sábado, 29 de agosto de 2026

64 La edad de perder vigencia

 

Capítulo 64

La edad de perder vigencia

«Envejecer no es deteriorarse».

Lo dijo un viejito chévere, Gonzalo Canal Ramírez, en ese libro que para muchos ha sido una especie de biblia de la vejez. Me gusta la frase porque tiene algo de desafío y algo de consuelo. Envejecer no necesariamente significa estropearse. A veces significa, simplemente, cambiar de catálogo.

Cambian los médicos, las amistades, las aficiones, los intereses, los atardeceres, los libros que uno elige y hasta las conversaciones que está dispuesto a soportar. También cambia la manera de mirar el mundo. Lo que antes parecía urgente empieza a parecer apenas ruidoso.

Y uno aprende cosas que nadie le había explicado.

Aprende no solo a perdonar, sino a olvidar, que quizá sea todavía más saludable. Porque perdonar conserva cierta memoria del agravio; olvidar, en cambio, tiene la cortesía de no volver a cobrarlo.

Envejecer nos depara incluso verbos sorprendentes, como ennietecer: esa posibilidad maravillosa de volver a ser niños o, más exactamente, de dejar salir al niño que nunca tuvimos tiempo de ser.

A quienes ya estamos más cerca del barrio de los acostados que de la cuna nos llaman «adultos mayores» o «personas de la tercera edad». Gracias por el eufemismo, pero tanto cuidado verbal no paga el arriendo ni evita las arrugas. A cierta edad uno agradece que lo llamen como quieran, siempre que no sea para venderle un seguro de vida demasiado caro.

Porque la vejez tiene una particularidad: la cédula envejece con una puntualidad admirable, mientras uno sigue creyendo, algunas mañanas, que todavía puede engañarla.

Yo, por ejemplo, he recurrido a ciertos trucos inocentes para que no se note demasiado el ocaso. Con la idea de escurrirle el bulto a los años, me dejé crecer el bigote para esconder ese implacable código de barras que se va formando sobre el labio.

No sé si funcionó.

Pero al menos ahora las arrugas tienen competencia.

Otro método para retrasar la vejez pertenece a las obras completas de Perogrullo: no mirarse demasiado al espejo. Lo recomiendo. Es sencillo, económico y no requiere anestesia. De paso, uno se ahorra el cirujano plástico y la desagradable conversación posterior con alguien que intenta convencerlo de que ahora parece veinte años más joven, cuando uno sabe perfectamente que parece veinte años más joven... que mañana.

Quizá nuestros antepasados tenían una relación más despreocupada con la edad. Cuando el eco era casi el único periódico que circulaba, aparecieron aquellos patriarcas bíblicos que parecían haber descubierto el secreto de una jubilación interminable. Matusalén, según el Génesis, llegó a una edad que hoy resultaría poco compatible con cualquier estadística de esperanza de vida. Adán tampoco parece haber llevado una contabilidad demasiado rigurosa de sus años.

Abraham, por su parte, se detuvo en una cifra algo más manejable.

No sabemos exactamente qué había en el aire de aquellos tiempos, aunque algunos teólogos y creacionistas han aventurado explicaciones relacionadas con una atmósfera anterior al diluvio que habría favorecido una longevidad extraordinaria. Otros prefieren leer esas edades como lenguaje simbólico.

Yo, que no soy especialista en teología ni en longevidades patriarcales, me inclino por una explicación más sencilla: aquellos hombres no tenían televisión, internet ni contraseñas que recordar. Solo eso ya podría añadir unos cuantos años de vida.

Lo cierto es que hoy la medicina ha alargado considerablemente nuestra permanencia en este mundo. Sesentones, setentones y ochentones forman parte del paisaje cotidiano. Y quizá no sea poca cosa.

Antes, a los cuarenta o cincuenta años, muchas personas ya parecían estar haciendo las maletas definitivas. Ahora llegamos a edades que nuestros abuelos habrían considerado casi mitológicas y, para celebrarlo, nos quejamos de las rodillas, de la memoria y de que nadie sabe dónde quedaron las gafas que tenemos puestas.

La humanidad ha progresado.

Aunque no siempre en la dirección que esperábamos.

A cierta edad aparece, sin embargo, otra palabra que me interesa más que «vejez»: vigencia.

¿En qué momento empezamos a perderla?

Algunos dirán que cuando dejamos de ser invitados a ciertos cócteles o almuerzos donde había que inventar sonrisas, estar de acuerdo, dar palmaditas lagarteras en la espalda del sagrado anfitrión, fabricar solidaridades y pensar una cosa mientras se decía otra.

Si perder vigencia significa quedar fuera de esas veladas gastronómico-etílicas donde todos se necesitan mientras se necesitan, bienvenida sea la jubilación de la vanidad.

También puede ocurrir que aquel amigo o interlocutor profesional que antes contestaba el teléfono con entusiasmo deje de hacerlo. De pronto ya no somos el sujeto «importante» de antes.

Con amigos así, para qué enemigos.

García Márquez decía que sus verdaderos amigos eran los que tenía antes de recibir el Nobel. Es una observación que siempre me ha gustado. Después del reconocimiento llegan también los paracaidistas: personas que aterrizan suavemente en nuestra hoja de vida cuando descubren que puede resultarles útil.

La edad tiene, entre otras ventajas, la capacidad de volver transparente ese fenómeno.

Uno empieza a distinguir quién venía a visitarlo a uno y quién venía a visitarse a sí mismo.

Y entonces sucede algo curioso: perder vigencia puede convertirse en una forma de libertad.

Qué rico caminar por la calle siendo anónimo como la sota de bastos, sin tener que representar ningún papel, con todo el tiempo del mundo para «leer» el paisaje urbano o rural, mirar los titulares de los diarios, entrar a un cine a una hora inverosímil o sentarse en una banca sin tener que justificar la existencia.

Mientras el músculo duerme, la ambición puede seguir trabajando si quiere.

Yo ya no tengo por qué ayudarla.

Por carecer de vigencia, el sol sigue saliendo. Ningún espléndido aguacero ha declarado una huelga de gotas. El arcoíris no ha reducido su número de colores. Las bancas de los parques continúan acogiendo glúteos jubilados con una dignidad que ninguna oficina supo reconocer a tiempo.

El mundo, descubrimos, funciona bastante bien sin nuestra intervención.

Y eso, lejos de ser una tragedia, puede ser un alivio.

Muchas ventajas tiene carecer de vigencia. El estrés se va de vacaciones. Se recuperan algunos kilos perdidos. Vuelve a servir la ropa vieja —esa que uno conservó durante años por una mezcla de esperanza y mala administración— y finalmente hay tiempo para leer aquel libro aplazado setenta veces siete.

Uno empieza a recuperar cosas que no sabía que había perdido.

Abrazos nunca dados.

Besos embolatados.

Boleros no bailados.

Poemas que no fueron escritos porque había que rendir desde el amanecer hasta cuando el sol nos decía adiós desde el ocaso.

Durante buena parte de la vida confundimos productividad con existencia. Creíamos que estar ocupados era una prueba de que éramos necesarios. Nos llenábamos de horarios y obligaciones con una disciplina admirable, aunque no siempre quedara claro para qué.

Ahora sospecho que algunas agendas eran simplemente una manera elegante de no escucharnos.

Y hay algo profundamente desestresante en descubrir que mientras otros siguen triturando horarios, uno puede permitirse la condición de miembro de la familia Miranda: mirar vitrinas, contemplar el mundo pasar y, de vez en cuando, recordar que la vida también puede disfrutarse sin producir nada.

Incluso mirar pasar a una mujer hermosa por la calle puede convertirse en una pequeña celebración estética, siempre que uno conserve la cortesía, la discreción y la suficiente edad para comprender que admirar no significa poseer.

La no vigencia tiene también ese beneficio: ya no tenemos que demostrar que todavía podemos.

Podemos simplemente estar.

Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cócteles inútiles nos habremos ahorrado? ¿Cuántos fulanos dejaron de utilizarnos para sus conveniencias? ¿Cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron reemplazadas por madrugadas más tranquilas?

La pérdida de importancia puede resultar, paradójicamente, bastante importante.

Cuando pasamos a la clandestinidad social nos espera un reto difícil y hermoso: aprender a ser anónimos por convicción, en lugar de notorios por obligación.

Quizá sea una de las libertades más tardías.

Ya no tener que explicar quién somos.

Ya no tener que impresionar.

Ya no tener que competir.

