sábado, 13 de junio de 2026

*** 19 El país que llevamos dentro

Capitulo 19

El país que llevamos dentro

Hay un día invisible en el calendario de quien parte, una frontera callada donde el viaje deja de ser una travesía de mapas y se convierte en una metamorfosis del alma. No es solo la distancia física lo que duele; es la geografía de la ausencia, que se instala despacio, como una neblina helada, en los rincones más íntimos de la memoria. He llegado a pensar que el cuerpo emigra en cuestión de horas, pero el espíritu viaja a pie, rezagado, arrastrando las raíces que se negaron a desprenderse de la tierra natal.

 Y en ese desfase habita el viajero, suspendido entre dos mundos: un presente que exige la velocidad de lo cotidiano y un pasado que reclama, con la persistencia de los fantasmas queridos, la voz de la infancia, el aroma del patio después de la lluvia, la calidez de un abrazo que nunca necesitó traducción.

La emigración no es un duelo único ni una despedida con fecha de caducidad. Es una lluvia fina de pérdidas cotidianas que cae sin tregua. Se extraña la cadencia de la lengua propia, esa que modulaba los afectos sin esfuerzo; se extraña el sol que calentaba de otra manera, la familiaridad de las calles, los gestos que no necesitaban explicación y ese lugar exacto que ocupábamos en el corazón de nuestra tribu.

En la tierra ajena, hasta el propio nombre a veces suena distinto, como si al cruzar la frontera hubiéramos dejado atrás una versión más entera de nosotros mismos. Partir, a veces, se parece a morir un poco: dejar atrás los rostros que nos aman, las costumbres que nos sostienen, esa pequeña patria secreta donde alguna vez fuimos felices. Quizá por eso el exiliado puede sentirse, durante años, como un árbol arrancado de su tierra, obligado a aprender la paciencia de otras raíces.

El cuerpo, noble y cansado guardián, intenta resistir. Se convierte en una fortaleza que debe aprender nuevos códigos, descifrar miradas, acostumbrarse a palabras que al principio parecen tener otra temperatura, y sostener la vida diaria mientras por dentro procesa la melancolía interminable de todo lo que ya no está. Es una fatiga antigua, el mismo peso invisible que Ulises cargó durante años sobre los hombros, intentando recordar el camino de regreso a casa mientras aprendía a sobrevivir en playas extrañas.

Pero quizá nadie nos advierte que el verdadero viaje no consiste en llegar a otro lugar, sino en aceptar que, después de cierto tiempo, tampoco podremos regresar completamente al lugar del que partimos. La tierra permanece, sí, pero nosotros ya no somos exactamente los mismos que la abandonaron.

Sin embargo, en esa fragilidad habita también una fuerza antigua. Quien emigra lleva consigo una maleta invisible llena de aromas, voces, canciones, rostros y nostalgias. Con los años aprende a transformar la soledad en una habitación habitable y el recuerdo en una pequeña lámpara. La memoria, que a veces duele, también nos salva de convertirnos en extranjeros de nosotros mismos.

Es nuestro hilo de Ariadna, esa hebra casi invisible que nos permite atravesar el laberinto de los años sin perder del todo la dirección. Porque, aunque la distancia modifique los paisajes y el tiempo borre algunos nombres de las conversaciones, hay algo de aquella tierra que continúa adherido a nosotros, no como una bandera, sino como una marca secreta de la piel.

Tal vez por eso llega un momento en que uno deja de preguntarse si pertenece aquí o allá. Ya no busca una frontera que pueda resolverlo todo. Aprende, simplemente, a vivir con dos silencios. Uno pertenece al lugar que dejó; el otro, al lugar donde aprendió a quedarse. Entre ambos se va formando una patria distinta, hecha de retazos, recuerdos y días presentes, de pérdidas que ya no sangran y de afectos que sobrevivieron a la distancia. No es una patria que pueda señalarse en un mapa. Es algo más frágil: una forma de mirar.

