Capítulo 70
«Un manual de filosofía para desarmar la vejez»
No sé si esto sea un manual de filosofía. Para empezar, no tengo credenciales para semejante oficio. Pero a estas alturas he aprendido algunas cosas que no vienen en los libros: cuándo gastar, cuándo callar, cuándo reírse, cuándo decir que no y, sobre todo, cuándo dejar de esperar. Tal vez la vejez no necesite que la entendamos tanto como que aprendamos a desarmarla.
Porque la vejez también se puede desarmar. No a golpes, porque uno ya sabe que los golpes salen caros, sino quitándole pieza por pieza aquello que más la hace temible: el miedo, la prisa, la necesidad de demostrar y esa absurda costumbre de creer que todo lo bueno ocurrió antes. Después de tantos años, uno descubre que algunas reglas de la vida solo aparecen cuando ya no tiene sentido ignorarlas. Este es, pues, mi pequeño manual. No sirve para detener la vejez —eso sería pedirle peras al olmo—, pero quizá sirva para sentarla a conversar con ella sin que se crea tan importante.
A cierta edad, el cuerpo deja de pedir permiso y empieza a exigir explicaciones. Uno descubre entonces que la vida ya no se mide en monedas sino en mañanas. Y yo, que crucé la frontera de los sesenta hace rato —sin pasaporte ni sellos de aduana—, he decidido dejar de contar centavos para contar atardeceres y silencios bien ganados. Esos que antes pesaban como soledad pura, ahora saben a libertad decantada.
Primera regla: no guardar toda la vida para después. El después es un país al que nadie tiene visa asegurada.
Porque mientras uno sigue guardando plata «por si acaso», los «por si acaso» están allá afuera, afilando el colmillo como perros callejeros, esperando que a uno le dé por cansarse para robarle el gusto de vivir. Yo ya trabajé, ya sufrí, ya me partí la espalda y el alma. Cargué recuerdos queridos como quien carga bultos de preguntas sin respuesta, y con esa carga a cuestas fui subiendo, sin darme cuenta, la única montaña que me quedaba por subir: se pierde agilidad en la subida, pero se gana horizonte. Ahora me toca a mí, carajo —y no es egoísmo, aunque a ratos se sienta así: es supervivencia del espíritu, la única que de verdad cuenta cuando el cuerpo empieza a pedir tregua. Ya estoy en la parte alta, donde el aire es más puro y las preocupaciones se ven pequeñas, como hormigas en el valle.
Segunda regla: después de haber cargado tanto, uno tiene derecho a viajar más ligero.
He aprendido que envejecer es volverse experto en economía emocional: gastar menos en preocupaciones y más en placeres terrenales.
Tercera regla: gastar en lo que todavía puede devolverle sabor a la vida.
Con los años uno descubre que no todo gasto se mide en dinero. También gastamos tiempo, paciencia, afecto y hasta la poca energía que nos queda en asuntos que, mirados desde cierta distancia, no valían ni una arruga. Por eso conviene escoger mejor dónde poner lo que todavía tenemos. Una conversación que nos hace bien, una comida disfrutada sin culpa, un libro, una caminata, una risa inesperada: pequeñas inversiones que no aparecen en ningún estado de cuenta, pero que suelen rendir mejores intereses que muchas preocupaciones. A cierta edad, hasta perder el tiempo puede ser una forma inteligente de aprovecharlo.
El café caro, por ejemplo. Antes me parecía un lujo innecesario; ahora es una ceremonia que tomo despacio, como un poema caliente que se bebe y que en cada sorbo trae de vuelta la cocina de mi madre, un primer beso que supo a travesura recién estrenada, alguna madrugada de trabajo que me dejó medio torcido y me robó cosas que ahora intento recuperar, como quien recoge piezas sueltas de sí mismo por la casa.
Si alguien me dice que es un desperdicio, sonrío con esa sonrisa que solo se aprende después de sobrevivir a la vida: el verdadero desperdicio no es darse un buen gusto, sino llegar al final sin haberse sentado nunca a saborear algo rico. Y, de paso, sigo dándome mis licencias: como comer con grasa, porque, con los años, el colesterol ya me conoce y no se mete conmigo; reírme cuando no debería; y tomarme un par de roncitos los fines de semana, que por estos días ya cuentan como terapia alternativa. También procuro celebrar cada amanecer como si fuera un pequeño triunfo doméstico. A veces la vida se parece a un peine que llega cuando uno ya se quedó calvo: llega tarde, pero al menos sirve para rascarse la espalda con estilo.
