Capítulo 6
La voz que casi perdí
«A veces pienso que la vida entera fue una especie de internado invisible, una escuela sin muros donde las expectativas ajenas terminaron pesando más que cualquier libro. Durante años caminé como aquel muchacho que fui: aplicado, correcto, obediente, convencido de que la disciplina era la única manera de merecer un lugar en el mundo. No sabía entonces que el precio de tanta obediencia podía ser, precisamente, la propia voz.»
Hay tardes en Montreal en que basta muy poco —una luz que entra distinta por la ventana, un silencio que se cuela entre los ruidos de la calle— para que algo antiguo se remueva sin pedir permiso.
Quizá por eso regreso algunas veces, sin proponérmelo, a los primeros años en San Carlos, cuando la vida todavía tenía el olor de la tierra húmeda y los días parecían más largos porque nadie había conseguido llenarlos de prisa. Mi infancia campesina transcurrió entre caminos de tierra, árboles, animales, lluvias repentinas y ese silencio particular del campo que no es ausencia de sonidos, sino una manera distinta de escucharlos. Allí aprendí algunas cosas que ningún maestro habría sabido explicar: que el amanecer tiene su propio lenguaje, que la tierra guarda memoria y que un río puede acompañar a un niño sin pedirle nada a cambio.
Entonces no sabía que aquella libertad sencilla sería uno de los pocos territorios verdaderamente míos.
Había en aquellos años una forma de estar en el mundo que después fui perdiendo. Bastaba con seguir un camino, detenerse a mirar el cielo, escuchar el viento entre los árboles o contemplar el agua de un río avanzar sin preguntarse hacia dónde. El niño que fui no necesitaba demasiadas respuestas. Le bastaba la posibilidad de descubrir.
Después llegó la vida con sus instrucciones.
Uno aprende muy pronto que existen maneras correctas de comportarse, caminos que conviene seguir, expectativas que sería mejor no decepcionar. Aprende a cumplir antes que a preguntarse qué desea, a ser responsable, a no causar problemas, a callar cuando hablar podría resultar incómodo. Poco a poco, sin que nadie lo anuncie, comienza a confundir la obediencia con la virtud y el silencio con la madurez.
Así fui avanzando.
No hubo un día preciso en que dejara de escucharme. Las grietas no aparecen de golpe. Se forman despacio, como el desgaste de una piedra bajo el agua. Uno cumple, uno trabaja, uno avanza, uno se esfuerza… y, sin darse cuenta, va dejando atrás pequeñas partes de sí mismo, como migas que nadie recoge.
Tal vez eso sea lo más extraño de crecer: que uno puede llegar muy lejos y, sin embargo, alejarse de sí mismo.
Durante mucho tiempo pensé que vivir consistía en responder adecuadamente a las circunstancias. Había que hacer lo que correspondía, sostenerse cuando tocaba sostenerse, continuar cuando hubiera sido más fácil detenerse. Y yo continué. A veces por convicción; otras, simplemente porque no conocía otra manera.
Pero hubo momentos de gracia.
Ahora, cuando la memoria parece adquirir una nitidez que a veces le falta al presente, regresan aquellos instantes mínimos en los que algo dentro de mí permanecía intacto. Recuerdo la sensación de libertad que me daba mirar un río. El viento detrás de una puerta cerrada. La amplitud de ciertos cielos de mi infancia, cuando todavía no sabía que el mundo podía volverse estrecho.
Eran momentos pequeños, casi invisibles. Nadie habría pensado que allí estaba ocurriendo algo importante. Y, sin embargo, allí respiraba el niño que intentaba no ser aplastado por las ruedas del mundo.
Sospecho hoy algo que entonces no habría sabido nombrar: que aquel niño no buscaba rebelarse. Buscaba, quizá, sobrevivir sin dejar de ser él mismo.
Cada gesto de ternura hacia sí mismo —una pausa, una mirada al cielo, una caminata sin rumbo, un pensamiento que se escapaba del deber— era una forma silenciosa de resistencia. No tenía nombre para ello. No sabía que estaba protegiendo una parte de sí mismo. Simplemente lo hacía.
Quizá por eso, después de tantos años, regreso con tanta frecuencia a aquellas imágenes del campo. No porque la memoria quiera devolverme al pasado, sino porque allí quedó una versión de mí que todavía sabía escuchar lo que sentía.