Ya no tener que demostrar que todavía estamos en condiciones de hacerlo.

Simplemente estar.

A los ochenta, decía Stravinski, todo contemporáneo es un amigo. Me gusta esa idea porque contiene una forma de fraternidad que la juventud suele desconocer: cuando el tiempo se acorta, hasta el desconocido adquiere cierta familiaridad.

Mark Twain, por su parte, imaginaba una vida tan bien aprovechada que hasta el dueño de la funeraria lamentaría nuestra partida.

No sé si llegar tan lejos.

Pero me gusta pensar que, cuando llegue el momento, sería conveniente haber dejado al menos alguna pequeña molestia en el mundo: una risa, un libro, una conversación, una persona que nos recuerde con cariño y quizá algún asunto sin resolver que todavía le dé trabajo a alguien.

Eso también sería una forma de haber vivido.

Recuerdo a una mujer que, después de haber atravesado las cuatro estaciones de la vida, decía con una sencillez admirable que había conocido el invierno, el verano, la primavera y el otoño.

Tal vez eso sea envejecer.

No acumular años, sino estaciones.

No contar únicamente cumpleaños, sino inviernos sobrevividos, primaveras que llegaron cuando ya no las esperábamos, veranos que parecieron eternos y otoños que nos enseñaron que desprenderse también puede ser una forma de belleza.

Por eso me gusta el título de aquel libro de Luz María Londoño: «Viejo es aquel que tuvo la suerte de llegar a la vejez».

Tiene razón.

Llegar hasta aquí ya es una pequeña victoria.

No una victoria sobre la muerte —sería demasiado pretencioso—, sino sobre todas las cosas que pudieron impedirnos llegar.

Les habla, entonces, un hombre con suerte.

Un hombre que ha cometido suficientes errores como para no necesitar cometerlos todos de nuevo.

Un hombre que aprendió algunas cosas tarde y otras, probablemente, demasiado tarde.

Pero que todavía está aprendiendo.

Hace poco, por televisión, le preguntaban a un anciano:

—¿Y usted a qué se dedica?

—¿Yo? Me dedico a ser viejito.

Y acompañó la respuesta con una sonrisa desdentada.

Me pareció una respuesta magnífica.

Después de tantos años dedicados a producir, competir, conseguir, acumular, responder llamadas y fingir que sabíamos adónde íbamos, quizá exista cierta sabiduría en poder decir simplemente:

Me dedico a ser viejo.

Sin disculpas.

Sin explicaciones.

Sin currículo.

Borges, con esa ironía suya capaz de convertir una desgracia en una frase memorable, dijo alguna vez que no era viejo, pero que hacía mucho tiempo era joven. Y siguió agradeciendo, a su manera, la extraña ironía de haber recibido al mismo tiempo los libros y la noche.

Fellini se miró un día al espejo mientras se afeitaba y se preguntó de dónde había salido aquel viejo.

Después descubrió que era él.

Me conmueve esa escena porque contiene algo que todos terminamos aprendiendo: el viejo no aparece de repente. Se va instalando poco a poco en el rostro de quien fuimos, mientras nosotros seguimos creyendo que el espejo exagera.

Quizá envejecemos cuando el recuerdo comienza a pesar más que la esperanza.

O cuando dejamos de contar anécdotas y empezamos a decir:

«Eso me recuerda la vez que...».

Aunque tampoco estoy seguro.

Tal vez envejecemos mucho antes.

Tal vez envejecemos cuando dejamos de tener curiosidad.

Tal vez cuando ya no nos sorprende nada.

O cuando creemos que ya lo sabemos todo.

En ese caso, conozco jóvenes bastante mayores que yo.

Por eso prefiero otra definición.

Envejecer no es deteriorarse.

Es perder algunas cosas y ganar otras.

Es dejar de ser necesario para todos y empezar, quizá, a ser más necesario para uno mismo.

Es descubrir que la vida continúa sin pedirnos autorización.

Que el sol sale sin consultar nuestra vigencia.

Que la lluvia cae sin preguntarnos nuestro cargo.

Que las estaciones pasan con una indiferencia casi ofensiva.

Y que, después de tantos años tratando de ser alguien, puede llegar un momento en que uno agradece profundamente poder ser nadie durante un rato.

Nadie importante.

Nadie imprescindible.

Nadie urgente.

Solo uno.

Con sus arrugas.

Con sus errores.

Con sus libros a medio leer.

Con sus recuerdos que llegan cuando quieren.

Con sus pequeños trucos para engañar al espejo.

Y con la suficiente lucidez para comprender que la juventud no siempre consiste en tener pocos años, sino en conservar alguna razón para levantarse con curiosidad.

La edad, finalmente, nos entrega un pequeño privilegio: ya no tenemos que estar vigentes para estar vivos.

Podemos fundar nuestro propio sindicato de los que ya no compiten.

La divisa podría ser sencilla:

La vida también es posible sin estar vigente.

Y quizá añadiría, en letra más pequeña, para que nadie se entusiasme demasiado:

De anonimato nadie ha muerto.

Aunque, bien pensado, tampoco conviene apostar demasiado fuerte por esa última afirmación.

La muerte, como sabemos, siempre termina leyendo la letra menuda.

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***63 — Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

Capítulo 63

Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

La brevedad de la vida

Durante años creí que la vida era un asunto urgente, una carrera silenciosa donde uno debía llegar a algún lugar que nunca estaba del todo claro. «La vejez no me quitó la prisa; me enseñó que casi nunca era necesaria.» Ahora, en esta edad del silencio —que no es una edad cronológica sino una forma de estar en el mundo—, he entendido algo que llegó tarde, pero llegó con bastante claridad: la vida no es breve por falta de días, sino por la manera en que los usamos, como si fueran monedas que no sabemos si gastar o guardar. El problema es que el tiempo no acepta propinas y rara vez devuelve el cambio.

Séneca lo dijo con la serenidad de un hombre que ya había visto suficientes tragedias romanas como para saber que el Imperio no se construyó en una tarde, aunque Nerón hiciera todo lo posible por desmantelarlo en menos tiempo. «La vida no es corta; nosotros la encogemos.» Y yo, que tardé décadas en comprenderlo, ahora lo veo con una mezcla de lucidez y picardía: uno pierde tiempo como quien pierde unas llaves, sin darse cuenta de que lo que se extravía no vuelve y de que las llaves, encima, suelen aparecer justo después de haber cambiado la cerradura.

Schopenhauer, siempre tan sombrío que a veces parece practicar un humor involuntario —o quizá el humor alemán más sofisticado consista precisamente en eso: hacer reír sin que nadie se atreva a admitirlo—, escribió que la vida es un préstamo recibido de la muerte y que el sueño es el interés diario de ese préstamo. Me gusta la imagen: cada noche pagamos la cuota, y cada mañana la muerte nos renueva el contrato sin preguntarnos nada, con la tranquilidad de un acreedor que sabe —y disfruta saberlo— que jamás leímos la «letra menuda».

Yo entendí esto tarde, cuando ya no tenía demasiada prisa por demostrar nada, y descubrí que dormir bien es una de las primeras formas de dignidad. Hay edades en las que una buena noche de sueño empieza a parecerse peligrosamente a un triunfo moral.

Montaigne habría celebrado esta comprensión tardía. Él decía que filosofar es aprender a morir, pero también —me gusta imaginar— aprender a vivir sin tanta solemnidad. Añadiría, estoy seguro, que reírse de uno mismo es el primer paso para no tomarse demasiado en serio, porque la vida es breve y el universo, con sus galaxias y sus silencios, no necesita nuestra gravedad para funcionar. Ya bastante tiene con la suya.

Cioran, que veía la existencia como un malentendido prolongado, habría sonreído con esa sonrisa suya que parecía un suspiro. No hacemos más que aplazar lo inevitable. Y, sin embargo, había en él una forma extraña de consuelo: el tedio, por ejemplo, era para Cioran una prueba de que seguíamos vivos. Aburrirse con elegancia podía ser una forma de resistencia. Yo añadiría que también es una señal de privilegio: hay personas que tienen tanto tiempo que pueden darse el lujo de preguntarse qué hacer con él, mientras otras apenas consiguen que el día las deje en paz.

Marco Aurelio insistía en que el presente es lo único que poseemos. El pasado ya cerró su oficina; el futuro todavía está en construcción y, probablemente, con retraso, como todas las obras importantes. Solo este instante —este pequeño territorio que respira conmigo mientras escribo— es nuestro. Y aun así lo tratamos como si fuera un visitante inoportuno, cuando en realidad es el único que siempre estuvo sentado en la sala, esperando con esa paciencia que solo tienen quienes saben que, al final, inevitablemente se les presta atención.

