sábado, 15 de agosto de 2026

59 - Donde las palabras aprenden a curar

Capítulo 59

Donde las palabras aprenden a curar

He llegado a una edad en que las preguntas ya no exigen respuestas inmediatas, sino que se quedan conmigo como viejos compañeros de viaje, sentados a la mesa sin pedir explicaciones. Y en esta quietud que los años me han regalado —o quizás me han impuesto— he comprendido que detrás de cada paso que atraviesa la calle, detrás de cada cuerpo que asciende las escaleras cargando el peso discreto de sus pequeñas obligaciones, se esconde un campo de batalla que nadie ve.

Tengo la convicción de que si pudiéramos ver, aunque fuera un instante, las batallas que cada persona libra en secreto, nos sería imposible cruzar por la vida con esa indiferencia que a veces confundimos con prudencia. Bastaría acercarnos un poco a cualquier rostro —el del vecino que sube las escaleras cargando bolsas, el de la cajera que despide con una fórmula aprendida, el del desconocido que espera el metro con la mirada perdida en el reflejo del vidrio— para descubrir que detrás de esa expresión tranquila puede habitar una pérdida reciente, un miedo antiguo, una ausencia que todavía pesa, una herida que aprendió, con los años, a no hacer ruido.

Cada quien carga su pequeña historia de naufragios y sobrevivencias, casi nunca contada. Y sin embargo se levanta, se abriga, sale a la intemperie, trabaja, conversa, sonríe cuando hace falta sonreír. Esa obstinación callada —esa manera de seguir aunque por dentro haya grietas— me parece una de las formas más discretas y verdaderas de la dignidad.

Quizás por eso escribo.

No porque crea tener respuestas —sería una arrogancia imperdonable a mis años—, ni porque piense que las palabras puedan enmendar un mundo empeñado, según parece, en multiplicar el dolor. Escribo porque hay demasiado sufrimiento alrededor y, frente a él, uno siente la necesidad de hacer algo, aunque sea diminuto, aunque apenas tenga la fuerza de un gesto. Hay noches en que las noticias llegan desde lugares remotos y, aun así, consiguen entrar en la habitación, filtrarse por debajo de la puerta como el frío que sube desde la calle.

 Una guerra, una familia que lo ha perdido todo, alguien que muere solo, una ciudad que amanece convertida en ruinas. Apago la pantalla y me quedo un momento sin saber dónde colocar, dentro de mí, tanta desgracia ajena. Afuera la ciudad sigue su ruido de siempre —un tranvía distante, una sirena que se aleja—, pero algo queda suspendido en el aire en mi aposento, como una pregunta que nadie formula en voz alta.

Entonces pienso que escribir es, quizás, una manera de no pasar de largo.

No puedo detener una guerra. No puedo devolverle a una madre el hijo que perdió, ni reconstruir una casa derribada. No puedo borrar la tristeza de quien acaba de recibir una noticia que le cambiará la vida entera. Pero tal vez pueda poner una palabra junto a otra para decirle a alguien, en algún lugar que no conozco, «te entiendo», aunque ignore su historia; «sé que duele», aunque no sepa la forma exacta de su dolor; «quédate un momento más», aunque nunca llegue a saber que esas palabras hacían falta. Porque detrás de cada rostro hay una historia que nadie contó. Un temblor que nadie escuchó. Una pregunta que quizá lleva años esperando quien la responda.

Y uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una frase.

Cuando me siento a escribir ocurre algo que todavía me sorprende. Las palabras, dormidas durante el día, empiezan a moverse. Algunas llegan con timidez, como quien toca una puerta sin saber si será recibido; otras se resisten, como animales salvajes que no quieren dejarse atrapar. Hay frases que se quedan a medio camino y otras que irrumpen con una claridad inesperada, como si hubieran estado esperando durante años el momento de ser dichas. Se buscan entre ellas, se contradicen, se corrigen. Y mientras avanzo en aquella danza silenciosa, algo se va acomodando también dentro de mí, del mismo modo en que el silencio de esta ciudad, después de la medianoche, parece ordenar las cosas que el día dejó revueltas.

