martes, 26 de mayo de 2026

2 — La República del Silencio

 

Capítulo 2

La República del Silencio

Hay personas que no fueron hechas para permanecer demasiado tiempo bajo el ruido del mundo. Uno las reconoce tarde, casi siempre cuando ya han aprendido a hablar despacio, como si las palabras también envejecieran. No es tristeza lo que las aparta, ni soberbia, ni desprecio por los demás. Es otra cosa más difícil de nombrar: una fatiga antigua, una necesidad de recogerse antes de que el alma termine desgastándose como las mangas de un abrigo demasiado usado.

Con los años, uno descubre que el silencio no siempre es ausencia. A veces es refugio. Una habitación tibia en mitad del invierno. Una lámpara encendida mientras la nieve cae detrás de la ventana de Montreal y el vapor del café empaña apenas los cristales. Hay noches en que el mundo entero parece quedarse del otro lado del vidrio, respirando lejos, como un animal enorme y cansado.

Entonces uno comprende que retirarse también puede ser una forma de ternura.

Durante buena parte de la vida creemos que amar consiste en permanecer disponibles para todos: responder llamadas, abrir puertas, asistir a reuniones donde las risas se mezclan con un cansancio que nadie admite. Vamos llenando la existencia de compromisos, de conversaciones repetidas, de mesas rodeadas de platos y promesas. Y sin darnos cuenta, el alma empieza a llenarse de pequeñas grietas invisibles.

Nadie habla del agotamiento de sentir demasiado.

Hay un momento —siempre llega— en que las voces ajenas comienzan a sonar como estaciones lejanas de radio. El cuerpo sigue presente, pero algo dentro pide distancia. No para huir de los otros, sino para regresar a uno mismo. Como esos pájaros que desaparecen durante el invierno y vuelven meses después con un silencio distinto en las alas.

He pensado muchas veces que el aislamiento se parece a ciertos pueblos abandonados que existen en los mapas pero ya no en la memoria de nadie. Lugares donde las calles permanecen intactas y, sin embargo, nadie las recorre. Algo parecido sucede dentro de nosotros. Hay habitaciones interiores que permanecieron cerradas durante décadas porque el ruido cotidiano no permitía escucharlas.

Y cuando por fin entramos en ellas, descubrimos que todavía conservan el olor de nuestra infancia.

A veces basta una taza olvidada sobre la mesa, una fotografía doblada en el fondo de un cajón o el crujido de la calefacción en plena madrugada para que regresen los muertos. No vuelven como fantasmas terribles. Regresan mansamente, con la paciencia de quienes ya no tienen prisa. Se sientan junto a nosotros mientras afuera continúa nevando y nos observan en silencio, como si hubieran venido únicamente a comprobar que sobrevivimos.

Quizás por eso ciertas personas necesitan quedarse solas por temporadas. Porque vivir acompañado de demasiadas voces termina por borrar la propia.

El mundo interpreta mal a quienes se apartan. Cree que se volvieron fríos, indiferentes o incapaces de amar. Pero ocurre lo contrario. Hay afectos tan profundos que solo pueden conservarse lejos del bullicio. Como las cartas antiguas que se guardan dentro de cajas para protegerlas de la humedad y del tiempo.

Uno sigue amando a los hijos, a los amigos, a quienes dejaron huellas en la mesa de la vida. Sigue preocupándose por ellos al caer la noche. Sigue pronunciando sus nombres en pensamientos que nadie escucha. Lo único que cambia es la manera de permanecer.

Con la edad, el amor deja de ser demostración y se vuelve presencia invisible.

Hay días en que comprendo a las viejas casas de los barrios antiguos. Durante el invierno cierran persianas, reducen la luz, protegen sus muebles del frío. Desde afuera parecen dormidas, pero adentro continúan respirando lentamente. Así también el espíritu cansado necesita bajar el volumen del mundo para no romperse.

No es abandono. Es preservación.

Porque llega una edad en que uno ya no desea conquistar nada. Ni convencer. Ni pertenecer demasiado. Basta una mañana tranquila, el sonido distante del metro atravesando la nieve, una taza caliente entre las manos y la certeza humilde de haber sobrevivido a todo aquello que alguna vez pareció imposible.

La paz verdadera casi nunca hace ruido.

Y quizás el destino final de ciertas almas sea precisamente ese: fundar una pequeña república interior donde el tiempo avance más despacio. Un territorio invisible donde puedan sentarse a conversar con sus recuerdos sin que nadie los interrumpa. Allí, en medio de la penumbra amable de los días tranquilos, el corazón aprende finalmente que descansar también es una forma de dignidad.

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Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
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Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

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