Me conmueve imaginarlo de noche, emperador cansado, escribiendo para sí mismo en la penumbra de una tienda de campaña, con la guerra a pocos pasos y ningún lector a la vista. Sospechaba que las turbaciones rara vez nacen de los hechos, sino de la mirada con que los juzgamos. Tenía razón, supongo. Aunque a él le tocaba juzgar a los bárbaros del Danubio; a mí, un semáforo de la rue Saint-Denis que nunca termina de decidirse.

Pascal, que veía abismos en todas partes —y probablemente también habría encontrado alguno en un queso demasiado añejo o en el fondo de una taza vacía—, nos advirtió que la distracción es una de las grandes enfermedades humanas. Y tenía razón: nunca hubo tantas herramientas para «ahorrar tiempo», y quizá nunca se perdió tanto. Hemos conseguido la extraordinaria hazaña de acelerar casi todo, excepto la llegada de la felicidad, que sigue viajando con un retraso administrativo.

Es una ironía global: corremos para llegar a ninguna parte… pero llegamos rápido, con el aliento agitado y el alma vacía, como quien ha hecho las maletas para un viaje que no recuerda haber planeado.

Yo entendí todo esto tarde, cuando ya no necesito demostrar gran cosa. Descubrí que la vida se vuelve más larga cuando se vive despacio, y más profunda cuando se vive con atención. Que nunca me exigió grandeza, apenas un poco de claridad. Que gobernar el tiempo es, en cierto modo, gobernar el alma, aunque el alma, como un gato independiente, rara vez reconozca nuestra autoridad. Uno puede llamarla, convencerla, ofrecerle argumentos; ella seguirá mirando por la ventana.

He aprendido también que el tiempo no es solo una medida: es una sustancia, como el pan o el vino, y, como ellos, se disfruta más cuando se comparte.

Es, además, la única pertenencia que no lleva nombre. Todo lo demás —lo visible, lo tocable, lo que creemos nuestro— acaba por encontrar dueño. El tiempo, en cambio, nos lo entregan como quien sirve agua en un cuenco agrietado: apenas lo recibimos, ya empieza a irse. Y, sin embargo, pagamos sin protestar por objetos que no guardan memoria, mientras casi nadie se detiene a pensar que cada rato que le tomamos a otro es una «deuda secreta», un pequeño despojo sin ruido. El tiempo ajeno no admite devolución: nadie ha conseguido reintegrar una hora, ni siquiera con intereses. Quizá por eso sea el único préstamo que no puede saldarse. Apenas cabe tratarlo con delicadeza —llegar puntual, no alargar la visita— y agradecer, sin demasiada ceremonia, a quienes alguna vez nos regalaron una tarde entera sin mirar el reloj.

Desperdiciar el propio es, en cierto modo, desperdiciarse. Pero si vamos a desperdiciarlo —porque es inevitable, porque la perfección es aburrida y la eficiencia puede convertirse en una forma elegante de infelicidad—, al menos hagámoslo con estilo: eligiendo qué ignorar, qué soltar, qué no atender, qué no responder.

Hay una sabiduría particular en dejar sonar un teléfono que no queremos contestar. No siempre es cobardía; a veces es higiene espiritual.

He aprendido, por ejemplo, que no responder un correo a tiempo puede ser un pequeño acto de soberanía, que dejar un libro a medio leer es una declaración de principios y que mirar por la ventana sin hacer nada durante veinte minutos no es ocio: es una forma modesta de antropología aplicada al paisaje. También he comprendido que algunas obligaciones sobreviven únicamente porque nadie se ha atrevido a preguntar si todavía son necesarias. Y que renunciar a enderezar las sombras que otros eligen arrastrar ahorra más horas que cualquier agenda.

El arte de perder el tiempo consiste, en realidad, en ganar otro tipo de tiempo: ese que no se mide con relojes sino con pausas, con silencios, con la respiración de una habitación que no pide nada.

Hay días en que siento que el tiempo me mira con una paciencia antigua, como si supiera que por fin he comenzado a entender su idioma. Ya no me exige demasiado; tampoco yo le exijo explicaciones. Hemos llegado a esa edad de la amistad en la que uno aprende que no es necesario hablar todos los días para seguir acompañándose.

Camina a mi lado sin apuro, como un amigo que aprendió a no interrumpir el silencio. Y en esa compañía descubro que las horas no pesan, que los minutos no se arrastran, que incluso la espera puede convertirse en una forma de presencia. Claro que hay esperas menos filosóficas que otras: una cosa es esperar la tarde y otra muy distinta esperar una cita médica. Conviene no exagerar las virtudes de la serenidad.

He descubierto que el tiempo no se pierde: se transforma. Lo que antes llamaba desperdicio ahora es pausa; lo que antes llamaba demora ahora es respiración; lo que antes llamaba distracción puede ser, simplemente, una manera discreta de estar vivo. Es como si el tiempo hubiera dejado, por fin, de serme ajeno, y ahora viviéramos juntos en una casa con muchas ventanas, cada una abierta a una luz distinta. Podría decirse que, después de tantos años de persecuciones, malentendidos y ausencias, hemos terminado viviendo en concubinato, él y yo: sin haber firmado nada, sin grandes promesas y con la discreta certeza de que ninguno de los dos puede abandonar al otro.

No siempre nos llevamos bien, desde luego. Él sigue avanzando sin consultarme y yo continúo fingiendo, de vez en cuando, que no lo noto. Pero hemos aprendido a convivir.

La vida, al final, es un cuaderno que se escribe con lo que queda, no con lo que falta. Y en estas páginas tardías, donde ya no corro detrás de casi nada, descubro que perder el tiempo con estilo es una manera de honrarlo: una forma suave de decirle al mundo que todavía estoy aquí, que todavía escucho, que todavía me dejo atravesar por lo que importa.

No me preocupa demasiado que el mundo se acelere allá afuera. Aquí dentro, las manecillas del reloj giran con la cadencia de alguien que ha aprendido a bailar con el tiempo sin pisarle demasiado los pies. Alguna vez se los pisa, por supuesto. La experiencia no vuelve elegante a nadie: apenas nos enseña a disimular mejor los tropiezos.

Porque la vida es breve, sí. Pero el silencio —cuando uno aprende a habitarlo— puede ensancharla. Y también, si me permiten la confidencia, volverla mucho más divertida.

Al final, entre filosofía y filosofía, entre lectura y pausa, he descubierto que la vida se ríe de nosotros todo el tiempo. No con crueldad, creo, sino con esa ironía antigua de quien sabe que hemos llenado de importancia asuntos que dentro de cien años no merecerán ni una nota al pie.

La pregunta es si sabemos reír con ella o si seguimos empeñados en llevar el ritmo de un compás que nadie marcó, dentro de una orquesta donde el director ya se fue, quizá hace rato, a tomar un café y nadie tuvo el valor de avisarnos.

Yo, por si acaso, he decidido quedarme un momento más.

Después de todo, también eso es perder el tiempo con estilo.

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jueves, 20 de agosto de 2026

*** 62 El caballo que me trajo hasta aquí

Capítulo 62

El caballo que nunca obedeció

A veces me pregunto si la vida no será, en el fondo, un caballo desbocado que corre por una llanura sin horizonte. No sabría decir cuándo comenzó la carrera —tal vez aquella tarde en que vi a mi hermano Gilberto montar uno por primera vez, o quizá antes, cuando todavía ignorábamos que los años podían escaparse con tanta facilidad y que un día nos volveríamos a mirar hacia atrás, buscando entre el polvo el rostro de quien fuimos—. El caballo corre sin preguntar adónde queremos ir. Corre porque algo en su naturaleza le impide detenerse. Y nosotros, durante buena parte de la existencia, confundimos su carrera con nuestra voluntad: creímos llevar las riendas, creímos escoger el camino, creímos que bastaba tirar un poco hacia un lado para torcer el destino. Después pasan los años y descubrimos que quizá las riendas siempre estuvieron flojas entre nuestras manos.

Yo también tuve esa ilusión. Durante mucho tiempo pensé que mi vida se parecía a un camino que podía dibujarse sobre un mapa. Había lugares a los que quería llegar, cosas que deseaba conservar, otras que juraba no volver a mirar jamás. Como todos, hice planes con la seriedad de quien firma un contrato que nadie ha redactado. Creí que las decisiones importantes serían mías, que sabría reconocer las encrucijadas cuando aparecieran y que, llegado el momento, escogería con suficiente lucidez el rumbo de mi existencia.

