miércoles, 21 de octubre de 2026

La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas

Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera retirado discretamente los muebles de una habitación y me dejara a solas con las paredes. A mis setenta y tantos años, después de haber vivido en cuatro geografías distintas del alma —la infancia campesina, la juventud colombiana, los años mexicanos y este largo exilio en Montreal—, ya no me inquieta tanto saber por qué estamos aquí. Me inquieta, más bien, haber tardado tanto en aceptar que quizá nadie tenga una respuesta que pueda servirnos a todos.

Nacemos sin haberlo pedido, atravesamos la vida tratando de entender lo que nos sucede y un día nos marchamos sin que el mundo interrumpa su marcha. Las calles seguirán llenándose de gente, los comercios abrirán sus puertas y alguien, en alguna parte, discutirá por una insignificancia que le parecerá decisiva. El universo no se detendrá para registrar nuestra ausencia. No habrá una señal en el cielo ni una modificación en el curso de los ríos. Esta idea, que en otros tiempos me habría parecido insoportable, comienza a tener para mí una serenidad extraña. Tal vez no seamos tan importantes como alguna vez imaginamos, pero tampoco necesitamos serlo para que nuestra vida haya valido la pena.

Durante muchos años busqué explicaciones. Creí que la experiencia, acumulada como una biblioteca interior, terminaría por ordenar las cosas y poner cada recuerdo en su sitio. Pensaba que, llegado a cierta edad, uno podría mirar hacia atrás y reconocer una línea secreta, una especie de dibujo que justificara los desvíos, las pérdidas, las decisiones equivocadas y hasta las despedidas que nunca supimos evitar. Pero la vida no parece interesada en facilitar esa tarea. Algunas cosas sucedieron porque sí; otras, por nuestra torpeza; unas cuantas, por circunstancias que jamás estuvieron en nuestras manos. No hay una justicia escondida que compense todas las desgracias ni una contabilidad celeste donde cada lágrima encuentre su equivalente en alegría. Hay hechos que no se reparan y preguntas que envejecen con nosotros sin perder su insolencia.

Quizá por eso he dejado de exigirle a la existencia una explicación satisfactoria. No porque haya perdido la curiosidad, sino porque he aprendido a desconfiar de las respuestas demasiado completas. A veces, detrás de una certeza rotunda, apenas se esconde el miedo a permanecer en la duda. El hombre necesita construir alguna baranda para no sentirse suspendido sobre el vacío, y yo no soy una excepción. También he levantado las mías: ciertas convicciones, algunas esperanzas, la costumbre de escribir cuando las palabras de la conversación diaria ya no me alcanzan. Después descubrí que ninguna baranda sostiene el mundo. A lo sumo, nos ayuda a cruzar una parte del camino sin caer.

El universo guarda silencio. No se conmueve por nuestras desdichas ni celebra nuestros pequeños triunfos. Una montaña no se vuelve más compasiva porque alguien llegue a ella con el corazón herido; el mar no altera su movimiento para acompañar el duelo de una familia. Durante mucho tiempo confundí esa indiferencia con una forma de crueldad. Ahora pienso que el mundo no es cruel: sencillamente, no está organizado alrededor de nuestras necesidades. Somos nosotros quienes le atribuimos intenciones, quienes buscamos mensajes en las coincidencias y procuramos descubrir un orden allí donde quizá solo existe una sucesión de acontecimientos. La naturaleza no nos debe explicaciones. Somos nosotros quienes, a pesar de saberlo, seguimos haciéndole preguntas.

Y, sin embargo, qué difícil resulta vivir sin inventarnos alguna razón para continuar. Nos levantamos, cumplimos con los asuntos del día, hacemos planes que tal vez no lleguemos a realizar y guardamos objetos cuyo destino será, tarde o temprano, una caja, una donación o el olvido. Escribimos nuestros nombres en las cosas, conservamos fotografías, regresamos mentalmente a lugares donde ya no vive nadie de nuestra vida anterior. Incluso cuando sabemos que todo es provisional, nos comportamos como si pudiéramos negociar con la duración. Hay algo conmovedor en esa obstinación. No sé si es una forma de esperanza o apenas un recurso de la especie para no quedarse inmóvil ante el abismo. En cualquier caso, gracias a ella seguimos haciendo lo que hacemos.

