jueves, 28 de mayo de 2026

6 - Los que se quedan

 

Capítulo 6

Los que se quedan

Hay amistades que entran en la vida como esas luces tibias que alivian el invierno de Montreal: sin estridencia, apenas dibujándose detrás de la cellisca, pero con la fuerza exacta para cambiar la temperatura de una tarde. No se anuncian. Simplemente están ahí, de pronto, integrándose al paisaje como si siempre hubieran formado parte de él.

Uno pasa los años desgranando palabras con extraños, compartiendo mesas y silencios que imitan a la intimidad sin llegar a serlo. Y sin embargo persiste la sospecha de vivir a medias, parcialmente traducido, como si la esencia de uno habitara en un dialecto que el resto del mundo no alcanza a descifrar. Por eso resulta una fortuna que no sé nombrar del todo tropezar con alguien ante quien no hace falta explicarse. Alguien que entiende incluso aquello que callamos, quizá por cansancio, quizá por esa vieja costumbre de guarecerse en uno mismo.

Sospecho que la amistad verdadera no es solo compañía. Es, o al menos así la he sentido en estos años, un territorio donde uno puede descansar el peso de sí mismo. Saber que existe alguien a quien acudir cuando la existencia se vuelve demasiado gélida infunde una serenidad que no sabría poner en palabras. Algo parecido a encender una lámpara en medio de un apagón que ya habíamos aceptado como definitivo.

Con los años he ido creyendo, aunque no podría jurarlo, que ser comprendido es una de las formas más discretas del amor. Entender a otro es un oficio lento: pide paciencia, pide una ternura que no reclama nada a cambio. He notado que casi todos escuchamos para responder; quedarse escuchando, a estas alturas del camino, me parece una generosidad rara, de las que no cualquiera sabe sostener.

Quizá por eso el afecto genuino se vuelve más nítido en la vejez. Cuando ya no queda energía para sostener máscaras ni para alimentar relaciones que ofrecen migajas, la perspectiva cambia sola. A cierta edad uno abdica de las multitudes y aprende a tasar el valor de una sola presencia honesta. Con eso, sospecho, alcanza para sentir que el mundo conserva todavía un rincón habitable.

Afuera vuelve a caer esa nieve lenta que va borrando los ruidos de la ciudad, uno a uno, como si el invierno también necesitara recogimiento para poder pensar. En el apartamento de la calle Rigaud me sorprendo sonriendo, y no sabría decir bien por qué. Tal vez porque en algún lugar alguien es capaz de reconocernos incluso en nuestros días más opacos, cuando ni nosotros mismos logramos descifrar nuestra propia letra. O tal vez por algo más simple, que todavía no encuentro.

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