Nadie me advirtió, entonces, que toda decisión exige una renuncia. Que lo que uno deja ir es el precio exacto de aquello que elige. Cada camino tomado cierra, sin ruido, alguna puerta que quizá nunca vuelva a tocar. Y en ese intercambio silencioso —entre lo que se toma y lo que se suelta— se va escribiendo, sin que uno lo note del todo, la vida entera: un inventario de caminos elegidos y de ausencias que se aprende a cargar en voz baja.

Pero la vida tiene una manera extraña de adelantarse a nuestras decisiones: mientras uno está ocupado pensando qué hará mañana, ella ya ha movido de sitio las cosas que creíamos seguras.

Ahora, cuando miro hacia atrás, veo al caballo atravesando una llanura inmensa y sé que hubo momentos en que quise detenerlo y no pude. Quise quedarme cuando la vida ya había decidido que debía partir. Quise volver cuando el camino de regreso ya no conducía al mismo lugar. Quise conservar ciertas cosas que el tiempo había empezado a llevarse con la discreción de un ladrón paciente. Y muchas veces, mientras yo creía elegir, algo más profundo y desconocido iba eligiendo por mí.

El exilio fue uno de esos giros del caballo.

No lo vi venir como se ve venir una tormenta. Un día estaba de un lado de mi vida y, al siguiente, el caballo ya corría hacia otra dirección. Detrás quedaron las voces, las calles, los muertos y los vivos que pertenecían a la misma geografía de mi sangre; quedaron los lugares donde había aprendido a ser quien era, como si alguien hubiera arrancado de golpe una página y el viento se la hubiera llevado.

Uno cree que, al partir, conserva intacta la tierra que deja atrás. Se equivoca. La patria sigue viviendo, pero no espera: cambia de rostro, envejece, pierde sus propias cosas, mientras uno aprende a sobrevivir en otra estación, bajo otro cielo, entre palabras que al principio no sabe pronunciar. El caballo sigue corriendo y, cuando uno vuelve la cabeza, descubre que la distancia ha hecho su trabajo. Ya no pertenece del todo al lugar que abandonó, pero tampoco termina de pertenecer al lugar donde llegó.

«Quizá el exilio sea eso: viajar toda la vida sobre un caballo que corre entre dos orillas y no se detiene en ninguna».

Hay días en que me pregunto qué habría sido de mí si el animal hubiera tomado otro camino. No lo hago con la esperanza de obtener una respuesta. A cierta edad uno descubre que las preguntas que no pueden cambiar nada se parecen a las ventanas de las casas abandonadas: uno puede asomarse por ellas, pero no volver a entrar. ¿Habría sido más feliz? ¿Sería este mismo hombre que ahora recuerda? No lo sé. Y tal vez ésa sea la única respuesta honesta.

Porque cada vida posible tiene su propio cementerio. En algún lugar quedaron enterrados todos los hombres que no llegamos a ser: el que permaneció, el que regresó, el que tomó una decisión distinta una tarde cualquiera, el que tuvo menos miedo. A veces siento que todos ellos corren junto a mí por la llanura, silenciosos, levantando el mismo polvo. Son mis vidas no vividas. No puedo hablar con ellas. Apenas las veo de reojo antes de que desaparezcan detrás de una colina.

Pero la vida no permite volver para probar el otro camino. El caballo no sabe de arrepentimientos. Avanza. Y nosotros tenemos que avanzar con él.

Después llegó la edad, que también es una manera de mirar el camino desde una altura distinta. Uno envejece y empieza a entender cosas que de joven le habrían parecido insoportables: que no todo lo perdido fue un fracaso, que algunas puertas cerradas nos salvaron de habitaciones donde habríamos terminado ahogándonos, que ciertos dolores nos acompañaron durante años no porque fueran más fuertes que nosotros, sino porque nunca supimos dónde dejarlos. Y entiende también que muchas de las cosas que más importaron no estuvieron previstas.

La vida, después de todo, tiene la costumbre de entrar por las puertas que uno no estaba vigilando.

Yo lo supe cuando, en una edad en que creía conocer ya la dirección de mi camino, llegó un hijo inesperado.

Hasta entonces pensaba que ciertas decisiones pertenecían definitivamente al pasado, que algunas estaciones de la vida habían cerrado sus puertas y que ya no quedaban sorpresas de esa magnitud esperándome detrás de ninguna curva. Pero el caballo, que nunca obedeció mis cálculos, volvió a hacer lo que quiso. Y cambió el rumbo.

No de manera estruendosa. Las verdaderas transformaciones casi nunca llegan anunciándose con trompetas —a veces entran en la vida con el peso pequeño de un niño y, sin hacer ruido, desplazan el centro de todo—. De pronto el tiempo deja de pertenecernos por completo. Hay otro corazón latiendo en el mundo y, por alguna razón difícil de explicar, uno comienza a mirar la propia existencia desde ese nuevo latido.

Mi hijo llegó cuando yo no lo esperaba. Y quizá por eso lo cambió todo: no porque borrara lo anterior, ni porque volviera más fáciles las preguntas que ya llevaba conmigo, sino porque introdujo en la carrera una forma distinta de esperanza. Yo, que había pasado tantos años intentando adivinar hacia dónde me llevaba la vida, descubrí que ahora alguien venía detrás de mí —o a mi lado— mirando el mismo horizonte con unos ojos que todavía no sabían cuánto podía durar una llanura.

Tal vez fue entonces cuando supe que no siempre somos nosotros quienes llegamos a la vida de los demás: a veces alguien llega a la nuestra y nos obliga a empezar de nuevo.

Uno cree que ya ha vivido lo esencial y, de pronto, aparece un hijo cuando el calendario parecía haber decidido otra cosa. Entonces el caballo vuelve a correr, pero ya no corre igual. O quizá somos nosotros quienes hemos cambiado. Quizá por primera vez nos damos cuenta de que no viajamos solos.

Hoy, desde la orilla de los años, miro ese camino con una mezcla de asombro y cansancio. No siento tristeza por todo —sería injusto: he conocido demasiadas cosas hermosas para hacer de mi vida una larga queja—. Pero tampoco puedo fingir que no hay melancolía en mirar hacia atrás.

La vejez tiene esa extraña costumbre de reunir en una misma habitación a quienes fuimos. De noche, cuando todo calla, a veces siento que el muchacho que fui todavía vive en alguna parte de la casa. No habla. No me reprocha nada. Me mira con la curiosidad de quien quiere saber qué hicimos con todo aquello que él soñaba.

Y no siempre sé qué responderle. ¿Cómo explicarle que la vida tomó caminos que ninguno de los dos había imaginado? ¿Cómo decirle que aquel caballo al que tanto quiso dominar terminó llevándonos por lugares que nunca aparecieron en sus mapas?

Tal vez él se decepcionaría. Tal vez no. Quizá, si pudiera mirarme con la compasión que los jóvenes rara vez tienen por los viejos, entendería que hice lo que pude: que muchas veces elegí a ciegas, que otras veces no elegí nada y aun así tuve que aceptar las consecuencias, que hubo días en que tuve miedo y días en que fui valiente sin saberlo, que perdí personas que creía eternas y encontré otras cuando ya no esperaba encontrar a nadie.

El caballo siguió corriendo. Y yo con él.

A estas alturas ya no quiero dominarlo. He dejado de discutir con su naturaleza —sería tan inútil como discutir con el río porque no vuelve, o con la noche porque apaga la luz—. La vida nunca prometió obedecer nuestros planes. Nosotros fuimos quienes supusimos que debía hacerlo.

Ahora me basta con mirar la llanura. El horizonte continúa alejándose, como siempre. El polvo se levanta detrás de los años y, en ocasiones, una ráfaga lo aparta lo suficiente para que pueda distinguir algún rostro, una casa, una calle, una voz que creía perdida. Entonces me detengo un instante —no para regresar, ya sé que nadie regresa, sino para agradecer que todo aquello haya existido—.

Porque, a pesar de lo que perdimos, existió. Existió el niño. Existió el joven. Existió la tierra que dejé y los caminos que me trajeron hasta aquí. Y existió ese hijo inesperado que llegó a enseñarme, sin proponérselo, que la vida todavía podía guardar algo para mí cuando yo creía haber recibido ya casi todo lo que podía recibir.