A veces pienso que la tragedia no consiste en que la vida carezca de un propósito universal, sino en que podamos desperdiciarla esperando que ese propósito se revele. Podemos pasar años aplazando la alegría, aguardando el momento adecuado, la seguridad definitiva, la ocasión en que todo encaje y ya no tengamos motivos para temer. Mientras tanto, los días se retiran sin ruido. Uno cree que está preparando la vida y descubre, demasiado tarde, que la vida era precisamente aquello que estaba dejando para después.

No siempre fui capaz de verlo. También yo perseguí algunas metas como si detrás de ellas me aguardara una recompensa capaz de justificar el esfuerzo. Quise entender mis desplazamientos, darles una dirección, encontrar en la distancia una explicación para las cosas que había dejado atrás. El exilio tiene esa particularidad: obliga a vivir entre lo que uno fue y lo que ha llegado a ser, y durante mucho tiempo uno cree que la solución consiste en reconciliar ambas versiones. Con los años he comprendido que quizá no haya reconciliación completa. El muchacho que fui en San Carlos no puede regresar para explicarle al hombre que soy qué debía hacer; el joven que conoció Medellín tampoco tiene noticias suficientes de este viejo que escribe en Montreal. Entre ellos hay caminos, errores, afectos y silencios. Ninguno conoce la historia entera. Apenas yo puedo reunirlos en estas páginas, y aun así se me escapan algunos.

Hay una imagen que me acompaña cuando pienso en el esfuerzo humano: la de un hombre que empuja una piedra cuesta arriba, sabiendo que volverá a caer. No encuentro en esa escena una promesa de triunfo. La piedra no se transforma en una puerta ni la cima ofrece una recompensa eterna. Pero el hombre continúa, y en esa repetición hay algo que merece ser mirado con atención. No porque el sufrimiento ennoblezca por sí mismo —también puede volvernos mezquinos, cansados o injustos—, sino porque, a veces, en medio de una tarea sin garantía de éxito, descubrimos una manera propia de estar en el mundo. La dignidad no está necesariamente en llegar. Puede estar en decidir qué hacemos con el camino, en reconocer cuándo debemos insistir y cuándo conviene soltar la piedra.

Tal vez aquí resida una libertad menos espectacular que aquella con la que soñábamos de jóvenes. No somos libres de elegir todo lo que nos ocurre, ni de evitar las pérdidas que llegan sin consultar nuestros deseos. Tampoco podemos ordenar el pasado para que nos devuelva una versión más amable de nosotros mismos. Pero hay un margen, pequeño y a veces imperceptible, en el que todavía podemos decidir cómo mirar lo sucedido, qué palabras ofrecer y cuáles dejar de repetir. No es una libertad que venza al destino. Es apenas la posibilidad de no entregarle también nuestros últimos gestos.

A mi edad, esa posibilidad ha adquirido una importancia que antes no tenía. Ya no necesito que cada jornada produzca un resultado visible ni que todo cuanto hago encuentre una justificación duradera. Me basta, en ocasiones, con escribir una página que no me avergüence, conversar sin apresurar al otro, aceptar una invitación sencilla o reconocer que me he equivocado sin preparar de inmediato una defensa. Son asuntos modestos, casi invisibles. No cambiarán el curso de la historia ni alterarán el movimiento de las galaxias. Pero la vida, si uno la observa de cerca, está hecha en buena medida de cosas que no modifican el universo y, sin embargo, cambian la temperatura de una existencia.

