Capítulo 3
El camino más corto
«Hay caminos que no llevan a ningún lugar y, sin embargo, son los únicos que valía la pena andar.»
No sé bien en qué momento comenzó todo esto. Tal vez fue como pasa con las fotografías: envejecen despacio, sin avisar, hasta que un día el rostro que nos mira desde la foto pertenece ya a otro. Hay cosas que empiezan como una simple inclinación y acaban siendo la arquitectura secreta de una vida. Durante años viví pendiente de la aprobación ajena, una brújula prestada que señalaba siempre lejos de mí. Así aprendí a existir hacia afuera, como esas casas antiguas de una ciudad que muestran ventanas encendidas mientras, adentro, el frío avanza sin ruido por las paredes.
Aquí, en este rincón donde vivo ahora, esas ideas regresan con una claridad que antes no tenían. Esta mañana, mientras enderezaba los libros del estante —exactamente en el mismo orden de siempre, como si eso pudiera contener el derrumbe invisible de los días—, sentí que aquel gesto repetido tenía algo de superstición doméstica. Durante décadas aprendí a resolver, decidir, avanzar; supe cargar responsabilidades como quien sube muebles pesados por una escalera angosta. Nunca aprendí, en cambio, a quedarme quieto dentro de mí mismo. Nos enseñaron a perseguir destinos como si la vida fuera una estación de trenes y no —como empiezo a creer ahora— un pulso que ocurre bajo la piel, con o sin nuestro permiso.
Yo también viví así, extranjero en mi propio cuerpo, huésped provisional de mis emociones. Lo digo sin reproches, con una ternura cansada hacia el que fui: alguien aplicado que avanzaba con método, sin detenerse a preguntar hacia dónde. Había en mí una sed interminable de pequeñas victorias, tan breves como los barquitos de papel que soltaba de niño en los arroyos del sur —orgullosos y frágiles, embajadores diminutos de una república que nunca existió—. Los veía alejarse entre remolinos de agua turbia hasta que la corriente los deshacía en silencio. Y aun así volvía a lanzar otro.
Quizá llegar a viejo tenga menos que ver con resistir el paso del tiempo que con aprender a conversar con él. Durante años yo mismo fui arroyo impaciente, río turbulento, corriente convencida de que el destino estaba siempre más adelante, detrás de la próxima curva. Quise apresar la vida con las manos abiertas, sin advertir que el agua nunca pertenece a quien la toca.
Ahora me inclino a creer que la vejez se parece menos a una orilla que a una desembocadura. Algo se ensancha por dentro. Las urgencias se vuelven remansos. Los ruidos del mundo llegan amortiguados, como campanas que suenan al otro lado de la niebla. Lo que antes parecía una pérdida termina revelándose, a veces, como una forma más honda de la libertad.
Los grandes ríos no luchan contra el mar. Lo reconocen. Se entregan a él sin derrota y sin orgullo, y llevan en sus aguas la memoria de las montañas, el barro de los caminos, los reflejos de todos los cielos que los acompañaron en el viaje.
Tal vez en eso consista la última sabiduría —si es que la hay—: dejar de preguntarnos cuánto falta y comenzar a contemplar cuánto hemos recorrido. Sentir que la sal y el agua dulce ya no son contrarias, que la nostalgia y la gratitud pueden habitar la misma corriente.
Y entonces ocurre el milagro silencioso. Un día descubres que ya no necesitas llegar a ninguna parte. Lo que llamabas horizonte ha entrado en ti. Ya no eres el río que busca el océano. Eres el océano que recuerda, con ternura, haber sido río.
Desde la calle llega el chirrido de una grúa que trabaja desde temprano, en algún andamio invisible. Montreal es una ciudad que nunca termina de construirse: los conos naranjas brotan en las esquinas con la misma constancia con que brota el pasto en otras partes, y uno aprende a vivir rodeado de un ruido de fondo que ya nadie parece cuestionar. Observo esa maquinaria desde la ventana y me pregunto si hay en ese trajín alguna sabiduría que se me escapa o apenas la vieja costumbre humana de tapar un hueco antes de mirarlo demasiado. Quizá ambas cosas sean lo mismo.
El vacío casi nunca anuncia su llegada. Se instala despacio, con la paciencia de una grieta que avanza por el cielorraso sin que nadie la note hasta que ya cruzó la habitación entera. A veces adopta la forma de una rutina impecable; otras, la de una inquietud tan leve que aprendemos a esconderla debajo de las obligaciones, del trabajo, de la paternidad, del exilio.
Las responsabilidades fueron entrando en mi vida como abrigos colgados en un perchero que ya no tiene espacio: al principio parecían provisionales, y después terminaron siendo parte de la casa. Uno se acostumbra a rodearlos, a vivir entre ellos, hasta que un día, frente al vidrio empañado por su propio aliento, advierte que nada exterior alcanza a llenar cierta distancia silenciosa. Y no es que el mundo haya sido insuficiente: es que uno vivió demasiado tiempo lejos de sí mismo.