Quizá no fuimos nosotros quienes condujimos el caballo. Quizá tampoco él estaba tan perdido como parecía. Tal vez solo corría obedeciendo una música que nunca alcanzamos a escuchar, y nosotros, orgullosos de nuestra voluntad, confundimos durante años el movimiento de sus patas con el rumbo que creíamos haber elegido.

Ahora ya no sé. Hay muchas cosas que antes me parecían claras y que la edad ha cubierto de niebla. Antes necesitaba respuestas. Hoy me basta con algunas preguntas: saber que estuve aquí, que respiré este aire, que amé como pude, que cometí errores que aún me acompañan y que, pese a todo, hubo momentos en que sentí que la vida era una cosa extraordinaria. Incluso cuando dolía. Incluso cuando nos arrancaba de lo que amábamos. Incluso cuando nos llevaba hacia lugares donde nunca pensamos vivir.

Ahora que ya no soy joven —que los años han ido dejando su caligrafía sobre mi cara y que he recorrido bastante más de la mitad de esta llanura—, me pregunto qué hacer con el polvo de recuerdos que el caballo levanta a su paso y que nunca termina de asentarse. Qué hacer con tantos aniversarios acumulados, con tanta juventud convertida en memoria, con tantos nombres que alguna vez me iluminaron los días y que ahora solo pronuncio por dentro. Yo, que más de una vez me morí sin abandonar la vida —de tedio, de pérdidas, de silencios que se alargaron más de la cuenta—, todavía salgo a la mañana con los brazos un poco abiertos, como quien recibe una noticia que esperaba. Y de noche, cuando el miedo amenaza con ocupar toda la habitación, me acompaño con canciones viejas, en voz baja, para dejarle apenas un rincón.

Hay una paradoja que la edad termina por mostrar, o que al menos me mostró a mí: los años pasan, pero algo adentro nunca aprendió a contarlos. A veces tengo la impresión de no haber nacido del todo, de que todavía me cabe un mundo entero en el costado izquierdo. Y hay preguntas que corren a la par del caballo sin pedirme respuesta. Ya no las espanto. Quizá sea ésa una forma discreta de fortuna: haber llegado lejos sin haber dejado de estar en camino.

Mientras quede algo que me asombre, una página por escribir, algún rincón de mí mismo que todavía no entiendo, me inclino a creer que la edad seguirá siendo apenas una cifra en los papeles. Y si algún día envejezco de verdad, no será —eso quiero pensar— por la suma de los años. Será la mañana en que deje de hacerle preguntas al horizonte.

El caballo sigue corriendo. Lo escucho todavía, aunque ya no trato de sujetar las riendas con la desesperación de antes. He aprendido a acompañarlo: a inclinarme sobre su lomo cuando sopla el viento, a guardar silencio cuando la llanura se vuelve oscura, a no preguntar demasiado por qué hemos tomado un camino y no otro.

«Quizá ésa sea la última forma de la paz: no la de haber descifrado la vida, porque nadie la descifra del todo, sino la de dejar de exigirle explicaciones».

Un día el caballo se detendrá. Entonces el polvo caerá lentamente sobre la llanura y todo aquello que parecía correr hacia alguna parte quedará, por fin, inmóvil. Quizá entonces descubra que el horizonte nunca fue una promesa, que la meta no estaba al final del camino, que no se trataba de llegar a ser el hombre que habíamos imaginado, sino de aprender a reconocer al hombre en que nos convirtió el viaje.

Y quizá, cuando todo haya terminado, pueda mirar al caballo sin rencor. Porque no obedeció. Es verdad, nunca obedeció. Pero, después de tantos años, tal vez deba reconocer que, de algún modo misterioso, me llevó exactamente hasta donde estoy.

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lunes, 17 de agosto de 2026

61- La inutilidad luminosa

Capítulo 61

La inutilidad luminosa

Creo que hace mucho tiempo que hemos muerto, aunque nadie lo haya notado. Morimos en el instante exacto en que dejamos de ser útiles, cuando el mundo ya no espera nada de nosotros y la prisa ajena sigue su curso sin mirarnos. Desde entonces vivimos en esta franja extraña —una vida póstuma que no duele pero tampoco consuela—: horas que se dejan caer como hojas secas, días que no reclaman nada.

Y sin embargo, en esta muerte tranquila aparece algo que nunca habíamos tenido: el derecho a descansar. No por cansancio, sino por finitud.

Es la primera vez que me encuentro frente a mí mismo sin órdenes que obedecer, sin tareas que me justifiquen. Antes bastaba con cumplir para sentirme vivo. Ahora nadie puede darme ya órdenes, y nada puede justificarme. A veces creo que es aquí, en esta franja donde ya no sirvo para nada, donde la vida empieza de veras. Otras veces no estoy tan seguro —lo anoto y lo dejo así, sin cerrar.

Me pregunto ahora si el miedo que tuve siempre a la inutilidad no era en realidad miedo a la libertad. Porque ser útil es ser predecible; es ocupar un hueco en el engranaje y dejar que el engranaje decida el ritmo de los latidos. La utilidad es una jaula dorada con forma de horario. Y yo fui un buen prisionero. Durante décadas, mi valor se midió en tachuelas, en informes entregados a tiempo, en silencios cómplices y en sonrisas forzadas ante los superiores. Mi identidad era un conjunto de funciones: padre, esposo, empleado, ciudadano. Ahora que ya no ejerzo ninguna de esas funciones con plenitud, ¿quién soy? La pregunta no me angustia tanto como antes. Tal vez porque ya no necesita respuesta.

El silencio que me rodea no es el vacío, como temía. Es una cámara de resonancia. Cada pensamiento que antes ahogaba con el ruido de la agenda ahora rebota contra las paredes de las horas y vuelve a mí amplificado. Escucho por primera vez el rumor de mi propia sangre. Y en ese rumor hay cosas que no me gustan: rencores que creía olvidados, ternuras que nunca expresé, preguntas que dejé pudrirse en el sótano de la conciencia. No las aparto. Las dejo estar, como se deja estar a un huésped incómodo al que ya no se le pide que se vaya.

Esta edad no es sabia por acumulación, sino por despojo —como los árboles del parque, que en invierno pierden las hojas para mostrar la verdad de sus ramas—: nudos, cicatrices, direcciones erráticas, una geometría que solo el frío hace visible. Yo estoy desnudo ahora. Y la desnudez, descubro, no es vergüenza; es el único territorio donde cabe la verdad.

Ayer, al despertar, con la luz gris del amanecer colándose entre las cortinas, la nieve detenida detrás del cristal y el crujido de la calefacción, tuve un instante de pánico. No sabía qué día era. Y entonces, en ese vértigo, descubrí que todos los días son el mismo día cuando ya no hay metas que los distingan. Pero en lugar de desesperarme, sentí una extraña paz: el tiempo ya no me empuja, me sostiene. Es como estar en el ojo de un huracán al que llamábamos «vida». Fuera, las obligaciones siguen girando, los jóvenes corren, los plazos vencen, las facturas se pagan, los sueños se construyen o se derrumban. Pero yo estoy aquí, en el centro quieto, viendo pasar el vendaval sin que me toque.

Quizá por eso veo ahora, con más claridad que antes, la extraña promesa sobre la que vivimos apoyados: la del mañana. Cada día nuevo nos ofrece la ilusión de un comienzo, aunque también nos acerque, sin hacer ruido, al último. Y sin embargo seguimos caminando. Hacemos planes, compramos flores, escribimos páginas que quizás nadie lea, como si la muerte fuera una noticia reservada para otros. Yo también lo hago todavía —de vez en cuando me sorprendo comprando un frasco grande de algo, con una confianza que no sé de dónde saco.

He empezado a hablar con los muertos. No con fantasmas, sino con las versiones de mí mismo que fui y que ya no son.

—¿Estás orgulloso de este anciano? —le pregunto al niño que fui.

Tarda en contestar, con esa lentitud de quien no quiere mentir.

—No sé —dice al fin—. Pareces cansado.

Al joven impaciente le pido perdón por no haber llegado a los lugares que él imaginaba.

—No importa —responde, aunque los dos sabemos que sí importa un poco—. Llegaste a otros.

Al padre que fui le confieso que no siempre supe amar sin condiciones. Él no dice nada. Se queda ahí, con las manos vacías, como se quedan los padres cuando ya no hay nada que corregir.

