miércoles, 2 de septiembre de 2026

69 El oficio de hacerse viejo

Capítulo 69

 El oficio de hacerse viejo

Hay un momento en la vida en que uno descubre que envejecer no consiste exactamente en perder pertenencias, sino en dejar de necesitarlas todas.

Al principio uno se resiste con cierta fiereza. Pretende conservar la memoria intacta, el vigor de antaño, la agilidad para levantarse del sillón y la capacidad de recordar por qué demonios acaba de entrar en la cocina. Después comprende que hay batallas que no justifican el esfuerzo de atarse los cordones.

La vejez llega sin ceremonia. No llama a la puerta ni envía una nota de cortesía. Un buen día uno descubre que el propio cuerpo ha comenzado a tomar decisiones por su cuenta y en asamblea unánime. Las rodillas opinan sobre el diseño arquitectónico de las escaleras. La columna vertebral eleva una protesta formal ante cualquier movimiento imprevisto. Los zapatos parecen haber ganado misteriosamente medio kilo durante la noche. Y las gafas, depositadas hace un instante sobre la mesa, se esfuman con un sigilo que ya quisiera para sí un ladrón de guante blanco.

Entonces comienza el verdadero oficio. Porque envejecer es, ante todo, el noble arte de adquirir mañas.

Una de ellas es caminar despacio. No por afán de impuntualidad, sino porque la experiencia enseña que lo más interesante suele ocurrir durante el trayecto: una charla improvisada en la esquina, un árbol que ha decidido florecer sin permiso municipal, el aroma del pan recién horneado o una nube caprichosa que nadie más se ha detenido a contemplar.

Antes, uno corría detrás del autobús con la misma urgencia con que de muchacho corría detrás de la chiva que subía la loma, allá donde el polvo del camino se le pegaba a las medias del colegio. Hoy, si el vehículo arranca, uno lo contempla alejarse con una dignidad que tiene un tercio de filosofía y dos tercios de cansancio. «Que le vaya bien», murmura uno para sus adentros. Y retoma el paso.

La memoria también desarrolla sus propios modales. Guarda con una fidelidad conmovedora el nombre del compañero de pupitre al que no vemos desde 1965, pero se niega en redondo a revelar dónde quedaron las llaves hace cinco minutos. No conviene discutir con ella. A cierta edad, la memoria ejerce de administradora caprichosa: traspapela expedientes cruciales, elimina archivos sin guardar copia de seguridad y conserva recibos inútiles. Sin embargo, también obra pequeños milagros que antes ignoraba. De pronto, rescata el vapor de una cocina de la infancia, el patio soleado de una casa ya demolida, una voz olvidada, una tarde cualquiera. Y uno comprende que tal vez la memoria no está diseñada para almacenarlo todo, sino para salvar lo único que aún tiene algo que decirnos. Por eso no inquieta perder un par de datos por el camino. Hay recuerdos que pueden marcharse en silencio; no todos merecen jubilación con honores.

El paso del tiempo regala, además, un privilegio que de joven parecía inaccesible: la absoluta libertad de no tener que demostrar nada a nadie. Ya no urge tener la última palabra, ni parecer ingenioso, ni convencer al vecino de arriba, ni justificar decisiones tomadas hace tres décadas. Se descubre que la mayoría de las discusiones no eran más que dos cansancios enfrentados defendiendo su postura.

Se empieza entonces a cultivar el silencio. No un silencio solemne, de museo o de fotografía oficial, sino ese otro silencio doméstico que permite escuchar el repiqueteo de la lluvia, el choque de la cuchara contra la loza o el leve suspiro con que la casa recibe el atardecer.

Hasta los objetos parecen alinearse con la causa. La mecedora cruje al recibirnos, como si protestara por tanta confianza. El reloj de pared lleva décadas trabajando sin sueldo y marca las horas con una paciencia de la que ya carecemos. El mando a distancia desaparece justo cuando el programa se pone interesante; uno lo busca bajo los cojines, en la mesa de centro, en el frutero... para descubrir que lo lleva apretado en la mano. No es que la vejez vuelva torpe al hombre: es que algunos objetos desarrollan un sentido del humor bastante socarrón. Uno ya ni se sorprende.

