
abel.salazar@ gmail.com ----------------------------------------