Y en estas conversaciones silenciosas —estos diálogos que solo yo escucho— descubro que el perdón que más necesito no es el de los demás, sino el mío propio. No sé si lo alcanzo del todo —pero la conversación misma, eso ya es algo.

La juventud cree que la vida es una línea ascendente. La vejez sabe que es un círculo, o mejor, una espiral que vuelve siempre a los mismos temas pero desde una altura distinta. El amor, la pérdida, el miedo, la belleza y la frescura de la juventud, la muerte: todo eso ya lo he vivido, pero ahora lo vivo de nuevo, no con la angustia de la primera vez, sino con la lucidez de quien sabe que todo termina y que precisamente por eso cada instante es un milagro minúsculo.

Con los años he llegado a pensar que el mundo, despojado de sus adornos y de los cuentos que nos contamos para soportarlo, tiene una indiferencia desnuda. No parece responder a nuestras preguntas ni conmoverse con nuestras lágrimas. Los astros siguen mudos sobre nuestras desgracias, y el cielo continúa su recorrido aun cuando una vida entera se derrumba bajo una ventana cualquiera. Buscamos explicaciones en la razón, en la ciencia, en las creencias, en libros envejecidos por otras manos que también le temieron a la oscuridad. Pero cuanto más avanzamos, más me parece que toda certeza termina volviéndose metáfora: nombramos el misterio sin llegar nunca a poseerlo.

Quizá ahí esté la herida secreta de nuestra condición: en ese deseo obstinado de entenderlo todo y en la negativa del universo a darnos una respuesta definitiva. Somos criaturas sedientas de unidad en un mundo hecho de fragmentos. Queremos un sentido único para nuestras pérdidas, para nuestros encuentros, para los años gastados en estaciones y despedidas; pero el mundo se nos presenta múltiple, disperso, irreductible —como un rompecabezas al que alguien, hace mucho, le perdió la tapa con el dibujo.

Y, sin embargo, hace unas noches miré el cielo estrellado desde el apartamento de la calle De Rigaud, a través del cristal, y supe, con una certeza que no necesita pruebas, que yo soy también esa luz que tarda millones de años en llegar. Quizá mi vida, como la de las estrellas, ya se ha extinguido en el plano de la acción, pero su fulgor sigue viajando, sigue tocando otras orillas —útil sin serlo, bello sin propósito—. No lo digo para consolarme. Lo digo porque me parece cierto, y porque la certeza que no pide pruebas es la única que a esta altura todavía me convence.

Emil Cioran hubiera dicho —o algo así lo hubiera dicho— que «solo empezamos a existir de verdad el día en que dejamos de justificarnos, que todo lo anterior fue disculpa disfrazada de vida». Yo no sé si necesitaba ir tan lejos, pero entiendo el gesto: hay una violencia serena en dejar, por fin, de pedir permiso para existir.

Esto que vivo no es el final. Es la posdata. Es la carta que escribimos cuando el sobre ya está cerrado —y en ella decimos lo que de verdad importa—, porque ya no hay destinatario que juzgue, solo el alivio de haberlo dicho.

Tal vez haya una extraña belleza en esa derrota. Cuando uno acepta que el misterio no será resuelto, deja de perseguir horizontes imposibles y empieza a oír el leve crujido de la vida presente: la lluvia resbalando por los vidrios en una tarde de Montreal, una fotografía amarillenta donde todavía respira alguien que ya no está.

Y así, sentado en este banco de la tarde, viendo cómo la luz se retira sin pedir permiso, me abrazo a mi inutilidad como quien acepta, por fin, una verdad modesta: quizá no estamos aquí para entender el universo, sino para habitarlo; quizá vivir no sea servir, sino permanecer despierto ante la propia existencia. Amar un poco, recordar otro poco, dejar algunas palabras encendidas contra la noche. Y seguir así, sin saber muy bien por qué, mientras dure este breve puente de luz, hasta que el último suspiro nos devuelva al silencio originario, ese que no es ausencia de ruido, sino presencia plena de lo que siempre fuimos y nunca supimos escuchar.

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sábado, 15 de agosto de 2026

*** 60 El desgaste de los días

Capítulo 60

El desgaste de los días

«La edad, esa enfermedad hereditaria que se contrae al nacer y de la cual uno intenta curarse lo más tarde posible.»

Hay una muerte que no aparece en ningún certificado, que no exige sacerdote ni deja una silla vacía en la mesa, y que sin embargo ocurre —lenta, obstinada— en el interior de casi todos los que conozco. Empieza en una esquina inadvertida del alma, una zona que nunca logramos identificar del todo, y avanza sin prisa, como quien cumple un deber silencioso que nadie le pidió asumir. No hace ruido. Por eso tarda tanto en revelarse, y por eso casi nadie la admite, ni siquiera ante sí mismo. Es una muerte discreta, íntima, que se instala sin anunciarse y que, cuando por fin la reconocemos, ya ha cambiado para siempre la manera en que tocamos el mundo.

La reconozco en gestos pequeños, dispersos, que a primera vista no dicen nada. El hombre que deja de fotografiarse porque ya no reconoce del todo al que aparece en la imagen. Quien deja de discutir, no porque haya aprendido a callar, sino porque supo, en algún momento que no alcanzó a fechar, que ciertas batallas estaban perdidas antes de empezar. La mujer que guarda la ropa nueva en el armario, sin estrenarla, para una ocasión que ya no espera: se empieza a envejecer el día en que uno guarda algo para una ocasión que ya no piensa tener. Ninguno de ellos lo llamaría resignación. Yo tampoco. Es apenas un desgaste, y los desgastes no piden permiso.

No es exactamente tristeza. Tampoco es derrota, aunque se le parezca de lejos. Es la vida misma, que a veces se empeña en apagarnos por dentro mientras seguimos cumpliendo, con una obediencia casi conmovedora, el acto de estar vivos: se toma el metro, se contesta el teléfono, se sonríe cuando hace falta sonreír.

Durante años creí que la alegría era un lujo, algo que venía después de lo importante. Ahora sé que era una necesidad, y que cuando falta —por una desgracia o, más a menudo, por el lento desgaste del aburrimiento— uno enferma sin enterarse. Se piensa peor. Se es menos valiente, y también menos generoso. Nada de eso se nota desde fuera: el metro llega igual, el teléfono se contesta igual.

Pero existe una forma más honda de ese apagamiento, una que no aparece en ningún manual de la melancolía porque no tiene síntomas que se puedan nombrar. Ocurre cuando alguien deja de esperar el futuro diminuto de las cosas pequeñas: el segundo exacto en que la luz de la tarde entra por una ventana que da a las escaleras de caracol del vecino, la palabra que se guarda en vez de decirse, el gesto de una mano que ya no busca la otra mano en la oscuridad. Esa muerte no duele ni reclama. Simplemente instala, en el pecho, una habitación vacía donde antes vivía la expectativa. Y uno la habita durante años sin saber que la habita.

Empieza uno a notar, entonces —tarde, casi siempre tarde— que ha dejado de comprar flores para la mesa, que los libros se acumulan sin abrirse, que la música suena pero ya no se escucha del todo, que hasta los besos se dan por costumbre, como quien firma un documento cuyo contenido dejó de importarle hace tiempo. La vida se vuelve una coreografía aprendida de memoria: los pies se mueven, el cuerpo cumple, pero algo adentro se ha quedado quieto, como un reloj al que se le olvidó dar cuerda y que, sin embargo, sigue de pie sobre la repisa, fingiendo que el tiempo continúa pasando por él.

Conocí, hace años, a una antigua compañera de trabajo a la que visité una sola vez, ya jubilada, en un departamento pequeño donde el silencio parecía tener su propio peso específico. No hablamos de mucho. En un momento, sin que yo le preguntara nada, me dijo: «Ya no espero nada, y eso, curiosamente, me da paz». Entonces no entendí. Hoy, con la piel menos firme y la memoria más porosa, empiezo a pensar que aquella paz no era felicidad ni tampoco resignación pura: era una tregua que el alma firma con el cansancio, la mano que finalmente deja de intentar atrapar mariposas que de todos modos nunca se dejaban atrapar.

Yo también terminé aprendiendo ese oficio. Durante mucho tiempo mis pensamientos me llevaron por territorios que prefería no nombrar —no eran grandes tristezas, de esas que tienen una causa precisa y un remedio imaginable, sino una fatiga sin nombre que se instalaba en los días y no hablaba de irse—. Con los años, uno les hace un lugar a ciertas ausencias, procura no tropezar con ellas y termina confundiéndolas con la vida misma. Llegué a considerar el desaliento una compañía tolerable. No era felicidad, desde luego, pero tampoco una desgracia que mereciera ser contada.