También se transforma la relación con el espejo. De joven uno se mira para comprobar cómo se ve; más adelante, para verificar quién queda al otro lado. El rostro termina convirtiéndose en un mapa de microhistorias. Una línea por aquí, otra por allá. Unas nacieron del sol, otras de las desvelos y varias —cabe esperar— de haberse reído a mandíbula batiente. No molesta contemplarlas. Las arrugas son una forma de literatura que el cuerpo escribe sin consultar con el autor. Y si algunas frases han quedado con mala caligrafía, a estas alturas sería una falta de respeto corregirle la plana al tiempo.

Aparece, por último, la variante más fina del humor: ese humor sobrio que florece cuando uno se descubre ejecutando exactamente lo contrario de lo que pretendía. Iniciar una frase con la solemnidad de un decreto y perder el hilo a mitad de camino, dejándola flotando como una promesa que ya nadie reclama; entrar en un dormitorio sin recordar el propósito de la visita, o guardar un documento con tal celo que ni la policía científica lograría localizarlo. O levantarse del sillón con una parsimonia digna de un funcionario revisando una póliza. Uno sonríe en soledad. Y reírse de uno mismo ofrece un beneficio incontestable: le ahorra el trabajo a los demás.

Acaso por eso envejecer no sea un trámite melancólico, como insisten en diagnosticarnos. Es un oficio que exige entrenamiento. Hay que aprender a levantarse, a tomar asiento, a despedirse, a recordar y a olvidar. Hay que aprender a aceptar que ciertas puertas se han cerrado para siempre y que otras, por fortuna, nunca debieron cruzarse.

Se aprende, en fin, a estar. Sencillamente a estar. Sin convertir cada jornada en una gesta heroica ni exigirle a la existencia sorpresas deslumbrantes. A veces basta con una taza de café caliente, una charla serena y una ventana entreabierta. Y si además las rodillas deciden tregua por hoy, el día puede calificarse de glorioso.

Tal vez ese sea el verdadero lujo de sumar almanaques: descubrir que la vida no requiere estridencias para seguir siendo hermosa. Que no todo lo valioso exige grandes dimensiones. Una visita imprevista, una llamada breve, una risa compartida, un recuerdo entrañable que regresa o alguien que prolonga su estancia diez minutos más.

Entonces, casi sin darse cuenta, uno deja de contar los años como si restara pérdidas y empieza a contemplarlos como quien observa su casa tras una jornada agotadora: con alguna persiana descolgada, un par de habitaciones cerradas, pero con una luz cálida encendida en la cocina.

No sé si la vejez perfecciona al individuo. A mí, al menos, me ha vuelto infinitamente más piadoso con mis propias torpezas. Bastante laborioso resulta ya envejecer como para pretender hacerlo con diploma de honor. Y si algún día alcanzo la meta con la memoria un tanto despeinada, las articulaciones en protesto continuo y la risa todavía a mano, me daré por bien pagado.


---------------------------------------------
Compartir dando los creditos
---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

lunes, 31 de agosto de 2026

*** 68 — La vanidad y sus disfraces modernos

Capítulo 68

La vanidad y sus disfraces modernos

Con los años he descubierto que la vanidad es como esas aplicaciones del celular que uno nunca pidió, pero igual se instalan y empiezan a consumir batería. Uno cree que la dejó atrás con las canas, pero no. La vanidad es persistente, terca y, para colmo, tiene mejor memoria que uno. Yo, por ejemplo, puedo olvidar para qué entré a una habitación y, en cambio, recordar perfectamente que hace cuarenta años alguien me dijo que tenía buena pinta.

La juventud vive pendiente de salir bien en las fotografías. Yo, a estas alturas, apenas aspiro a salir enfocado. Antes la vanidad dependía del peinado, del perfume y de la postura frente al espejo. Ahora depende de «filtros», ángulos y de esa misteriosa facultad del teléfono para quitarle a uno diez años sin preguntarle si está de acuerdo.

La vanidad moderna ya no necesita cultivo. Crece sola, silvestre, como esas matas que aparecen en cualquier grieta del andén. Antes había que esforzarse para ser presumido; ahora basta con tener un celular y un poco de tiempo libre.

El otro día vi pasar a una amiga por la calle y no la saludé. No fue descortesía. Fue un problema tecnológico. Sin filtro no la reconocí.

Ella se sorprendió y me reclamó entre la risa y el disgusto, esa combinación que solo conservan las amistades viejas.

—¿Y usted qué? ¿Ya no saluda?

—Sí saludo —le dije—. Lo que pasa es que sin filtro no la conocí.