Tal vez escribir sea eso: una forma humilde de poner en orden el desorden.

Cada página me devuelve algo que creía perdido. Cada frase encuentra una pequeña grieta por donde filtrarse, como la luz del amanecer que se cuela entre las persianas mal cerradas. No diría que escribir cura —sería demasiado fácil decirlo, y yo, a mis años, he aprendido a desconfiar de las cosas fáciles—. Pero sí consigue que ciertas heridas dejen de ser habitaciones cerradas con llave. Las palabras no las borran. Apenas encienden una luz pequeña, suficiente para mirarlas sin apartar los ojos, para reconocerlas sin que nos devoren.

A veces pienso, como habría pensado aquel viejo Ribeyro en sus cuadernos de madrugada, que la literatura no promete curarnos de nada: solo nos enseña a llevar mejor lo incurable, a nombrarlo sin espanto, a sentarnos con ello un rato antes de apagar la luz. Porque la literatura tiene algo de antiguo acto de compañía. Alguien escribió en un lugar y un tiempo que ya no existen, y muchos años después otro hombre, sentado en otra habitación, en otra ciudad, con otro idioma quizás, abre un libro y encuentra ahí una emoción que creía exclusivamente suya.

Comprende, de pronto, que alguien antes que él también tuvo miedo, también perdió, también esperó, también estuvo despierto mientras el resto del mundo dormía. Y en ese instante, la soledad se vuelve menos densa. Quizás ahí empieza una de las formas más delicadas de la fraternidad.

Imagino a un lector desconocido. No sé su nombre, ni la ciudad donde vive, ni qué habrá ocurrido ese día para que llegara hasta uno de mis capítulos. Puede estar atravesando una noche difícil. Puede haber recibido una noticia que todavía no sabe cómo aceptar. Puede sentirse solo en medio de mucha gente. Puede, simplemente, necesitar unos minutos de silencio, lejos del ruido del mundo. Lo imagino leyendo. Y encontrando, en algún renglón, una frase que parece haber sido escrita solo para él. No porque yo conozca su dolor, sino porque el dolor humano, con sus infinitas formas, habla a veces una lengua que todos entendemos sin haberla estudiado. Esa lengua antigua que nos une antes de que las palabras la traicionen.

Quizás entonces se detenga. Quizás respire un poco más despacio. Quizás piense: no soy el único. Hay otros que han caminado por este mismo sendero oscuro. Y si eso ocurre, aunque yo nunca llegue a saberlo, habrá valido la pena haber escrito.

Me gusta imaginar que las palabras viajan así, sin hacer ruido, como el agua que se filtra bajo tierra. Que salen de mis manos, ya temblorosas a veces, y llegan a otra vida, a otra mesa, a otra habitación, a otro corazón. Que viajan más lejos que nosotros mismos. Que entran donde a nosotros nunca nos dejarían entrar. No aspiro a que mis palabras salven a nadie. Sería una pretensión demasiado grande para un hombre que apenas sabe ordenar sus propias tardes, que a veces olvida dónde dejó las gafas o el nombre de aquella calle que solía recorrer. Me basta con pensar que pueden acompañar.

Y acompañar, a veces, ya es una forma de alivio.

Hay una diferencia entre querer curar a alguien y querer sentarse a su lado mientras atraviesa su dolor. Lo primero exige saber qué hacer, tener respuestas, ofrecer remedios. Lo segundo solo exige quedarse, sin prisas, sin exigir que el sufrimiento termine. Quizás la literatura pertenezca a ese segundo territorio, el de quienes no tienen medicina que ofrecer, pero sí una silla vacía junto a la cama, sí una mano que no se retira, sí una presencia que no pregunta ni juzga. Por eso quisiera que estas páginas fueran, de algún modo, compañía. Una lámpara pequeña para quien atraviesa una noche larga. Un lugar donde alguien pueda sentarse unos minutos sin tener que explicar nada. Unas palabras dejadas sobre la mesa, como quien deja algo de comer para el que llegue tarde y cansado, sin esperar siquiera un agradecimiento.