Me costó aprender que nadie llega para completar lo que creemos perdido. Ni los hijos, ni los amores, ni las ciudades nuevas. Cada uno trae su propia historia y su propia sed. El error consiste en pedirles que llenen los huecos que dejaron el tiempo, la distancia o los sueños incumplidos. Quizá la tarea sea otra: reconciliarse con la propia vida para poder recibir a los demás como un regalo, no como un remedio.
Lo noté tarde, quizás cuando mis manos empezaron a volverse translúcidas bajo la lámpara de la cocina, con esa fragilidad de papel cebolla que adquiere la piel cuando el tiempo empieza a hablar más fuerte que nosotros. El cuerpo, me parece, no miente del todo, aunque uno le enseñe modales toda la vida. Y el tiempo… el tiempo se parece cada vez más a esos perros viejos que ya no ladran, porque conocen de memoria la casa y sus fantasmas. Basta su presencia, tendida junto a la puerta, para recordarnos que sigue ahí. He llegado a pensar que el único trayecto verdadero no se mide en kilómetros ni en calendarios.
«La distancia más difícil de recorrer es la que separa lo que uno piensa de lo que realmente siente: apenas unos centímetros y, sin embargo, más larga que todos los inviernos que he cruzado.»
Entre el pensar y el sentir, sospecho, no hay distancia —hay demora—. No estoy seguro de haber cruzado ese puente. Tal vez nadie lo cruza del todo, y vivir consista, simplemente, en acercarse.
Hay tardes en que me siento frente a la ventana y no hago absolutamente nada. El hielo se deshace, sin apuro, en el vaso que dejé sobre la mesa, mientras miro cómo la luz gris del mediodía se quiebra contra el cristal y resbala hacia el Mont-Royal. Afuera, la ciudad sigue moviéndose con una prisa que ya no me pertenece. Antes, ese silencio me habría parecido una derrota, una forma casi elegante de desperdiciar el tiempo. Ahora ocurre algo distinto, difícil de nombrar: no es paz exactamente, tampoco plenitud. Se parece más a escuchar, por fin, el sonido bajo de mi propia existencia, después de años de interferencia.
En esas tardes me vuelve un poema de Wallace Stevens, un abogado de seguros de Hartford que sabía de inviernos más que muchos poetas. Lo leí hace años y lo he ido trayendo, sin pedirle permiso, a esta ciudad, hasta que ya no sé cuánto queda de él y cuánto le puse yo:
En Montreal hace falta una mente acostumbrada al invierno para ver la escarcha en las ramas y los pinos endurecidos por la nieve. Solo quien ha pasado muchos meses de frío reconoce los arbustos marcados por el hielo y los abetos canadienses que brillan a lo lejos bajo un sol débil. Y aun así, es posible mirar todo eso sin que la mente se llene de pensamientos tristes, mientras el viento mueve unas pocas hojas y produce ese sonido que parece venir de toda la tierra, empujada por el mismo viento que recorre los mismos lugares desnudos.
Quien escucha de verdad —allí, en la nieve— puede volverse nada por un instante y ver solo lo que está frente a él: nada más, y también esa nada que sí existe, que respira en el silencio blanco del invierno.
Él lo llamó «El hombre de nieve». Durante mucho tiempo creí que era un poema sobre el frío. Ya no estoy tan seguro.
No diré que me he encontrado. Encontrarse suena demasiado definitivo, como llegar a alguna parte, y yo ya no creo en las llegadas. Creo, más bien, en esas pausas donde el alma, cansada de huir, se sienta por fin a no hacer nada. Hay días en que esa quietud basta. Otros días, no.
Pero noto algo, y es quizá lo único que puedo afirmar sin temor a equivocarme: por dentro se ha aflojado un nudo antiguo que el tiempo fue deshaciendo durante las noches largas. El pasado ya no pesa igual sobre esta silla, sobre esta mañana, sobre este vaso de agua que ya perdió el hielo mientras escribo. Regresar a uno mismo, si eso quiere decir algo, no tiene nada de conquista: es apenas volver a entrar en la habitación interior que abandonamos hace años, por miedo a quedarnos a solas con aquello que habíamos descuidado.
Me gusta pensar que el tiempo no aprueba ni contradice nada: permanece, y somos nosotros quienes aprendemos, poco a poco, a acompañarlo. Ese silencio, que antes me parecía una amenaza, empieza a parecerse a una forma de compañía.
Mañana, tal vez, vuelva a sentarme en esta misma silla, bajo la misma luz pálida, oyendo otra vez, a lo lejos, el chirrido inconcluso de la grúa. En ese gesto repetido persiste algo que no termino de nombrar. Pero ya no siento urgencia.
«Tal vez porque ciertas verdades, como el invierno, solo se atraviesan despacio.»
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