No sé si me perdonó. Pero la amistad verdadera, a cierta edad, consiste también en poder decirle a alguien que se parece menos a su fotografía de internet que a sí misma.

La vanidad digital hace milagros. Alarga piernas, pule pieles, ilumina rostros y hasta consigue que uno parezca descansado después de haber dormido cuatro horas. La vida, en cambio, no usa filtros. Cada mañana nos devuelve a nuestra versión silvestre: ojeras, canas, alguna arruga nueva y esa rodilla que protesta sin haber sido consultada.

Ahí, entre lo que mostramos y lo que somos, aparece una de las comedias más discretas de nuestro tiempo.

He conocido vanidades de todos los tamaños. Está la del hombre que presume un reloj que no sabe leer; la del que se fotografía levantando pesas y luego necesita negociar con las escaleras; la del que habla de viajar para «encontrarse a sí mismo» cuando lo único que encontró fue una deuda impagable en la tarjeta.

Y está la más peligrosa de todas: la de creer que uno ya entendió la vida.

Esa no necesita celular.

La mía, por fortuna, se ha vuelto doméstica. Ya no me interesa demasiado impresionar a nadie. Me conformo con que el café quede sabroso, que el pantalón no se encoja misteriosamente y que la memoria tenga la decencia de avisarme dónde puse las llaves.

Aunque la memoria tiene sus preferencias. Puede conservar durante sesenta años el nombre del perro de una vecina y olvidar, con absoluta tranquilidad, dónde dejó uno los lentes hace cinco minutos.

Los lentes suelen estar puestos.

En esos momentos sospecho que la vanidad se ríe de mí desde algún rincón del cerebro.

—Tampoco es que usted sea tan especial —parece decirme.

Y quizá tenga razón.

Pero la vanidad no siempre es una enfermedad. Hay una forma pequeña y entrañable de ella que todavía me gusta. La abuela que se pinta los labios para ir al mercado, no para que la miren, sino porque así se siente completa. El viejo que se pone su mejor sombrero para ir a la farmacia, aunque solo vaya por unas aspirinas. El niño que se peina frente al espejo antes de salir al recreo, como si el mundo mereciera recibirlo bien presentado.

Esas vanidades mínimas no engañan a nadie. Son pequeñas ceremonias de dignidad.

Tal vez por eso no me molestan. Hay días en que arreglarse un poco es una manera de decirle a la vida: todavía estamos aquí.

La vanidad moderna tiene, además, una particularidad curiosa: se volvió colectiva. Antes el vanidoso presumía solo. Ahora presume acompañado. Las redes sociales son su plaza pública, su escaparate y, a veces, su confesionario.

Allí todos se muestran y todos miran.

Lo extraño es que, mientras cada cual intenta ser visto, casi nadie parece estar mirando de verdad.

Es un carnaval sin máscaras, porque la máscara terminó siendo el propio rostro.

Y cuando alguien aparece sin filtro, sin pose, sin una fotografía cuidadosamente calculada, produce cierto desconcierto.

¿Por qué no está actuando?

Tal vez porque la sinceridad, en estos tiempos, se ha vuelto una extravagancia.

También existe la vanidad que llega hasta la muerte.

He conocido personas que preparan su funeral con una minuciosidad que otros reservan para una boda: el traje, las flores, la música, la cantidad de asistentes. Conocí a un hombre que guardaba un traje de lino blanco para el día de su despedida y, de vez en cuando, se lo probaba frente al espejo.

—Quiero irme elegante —decía.

Yo pensaba que tenía razón.

Aunque había un pequeño inconveniente:

los muertos no usan espejos.

Me pareció una imagen triste y, al mismo tiempo, profundamente humana. Incluso cuando sabemos que no podremos ver el resultado, queremos dejar una última versión de nosotros mismos.

Como si la eternidad fuera un salón donde todavía hubiera alguien tomando fotografías.

Hay otra vanidad más silenciosa: la de quienes pasan la vida preparándose para ser recordados.

El que compra un reloj carísimo que no necesita, no para saber la hora, sino para que otros sepan que puede comprarlo. El que se endeuda para viajar a lugares que apenas disfruta, pero que lucen bien en una pantalla. El que vive con lo justo y, sin embargo, necesita aparentar abundancia porque le teme a una palabra que parece inocente y a veces pesa demasiado: común.

La vanidad y el dinero suelen entenderse bastante bien. Uno pone el escenario y la otra contrata a los actores.

