jueves, 2 de julio de 2026

36 — El país de adentro

 Capítulo 36

— El país de adentro

No sabría decir en qué momento empecé a vivir hacia adentro. Sospecho que no fue una decisión, ni siquiera un descubrimiento: fue más bien una lenta maduración del silencio, algo que se hizo solo mientras yo estaba ocupado en otras cosas, como esas plantas que un día amanecen inclinadas hacia la ventana sin que nadie las haya movido. Quizá después de los setenta —aunque no podría jurar que la edad tenga la culpa— uno empieza a sospechar que la única patria que le queda no figura en ningún mapa. No es un territorio ni una memoria precisa. Se parece más a un cuarto en penumbra donde la conciencia se sienta a conversar consigo misma, sin apuro, sabiendo que nadie la espera afuera.

Esta noche, por ejemplo. La lámpara del escritorio deja un círculo de luz sobre la mesa y el resto del apartamento queda en esa oscuridad amable que ya no me inquieta. En la escalera del edificio alguien sube despacio; cuento los pasos sin proponérmelo, como quien sigue una música que conoce de memoria. Ahí afuera está Montreal, con su invierno que a veces parece no tener bordes, y aquí adentro estoy yo, hablando conmigo en voz baja. No estoy seguro de que eso sea sabiduría. Puede que sea apenas costumbre. Pero es lo más parecido a un país que he tenido en muchos años.

Cada pensamiento, últimamente, se me vuelve diálogo con una voz que me acompaña desde la infancia y que ignoré durante décadas, quizá porque el ruido de vivir no dejaba oírla. Cada página que escribo en esta mesa es una manera de escucharla, o de escucharme; todavía no distingo bien la diferencia. Y en ese escucharse, el mundo se reorganiza sin que uno se lo pida: deja de ser un escenario y pasa a ser otra cosa más difícil de nombrar, una resonancia, el eco que las cosas dejan cuando ya han pasado.

He buscado consuelo afuera, como todos. La ciudad no lo ofrece, o yo no he sabido encontrarlo en sus parques endurecidos por el hielo, en las pocas estrellas que se dejan ver entre los edificios. Tal vez el consuelo nunca estuvo en los lugares. Tal vez esté en los semejantes: en una mirada que reconoce el cansancio del otro sin pedirle explicaciones, en la voz de alguien que escucha sin mirar el reloj. No podría demostrarlo, pero sospecho que fuera de lo humano no hay consuelo verdadero. Hay paisaje, que no es lo mismo.

Pienso en los que envejecen en silencio en apartamentos como éste, y en quienes caminan de noche por Sherbrooke, o por cualquier calle del mundo, como si esperaran una señal que no termina de llegar. Pienso también en los que vinieron de lejos y todavía no encuentran dónde apoyar la memoria. Los reconozco, creo, porque he sido uno de ellos, y es posible que lo siga siendo. Yo también he velado sin compañía; también he avanzado por esta ciudad con la sensación de que el mundo no me debía respuestas y no pensaba darlas.

Y sin embargo hay algo, una fraternidad que no se firma en ningún papel. No hacen falta palabras: basta el modo en que un desconocido baja la mirada en el metro, el suspiro breve de alguien antes de seguir caminando bajo la nieve. Extraños, sí. Pero unidos por una nostalgia que ninguno sabría explicar si se lo preguntaran. En esa unión hay un saludo que no se pronuncia. Yo lo he sentido algunas veces, o he querido sentirlo, que a esta edad viene a ser casi lo mismo.

A veces me digo que no nos es dado ser del todo. Que somos más bien corriente: fluimos entre las formas del día y del trabajo, entre lo que la memoria decide guardar, y nada nos pertenece por completo; todo nos atraviesa y sigue su camino. La vida nos moldea sin pedir permiso, nos va cambiando con los duelos, con las ciudades que nos adoptan sin prometer nada. Y aun así —aquí me sorprendo, porque a estas alturas debería haber aprendido— sigo soñando con perdurar: con quedar fijado en una palabra, en una página que alguien lea cuando yo ya no esté para corregirla. Ignoro qué nombre darle a esa ansia. Vanidad, tal vez. O apenas la manera que tiene la vida de insistir en nosotros hasta el final.

