Capítulo 3
— El camino más corto
«Hay caminos que no llevan a ningún lugar y, sin embargo, son los únicos que valía la pena andar.»
No sé bien en qué momento comenzó todo esto. Tal vez fue como pasa con las fotografías: envejecen despacio, sin avisar, hasta que un día el rostro que nos mira desde el papel pertenece ya a otra estación del alma. Hay cosas que empiezan como una simple inclinación del espíritu y acaban siendo la arquitectura secreta de una vida. Durante años, la necesidad de aprobación fue mi único espejo; las palabras ajenas, una brújula prestada que señalaba siempre lejos de mí. Así aprendí a existir hacia afuera, como esas casas antiguas de Montreal que muestran ventanas encendidas mientras, adentro, el frío avanza sin ruido por las paredes.
Aquí, en este rincón donde vivo ahora, esas ideas regresan con una claridad que antes no tenían. Esta mañana, mientras enderezaba los libros del estante —exactamente en el mismo orden de siempre, como si eso pudiera contener el derrumbe invisible de los días—, sentí que aquel gesto repetido tenía algo de plegaria doméstica. Durante décadas aprendí a resolver, decidir, avanzar; supe cargar responsabilidades como quien sube muebles pesados por una escalera angosta. Nunca aprendí, en cambio, a quedarme quieto dentro de mí mismo. Nos enseñaron a perseguir destinos como si la vida fuera una estación de trenes y no —como empiezo a sospechar ahora— un pulso que ocurre bajo la piel, con o sin nuestro permiso.
Yo también viví así: extranjero en mi propio cuerpo, huésped provisional de mis propias emociones. Lo digo ahora sin reproches, con una ternura cansada hacia aquel hombre que fui: un náufrago disciplinado que remaba con empeño aunque ignorara la orilla hacia la que avanzaba. Había en mí una sed interminable de pequeñas victorias, tan breves como los barquitos de papel que soltaba de niño en los arroyos del sur —orgullosos y frágiles, embajadores diminutos de una república que nunca existió—. Los veía alejarse entre remolinos de agua turbia hasta que la corriente los deshacía en silencio. Y aun así volvía a lanzar otro. Tal vez la esperanza siempre tuvo esa forma humilde: insistir aun sabiendo el final.
Desde la calle llega el chirrido de una grúa que trabaja desde temprano, en algún andamio invisible. Montreal es una ciudad que nunca termina de construirse: los conos naranjas brotan en las esquinas con la misma constancia con que brota el pasto en otras partes, y uno aprende a vivir rodeado de un ruido de fondo que ya nadie parece cuestionar. Observo esa maquinaria desde la ventana y me pregunto si hay en ese trajín alguna sabiduría secreta o apenas la vieja costumbre humana de tapar un hueco antes de mirarlo demasiado. Quizá ambas cosas sean la misma. Quizá, a cierta edad, ya no exista gran diferencia entre sobrevivir y comprender.
El vacío casi nunca anuncia su llegada. Se instala despacio, con la paciencia de una grieta que avanza por el cielorraso sin que nadie la note hasta que ya cruzó la habitación entera. A veces adopta la forma de una rutina impecable; otras, la de una inquietud tan leve que aprendemos a esconderla debajo de las obligaciones, del trabajo, de la paternidad, del exilio. Las responsabilidades fueron entrando en mi vida como abrigos colgados en un perchero que ya no tiene espacio: al principio parecían provisionales, y después terminaron siendo parte de la casa. Uno se acostumbra a rodearlos, a vivir entre ellos, hasta que un día, frente al vidrio empañado por su propio aliento, comprende que nada exterior alcanza a llenar cierta distancia silenciosa. No porque el mundo haya sido insuficiente, sino porque uno ha vivido demasiado tiempo lejos de sí mismo, en un exilio que no figura en ningún pasaporte.
Lo entendí tarde, quizás cuando mis manos empezaron a volverse translúcidas bajo la luz de la cocina, con esa fragilidad de papel cebolla que adquiere la piel cuando el tiempo empieza a hablar más fuerte que nosotros. El cuerpo posee una sinceridad implacable —nunca miente del todo, aunque uno le enseñe modales toda la vida—. Y el tiempo... el tiempo se parece cada vez más a esos perros viejos que ya no ladran, porque conocen de memoria la casa y sus fantasmas. Basta su presencia, tendida junto a la puerta, para recordarnos que sigue ahí.
He llegado a pensar que el único trayecto verdadero no se mide en kilómetros ni en calendarios.
«La distancia más difícil de recorrer es la que separa lo que uno piensa de lo que realmente siente: apenas unos centímetros y, sin embargo, más larga que todos los inviernos que he cruzado.»
Entre el pensar y el sentir, sospecho, no hay distancia —hay demora. No estoy seguro de haber cruzado ese puente del todo. Tal vez nadie lo hace. Tal vez vivir consista, simplemente, en acercarse.
Hay tardes en que me siento frente a la ventana y no hago absolutamente nada. El hielo se deshace, sin apuro, en el vaso que dejé sobre la mesa, mientras miro cómo la luz gris del mediodía se quiebra contra el cristal y resbala hacia el Mont-Royal. Afuera, la ciudad sigue moviéndose con una prisa que ya no me pertenece. Antes, ese silencio me habría parecido una derrota, una forma casi elegante de desperdiciar el tiempo. Ahora ocurre algo distinto, difícil de nombrar: no es paz exactamente, tampoco plenitud. Se parece más a escuchar, por fin, el sonido bajo de mi propia existencia, después de años de interferencia.
Porque encontrarse suena demasiado definitivo, como llegar por fin a un lugar. Y yo ya no creo en las llegadas. Creo, más bien, en esas pausas donde el alma, cansada de huir, se sienta por fin a no hacer nada.
Hay días en que esa quietud basta. Otros días, no.
Pero sí noto algo —y es quizá lo único que puedo afirmar sin temor a equivocarme—: algo dentro de mí se ha aflojado, como un nudo antiguo que el tiempo hubiera ido deshaciendo, sin ruido, durante las noches de invierno. El pasado ya no pesa igual sobre esta silla, sobre esta mañana, sobre este vaso de agua que ya perdió el hielo mientras escribo. Comprendo ahora que regresar a uno mismo no significa empezar otra vida ni conquistar una nueva tierra: es apenas un gesto pequeño, doméstico, casi invisible —reconocerse en las grietas, volver a entrar en la habitación interior que abandonamos hace años por miedo a quedarnos a solas con aquello que habíamos descuidado.
El tiempo, desde su rincón silencioso, no aprueba ni contradice nada: permanece. No pasa —se queda, y somos nosotros quienes aprendemos, poco a poco, a acompañarlo. Ese silencio, que antes me parecía una amenaza, empieza a parecerse a una forma de compañía. A esta altura de la vida, eso ya es bastante.
Mañana, tal vez, vuelva a sentarme en esta misma silla, bajo esta misma luz pálida de Montreal, oyendo otra vez, a lo lejos, el mismo chirrido inconcluso de la grúa. En ese gesto repetido persiste algo que todavía no termino de comprender del todo. Pero ya no siento urgencia por entenderlo.
«Tal vez porque ciertas verdades, como el invierno, solo se atraviesan despacio.»
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