El problema es que, al final de la función, casi todos se han ido a mirar su propia fotografía.

A mi edad empiezo a sospechar que detrás de muchas vanidades hay algo menos superficial de lo que parece: un miedo antiguo a no dejar señal, a desaparecer sin que nadie alcance a decir aquí estuvo.

El que presume de su reloj, de su viaje, de sus lecturas o incluso de su humildad quizá esté diciendo, sin saberlo:

«Mírenme un momento. No me borren todavía.»

Y uno, que ya ha visto demasiadas despedidas, aprende a no burlarse demasiado. Debajo de ciertas presunciones hay una fragilidad que se disfraza de orgullo.

Tal vez por eso la vanidad merece menos condena y un poco más de indulgencia. Todos queremos conservar algo de nosotros cuando sabemos que nada permanece intacto. Nos editamos porque envejecemos, nos adornamos porque tememos desaparecer, y detrás de casi todo lo que mostramos hay, en el fondo, las ganas de sentir que nuestra presencia tuvo algún sentido.

Pero la vida tiene sus propias reglas y no suele pedirnos permiso.

Mientras uno se mira en el espejo tratando de rescatar una versión perdida, el mundo sigue haciendo su trabajo: pasa el invierno, llega la primavera, envejecen los edificios, cambian los rostros y hasta los árboles terminan aceptando que alguna rama sobra.

El universo, por fortuna, no está pendiente de nuestro perfil.

Eso debería tranquilizarnos.

Y también debería hacernos reír.

Porque hay una vanidad que sí me parece digna de conservar: la de saberse vivo.

La de levantarse una mañana, con las rodillas protestando y la memoria haciendo huelga parcial, y decidir que el día todavía merece una oportunidad.

Esa vanidad no necesita público. No se publica ni acumula «me gusta»: se practica en silencio.

Puede consistir en ponerse una camisa limpia para salir a comprar pan, en preparar un café con cierto esmero, en abrir un libro aunque los ojos ya reclamen descanso o en sentarse a escribir unas páginas que nadie pidió.

A veces pienso que escribir es también una forma de vanidad; y ahí me meto yo, dándole cuerda al ego para que no se me duerma, convencido además de que mis recuerdos merecen escenario.

Uno llena hojas con sus recuerdos como quien deja pequeñas señales en el camino. No porque crea que serán eternas, sino porque le gusta pensar que alguna persona, algún día, podría encontrarlas.

Eso me basta.

He decidido que, si voy a conservar alguna vanidad, sea esa: la de seguir aquí — con mis canas, mis lentes extraviados, mi rodilla protestona, el café que a veces se enfría mientras pienso en otra cosa, y estas páginas que escribo sin saber exactamente quién las recibirá.

No quiero dejar una imagen perfecta. Prefiero dejar una voz reconocible, una palabra sincera, alguna pequeña ternura que se me haya escapado sin pedir permiso. Porque quizá eso sea lo único que vale la pena conservar cuando se apagan los reflectores.

La vanidad, con todos sus disfraces, termina siendo una comedia involuntaria. El vivo presume sus logros, el rico su abundancia, el humilde hasta su humildad. Cada cual lleva al escenario aquello que cree que lo distingue.

Después baja el telón y todos quedamos iguales: sin espejos, sin filtros, sin aplausos. Solo nosotros, frente a ese silencio que no necesita explicación.

Por eso prefiero reírme de la vanidad, pero hacerlo con cariño. También ella ha envejecido conmigo. Hemos tenido nuestras discusiones, nuestros momentos de orgullo y nuestras pequeñas derrotas.

Ahora la conozco mejor. Sé que aparece cuando menos la necesito y desaparece cuando ya no tengo ganas de perseguirla.

A estas alturas no quiero competir por quién brilla más. Me conformo con una luz pequeña — la suficiente para encontrar mis lentes.

Aunque estén puestos.

---------------------------------------------
Compartir...
---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

domingo, 30 de agosto de 2026

67 Cuando ya no queda nadie

Capítulo 67

Cuando ya no queda nadie

«El sufrimiento no enseña nada, pero revela quiénes somos cuando ya no queda nadie a quien mentir.»

El otro día, bajo la luz azulada de una farmacia Jean Coutu, mientras el farmacéutico contaba mis pastillas con la solemnidad de un notario repartiendo una herencia, pensé que el sufrimiento tiene mejor reputación de la que merece. En mi país uno desconfía de los notarios por costumbre; aquí desconfío menos, pero solo porque a este señor nadie le ha visto nunca sonreír, y eso, entre los suyos, pasa por garantía de seriedad.

