miércoles, 9 de septiembre de 2026

74 El presente que se queda solo

 Capítulo 74

El presente que se queda solo

«El presente no tiene equipaje: llega desnudo y se va antes de que aprendamos a nombrarlo.»

Hay una edad en que empiezo a sospechar que el presente no me pertenece del todo. Quizá nunca me perteneció. Durante muchos años lo atravesé con la prisa de quien cree que siempre habrá otro día para detenerse, otra llamada pendiente, otra conversación por decir. La vida parecía una calle larga y yo caminaba por ella sin mirar demasiado los números de las casas.

Ahora camino de otra manera. No sabría decir si más despacio; basta con decir que camino con más atención. Hay cosas que antes pasaban frente a mí sin dejar huella y que ahora se quedan unos segundos más —una voz al otro lado de la calle, una ventana iluminada cuando empieza a oscurecer, el sonido lejano de una puerta que se cierra. Pequeñeces. Pero a cierta edad las pequeñeces dejan de pedir disculpas por serlo.

He vivido suficientes años para saber que el tiempo no avanza con la solemnidad que le atribuimos. No lleva uniforme, ni toca una campana, ni anuncia que acaba de llevarse otro año. Simplemente pasa. Y yo, ocupado en otras cosas, descubro un día que aquel que era ya no está exactamente donde lo dejé.

Lo busco, entonces, en la memoria, aunque sé de sobra que ahí las cosas no viven como ocurrieron sino como lograron sobrevivir. Eso ya lo he aprendido a mi costa, y no quiero repetirlo aquí: baste decir que algunos recuerdos pesan y otros apenas hacen ruido, que hay quienes llegan como visitas educadas y quienes entran sin tocar la puerta y se sientan donde pueden. Hace tiempo que dejé de expulsarlos.

Montreal me ha enseñado otras maneras de medir los días. Aquí las estaciones tienen una forma particular de entrar en la vida: no piden permiso. Basta una variación de la luz, un cambio en la manera de vestir de la gente en la calle, cierto modo distinto de cerrar las puertas por las noches. La ciudad sigue con sus asuntos mientras yo envejezco discretamente dentro de ella.

Eso tiene algo de cruel y algo de hermoso. La ciudad no se detiene a preguntarme cuántos años tengo. Los jóvenes siguen corriendo hacia sus asuntos, los trenes siguen llegando, las conversaciones se cruzan y desaparecen sin que nadie note que, mientras todo continúa, yo sostengo una conversación silenciosa con el tiempo. El tiempo, por supuesto, nunca responde.

Y sin embargo el presente es lo único que no consigo recordar. Puedo recordar el ayer, puedo imaginar el mañana, pero este instante se me escapa mientras intento vivirlo, y por eso se queda solo: nadie lo guarda, nadie lo espera, y quizá ni siquiera yo, que llevo media vida hablando de él, sé bien cómo recibirlo.

Al pasado lo sostiene la memoria. Al futuro lo sostienen las promesas. El presente no tiene ese lujo: apenas su breve existencia, del tamaño exacto de esta tarde, de este vaso de agua que nadie ha tocado sobre la mesa. Me gusta imaginarlo, a veces, no como un huésped que se instala, sino como alguien que golpea una vez, muy suave, y ya está pensando en irse antes de que yo alcance a abrir del todo la puerta.

A los veinte años quería que el tiempo pasara rápido. A los cuarenta empecé a pelear con él, como si fuera posible ganarle terreno. Ahora sospecho que el tiempo no pelea: simplemente sigue, indiferente a mis condiciones. He aprendido a soltar algunas cosas —no todas, desde luego, porque hay pérdidas que ni el olvido ni las disculpas alcanzan a resolver—; esas se van cerrando solo aprendiendo a mirarlas de otra manera. Quizá envejecer no sea otra cosa que eso: aprender cuáles preguntas merecen quedarse, más que acumular respuestas.

A veces pienso que la juventud tiene demasiada confianza en el futuro. Yo también la tuve. Creía que el mundo me estaría esperando, que habría tiempo de sobra para reparar los errores, para decir ciertas palabras, para volver a ciertos lugares. El futuro parecía una promesa que se cumpliría sola. Después llegaron los años y descubrí que ninguna promesa se cumple sin que alguien la sostenga.

Pero tampoco hay que dramatizar. La vejez tiene sus pequeñas compensaciones. Puedo equivocarme con menos vergüenza, cambiar de opinión sin necesidad de justificarme ante nadie, y reconocer que no entendí algo sin que eso me impida seguir adelante. Eso también es una forma de libertad.

Hoy me interesa menos tener razón. Me interesa estar: estar aquí, en este día que no volverá, en esta edad que tampoco, en este cuerpo que protesta de vez en cuando —como una puerta vieja que cruje pero todavía abre— y que sin embargo todavía me lleva de un lado a otro; en esta ciudad que ya no necesito conquistar, porque he aprendido que ninguna ciudad se conquista —apenas se consigue un pequeño lugar en su movimiento.

Quizá el presente no esté tan solo, después de todo. Quizá soy yo quien lo deja solo cuando regreso demasiado al pasado o me adelanto demasiado a lo que aún no ocurre.

Entonces vuelvo. Sin ninguna disciplina especial, sin ninguna revelación: vuelvo como se vuelve a una habitación que se había dejado abierta. Miro alrededor: mis manos, la tarde, las palabras que todavía no he escrito, ese pequeño asombro de seguir siendo capaz de encontrar algo hermoso en un día que no prometía nada.

Y pienso que la vida nunca me pidió otra cosa: apenas esta presencia, sin más explicaciones.

El presente no hace ruido. Sabe que si lo escucho demasiado tarde ya se habrá convertido en memoria. Por eso lo miro ahora, mientras todavía es mío.

No sé cuánto tiempo se quede. Tampoco sé si esta vez, cuando por fin aprenda a reconocer sus pasos, ya se habrá marchado, como suelen marcharse quienes nunca terminan de decidirse a quedarse. Por ahora, sin embargo, quiero creer que todavía lo escucho —el presente, o lo que quede de él— demorándose del otro lado de la puerta, sin decidirse a entrar del todo ni a irse.

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