La soledad, que me ha oído pensar todo esto, no dice nada. Está sentada donde siempre, un poco fuera del círculo de la lámpara. En la escalera, los pasos se han detenido en un piso que no es el mío. Me quedo mirando la hoja sin saber si este país de adentro es un refugio o solamente el último cuarto que me queda por habitar, y dejo la pregunta abierta sobre la mesa, junto a la pluma, por si mañana todavía me parece importante.

35 La maduración del silencio

 Capítulo 35

 La maduración del silencio

Esta noche, mientras la lámpara de la mesa dibuja su círculo amarillo sobre unos papeles que ya no recuerdo por qué saqué, se me ocurre que nadie me enseñó el camino hacia adentro. No fueron las calles, sospecho, ni el peso de los almanaques. Fue más bien una lenta maduración del silencio, si esa expresión no promete demasiado. Hay una edad —yo la crucé hace tiempo, aunque no sabría fechar el día— en que uno empieza a sospechar que la única patria que le queda no figura en los mapas. No es una geografía, ni siquiera un recuerdo nítido; se parece más a un cuarto en penumbra donde uno se sienta, descalzo, a conversar con lo que va quedando de sí.

Quizá por eso todo pensamiento se me ha vuelto coloquio con una voz que me acompaña desde muy atrás, aunque durante décadas apenas la escuché. Cada línea que trazo sobre esta mesa puede que no sea otra cosa que un intento de oírme. Y cuando lo consigo —no siempre; casi nunca—, el mundo se reordena un poco: deja de ser ese escenario de vanidades que tanto me fatigó y se convierte en algo más parecido a una resonancia.

Afuera, la ciudad no ofrece amparo, o yo no he sabido encontrárselo. Montreal puede ser generosa, pero sus avenidas de enero no abrazan a nadie, y las estrellas, cuando el hormigón las deja verse, quedan demasiado lejos para servir de refugio. Me inclino a creer que el verdadero asilo está en los otros: en una mirada que reconoce el cansancio de uno, en el tono de quien escucha sin apuro. Fuera de ese calor no he encontrado gran cosa, aunque admito que tal vez no busqué bien.

A veces, en la fila del dépanneur o esperando que cambie un semáforo, reconozco a los míos. Hombres y mujeres que encanecen callando, gente que sale de madrugada como buscando una señal que nadie prometió. Los reconozco sin que medien palabras: algo en la manera de bajar la mirada, cierto peso en el suspiro antes de reanudar la marcha, los delata. Yo también fui de esos que zurcían las calles convencidos de que el mundo giraba sordo a sus preguntas; quizá lo siga siendo. Somos extraños atados por una nostalgia que no sabría nombrar, y en esa comunión callada hay un saludo que no llega a los labios pero que, lo confieso, me sacude el pecho.

Se nos niega, creo, la plenitud de ser algo de una vez y para siempre. O acaso no seamos más que corriente: fluimos, nos derramamos por las grietas del día y de la fatiga, y nada nos pertenece en propiedad; todo nos atraviesa camino de otra parte. La vida nos amasa sin pedir permiso. Somos una arcilla breve que cambia de forma con cada pérdida, con cada ciudad que nos adopta sin prometernos nada. Y sin embargo soñamos con perdurar: con quedar detenidos en una palabra, en un papel que dure apenas un poco más que nosotros. No sabría decir si a eso puede llamársele sed o simple terquedad.

La soledad, que lleva años sentándose a mi lado sin anunciar sus visitas, no dice nada de todo esto. Me gusta pensar que lo sabe, aunque tal vez sólo esté, como yo, esperando. Arriba, el vecino cruza su cuarto con pasos lentos; después, nada. Dejo la lámpara encendida un rato más, por si la voz vuelve. No estoy seguro de que fuera a reconocerla. Pero la mesa está servida de silencio, y esta noche eso parece bastar. O casi.

73 Caminar al lado de la Vida

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