Capítulo 67
Cuando ya no queda nadie
«El sufrimiento no enseña nada, pero revela quiénes somos cuando ya no queda nadie a quien mentir.»
El otro día, bajo la luz azulada de una farmacia Jean Coutu, mientras el farmacéutico contaba mis pastillas con la solemnidad de un notario repartiendo una herencia, pensé que el sufrimiento tiene mejor reputación de la que merece. En mi país uno desconfía de los notarios por costumbre; aquí desconfío menos, pero solo porque a este señor nadie le ha visto nunca sonreír, y eso, entre los suyos, pasa por garantía de seriedad.
Todo el mundo dice que el sufrimiento enseña. Lo dicen con la misma seguridad con que se afirma que el agua moja o que después de cierta edad uno no debe agacharse demasiado rápido: verdades que circulan por el mundo con tal tranquilidad que a nadie se le ocurre pedirles papeles. «El sufrimiento te hace crecer», dicen, y uno, por educación, asiente — aunque por dentro sospeche que hay dolores que, en vez de hacerlo crecer, simplemente lo dejan más cansado.
Yo no creo que el sufrimiento enseñe nada. O, al menos, conmigo no ha hecho grandes progresos. No me hizo mejor persona. No me acercó a Dios de una manera que pudiera comprobarse — y eso que de joven le hablaba bastante. No me volvió más sabio, ni más paciente, y debo confesar que tampoco me sirvió para adelgazar, lo cual habría sido, al menos, una compensación razonable.
Lo que hizo fue otra cosa: me fue quitando los disfraces.
Uno vive muchos años representando personajes, no siempre por hipocresía — la vida exige cierto vestuario. Ante los hijos, el traje de la fortaleza, aunque por dentro se esté calculando cómo pagar las facturas. Ante los amigos, el de razonable. Ante los desconocidos, el de digno. Y ante el espejo, si tiene la mala educación de decir la verdad, uno intenta negociar.
Durante muchos años esa representación funciona bien. Hay público: los hijos pasan, los amigos llaman, alguien pregunta cómo estás y uno responde «bien», y como nadie insiste demasiado, el personaje conserva el empleo.
Pero llega un momento en que el teatro empieza a quedarse vacío. Los hijos crecen y tienen su propia vida, que es exactamente lo que uno deseó para ellos, aunque después descubra que los deseos cumplidos también dejan habitaciones vacías. Los amigos se dispersan — unos se van lejos, otros más lejos todavía, y algunos simplemente dejan de llamar, que es una forma menos dramática de desaparecer y, por eso mismo, más desconcertante. La mujer que compartió una parte de la vida ocupa otra geografía. Y uno termina viviendo en un apartamento de Montreal donde el refrigerador tiene una voz más constante que muchas amistades.
Es entonces cuando empieza el problema: ya no queda nadie delante de quien actuar. Y sin público, el actor descubre que también él se había ido cansando de la obra. Entonces se quita la máscara. No por valentía. Por agotamiento.
Las primeras noches son raras. Uno se sienta en la cocina con una taza de té y descubre que no tiene ninguna obligación de parecer interesante: puede quedarse mirando la pared durante veinte minutos y nadie llegará a preguntarle qué piensa. La taza se enfría, el vapor desaparece, y la pared, con una discreción admirable, no ofrece ninguna respuesta.
En mi cocina hay una mancha de humedad que lleva semanas creciendo. Durante mucho tiempo pensé arreglarla. Después pensé llamar a alguien para que la arreglara. Luego comprendí que la mancha y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo de convivencia: ella crece, yo envejezco, y ninguno hace demasiadas preguntas — lo cual, pensándolo bien, es más de lo que puede decirse de casi cualquier matrimonio.
Ahí comprendí algo que quizá debí saber desde el principio: el sufrimiento no enseña, revela. Son cosas distintas. Aprender significa que uno no sabía algo y de pronto lo sabe. Revelar significa que uno siempre lo supo, pero tuvo la cortesía de no mirarlo de frente. El dolor no siempre trae una gran verdad escondida en los bolsillos; a veces se limita a quitarle a uno los vendajes, las excusas, las buenas maneras. Y entonces aparece lo que uno es cuando nadie mira. No lo que dice ser. No lo que habría querido ser. Lo que es.
Yo descubrí un hombre bastante contradictorio: más frágil de lo que suponía, más terco de lo aconsejable, todavía capaz de guardar rencores que ya deberían estar jubilados — y, sin embargo, más tierno de lo que me habría gustado admitir.
Descubrí que puedo enfadarme con los recuerdos, con los muertos, con los ausentes, con ciertas personas a quienes, por razones que desconozco, mi memoria todavía les conserva una silla reservada, como en esos velorios colombianos donde la silla del difunto se deja vacía toda la noche por respeto, y también, sospecho, por si acaso decide sentarse. Durante años pensé que guardar esos rencores era mala señal. Ahora creo que es simplemente humano. A cierta edad uno aprende que el perdón no siempre consiste en perdonarlo todo: a veces consiste en dejar de discutir con aquello que ya no puede responder.