También entendí que, con los años, uno se vuelve experto en detectar vendedores de humo. Siempre aparece alguien diciendo que tiene «el negocio del siglo», que va a revolucionar el mercado, que solo necesita «una pequeña inversión». Y uno los escucha con la malicia indígena activada, esa que despierta sola cuando alguien empieza a hablar demasiado bonito, porque ya sabe que el único mercado que revolucionan es el de las promesas. Mi consejo, si es que a esta edad todavía sirve dar consejos, es simple: hay que apoyar con cariño, pero no con plata. La fe es infinita; la pensión, no. Uno no llegó hasta aquí para convertirse en cajero automático con memoria sentimental.
Cuarta regla: ayudar no significa dejarse usar. Hay afectos que se conservan mejor cuando uno sabe dónde termina la solidaridad y dónde empieza el abuso.
Los nietos, en cambio, son otra historia: no vienen con planes de negocio ni con discursos de «oportunidad única», sino con la simple magia de existir. Son una segunda oportunidad de reír sin culpa. Pero ojo: uno no está para criar más a nadie. A esta edad, el único que debería despertarme a las seis de la mañana es el sol, no un niño de esos que son capaces de desbaratar un balín. Y, sin embargo, cuando pienso en mi hijo… a veces me despierto con el recuerdo del olor a talco y pienso que valdría la pena perder una mañana de sueño por ver de cerca ese milagro de brazos pequeños. Solo que ahora el cuerpo decide, y el cuerpo ya no pregunta. A mi edad, una fiesta salvaje es quedarme despierto hasta las diez sin acidez ni Mylanta, que ya es casi un acto de rebeldía fisiológica. Hay que escoger las madrugadas con gratitud y sin desespero.
Quinta regla: querer mucho no obliga a renunciar al descanso.
Y hablando de energía… la gente cree que envejecer es apagarse. No. Envejecer es cambiar de voltaje. Uno ya no ilumina como bombillo de feria; ahora brilla como lámpara japonesa: suave, cálida, elegante, esa luz que no alumbra estadios pero que le permite a dos personas mirarse a los ojos sin estorbo. El que no lo entienda, que siga corriendo detrás de la juventud como si fuera una promoción de supermercado, que siga comprando cremas milagrosas para detener lo que no se detiene, mostrando una vitalidad prestada, consciente de que en el fondo no es más que pánico disfrazado.
Porque hay que ser valiente para envejecer con las canas al aire, con la piel contando su verdad sin maquillaje y con una risa que no envidia la frescura de los veinte, porque sabe lo que costó cada arruga. A ese, prefiero llamarlo remasterizado, no envejecido. Yo ando en alta definición, aunque a veces la pantalla se me congela por unos segundos.
Sexta regla: aceptar el cuerpo sin entregarle el gobierno de la vida.
Decidí, no sé si con toda la razón, que mi cuerpo es mi casa y mi ánimo, un jardín. La casa hay que mantenerla decente, sí, pero sin obsesiones: aceptar que cruje de noche, que las ventanas ya no cierran del todo, que el techo tiene goteras y aun así la sigo barriendo, agradecido de que me haya aguantado tanto. El ánimo, en cambio, hay que regarlo todos los días: con música, con caminatas, con recuerdos que no duelen, con historias que todavía se pueden contar sin llorar. Y también con las que se lloran un poco, porque esas también nutren. Hay lágrimas que abonan la tierra de adentro para que florezca lo que sigue.
Séptima regla: cuidar el jardín aunque la casa tenga algunas grietas.