La edad del silencio me ha enseñado que la vida no siempre nos arrebata las cosas de una sola vez. A veces las va cubriendo. Primero con obligaciones, luego con costumbres, después con responsabilidades y, finalmente, con una especie de resignación que puede parecer serenidad.
De todas esas capas, la costumbre me parece ahora la más sutil, quizá porque no duele. Uno se acostumbra a las ciudades, a los rostros, a las pérdidas y hasta a los milagros, y lo que un día lo deslumbró termina convertido en mobiliario del alma: sigue ahí, se usa, ya no se mira. Hasta que un día uno descubre que ha pasado tanto tiempo tratando de cumplir con la vida que ha olvidado preguntarse qué quería hacer con ella.
Tal vez madurar consista también en desandar ese camino, no para volver a ser el muchacho que fui —eso sería imposible y, quizá, innecesario—, sino para recuperar algo de su mirada: esa capacidad de detenerse, de contemplar, de no exigirle inmediatamente una utilidad a cada instante.
Me inclino a creer que la juventud tiene menos que ver con la edad que con una disposición, y que uno envejece de veras cuando ya no se interroga, cuando da por sabido lo que apenas entrevió. Cuando crucé fronteras pensé que buscaba un país; ahora diría que buscaba otra cosa, una manera de renovarme, y que cada mudanza me obligó a reaprender el mundo como quien prueba llaves a tientas. Mientras quede una calle por recorrer o un recuerdo por descifrar, seguiré siendo, a mi modo, un aprendiz.
Si alguna dicha queda a esta altura, quizá consista en conservar algo del recién llegado que uno fue alguna vez: andar por la propia casa con la atención de quien acaba de entrar, mirar la calle de todos los días —la misma fachada de ladrillo, la misma escalera de hierro que sube por fuera— como si fuera la primera tarde. No siempre lo consigo. La mayoría de los días la costumbre gana sin esfuerzo. Pero hay tardes en que la vida, pese a los años acumulados, sigue haciéndome una pregunta cuya respuesta todavía ignoro, y no tengo ninguna prisa por saberla.
Hoy, desde esta edad donde el ruido ya no manda como antes, camino con más lentitud y menos urgencia. He aprendido que no todo debe resolverse, que algunas preguntas pueden acompañarnos durante años sin convertirse en fracasos y que hay silencios que no son vacíos, sino refugios. He llegado a ellos por caminos tan largos que ahora me parecen una patria.
Y en ese silencio encuentro nuevamente al niño del río. Sé que es una manera de decirlo, una pequeña ficción que me permito porque a veces pensar necesita un cuerpo al cual dirigirse.
No aparece como una figura grandiosa. No viene a reclamarme nada. Simplemente está allí, como si hubiera esperado pacientemente durante décadas a que yo terminara de correr. Lo miro y siento una extraña ternura. Pienso en todo lo que tuvo que aprender demasiado pronto y en todo lo que todavía ignoraba sobre la vida.
Quisiera decirle que no tenía que ganarse el derecho a existir, que podía equivocarse, que podía tener miedo.
Que podía decir que no. Que su voz también merecía un lugar.
Pero no puedo regresar para decírselo. Solo puedo escucharlo ahora.
Quizá esa sea una de las pocas reparaciones que concede el tiempo: permitirnos entrever, cuando ya no podemos cambiar los hechos, aquello que durante años no supimos ver en nosotros mismos.
La vida, me parece ahora, no era del todo la carrera que me hicieron creer, sino —a ratos, no siempre— este cauce silencioso que solo se deja ver cuando uno deja de correr.
Y en ese cauce empiezo a sospechar algo que nadie consiguió enseñarme del todo: que la dignidad no se agota en el cumplir, que tal vez incluya también, alguna vez, el escucharse; que la fortaleza, a veces, sea simplemente reconocer que estamos cansados.
Durante muchos años pensé que pertenecerse era una forma de egoísmo. Hoy me parece, más bien, una forma de reconciliación.
Por eso, cuando el mundo guarda silencio y la memoria abre alguna de sus puertas antiguas, vuelvo por un instante a aquellos caminos de tierra, a los árboles, al río, al cielo abierto de mi pueblo. Y allí, entre los restos luminosos de una infancia que creía perdida, escucho algo que todavía me pertenece.
Mi propia voz.
No habla fuerte. Ya no lo necesita.
Afuera, la calle sigue con sus ruidos de siempre, ajena a todo esto. Y yo me quedo un momento más, sin saber todavía si esta vez la voz se queda, o si mañana volveré a tener que buscarla otra vez.
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