Todo el mundo dice que el sufrimiento enseña. Lo dicen con la misma seguridad con que se afirma que el agua moja o que después de cierta edad uno no debe agacharse demasiado rápido: verdades que circulan por el mundo con tal tranquilidad que a nadie se le ocurre pedirles papeles. «El sufrimiento te hace crecer», dicen, y uno, por educación, asiente —aunque por dentro sospeche que hay dolores que, en vez de hacerlo crecer, simplemente lo dejan más cansado—.

Yo no creo que el sufrimiento enseñe nada. O, al menos, conmigo no ha hecho grandes progresos. No me hizo mejor persona. No me acercó a Dios de una manera que pudiera comprobarse —y eso que de joven le hablaba bastante—. No me volvió más sabio, ni más paciente, y debo confesar que tampoco me sirvió para adelgazar, lo cual habría sido, al menos, una compensación razonable.

Lo que hizo fue otra cosa: me fue quitando los disfraces.

Uno vive muchos años representando personajes, no siempre por hipocresía: la vida exige cierto vestuario. Ante los hijos, el traje de la fortaleza, aunque por dentro se esté calculando cómo pagar las facturas. Ante los amigos, el de razonable. Ante los desconocidos, el de digno. Y ante el espejo, si tiene la mala educación de decir la verdad, uno intenta negociar.

Durante muchos años esa representación funciona bien. Hay público: los hijos pasan, los amigos llaman, alguien pregunta cómo estás y uno responde «bien», y como nadie insiste demasiado, el personaje conserva el empleo.

Pero llega un momento en que el teatro empieza a quedarse vacío. Los hijos crecen y tienen su propia vida, que es exactamente lo que uno deseó para ellos, aunque después descubra que los deseos cumplidos también dejan habitaciones vacías. Los amigos se dispersan: unos se van lejos, otros más lejos todavía, y algunos simplemente dejan de llamar, que es una forma menos dramática de desaparecer y, por eso mismo, más desconcertante. La mujer que compartió una parte de la vida ocupa otra geografía. Y uno termina viviendo en un apartamento de Montreal donde el refrigerador tiene una voz más constante que muchas amistades.

Es entonces cuando empieza el problema: ya no queda nadie delante de quien actuar. Y sin público, el actor descubre que también él se había ido cansando de la obra. Entonces se quita la máscara. No por valentía. Por agotamiento.

Las primeras noches son raras. Uno se sienta en la cocina con una taza de té y descubre que no tiene ninguna obligación de parecer interesante: puede quedarse mirando la pared durante veinte minutos y nadie llegará a preguntarle qué piensa. La taza se enfría, el vapor desaparece, y la pared, con una discreción admirable, no ofrece ninguna respuesta.

En mi cocina hay una mancha de humedad que lleva semanas creciendo. Durante mucho tiempo pensé arreglarla. Después pensé llamar a alguien para que la arreglara. Luego comprendí que la mancha y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo de convivencia: ella crece, yo envejezco, y ninguno hace demasiadas preguntas —lo cual, pensándolo bien, es más de lo que puede decirse de casi cualquier matrimonio—.

Dicen que conviene prepararse para esto. Que llega un momento en que uno debe aprender el arte silencioso de habitarse a sí mismo, como quien descubre al fondo de la casa un cuarto que siempre estuvo ahí y que nunca tuvo tiempo de abrir. Lo he leído en libros serios y en algún almanaque de farmacia. La idea es hermosa: una soledad valiente, que no mendiga presencias ni negocia con el miedo, capaz de sentarse junto al tiempo sin pedirle explicaciones. Yo todavía se las pido, con la terquedad de un cobrador que sabe de sobra que no le van a pagar.

Pero algo de cierto tiene. Hay tardes en que la compañía de este hombre que soy no me resulta tan mala: no interrumpe, conoce mis manías, no se ofende si me quedo callado. Dicen también que quien lo logra ya no está a merced de las ausencias, que ha conquistado una libertad que nadie puede arrebatarle. Yo no diría tanto. Diría, a lo sumo, que algunas ausencias ya no me encuentran tan desprevenido como antes. No es lo mismo. Pero, algunos días, se le parece.

