Capítulo 62
El caballo que me trajo hasta aquí
A veces pienso que la vida no es más que una carrera hacia un horizonte que nunca llega, un punto lejano que retrocede cada vez que creemos acercarnos. Quizá por eso seguimos viviendo: porque siempre hay algo que se aleja lo suficiente como para mantenernos en movimiento. Y en esa carrera, el caballo avanza obedeciendo una música que nunca alcanzamos a escuchar del todo.
No sabría decir cuándo comenzó mi carrera. Tal vez aquella tarde de mi infancia en que vi a mi hermano Gilberto, ya joven y seguro de sí, montar un caballo como quien intenta convencer al destino de que coopere. O quizá antes, cuando todavía ignorábamos que los años podían escaparse con tanta facilidad y que un día nos volveríamos a mirar hacia atrás, buscando entre el polvo el rostro de quien fuimos.
El caballo corre sin preguntar adónde queremos ir. Corre porque algo en su naturaleza le impide detenerse. Y nosotros, durante buena parte de la existencia, confundimos su carrera con nuestra voluntad: creímos llevar las riendas, creímos escoger el camino, creímos que bastaba tirar un poco hacia un lado para torcer el destino. Después pasan los años y descubrimos que quizá las riendas siempre estuvieron flojas entre nuestras manos. A veces sospecho que el caballo nos dejó creer que mandábamos solo para entretenerse.
Yo también tuve esa ilusión. Durante mucho tiempo pensé que mi vida se parecía a un camino que podía dibujarse sobre un mapa. Había lugares a los que quería llegar, cosas que deseaba conservar, otras que juraba no volver a mirar jamás. Como todos, hice planes con la seriedad de quien firma un contrato que nadie ha redactado. Creí que las decisiones importantes serían mías, que sabría reconocer las encrucijadas cuando aparecieran y que, llegado el momento, escogería con suficiente lucidez el rumbo de mi existencia. Pero la vida tiene una manera extraña de adelantarse a nuestras decisiones: mientras uno está ocupado pensando qué hará mañana, ella ya ha movido de sitio las cosas que creíamos seguras.
Y, claro, están las caídas.
No hablo de tropiezos menores, sino de esas caídas que dejan a uno mirando el cielo desde el suelo, preguntándose si el caballo lo hizo a propósito. Caí más de una vez: en decisiones equivocadas, en pérdidas que no supe evitar, en silencios que duraron demasiado. El polvo se me metió en la boca, el mundo se volvió pequeño, y por un instante creí que no podría volver a montar. Pero uno siempre vuelve. No porque tenga fuerzas, sino porque la vida no acepta que nos quedemos tendidos en la llanura. A veces uno se levanta por dignidad; otras, porque el caballo se aleja y no queda más remedio que correr detrás de él.
El exilio fue uno de esos giros bruscos del animal.
No lo vi venir como se ve venir una tormenta. Un día estaba de un lado de mi vida y, al siguiente, el caballo ya corría hacia otra dirección. Detrás quedaron las voces, las calles, los muertos y los vivos que pertenecían a la misma geografía de mi sangre; quedaron los lugares donde había aprendido a ser quien era, como si alguien hubiera arrancado de golpe una página y el viento se la hubiera llevado.
Uno cree que, al partir, conserva intacta la tierra que deja atrás. Se equivoca. La patria sigue viviendo, pero no espera: cambia de rostro, envejece, pierde sus propias cosas, mientras uno aprende a sobrevivir en otra estación, bajo otro cielo, entre palabras que al principio no sabe pronunciar. El caballo sigue corriendo y, cuando uno vuelve la cabeza, descubre que la distancia ha hecho su trabajo. Ya no pertenece del todo al lugar que abandonó, pero tampoco termina de pertenecer al lugar donde llegó.
«Quizá el exilio sea eso: viajar toda la vida sobre un caballo que corre entre dos orillas y no se detiene en ninguna.»
