martes, 26 de mayo de 2026

* 2 — La República del Silencio

Capítulo 2

La República del Silencio

Hay personas que no fueron hechas para permanecer demasiado tiempo bajo el ruido del mundo. Uno las reconoce tarde, casi siempre cuando ya han aprendido a hablar despacio, como si las palabras también envejecieran. No es tristeza lo que las aparta, ni soberbia. Es otra cosa más difícil de nombrar: una fatiga antigua, la necesidad de recogerse antes de que algo interior termine desgastándose como las mangas de un abrigo demasiado usado.

Con los años uno descubre que el silencio no siempre es ausencia. A veces es refugio. Una habitación tibia. Una lámpara encendida a media tarde, cuando afuera la luz se retira antes de tiempo y el vidrio empieza a devolver el reflejo de quien mira. Hay noches en que la ciudad entera parece quedarse del otro lado de la ventana, lejos, como un animal enorme y cansado. Me inclino a creer que retirarse, a veces, es también una forma de ternura.

Durante buena parte de la vida creemos que amar consiste en permanecer disponibles para todos: responder llamadas, abrir puertas, asistir a reuniones donde las risas se mezclan con un cansancio que nadie admite. Vamos llenando la existencia de compromisos, de conversaciones repetidas, de mesas rodeadas de platos y promesas. Y sin darnos cuenta algo se va agrietando por dentro, sin ruido. Nadie habla del agotamiento de sentir demasiado.

Hay un momento —siempre llega— en que las voces ajenas empiezan a sonar como estaciones lejanas de radio. El cuerpo sigue presente, pero algo dentro pide distancia: un regreso a uno mismo que desde afuera se confunde con la fuga.

He pensado muchas veces que el aislamiento se parece a ciertos pueblos que existen todavía en los mapas pero ya no en la memoria de nadie. Lugares donde las calles permanecen intactas y, sin embargo, nadie las recorre. Algo parecido sucede dentro de nosotros: hay habitaciones interiores que estuvieron cerradas durante décadas porque el ruido cotidiano no dejaba oírlas. Cuando por fin entramos, descubrimos que todavía conservan el olor de la infancia.

A veces basta una fotografía doblada en el fondo de un cajón, el olor de un jabón que ya no se fabrica o el ruido de una tubería que se dilata de madrugada para que regresen los muertos. No vuelven como fantasmas terribles. Regresan mansamente, con la paciencia de quienes ya no tienen prisa. Se sientan junto a nosotros mientras afuera la ciudad duerme y nos miran en silencio, como si hubieran venido únicamente a comprobar que seguimos aquí. Quizá por eso ciertas personas necesitan quedarse solas por temporadas: vivir entre demasiadas voces termina por borrar la propia.

El mundo interpreta mal a quienes se apartan. Cree que se volvieron fríos, indiferentes, incapaces de amar. Y ocurre casi lo contrario: hay afectos tan hondos que solo se conservan lejos del bullicio, como las cartas que se guardan en cajas para protegerlas de la humedad.

Uno sigue amando a los hijos, a los amigos, a quienes dejaron huellas en la mesa de la vida. Sigue preocupándose por ellos al caer la noche, pronunciando sus nombres en pensamientos que nadie escucha. Lo único que cambia es la manera de permanecer: con los años el amor deja de ser demostración y se vuelve presencia callada.

Hay días en que me siento parecido a las casas viejas de los barrios antiguos. En invierno cierran persianas, reducen la luz, protegen los muebles del frío. Desde afuera parecen dormidas; adentro la vida continúa, apenas perceptible.

Llega una edad en que uno ya no desea conquistar nada, ni convencer a nadie. Basta una mañana tranquila y el lamento lejano de una ambulancia que atraviesa Montreal como un aviso suave de que la vida sigue corriendo sin pedir permiso. Y aun así uno permanece, con la certeza humilde de haber sobrevivido a aquello que alguna vez pareció imposible. Lo que llamamos paz, si es que llega, llega sin avisar y sin ruido.

Y quizá cierta gente termine fundando eso: una pequeña república interior donde el tiempo avanza más despacio, un territorio sin mapa donde sentarse a conversar con los propios recuerdos sin que nadie interrumpa. No sabría decir si se llega allí por elección o por cansancio. Solo que algunas tardes, al encender la lámpara antes de tiempo, uno advierte que hace rato dejó de esperar que alguien toque la puerta.
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"Pinceladas de Recuerdos *
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Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

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