Si alguien me dice que «ya no sirvo para nada», le devuelvo una risa que parece batalla ganada. ¿Que no sirvo? Claro que sirvo: para evitar urgencias, para no explicarle mi existencia a nadie, y —sobre todo— para ser el único en la mesa que distingue un vino barato sin arruinar la foto del brindis. Servir, a esta edad, es un lujo de pocos. Y sirvo para algo más raro: para ser testigo, para donar sangre, para contar cómo era el mundo antes de las pantallas, para recordar los nombres de los que se fueron y que no mueran del todo. Esa también es una forma de servir: ser archivo vivo, memoria con voz. Quizá esa sea una de las pocas riquezas que la edad entrega sin cobrarnos intereses:
haber visto.
Octava regla: mientras uno pueda contar algo, todavía tiene algo que entregar.
Y si el resto quiere amargarse, pues de malas. Yo ya hice suficiente fila en esta existencia como para seguir esperando permiso. Ahora camino ligero, con humor, con dignidad, y yo que le tengo fobia a ser un viejo gruñón, prefiero esta terquedad tranquila de quienes han sobrevivido a varias pandemias y tres fines del mundo. Aquí sigo.
Y sobrevivir no es poca cosa: es haber mirado al miedo a los ojos, haber enterrado sueños y haber plantado otros, haber entendido que la derrota no es caer sino quedarse en el suelo. Ya ni me acuerdo del origen de la mayoría de mis cicatrices, pero las llevo puestas como condecoraciones de una guerra que no declaré y que, por ahora, no he perdido.
Novena regla: no pedir permiso para disfrutar lo que todavía está vivo. La madurez no es dejar de reír: es reír con más causa. Y yo ya tengo causa, y hasta efecto.
Porque envejecer, al final, no es deteriorarse: es afinar la capacidad de encontrar gracia en lo que antes pasaba desapercibido. Es descubrir que la risa, aunque sea mínima, es una forma de lucidez, y que en esa lucidez hay una libertad que ninguna juventud conoció, ocupada como está en llegar, en demostrar, en conquistar. La vejez sabia, en cambio, se sienta en el umbral y contempla. Ya no demuestra nada. Ya no conquista territorios, conquista instantes. Ya no persigue la felicidad: la reconoce cuando pasa a su lado, la invita a sentarse, comparte con ella un té. Y la felicidad, agradecida, se queda. No toda la tarde, pero se queda lo suficiente. Y con eso basta.
Décima regla: no perseguir la felicidad; reconocerla cuando se sienta a la mesa.
Y si los reveses y las vicisitudes de la vida no me tumban, pues viviré hasta que toque colgar los guayos, o como decía un amigo futbolero de Medellín: «hasta que el árbitro de arriba me pite el final del partido». Porque no pienso pedir tiempo extra: este partido ya lo jugué con ganas, esquivé golpes, celebré goles inesperados y me reí de mis propias caídas. Al final, nadie entiende bien las reglas de la vida, y yo ya no estoy para discutirlas. Que las discuta otro; yo ya tengo bastante con jugar el partido.
Y si el paraíso existe, que haya sabores de Colombia, sillas que no crujan y wifi celestial para no perderme los partidos de la Selección. Si no existe, que no me despierten antes del mediodía, porque esta vida ya la madrugué bastante. Mientras tanto, sigo aquí, con la salud del burro y la fe del carbonero, y el humor del que ya no tiene nada que demostrar. Y si todo falla, siempre puedo hacerme el dormido. A mi edad, es una habilidad, no una excusa.
Ese sería, pues, queridos lectores, por ahora mi manual. No tiene garantías, no trae repuestos y probablemente tampoco sirve para todos. Pero tiene una ventaja: fue escrito después de haberle dado vuelo a la hilacha, como aprendí en mis pasos por la tierra del tequila, donde esa expresión es casi un certificado de buena conducta para disfrutar sin remordimientos. Y eso —a cierta edad— ya es una forma bastante respetable de filosofía.
Y si a alguno le parece incompleto, no se preocupe: la vida tampoco viene con instructivo, y aun así todos la usamos como si supiéramos. Ustedes sigan leyendo, sigan viviendo, sigan equivocándose con estilo. Yo, por mi parte, seguiré actualizando este manual cada vez que la existencia me dé otro golpe, otro milagro o, mínimo, otro motivo para reírme.
Nos vemos en el próximo capítulo, si la vejez me deja señal y ustedes me invitan a cafecito con pan.
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