Pienso que quizá ahí comienza una extraña libertad. No cuando desaparece la nostalgia —porque la nostalgia no desaparece—, sino cuando dejamos de exigirle al pasado que vuelva a ser presente. Entonces el alma, cansada de caminar entre ruinas y recuerdos, empieza a andar más liviana. Uno comprende que no tiene que regresar para estar cerca, ni olvidar para seguir adelante. Puede llevar el pasado consigo sin vivir dentro de él.

Crucé senderos de mi propia tierra buscando un norte que creía afuera, hasta entender que ese norte no estaba en ningún mapa, sino en aprender a romper los muros que el pasado seguía levantando. Y en esta claridad serena, casi imperceptible, sigo caminando sin sentir ya la antigua herida. No porque haya dejado de querer lo que quedó atrás, sino porque finalmente comprendí que amar un lugar no significa permanecer detenido en él.

En mi camino soy puerto y destino, un hombre que aprendió a navegar sin pedirle al viento que le devuelva las mismas aguas. Llevo conmigo lo que pude salvar, lo que el tiempo no consiguió arrancarme, y también aquello que tuve que dejar morir para poder continuar. Me sé, acaso, un poco más libre. No lo digo con orgullo ni con certeza. Lo digo como quien descubre, después de muchos años, que todavía puede abrir la mano.

Y entonces pienso que quizá la verdadera patria no sea el territorio que perdimos ni aquel en el que conseguimos rehacer la vida, sino ese lugar secreto donde los recuerdos dejan de exigirnos regreso y empiezan, lentamente, a acompañarnos. Allí, entre lo que fuimos y lo que todavía somos, llevo el futuro apretado en la mano. No sé hacia dónde. Pero esta vez no necesito saberlo.

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18 — La quietud que nos llama

 Capítulo 18

La quietud que nos llama

A veces me pregunto por qué corremos tanto. No tengo una respuesta que me convenza del todo. Quizá sea una costumbre heredada, algo que aprendimos antes de poder cuestionarlo; una sombra antigua que nos empuja hacia un futuro que siempre parece estar unos pasos más adelante, retrocediendo a medida que avanzamos, como el horizonte que nunca se deja alcanzar.

Caminamos rápido, respiramos corto. Como si el tiempo fuera un tren a punto de partir y nosotros, siempre con el abrigo a medio poner, intentáramos alcanzarlo antes de que cerrara sus puertas. Vivimos con la sensación de llegar tarde a algo cuyo nombre apenas conocemos.

Hay una extraña tristeza en eso. La descubrí tarde. Pasamos la vida creyendo que corremos hacia algo, cuando muchas veces lo hacemos para alejarnos de algo que no sabemos nombrar. Quizá del miedo. Quizá del silencio. Quizá de esa parte de nosotros que solo aparece cuando el mundo deja de hacer ruido.

Yo corrí así casi toda mi vida, aunque entonces no lo llamaba correr. Le decía estudio, le decía trabajo, le decía responsabilidad. Había siempre algo más adelante que parecía urgente, una meta que justificaba la prisa del día: un título, un puesto, una cuenta que no terminara en números rojos. Detrás de esas cosas iba también un hijo, su crecimiento, el deseo de que algún día pudiera sostenerse solo en el mundo, sin necesitar ya el brazo que uno le ofrecía. Y detrás de todo eso, sin nombre propio, la vieja inseguridad de no tener nunca lo suficiente, de que el suelo pudiera ceder en cualquier momento si uno se distraía.

Los años tienen la costumbre de revelar verdades sin hacer ruido. No llegan como relámpagos. Se parecen más a la nieve de Montreal: caen despacio, una capa sobre otra, hasta que una mañana uno abre la ventana y descubre que el paisaje entero ha cambiado.

No me arrepiento de haber corrido así. Pero ahora, desde esta quietud que no busqué del todo, entiendo algo que entonces no podía ver: cada meta alcanzada abría paso a otra, como puertas que dan a más puertas, y nunca hubo un punto final donde decir: ya llegué, ahora puedo quedarme quieto. La carrera no terminaba porque las metas no eran el final; eran apenas el siguiente tramo.

