lunes, 28 de septiembre de 2026

82 - Los dones que llegan demasiado tarde

 Capítulo 82

Los dones que llegan demasiado tarde

Hay una edad en que uno deja de pedirle cosas a la vida. No porque haya dejado de desearlas, sino porque termina por aceptar que la vida tiene un pésimo servicio de entregas. Uno hace un pedido a los veinte y lo recibe a los setenta, cuando ya no recuerda para qué lo quería. A mi edad, por ejemplo, ya no pediría juventud. Sería como regalarle un automóvil deportivo a un hombre que acaba de aprender a caminar con bastón. Además, conozco demasiado bien a los jóvenes para desear volver a ser uno de ellos: tienen músculos, tienen prisa y, lo peor de todo, creen que saben adónde van.

Yo también fui así. Durante muchos años confundí el movimiento con el rumbo. Trabajaba, hacía planes, cruzaba fronteras, levantaba una vida en un país ajeno, criaba un hijo cuando otros hombres pensaban ya en jubilarse, y acumulaba recuerdos sin sospechar que algún día serían ellos los que terminarían administrándome a mí.

A veces imagino a la vida —es una invención mía, lo sé, pero me ayuda a pensar— como un viejo comerciante. Llega en la juventud con una maleta enorme, la abre sobre la mesa y pregunta: «¿Qué quieres?». Nosotros pedimos sin medida: amor, dinero, viajes, reconocimiento, una casa, una familia, más tiempo, mucho más tiempo. El comerciante sonríe. «Todo se puede arreglar». Y uno firma sin leer.

La factura llega después, por correo lento. El dinero traía preocupaciones; el amor, miedo a perderlo; el éxito, vanidad; la juventud, ignorancia. Y el tiempo, que parecía la mercancía más abundante de la maleta, era la única que se estaba acabando mientras firmábamos. Me lo entregaron completo, sin instrucciones, y lo gasté como quien gasta monedas que no se terminan. Había siempre un mañana disponible para pedir disculpas, para visitar a alguien, para escribir aquella carta, para regresar a la tierra donde nací. Mañana era una palabra generosa. Cabía todo en ella.

Algunos pedidos, creo, se entregaron en otra dirección. Durante años vi a otros hombres disfrutar de cosas que yo recordaba haber encargado: una serenidad temprana, un talento para manejar el dinero, cierta facilidad para quedarse. Nunca reclamé. Es probable que a mí también me haya llegado el paquete de alguien y lo haya abierto sin mirar el nombre.

Quizá por eso los viejos tenemos tantos cajones. No es que seamos ordenados: seguimos intentando domesticar lo que se fue. Uno puede guardar fotografías, cartas, documentos, incluso una vieja prenda llegada de su país en un paquete de otro tiempo, que aún cuelga en el armario aunque ya no pueda vestirla y desconozca por qué se resiste a desprenderse de ella. Pero el martes pasado no hay manera de meterlo en ninguna parte.

A veces abro una gaveta y encuentro un papel que no recuerdo haber guardado. Lo leo y aparece un hombre que fui hace treinta o cuarenta años. Me mira desde la tinta. No sabe que voy a sobrevivirlo, ni que algún día sus preocupaciones me parecerán pequeñas y sus certezas, casi cómicas. Muchas de las cosas que le quitaban el sueño eran, vistas desde aquí, simples trámites administrativos del alma. No se lo digo. Vuelvo a doblar el papel por donde él lo dobló.

He cambiado de ideas tantas veces que, si alguna de mis antiguas convicciones apareciera ahora frente a mí, tendría que pedirle disculpas. «Perdona —le diría—. En aquel tiempo no sabía nada». Y ella quizá respondería: «Tampoco ahora». Lo cual sería bastante razonable.

No todo lo que llegó tarde llegó mal, debo admitirlo. Mi hijo llegó cuando ya nadie lo esperaba en el calendario, y fue él quien me enseñó que ciertas cosas importantes no consultan la fecha. Otros paquetes ni siquiera recuerdo haberlos pedido: una colección de gafas que nunca están donde las dejé, opiniones firmes sobre el precio de las cosas, la costumbre de leer los prospectos de los medicamentos como si fueran literatura. Y entre ellos, sin aviso, cierta soledad que no duele, el permiso de decir «no lo sé» sin sentirlo como una derrota, una ciudad que terminó por saber mi nombre.

Aunque todavía hay tardes en que una esquina cualquiera de Le Plateau me devuelve otra calle, otro clima, otro polvo, y entonces me parece que el exilio no termina cuando uno aprende a vivir en otro lugar. Simplemente cambia de habitación.

También el dolor vino en la maleta, claro, aunque nadie lo encargó. Con los años he dejado de levantarle altares. Me inclino a creer que hay dolores que solo necesitan una silla: que se sienten, que descansen, que se vayan cuando quieran. Algunos tardan. Parece que también ellos se cansan de uno, pero no tienen prisa en demostrarlo.

El cuerpo, entretanto, se ha vuelto un comediante independiente. Me levanto de una silla y escucho sonidos que no sabía que una articulación pudiera producir; supongo que la garantía venció hace tiempo y que nadie tuvo la cortesía de avisarme. La memoria hace huelga selectiva: el nombre de una persona desaparece justo cuando la tengo delante, mientras una canción absurda de hace cincuenta años permanece intacta. Y el teléfono sabe más de mí que yo mismo. Pasé setenta y tantos años tratando de entenderme y ahora resulta que un aparato de bolsillo conoce mis rutas, mis gustos y hasta cuántos pasos doy. Espero que al menos tenga la delicadeza de no escribir mi biografía.

Lo que menos me gusta admitir es que algunas cosas llegaron a tiempo. Estaban ahí, en la puerta, con mi nombre bien escrito. No las abrí porque esperaba otra cosa, algo más grande, mejor envuelto. No sabría decir cuántas fueron. De eso el comerciante no lleva la cuenta, o tiene la delicadeza de no mostrármela.

Tampoco sé recibir. Cuando algo bueno se presenta por fin, no sé dónde poner las manos. Pasé tantos años preparándome para las pérdidas —con la diligencia de quien estudia para un examen que ya da por reprobado— que la desconfianza se me volvió parte del mobiliario. Recibo el paquete, lo sacudo, lo miro a contraluz, leo dos veces el nombre del destinatario. Hay regalos que llegan cuando uno ya no los esperaba y, precisamente por eso, lo encuentran sin defensas: en pantuflas, a medio afeitar, sin ninguna frase preparada.

Algunas noches vuelve, ya sin maleta. Le pregunto si no había nada mejor en el fondo. Se encoge de hombros. «Sí». «¿Qué?». «Haber entendido antes». Y se va, sin dejar recibo. No sabría decir si tiene razón. A los treinta el silencio me habría parecido insoportable, la soledad una condena, y con el entendimiento habría hecho lo mismo que hice con el tiempo. Tal vez las cosas llegan tarde porque antes no habría habido nadie en casa para recibirlas. O tal vez eso es lo que uno se dice para no reclamar. Lo cierto es que todavía, algunas tardes, me sorprendo atento al timbre.

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