Pienso en los que caminan por la vida con el disfraz de la normalidad mientras adentro las luces se apagan una a una, como en un edificio que se va desocupando piso por piso sin que nadie lo anuncie. ¿Cuándo dejé de emocionarme con la lluvia contra el vidrio? ¿En qué momento el ruido del mundo se volvió solamente eso, ruido, y no la música torpe que alguna vez creí saber escuchar? No sé responder. Quizá las respuestas ya no importan cuando la pregunta misma ha perdido el filo con que antes cortaba.

Y sin embargo, y aquí está lo que más me desconcierta, a veces, en lo más hondo de la noche, cuando el edificio entero se aquieta y hasta la tienda de la esquina ha apagado su letrero, algo atraviesa esa oscuridad sin avisar. Una canción vieja que no elegí escuchar. Un perfume olvidado que aún habita los pliegues de la memoria. Una fotografía que cae de un libro y muestra un rostro que ya no está. Y el corazón, por un instante, se sobresalta, despierta de su letargo, recuerda, como quien recuerda un idioma que creía olvidado, que alguna vez supo latir con otra intensidad. Sé que es un espejismo. Sé que dura poco. Pero en ese breve tramo de tiempo la muerte interior se detiene, confundida, sin saber bien qué hacer con nosotros.

A veces pienso que no hace falta vencer eso que nos apaga por dentro. Hay cosas que se resisten a toda explicación y a toda resistencia. Cuanto más las combatimos, más arraigan; cuanto más las interrogamos, más se repliegan en su silencio. Tal vez la única sabiduría posible consista en dejarlas estar, sin nombrarlas demasiado, sin exigirles respuestas que nunca darán. Con el tiempo, uno aprende que no todo en la vida fue hecho para resolverse: algunas presencias permanecen, discretas e inevitables, como la sombra que acompaña al caminante hasta el final del día.

Llevamos, creo, un cementerio pequeño de versiones anteriores de nosotros mismos. No se trata de resucitarlas todas —sería un trabajo inútil, casi cruel—, sino de aceptar que algunas luces se apagan para que otras, más humildes, puedan finalmente encenderse. La vida no sube en línea recta. Es más bien una sucesión de pequeñas muertes y pequeñas resurrecciones que casi nunca notamos, del mismo modo en que solo se escucha el propio pulso cuando el silencio, por fin, se vuelve absoluto.

No sé si hay sabiduría en aceptar el propio desgaste. Me inclino a creer que no, o que la palabra sabiduría le queda demasiado grande a algo tan modesto. Quizá el tiempo no nos derrota del todo; apenas nos va dejando a la vista, y cada día gastado sea también, a su manera, un poco de claridad ganada. Solo sé que ahí, en los días que transcurren sin estridencia, en las manos que ya no buscan sino que simplemente sostienen lo que tienen cerca, hay una forma de belleza que no sabría explicar del todo. Y que tal vez no haga falta explicarla.

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****59 - Donde las palabras aprenden a curar

Capítulo 59

Donde las palabras aprenden a acompañar

He llegado a esa edad en que las preguntas ya no exigen respuestas inmediatas, sino que se quedan conmigo como viejos compañeros de viaje, sentados a la mesa sin pedir explicaciones. Y en esta quietud que los años me han regalado —o quizás me han impuesto— me inclino a creer que detrás de cada paso que cruza la calle, detrás de cada cuerpo que carga en silencio el peso discreto de sus pequeñas obligaciones, se esconde un campo de batalla que nadie ve.

Si pudiéramos mirar, aunque fuera un instante, las batallas que cada persona libra en secreto, no creo que siguiéramos cruzando la vida con esa indiferencia que a veces confundimos con prudencia. Bastaría acercarnos un poco a cualquier rostro —el del vecino que sube las escaleras cargando bolsas, el de la cajera que despide con una fórmula aprendida, el del desconocido que espera el metro con la mirada perdida en el reflejo del vidrio— para descubrir que detrás de esa expresión tranquila puede habitar una pérdida reciente, una ausencia que todavía pesa, una herida que aprendió, con los años, a no hacer ruido.

Cada quien carga su pequeña historia de derrumbes y sobrevivencias, casi nunca contada. Y sin embargo se levanta, se abriga, sale a la intemperie, trabaja, conversa, sonríe cuando hace falta sonreír. Esa obstinación callada —esa manera de seguir aunque por dentro algo esté cediendo— me parece una de las formas más discretas y verdaderas de la dignidad.

Quizás por eso escribo. No porque crea tener respuestas —sería una arrogancia imperdonable a mis años—, ni porque piense que las palabras puedan enmendar un mundo empeñado, según parece, en multiplicar el dolor. Escribo porque hay demasiado sufrimiento alrededor y, frente a él, uno siente la necesidad de hacer algo, aunque sea diminuto, aunque apenas tenga la fuerza de un gesto. Hay noches en que las noticias llegan desde lugares remotos y, aun así, consiguen entrar en la habitación, colarse por debajo de la puerta como el frío que sube desde la calle.

Una guerra, una familia que lo ha perdido todo, alguien que muere solo, una ciudad que amanece convertida en ruinas. Apago la pantalla y me quedo un momento sin saber dónde colocar, dentro de mí, tanta desgracia ajena. Afuera la ciudad sigue con su ruido de siempre —un camión que frena en la esquina, una sirena que se aleja—, pero algo queda suspendido en el aire del cuarto, como una pregunta que nadie formula en voz alta.

Entonces pienso que escribir es una manera de no pasar de largo. No puedo detener una guerra, ni devolverle a una madre el hijo que perdió, ni reconstruir una casa derribada. Pero tal vez pueda poner una palabra junto a otra para decirle a alguien, en algún lugar que no conozco, «te entiendo», aunque ignore su historia; «sé que duele», aunque no sepa la forma exacta de su dolor; «quédate un momento más», aunque nunca llegue a saber que esas palabras hacían falta. Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una frase.

Cuando me siento a escribir ocurre algo que todavía me sorprende. Las palabras, dormidas durante el día, empiezan a moverse. Algunas llegan con timidez, como quien toca una puerta sin saber si lo recibirán; otras se resisten y hay que ir a buscarlas. Hay frases que se quedan a medio camino y otras que irrumpen con una claridad inesperada, como si hubieran esperado durante años el momento de ser dichas. Se buscan entre ellas, se contradicen, se corrigen. Y mientras avanzo, algo se va acomodando también dentro de mí, del mismo modo en que el silencio de esta ciudad, después de la medianoche, parece ordenar las cosas que el día dejó revueltas.

Vivo solo. Escribo de noche. No sé si lo segundo explica lo primero o si es al revés.

No siempre soy yo quien se sienta a esperarlas. A veces son las palabras las que vienen a buscarme. Si la madrugada me despierta —y ocurre más seguido de lo que admito—, no peleo contra el insomnio: enciendo la lámpara y dejo que la idea que me ha tocado el hombro se despliegue. Obedezco. Sé que no volverá igual.

Por eso hay papeles dispersos por todo el apartamento, pequeñas islas amarillas donde anoto lo que no quiero perder. En la mesa de luz, junto al vaso de agua. En la cocina. En el bolsillo del abrigo, esperando el día en que la memoria falle. A veces pienso que se reproducen por la noche, como una pequeña población secreta: los encuentro en lugares donde no recuerdo haberlos dejado. Tengo la impresión de que el apartamento los mueve, de que los acomoda según su propio criterio y tiene para ellos un plan que yo desconozco.

Son mi manera de estar de guardia. En esas horas mi oficio se parece al de un médico nocturno: atiendo lo que aparece, lo que duele, lo que insiste. La diferencia —y lo digo con cierto pudor, después de haber hablado tanto del dolor ajeno— es que casi siempre la emergencia soy yo mismo.

He vivido lo suficiente para saber que no todo lo que nos ocurre encuentra su sitio en una conversación. Hay tristezas que no sé explicar sin desfigurarlas, ausencias que prefiero no nombrar y pequeñas alegrías que pierden su delicadeza en cuanto intento compartirlas. Algunas cosas necesitan quedarse un tiempo adentro antes de atreverse a salir. Y hay pensamientos que, si los abandono demasiado, terminan confundiendo el silencio con el olvido. La escritura me deja acercarme a todo eso sin obligarlo a dar explicaciones. En sus páginas converso con el hombre que fui, reconozco al que todavía soy y acepto, sin demasiadas preguntas, que entre ambos queda una distancia que los años no han conseguido borrar.

