Capítulo 56
La negociación con el ego
María Zambrano —esa pensadora que aparece menos de lo que merece en nuestras conversaciones, y a la que probablemente deberíamos invitar más a menudo— intuía que el verdadero signo de la vejez no está en el cuerpo, sino en la forma en que el tiempo se nos ofrece. Decía que llega un momento en que el futuro deja de ser un horizonte abierto y empieza a estrecharse, como si la vida nos condujera con suavidad hacia un pasillo cada vez más angosto. Pienso en esa idea más de lo que me atrevo a confesar, lo cual ya es decir bastante.
Hubo un tiempo en que pasaba frente a edificios para personas mayores como Le Rigaud procurando no mirar demasiado hacia las ventanas. Era bastante más joven entonces, y compartía con algunos amigos una certeza que hoy me parece casi conmovedora: decíamos que no podía existir un destino más triste que terminar los últimos años en un lugar tan lúgubre como esos. Nos imaginábamos corredores interminables, un silencio de televisores encendidos que nadie miraba. Hablábamos, sospecho, con la arrogancia involuntaria de quienes todavía creen que el porvenir ocurrirá siempre en otra parte, lejos de ellos mismos —y, de paso, con la convicción tácita de que nosotros, desde luego, seríamos la excepción.
Nunca imaginé que la vida terminaría conduciéndome, precisamente, hasta uno de esos edificios que observaba entonces con una mezcla de compasión y temor. Y sin embargo aquí estoy —escribiendo esto a media tarde, con el chirrido breve de unas suelas de goma sobre el tapiz del pasillo como único recordatorio de que hay otros, cerca, viviendo su propia versión de esta misma hora, probablemente con menos quejas sobre el ascensor que yo—. No hubo un gran acontecimiento ni una decisión solemne. Los años fueron acomodando las piezas con una lógica que solo se entiende —si es que se entiende del todo— cuando ya ha ocurrido, y que suele tener el humor irónico de demostrarte que tenías razón en lo que temías, pero no exactamente por los motivos que creías.
He visto llegar a algunos con el miedo todavía fresco, el mismo que yo cargué antes de entrar: el temor de que un lugar así sea la antesala de algo, un anuncio adelantado. Ese miedo, sospecho, tiene menos que ver con los edificios que con la idea de dejar de ser reconocidos como uno mismo —de convertirse, a los ojos de los demás, en una «categoría» antes que en una persona—. También, si somos sinceros, con el ligero pavor de que te sirvan puré de calabaza tres días seguidos y te empiece a parecer aceptable.
Con el bastón he notado algo parecido, aunque a menor escala: hay quienes lo necesitan y sin embargo lo dejan apoyado contra la pared, prefiriendo el tambaleo disimulado a la evidencia de madera o aluminio que anuncia, según creen, una edad que preferirían seguir negociando en privado. No sabría decir si eso es orgullo, o simplemente el último territorio que a algunos les queda por defender —y, visto con cariño, quizá también el primer ensayo de una coreografía que nadie pidió.
Yo todavía no lo necesito —el bastón, quiero decir—. Camino solo, sin ayuda, y en general sin pensar demasiado en ello. Pero he empezado, cuando nadie mira, a ensayar mentalmente ese día: a preguntarme qué haré cuando llegue, si lo llevaré con la misma resistencia que vi en otros o si sabré recibirlo con algo más parecido a la gracia. No es una premonición ni una urgencia médica —nada de eso—: es, más bien, una manera de adelantarme a mí mismo, de negociar de a poco con el ego que todavía me queda, antes de que la negociación se vuelva obligatoria. Sospecho que quien se prepara para ceder algo cede, cuando llega el momento, con menos dolor que quien se resiste hasta el final —aunque tampoco descarto que el bastón, cuando aparezca, resulte tener un discreto aire de accesorio distinguido, lo cual no vendría mal.