En esto pienso cuando alguien habla de la felicidad como si fuera un estado definitivo, una habitación a la que por fin llegaremos después de superar todas las dificultades. Desconfío de esa imagen. La felicidad, al menos como yo empiezo a entenderla, no tiene por qué derrotar a la tristeza ni borrar la incertidumbre. Puede convivir con ambas, sentarse a la misma mesa y no exigirles que se marchen. A veces aparece sin anuncio, en una conversación que se prolonga un poco más de lo previsto, en el alivio de haber dicho algo verdadero, en la compañía de una persona ante la cual no necesitamos representar ningún papel. Su duración puede ser breve. No por eso resulta menos real.

Me gusta pensar que algo de esta lucidez habría encontrado un lugar en las páginas de Ribeyro, ese observador capaz de reconocer la derrota sin convertirla en espectáculo. Quizá habría sospechado también de quienes prometen una felicidad demasiado limpia, sin grietas ni contradicciones. Yo, por mi parte, he terminado por aceptar que la alegría no necesita absolver a la vida de sus injusticias para merecer ser vivida. Podemos estar agradecidos y sentir nostalgia; amar el presente y echar de menos lo que ya no existe; reconocer la fortuna de haber llegado hasta aquí sin negar el cansancio del trayecto. No hay contradicción en ello. Somos, al fin y al cabo, criaturas que llevan consigo más de una estación.

El pensamiento de la muerte modifica estas cuestiones. No siempre las vuelve más profundas; a veces simplemente las vuelve más urgentes. Saber que el tiempo es limitado puede empujarnos a vivir con mayor atención, pero también puede llenarnos de ansiedad y convertir cada hora en una cuenta regresiva. No quisiera pasar los años que me quedan vigilando el reloj de mi desaparición. La muerte está ahí, no necesito invitarla a cada conversación. Prefiero reconocerla como una frontera que no puedo desplazar y regresar después a los asuntos de los vivos. Todavía hay palabras que escribir, recuerdos que revisar y personas cuya presencia agradezco. No sé cuánto durará esa posibilidad. Por ahora, existe.

Quizá por eso me resisto a considerar inútil cuanto termina. Una carta pierde su destinatario, una casa cambia de habitantes, una conversación se desvanece de la memoria y una vida acaba por desaparecer de la conciencia de quienes vienen después. Pero la falta de permanencia no convierte automáticamente las cosas en insignificantes. Una canción no necesita sonar para siempre; basta con que haya acompañado a alguien en una tarde difícil. Una mano tendida no tiene que resolver el sufrimiento humano; puede aliviar el de una persona durante unos minutos. Y un libro, incluso si termina olvidado en un estante, habrá existido primero como una necesidad de decir algo que de otro modo habría quedado encerrado.

Escribir, para mí, se parece a eso. No escribo porque crea que las palabras puedan poner orden en el universo ni porque espere que alguien encuentre en ellas una respuesta definitiva. Escribo porque hay pensamientos que necesitan abandonar su encierro, recuerdos que no terminan de acomodarse y preguntas que se vuelven más llevaderas cuando adquieren una forma. A veces una frase me conduce a otra y, al cabo de unas páginas, descubro que no he llegado a ninguna conclusión. No importa demasiado. La escritura también puede ser una manera de acompañarse, de permanecer un rato junto a aquello que todavía no sabemos nombrar. En esta edad del silencio, donde algunas conversaciones se han vuelto interiores y otras ya no tienen interlocutor, esa compañía no es poca cosa.

No sé si el universo tiene algún significado que nos resulte inaccesible. Tal vez lo tenga, tal vez no. He perdido el interés por fingir que puedo resolver esa cuestión desde una mesa de Montreal, con mis años, mis recuerdos y mis limitaciones. La inmensidad no cabe en una explicación doméstica, y el misterio no desaparece porque uno lo nombre. Me basta con admitir que estamos aquí, que nuestra presencia es breve y que, durante ese breve intervalo, podemos hacernos daño o aliviarlo, cerrar puertas o dejarlas entornadas, convertir la incertidumbre en hostilidad o aprender a vivir junto a ella.