Hay días en que me pregunto qué habría sido de mí si el animal hubiera tomado otro camino. No lo hago con la esperanza de obtener una respuesta. A cierta edad uno comprende que las preguntas que no pueden cambiar nada se parecen a las ventanas de las casas abandonadas: uno puede asomarse por ellas, pero no volver a entrar. ¿Habría sido más feliz? ¿Sería este mismo hombre que ahora recuerda? No lo sé. Y tal vez esa sea la única respuesta honesta.
Porque cada vida posible tiene su propio cementerio. En algún lugar quedaron enterrados todos los hombres que no llegamos a ser: el que permaneció, el que regresó, el que tomó una decisión distinta una tarde cualquiera, el que tuvo menos miedo. A veces siento que todos ellos corren junto a mí por la llanura, silenciosos, levantando el mismo polvo. Son mis vidas no vividas. No puedo hablar con ellas. Apenas las veo de reojo antes de que desaparezcan detrás de una colina. A veces me saludan con un gesto mínimo que no sé si es consuelo o reproche.
Pero la vida no permite volver para probar el otro camino. El caballo no sabe de arrepentimientos. Avanza. Y nosotros tenemos que avanzar con él.
Después llegó la edad, que también es una manera de mirar el camino desde una altura distinta. Uno envejece y empieza a comprender cosas que de joven le habrían parecido insoportables: que no todo lo perdido fue un fracaso, que algunas puertas cerradas nos salvaron de habitaciones donde habríamos terminado ahogándonos, que ciertos dolores nos acompañaron durante años no porque fueran más fuertes que nosotros, sino porque nunca supimos dónde dejarlos. Y comprende también que muchas de las cosas que más importaron no estuvieron previstas.
La vida, después de todo, tiene la costumbre de entrar por las puertas que uno no estaba vigilando. A veces pienso que la vida nunca aprendió a tocar antes de entrar.
Yo lo supe cuando, en una edad en que creía conocer ya la dirección de mi camino, llegó un hijo inesperado.
Hasta entonces pensaba que ciertas decisiones pertenecían definitivamente al pasado, que algunas estaciones de la vida habían cerrado sus puertas y que ya no quedaban sorpresas de esa magnitud esperándome detrás de ninguna curva. Pero el caballo, que nunca obedeció mis cálculos, volvió a hacer lo que quiso. Y cambió el rumbo.
No de manera estruendosa. Las verdaderas transformaciones casi nunca llegan anunciándose con trompetas —a veces entran en la vida con el peso pequeño de un niño y, sin hacer ruido, desplazan el centro de todo—. De pronto el tiempo deja de pertenecernos por completo. Hay otro corazón latiendo en el mundo y, por alguna razón difícil de explicar, uno comienza a mirar la propia existencia desde ese nuevo latido.
Mi hijo llegó cuando yo no lo esperaba. Y quizá por eso lo cambió todo: no porque borrara lo anterior, ni porque volviera más fáciles las preguntas que ya llevaba conmigo, sino porque introdujo en la carrera una forma distinta de esperanza. Yo, que había pasado tantos años intentando comprender hacia dónde me llevaba la vida, descubrí que ahora alguien venía detrás de mí —o a mi lado— mirando el mismo horizonte con unos ojos que todavía no sabían cuánto podía durar una llanura.
Tal vez fue entonces cuando comprendí que no siempre somos nosotros quienes llegamos a la vida de los demás: a veces alguien llega a la nuestra y nos obliga a empezar de nuevo. Y uno vuelve a montar, incluso cuando ya había decidido bajarse del caballo para siempre.
Hoy, desde la orilla de los años, miro ese camino con una mezcla de asombro y cansancio. No siento tristeza por todo —sería injusto: he conocido demasiadas cosas hermosas para hacer de mi vida una larga queja—. Pero tampoco puedo fingir que no hay melancolía en mirar hacia atrás.
La vejez tiene esa extraña costumbre de reunir en una misma habitación a quienes fuimos. De noche, cuando todo calla, a veces siento que el muchacho que fui todavía vive en alguna parte de la casa. No habla. No me reprocha nada. Me mira con la curiosidad de quien quiere saber qué hicimos con todo aquello que él soñaba. A veces creo que también quiere saber cómo sobreviví a tantas caídas sin romperme del todo.