A veces pienso que uno escribe para no desaparecer del todo dentro de sí mismo. No para salvarse de la muerte —las palabras no dan para tanto—, sino para no perderse de vista mientras sigue aquí. Escribir no detiene el tiempo ni devuelve lo perdido. Apenas me permite sentarme un rato junto a mis propios años, sin pedirles que sean distintos.

Tal vez de ahí venga una diferencia que he ido notando al leer a otros. Hay quienes escriben sobre la oscuridad porque la imaginan de lejos, y quienes lo hacen porque han caminado por sus pasillos y aprendieron a reconocerle las sombras. Los primeros describen la noche; los segundos —me inclino a creer— hablan desde ella, que es otra cosa y se nota en el pulso de la frase. Quizá por eso ciertas palabras renuncian a impresionar y se conforman con acompañar: vienen de una cicatriz antes que de la fantasía, y quien las lee a deshoras las reconoce como se reconoce, en un sobre, la letra de alguien querido. La oscuridad imaginada ha dado páginas hermosas, no lo niego. La vivida, hasta donde he podido ver, suele dejar otras menos lucidas, pero más difíciles de desmentir.

Las palabras nos acompañan toda la vida. Nos consuelan, nos engañan, nos empujan o nos detienen. Pero es el silencio quien las juzga. En él muestran su verdadero peso, como semillas que caen sin saber qué tierra les ha tocado. Algunas se secan y desaparecen. Otras germinan despacio, cuando ya nadie las recuerda, y un día alimentan a alguien.

Cada página me devuelve algo que creía perdido; alguna frase encuentra por dónde salir. No diría que escribir cura —sería demasiado fácil decirlo—. Pero sí consigue que ciertas heridas dejen de ser habitaciones cerradas con llave. Las palabras no las borran. Apenas encienden una luz pequeña, suficiente para mirarlas sin apartar los ojos.

A veces pienso que la literatura no promete curarnos de nada: a lo sumo enseña a llevar mejor lo incurable, a sentarse con ello un rato antes de apagar la luz. Tiene algo de antiguo acto de compañía. Alguien escribió en un lugar y un tiempo que ya no existen, y muchos años después otro hombre, sentado en otra habitación, en otra ciudad, en otro idioma quizá, abre un libro y encuentra ahí una emoción que creía exclusivamente suya.

Descubre, de pronto, que alguien antes que él también tuvo miedo y también estuvo despierto mientras el resto del mundo dormía. Y en ese instante la soledad pierde algo de su densidad. Quizá ahí empiece una de las formas más delicadas de la fraternidad.

Durante mucho tiempo imaginé a un lector desconocido. No sabía su nombre, ni la ciudad donde vivía, ni qué habría ocurrido ese día para que llegara hasta uno de mis capítulos. Podía estar pasando una noche difícil, o haber recibido una noticia que todavía no sabía cómo aceptar, o necesitar apenas unos minutos de silencio, lejos del ruido del mundo. Lo imaginaba leyendo. Y encontrando, en algún renglón, una frase que parecía haber sido escrita solo para él. No porque yo conociera su dolor, sino porque el dolor humano, con sus infinitas formas, habla a veces una lengua que todos entendemos sin haberla estudiado.

Todos tenemos momentos de flaqueza; pequeñas fisuras por donde se asoma lo que somos. Menos mal que todavía somos capaces de llorar. El llanto es, tantas veces, una salvación discreta: una puerta que se abre cuando todo lo demás parece cerrarse. Hay ocasiones en que moriríamos un poco por dentro si no llorásemos.

Me sucede a menudo al releer lo que he escrito: de pronto, sin aviso, aflora el recuerdo de mi hijo. No llega como un sobresalto, sino como una luz que se cuela por una rendija del día. Las lágrimas, cuando llegan sin violencia, no rompen nada: acomodan algo por dentro y se van.

Hace poco me escribió un lector que no conozco. Un mensaje corto: había leído las páginas donde aparece mi hijo y quería contarme lo que había sentido al leerlas. Atravesaba algo parecido. No decía cuál era su historia, ni en qué se parecía a la mía, ni pedía respuesta. Lo leí dos veces, de pie, sin sentarme, y después me quedé un rato largo con el teléfono en la mano. Había imaginado tantas veces a ese lector que no supe qué hacer cuando apareció de verdad. Lo que quedó no fue la satisfacción de haber servido para algo. Fue algo más simple: durante unos minutos, el acompañado fui yo.

Desde entonces me gusta pensar que las palabras viajan así, sin hacer ruido, como el agua que se filtra bajo tierra. Que salen de mis manos, ya un poco torpes a veces, y llegan a otra mesa, a otra habitación, a una vida que no conoceré; que entran donde a nosotros nunca nos dejarían entrar. No aspiro a que mis palabras salven a nadie: sería una pretensión demasiado grande para un hombre que apenas sabe ordenar sus propias tardes, que a veces olvida dónde dejó las gafas o el nombre de aquella calle que solía recorrer. Nadie está llamado a llenar nuestros vacíos, y quizá el afecto más limpio empiece cuando dejamos de buscar un salvavidas y aprendemos a compartir la travesía. Me basta con pensar que pueden acompañar.

Hay una diferencia entre querer curar a alguien y querer sentarse a su lado mientras atraviesa su dolor. Lo primero pide saber qué hacer, tener respuestas, ofrecer remedios. Lo segundo solo pide quedarse, sin apuro, sin exigirle al sufrimiento que termine. Quizás la literatura pertenezca a ese segundo territorio, el de quienes no tienen medicina que ofrecer, pero sí una silla que acercan a la cama. Por eso quisiera que estas páginas fueran, de algún modo, compañía. Un lugar donde alguien pueda sentarse unos minutos sin tener que explicar nada. Unas palabras dejadas sobre la mesa, como quien deja algo de comer para el que llegue tarde y cansado, sin esperar siquiera un agradecimiento.

El mundo tiene demasiadas heridas y muy pocas manos dispuestas a sostenerlas sin apuro. Falta paciencia para escuchar y sobran voces empeñadas en tener razón. Quizás lo que nos falta no son respuestas, sino un poco más de ternura. No una ternura ingenua, de esas que prometen que todo terminará bien y que el dolor se disipará como el rocío; esa me parece casi una mentira piadosa. Prefiero una ternura más adulta, más silenciosa, capaz de mirar el dolor de frente sin convertirlo en espectáculo. Una ternura que sabe que hay heridas que no se cierran, pero que se pueden aliviar.

A mis años he empezado a desconfiar de las palabras grandes. Suenan huecas. Me quedo con los gestos pequeños: una conversación que llega a tiempo, una mano que no se retira, una página que le hace compañía a alguien sin que ese alguien lo sepa. Tal vez escribir sea mi manera de ofrecer una de esas cosas.

Y entonces me digo que no escribo solo para recordar, ni para dejar constancia de lo que fui —esos retratos del pasado que ya no me pertenecen del todo—, sino para tender una cuerda delgada hacia alguien que todavía no conozco. Porque todos, alguna vez, necesitamos que otro nos diga, aunque sea desde muy lejos, aunque sea desde el papel amarillento de un libro olvidado: «Sigue, no tienes que entenderlo todo esta noche. Basta con que sigas».

No sé si las palabras curan. Quizás no. Quizás apenas consiguen que una herida duela un poco menos cuando alguien, por fin, la nombra. Pero a veces eso basta.

Y aquí estoy, todavía escribiendo, en este cuarto piso donde el invierno se anuncia antes de llegar, con mis dudas, mis recuerdos, mis rodillas que ya no responden como antes y mis propias grietas sin cerrar. Las dejo salir como quien abre una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Quizás alguna de estas páginas vuelva a llegar a alguien y se quede a su lado unos minutos, y le haga un poco de sitio a la calma en medio de tanto ruido. Si eso ocurre, aunque sea una sola vez más en el tiempo que me queda, habrá valido la pena.

Entonces podría pensar que las palabras, después de tantos años de acompañarme, aprendieron algo que yo todavía ando aprendiendo: que no siempre están hechas para explicar la vida. A veces están hechas, sencillamente, para quedarse al lado de alguien mientras la vida duele. Una mano de tinta extendida en la oscuridad, sin saber si al otro lado hay alguien despierto.

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Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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La dignidad de vivir sin respuestas

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