Hay, sin embargo, un lugar en este edificio que no comparto del todo con los demás, o que comparto de otra manera: la terraza del piso diecisiete. Subo cuando el ascensor no se queja demasiado —que es, digamos, una de cada cuatro veces, pero ya hemos llegado a un entendimiento tácito— y el clima lo permite, y ahí Montreal se abre en trescientos sesenta grados, sin que yo tenga que elegir hacia dónde mirar. Hacia el norte, el Mont Royal insiste en ser una montaña —aunque la ciudad entera lo haya domesticado con senderos y miradores—; me gusta imaginar, aunque sé que es solo una manera de acompañarme, que la montaña tolera esa domesticación con la paciencia de quien ha visto llegar y pasar demasiadas generaciones como para tomarse a mal una más. Hacia el sur, el río San Lorenzo avanza con una lentitud que a esta altura parece deliberada, como si también él estuviera de acuerdo en no llegar a ninguna conclusión apresurada —y en no hacer comentarios sobre mi ritmo al caminar.
No sabría explicar por qué ese punto exacto —y no otro— se volvió el sitio donde mejor pienso, o donde pienso sin la obligación de llegar a algo. Tal vez sea, simplemente, que ahí arriba la ciudad deja de exigirme una posición. Mi mirada también fue cambiando, aunque no sabría fijar el momento exacto; aquello que antes me parecía lúgubre empezó a revelarse, poco a poco, como un espacio de una dignidad discreta. Me inclino a pensar que la tristeza no vive tanto en los edificios como en los ojos que los miran —aunque no podría jurarlo, y tampoco me gustaría poner a prueba la teoría con el ascensor en hora punta.
Los pasillos siguen siendo los mismos, la misma puerta, el mismo ascensor cuyo motor se queja un instante antes de arrancar —y finjo, a veces, que ese quejido es una manera suya de saludarme, de reconocer que también él lleva ya demasiados años subiendo a los mismos pisos con la misma gente cada vez más lenta—. El que fue cambiando, creo, fui yo: con el ritmo todavía firme de mis propios pasos, que camino sin ayuda por ahora, pero que ya empiezo a escuchar de otra manera, como quien afina el oído para un sonido que sabe que vendrá —y que, con un poco de suerte, no será el del ascensor atascándose entre plantas.
Y pienso, mientras miro el río desde arriba, que quizá la vejez no sea, después de todo, el lugar al que uno llega, sino apenas la distancia necesaria para empezar a ver con algo de claridad el lugar del que viene; y que esa claridad, cuando llega —si es que llega—, no trae consigo ninguna respuesta definitiva, sino más bien el permiso, tardío pero no por eso menos válido, de dejar de buscarla con la urgencia de antes —y, de paso, de permitirse sonreír ante el hecho de que, después de tantas preguntas, el ascensor siga siendo el mismo.
No sé si alguna vez habría llamado privilegio a esta etapa de mi vida; hace treinta años me habría parecido una broma de mal gusto. Hoy pronuncio esa palabra con cierta cautela, casi a prueba, como quien la usa por primera vez en una lengua que no es la suya. Quizá el verdadero asunto no sea si escapé o no del paso de los años —nadie lo hace—, sino qué clase de compañía encontré, sin buscarla demasiado, en el trayecto: la de un edificio, la de un río que no tiene prisa, la de una montaña que la ciudad decidió conservar. No sabría decir todavía si esto es una respuesta o solo una manera más cómoda de seguir haciéndome la misma pregunta, o de seguir negociando —en cuotas tolerables, día tras día— con el ego que aún no he logrado jubilar.
* María Zambrano (1904–1991) Filósofa y ensayista española, creadora de la razón poética. Vivió largo exilio tras la Guerra Civil y se convirtió en una de las voces más originales del pensamiento hispánico. Fue la primera mujer en recibir el Premio Cervantes.
--------------------------------------
Compartir con familia y amigos..
------------------------------------
Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
--------------------------------------------
abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------