Y no siempre sé qué responderle. ¿Cómo explicarle que la vida tomó caminos que ninguno de los dos había imaginado? ¿Cómo decirle que aquel caballo al que tanto quiso dominar terminó llevándonos por lugares que nunca aparecieron en sus mapas?
Tal vez él se decepcionaría. Tal vez no. Quizá, si pudiera mirarme con la compasión que los jóvenes rara vez tienen por los viejos, comprendería que hice lo que pude: que muchas veces elegí a ciegas, que otras veces no elegí nada y aun así tuve que aceptar las consecuencias, que hubo días en que tuve miedo y días en que fui valiente sin saberlo, que perdí personas que creía eternas y encontré otras cuando ya no esperaba encontrar a nadie.
El caballo siguió corriendo. Y yo con él.
A estas alturas ya no quiero dominarlo. He dejado de discutir con su naturaleza —sería tan inútil como discutir con el río porque no vuelve, o con la noche porque apaga la luz—. He comprendido que la vida nunca prometió obedecer nuestros planes. Nosotros fuimos quienes supusimos que debía hacerlo.
Ahora me basta con mirar la llanura. El horizonte continúa alejándose, como siempre. El polvo se levanta detrás de los años y, en ocasiones, una ráfaga lo aparta lo suficiente para que pueda distinguir algún rostro, una casa, una calle, una voz que creía perdida. Entonces me detengo un instante —no para regresar, ya sé que nadie regresa, sino para agradecer que todo aquello haya existido—.
Porque, a pesar de lo que perdimos, existió. Existió el niño. Existió el joven. Existió la tierra que dejé y los caminos que me trajeron hasta aquí. Y existió ese hijo inesperado que llegó a enseñarme, sin proponérselo, que la vida todavía podía guardar algo para mí cuando yo creía haber recibido ya casi todo lo que podía recibir.
Quizá no fuimos nosotros quienes condujimos el caballo. Quizá tampoco él estaba tan perdido como parecía. Tal vez solo corría obedeciendo un ritmo que nunca aprendimos a seguir, y nosotros, orgullosos de nuestra voluntad, confundimos durante años el movimiento de sus patas con el rumbo que creíamos haber elegido.
Ahora ya no sé. Hay muchas cosas que antes me parecían claras y que la edad ha cubierto de niebla. Antes necesitaba respuestas. Hoy me basta con algunas preguntas: saber que estuve aquí, que respiré este aire, que amé como pude, que cometí errores que aún me acompañan y que, pese a todo, hubo momentos en que sentí que la vida era una cosa extraordinaria. Incluso cuando dolía. Incluso cuando nos arrancaba de lo que amábamos. Incluso cuando nos llevaba hacia lugares donde nunca pensamos vivir.
El caballo sigue corriendo. Lo escucho todavía, aunque ya no trato de sujetar las riendas con la desesperación de antes. He aprendido a acompañarlo: a inclinarme sobre su lomo cuando sopla el viento, a guardar silencio cuando la llanura se vuelve oscura, a no preguntar demasiado por qué hemos tomado un camino y no otro.
«Quizá esa sea la última forma de la paz: no la de haber comprendido la vida, porque nadie la comprende del todo, sino la de dejar de exigirle explicaciones.»
Un día el caballo se detendrá. Entonces el polvo caerá lentamente sobre la llanura y todo aquello que parecía correr hacia alguna parte quedará, por fin, inmóvil. Quizá entonces descubra que el horizonte nunca fue una promesa, que la meta no estaba al final del camino, que no se trataba de llegar a ser el hombre que habíamos imaginado, sino de aprender a reconocer al hombre en que nos convirtió el viaje.
Y quizá, cuando todo haya terminado, pueda mirar al caballo sin rencor. Porque no obedeció. Es verdad, nunca obedeció. Pero, después de tantos años, tal vez deba reconocer que, de algún modo misterioso, me llevó exactamente hasta donde estoy.
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