Con los años he descubierto algo que no sé si llamar verdad o simplemente acomodo: allá adelante no nos espera la promesa que imaginamos, sino la nostalgia de lo que dejamos atrás. El futuro, ese territorio que construimos con tanta esperanza, suele estar hecho de ausencias. De voces que ya no escuchamos. De manos que ya no nos buscan. De lugares que sobreviven únicamente en la memoria, y que la memoria —esa artesana paciente— pule y suaviza hasta volverlos más hermosos de lo que fueron.

El tiempo tiene esa manía silenciosa de convertirlo todo en recuerdo. Lo que hoy te roza la piel, mañana será apenas un eco tibio. Lo que ahora parece pequeño, urgente o trivial —el olor del café disolviéndose en el aire de la mañana, la luz de marzo entrando oblicua por la ventana del pasillo, el crujido del edificio cuando todos duermen todavía— un día será un refugio al que volverás con los ojos cerrados.

A veces pienso que la vida está hecha menos de grandes acontecimientos que de estas migas de tiempo. Una taza olvidada sobre la mesa. Un abrigo colgado detrás de la puerta. El sonido lejano de alguien caminando sobre la nieve antes del amanecer. Cosas pequeñas. Cosas que creemos eternas hasta el día en que desaparecen y comprendemos que eran el verdadero centro de nuestra existencia.

Me detengo. O intento detenerme. No siempre lo logro. Hay días en que la inercia gana, en que me descubro haciendo tres cosas al mismo tiempo sin recordar bien por qué empecé ninguna de las tres. Pero cuando puedo, respiro este minuto como si fuera algo que se pudiera perder con descuido, como quien sostiene entre las manos un objeto frágil cuyo valor solo comprende cuando teme dejarlo caer.

He pensado mucho en la prisa. En por qué nos cuesta tanto quedarnos quietos. No creo que sea solo impaciencia. Sospecho que también es una forma de no escuchar lo que uno siente cuando se detiene. Porque detenerse obliga a mirar. Y mirar, a veces, duele. Moverse es, en ocasiones, una manera educada de huir.

Llenamos los días de tareas, de pantallas, de pequeñas urgencias inventadas. El ruido tiene la extraña virtud de protegernos del silencio, y el silencio, cuando por fin llega, suele traer preguntas para las que nunca encontramos un momento adecuado.

Sin embargo, hay algo en la quietud que insiste.

Una voz tenue, casi imperceptible.

Aparece cuando la tarde se vuelve dorada sobre los tejados. Cuando el camión de la basura vacía los contenedores con su estruendo metálico y, al alejarse, deja el barrio sumergido en un silencio aún más profundo. Cuando la nieve detrás del cristal parece suspender por un instante el movimiento del mundo. Entonces uno comprende que la vida rara vez sucede en los grandes acontecimientos. Casi siempre ocurre en esos momentos pequeños que pasan inadvertidos mientras los vivimos y que solo reconocemos como valiosos cuando ya pertenecen al reino de la memoria.

Este hoy —este pequeño hoy que late de forma irregular, que no siempre tiene la forma que uno quisiera— solo existe una vez. Y eso, lo confieso, todavía no sé cómo se sostiene en la mano.

No sé si al final se trata de honrar lo que tenemos. No me fío mucho de las frases que saben adónde van. Pero sí creo que hay algo en la quietud —no la quietud del que renuncia, sino la del que permanece— que aún no termino de entender, y que por eso me sigue llamando.

Tal vez la sabiduría no consista en llegar más lejos ni más rápido, sino en aprender a quedarse el tiempo suficiente para ver cómo cambia la luz sobre las cosas que amamos. A mirar sin prisa lo que todavía está aquí antes de que el tiempo, con su paciencia infinita, lo convierta también en recuerdo.

Porque la vida no siempre nos llama desde el futuro.

A veces nos llama desde este instante frágil y silencioso que está ocurriendo ahora, mientras aún tenemos la fortuna de habitarlo.

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