Hay noches en que el metro pasa bajo la calle y el edificio vibra apenas. Entonces me agarro del borde de la mesa. No porque el edificio vaya a caerse — Montreal es una ciudad seria y, hasta donde sé, no se derrumba por mis nervios — pero yo me agarro, como un niño. Nadie lo ve, nadie lo sabrá. Ésa es una de las ventajas de vivir solo: uno puede conservar ciertas vergüenzas sin tener que explicarlas. En mi barrio de Medellin eso habría sido noticia antes del mediodía; aquí, en cambio, uno puede desmoronarse en absoluta privacidad, lo cual —según el día— me parece un lujo o una condena, y algunos días las dos cosas antes del almuerzo.
Afuera pasa el autobús 105 con ese ruido de fieltro mojado que tienen los vehículos de Montreal en invierno. En el vestíbulo, mis botas dejan marcas de agua sucia sobre el piso. Antes las limpiaba enseguida. Ahora, algunas veces, las dejo secarse — no por rebeldía, que a estas alturas uno ya no tiene edad para grandes revoluciones domésticas, sino porque ya no encuentro sentido en fingir un orden que no existe.
Hay una moneda en el bolsillo de mi abrigo. Lleva allí desde octubre. Cada vez que salgo, la toco — no sé bien para qué, quizá para comprobar que todavía hay algo en mi vida que permanece exactamente donde lo dejé. Es una superstición modesta, casi contable, de esas que uno trae de fábrica por haber nacido donde nací. No vale gran cosa. Pero tampoco me contradice.
El sufrimiento revela esas pequeñas cosas: cómo se comporta uno cuando no hay espectadores. Cómo come solo, si se sirve el plato o come directamente de la olla, como si la ceremonia fuera un lujo reservado para cuando hay testigos. Si se pone zapatos para salir al pasillo o camina en calcetines. Si ordena la cama sabiendo que nadie va a entrar al dormitorio.
Y también revela si uno habla solo. Yo hablo. A veces con el refrigerador, a veces con la ventana. De joven le hablaba a los santos; ahora le hablo a los electrodomésticos, lo cual será un descenso en materia de fe, pero es un ascenso notable en materia de puntualidad: el refrigerador, al menos, siempre contesta, aunque sea con un zumbido, que ya es más de lo que conseguía yo de algunos santos particularmente ocupados.
En ocasiones hablo también con personas que ya no viven aquí, aunque algunas ni siquiera estén vivas en ninguna parte. Digo nombres, repito preguntas, recuerdo frases que pronuncié hace muchos años y que todavía me persiguen con una constancia que algunos amigos deberían imitar.
Hay una frase que le dije a mi padre hace décadas. No voy a repetirla. No porque sea secreta, sino porque todavía no he terminado de entenderla. La llevo conmigo como esa moneda del bolsillo: no sirve para comprar nada, pero tampoco consigo desprenderme de ella. No he aprendido a resolver ese asunto, pero al menos ya no finjo que está resuelto. Y quizá ésa sea una de las pocas formas de sinceridad que nos concede la edad: dejar de clausurar lo que sigue abierto, dejar de decir «ya lo superé» cuando uno apenas ha aprendido a vivir alrededor de aquello.
El farmacéutico terminó de contar las pastillas y me entregó la bolsa. La recibí con la seriedad de quien acepta un pequeño recordatorio administrativo de que el cuerpo lleva su propia contabilidad — una contabilidad, por cierto, bastante menos negociable que la de Hacienda. Pagué. Salí a la calle Sherbrooke.
Era enero y la luz tenía ese color de plomo bruñido que solo Montreal sabe fabricar, como si el cielo entero hubiera sido construido con una vieja lámina de estaño. Caminé despacio — no por filosofía, que las piernas ya no tienen tanta prisa — y mientras avanzaba, con la bolsa golpeándome el muslo a cada paso, pensé que si alguien me preguntara qué aprendí del sufrimiento, no sabría qué responder.
No aprendí a perdonar mejor. No aprendí a amar más. No aprendí a aceptar todo lo que la vida me quitó. Todavía hay pérdidas que no comprendo, ausencias con las que no he llegado a ningún acuerdo, preguntas que siguen esperando una respuesta de alguien que probablemente tampoco la tenía. Todo eso lo sigo sin saber, y sospecho que continuaré sin saberlo cuando ya no quede tiempo para aprender nada.
Lo único que puedo decir es que el sufrimiento me mostró el rostro que tengo cuando ya no me arreglo para nadie. Ese rostro que aparece de improviso en el vidrio de una farmacia, en el espejo del ascensor, en el agua oscura de un charco. No es el rostro de un hombre sabio. Tampoco el de un hombre derrotado. Es el rostro de alguien que finalmente ha dejado de hacerse preguntas cuya respuesta conocía desde hace mucho. Un hombre que se mira y no aparta los ojos. No por valentía. Por cansancio.
Llegué al apartamento. Me quité el abrigo. La moneda seguía en el bolsillo. Dejé la bolsa de medicamentos sobre la mesa de la cocina, junto a una taza de la mañana que todavía no había lavado. El refrigerador continuaba zumbando, fiel, como siempre, a su única conversación. La mancha de humedad en la pared parecía haber crecido otro poco. Pensé en limpiarla. No lo hice. Quizá mañana. A cierta edad, «mañana» sigue siendo una palabra bastante ambiciosa.
No encendí la luz del pasillo. No hacía falta. Ya conocía el camino.
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