El mundo tiene demasiadas heridas y muy pocas manos dispuestas a sostenerlas sin apuro. Hay demasiada prisa para escuchar, demasiados juicios para comprender, demasiadas voces empeñadas en tener razón. Quizás lo que nos falta no son respuestas, sino un poco más de ternura. No una ternura ingenua, de esas que prometen que todo terminará bien, que el sol volverá a salir y que el dolor se disipará como el rocío. Esa ternura, a mis años, me parece casi una mentira piadosa. Prefiero una ternura más adulta, más silenciosa, capaz de mirar el dolor de frente sin convertirlo en espectáculo y sin exigirle que se apresure a desaparecer. Una ternura que sabe que hay heridas que no se cierran, pero que se pueden habitar.

A mis años he empezado a desconfiar de las palabras grandes. Suenan huecas, como campanas vacías. Prefiero los gestos pequeños: una conversación que llega a tiempo, una mano que no se retira, una página que le hace compañía a alguien sin que ese alguien lo sepa, una frase que evita, sin proponérselo, que una noche sea del todo oscura. Tal vez escribir sea mi manera de ofrecer una de esas cosas.

Y entonces comprendo que quizás no escribo solo para recordar, ni para dejar constancia de lo que fui —esos retratos del pasado que ya no me pertenecen del todo—, sino para tender una cuerda delgada hacia alguien que todavía no conozco. Porque todos, alguna vez, necesitamos que otro nos diga, aunque sea desde muy lejos, aunque sea desde el papel amarillento de un libro olvidado: sigue, no tienes que entenderlo todo esta noche. Basta con que sigas.

No sé si las palabras curan. Quizás no. Quizás apenas consiguen que una herida duela un poco menos cuando alguien, por fin, la nombra con el nombre que le corresponde. Pero a veces eso basta. A veces un poco menos de dolor ya es una forma de esperanza.

Y aquí estoy, todavía escribiendo, en este cuarto piso donde el invierno se anuncia antes de llegar, con mis dudas, mis recuerdos, mis rodillas que ya no responden como antes y mis propias grietas que no se han cerrado del todo. Las dejo salir como quien abre una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada. El aire fresco entra, y con él, algo que se parece a la paz.

Quizás alguna de estas páginas llegue a alguien. Quizás alguna se quede junto a una persona durante unos minutos, como un perro fiel que se sienta a los pies de su dueño sin pedir nada a cambio. Quizás, en medio de tanto ruido y tanto sufrimiento, una de estas palabras consiga hacerle un poco de sitio a la calma.

Si eso ocurre, aunque sea una sola vez en todo el tiempo que me queda, habrá valido la pena.

Entonces podré pensar que las palabras, después de tantos años de acompañarme, aprendieron por fin algo que yo apenas empiezo a comprender, en esta orilla de la vida donde ya no se mira hacia adelante sino hacia adentro: que no siempre están hechas para explicar la vida. A veces están hechas, sencillamente, para quedarse al lado de alguien mientras la vida duele. Y eso, quizás, es todo lo que un hombre viejo puede ofrecer.

Y si este puñado de palabras llega a ti, lector de noches silenciosas, y logra que por un instante tu pecho respire más despacio, entonces habré cumplido mi oficio. Porque al final, cuando el invierno se cierne sobre los huesos y la memoria se vuelve niebla, solo queda esto: haber tendido una mano de tinta y papel hacia otro ser humano, sin saber si la atrapará, pero tendiéndola de todos modos. Eso es escribir. Eso es, quizás, todo lo que podemos hacer mientras el mundo gira y duele y sigue girando.
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