Algunas noches me pregunto qué quedará de todo esto. No encuentro una respuesta que me satisfaga, pero tampoco siento la obligación de encontrarla. Quizá no quede nada que pueda reconocer como mío. Quizá sobreviva una palabra, un gesto, una página que alguien lea sin saber quién la escribió. O quizá todo se disuelva sin dejar señal. La posibilidad del olvido ya no me parece una ofensa personal. He empezado a sospechar que el mundo no necesita conservarnos para que hayamos formado parte de él.

Y entonces regreso a lo único que puedo afirmar sin demasiadas reservas: he vivido. He conocido lugares que me dieron una lengua y otros que me obligaron a reinventarla; he perdido cosas que creía indispensables y he conservado otras cuyo valor tardé en reconocer. He cometido errores, he querido a mi manera, he llegado tarde a algunas citas con la ternura. No todo tuvo sentido. No todo quedó resuelto. Pero entre las equivocaciones y las despedidas también hubo instantes de una claridad inesperada, momentos en que estar vivo no necesitaba ninguna explicación adicional.

Quizá sea eso lo que ahora busco, sin convertirlo en una nueva obligación: no una razón que justifique la existencia entera, sino una manera honesta de habitar el tiempo que todavía me pertenece. Vivir sin exigirle al mundo que sea justo en cada ocasión, sin confundir la esperanza con una garantía y sin creer que la lucidez nos libra de la fragilidad. Aceptar que algunas preguntas seguirán abiertas y que no todas las pérdidas pueden transformarse en sabiduría. Hay dolores que simplemente duelen. Hay ausencias que no enseñan nada. Y aun así, después de ellas, la vida continúa ofreciendo sus pequeñas posibilidades, sin prometer que serán suficientes.

El universo no sabe que existo. Tal vez nunca lo sepa. Pero yo he conocido el peso de una despedida, la extraña persistencia de la memoria y el alivio de encontrar una palabra cuando creía haberlas agotado. He sentido que una presencia puede acompañarnos incluso desde lejos y que la soledad, aunque a veces se instale con una familiaridad incómoda, no ocupa necesariamente todos los espacios. Nada de eso altera la indiferencia de las estrellas. Tampoco lo necesita.

A veces pienso que la verdadera dificultad no consiste en vivir dentro de un universo que guarda silencio, sino en aprender a no llenar ese silencio con mentiras. Quisiera llegar al final sin haberme exigido una explicación para cada herida, sin haber convertido cada alegría en una prueba de que todo estaba previsto. Quisiera, simplemente, haber prestado atención. A las personas que estuvieron cerca, a las que se fueron, a los lugares que me recibieron y a ese hombre que fui cambiando de país en país, sin saber del todo qué buscaba.

No tengo una conclusión que ofrecer. A estas alturas, las conclusiones me parecen puertas que uno cierra por cansancio. Prefiero dejar esta abierta. Mañana quizá vuelva a preguntarme por el sentido de la vida, y tal vez encuentre una respuesta distinta, o ninguna. No sería una derrota. Todavía puedo mirar lo que tengo delante, escribir unas líneas y reconocer, sin necesidad de elevar la voz, que estar aquí sigue siendo un acontecimiento extraño.

Por un tiempo que no he elegido y cuya duración desconozco, me ha sido dado participar en esta pequeña porción del mundo. No sé para qué. Pero ya no estoy seguro de que todo lo valioso necesite un para qué. Hay cosas que ocurren, nos atraviesan y luego desaparecen, y su valor no depende de que alguien consiga explicarlas. Quizá la vida sea también eso: una presencia que no necesita justificarse mientras sucede.

Y mientras suceda, mientras todavía pueda reconocer algo de mí en las palabras que escribo y en las personas que recuerdo, seguiré aquí, sin grandes promesas y sin pedirle al universo que me responda. No para vencer al vacío, ni para dejar una huella que resista a los siglos. Apenas para vivir este tramo con los ojos abiertos, con alguna ternura todavía disponible y con la libertad, modesta pero suficiente, de no tener que saberlo todo.

Tal vez mañana vuelva a dudar. Sería lo natural. Por ahora, dejo la pregunta donde está. No me parece necesario apagarla ni encontrarle una respuesta antes de dormir.

La dignidad de vivir sin respuestas

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