Con el tiempo entendí algo que quizá debí saber desde el principio: el sufrimiento no enseña, revela. Son cosas distintas. Aprender significa que uno no sabía algo y de pronto lo sabe. Revelar significa que uno siempre lo supo, pero tuvo la cortesía de no mirarlo de frente. El dolor no siempre trae una gran verdad escondida en los bolsillos; a veces se limita a quitarle a uno los vendajes, las excusas, las buenas maneras. Y entonces aparece lo que uno es cuando nadie mira. No lo que dice ser. No lo que habría querido ser. Lo que es.

Yo descubrí un hombre bastante contradictorio: más frágil de lo que suponía, más terco de lo aconsejable, todavía capaz de guardar rencores que ya deberían estar jubilados —y, sin embargo, más tierno de lo que me habría gustado admitir—. Tardé muchos años en aceptar que nadie vino al mundo a tapar los huecos de otro. Quizá el amor más limpio —no sabría decir si lo conocí— empieza cuando uno deja de buscar quien lo rescate y se conforma con alguien que camine al lado.

Descubrí que puedo enfadarme con los recuerdos, con los muertos, con los ausentes, con ciertas personas a quienes, por razones que desconozco, mi memoria todavía les conserva una silla reservada, como en esos velorios colombianos donde la silla del difunto se deja vacía toda la noche por respeto, y también, sospecho, por si acaso decide sentarse. Durante años pensé que guardar esos rencores era mala señal. Ahora creo que es simplemente humano. A cierta edad uno aprende que el perdón no siempre consiste en perdonarlo todo: a veces consiste en dejar de discutir con aquello que ya no puede responder.

Hay noches en que el metro pasa bajo la calle y el edificio vibra apenas. Entonces me agarro del borde de la mesa. No porque el edificio vaya a caerse —Montreal es una ciudad seria y, hasta donde sé, no se derrumba por mis nervios—, pero yo me agarro, como un niño. Nadie lo ve, nadie lo sabrá. Ésa es una de las ventajas de vivir solo: uno puede conservar ciertas vergüenzas sin tener que explicarlas. En mi barrio de Medellín eso habría sido noticia antes del mediodía; aquí, en cambio, uno puede desmoronarse en absoluta privacidad, lo cual —según el día— me parece un lujo o una condena, y algunos días las dos cosas antes del almuerzo.

Afuera pasa el autobús 44 con ese ruido de fieltro mojado que tienen los vehículos de Montreal en invierno. En el vestíbulo, mis botas dejan marcas de agua sucia sobre el piso. Antes las limpiaba enseguida. Ahora, algunas veces, las dejo secarse —no por rebeldía, que a estas alturas uno ya no tiene edad para grandes revoluciones domésticas, sino porque ya no encuentro sentido en fingir un orden que no existe—.

Hay una moneda en el bolsillo de mi abrigo. Lleva allí desde octubre. Cada vez que salgo, la toco —no sé bien para qué—, quizá para comprobar que todavía hay algo en mi vida que permanece exactamente donde lo dejé. Es una superstición modesta, casi contable, de esas que uno trae de fábrica por haber nacido donde nací. No vale gran cosa. Pero tampoco me contradice.

El sufrimiento revela esas pequeñas cosas: cómo se comporta uno cuando no hay espectadores. Cómo come solo, si se sirve el plato o come directamente de la olla, como si la ceremonia fuera un lujo reservado para cuando hay testigos. Si se pone zapatos para salir al pasillo o camina en calcetines. Si ordena la cama sabiendo que nadie va a entrar al dormitorio.

Y también revela si uno habla solo. Yo hablo. A veces con el refrigerador, a veces con la ventana. De joven les hablaba a los santos; ahora les hablo a los electrodomésticos, lo cual será un descenso en materia de fe, pero es un ascenso notable en materia de puntualidad: el refrigerador, al menos, siempre contesta, aunque sea con un zumbido, que ya es más de lo que conseguía yo de algunos santos particularmente ocupados.

En ocasiones hablo también con personas que ya no viven aquí, aunque algunas ni siquiera estén vivas en ninguna parte. Digo nombres, repito preguntas, recuerdo frases que pronuncié hace muchos años y que todavía me persiguen con una constancia que algunos amigos deberían imitar.

Hay una frase que le dije a mi padre hace décadas. No voy a repetirla. No porque sea secreta, sino porque todavía no he terminado de entenderla. La llevo conmigo como esa moneda del bolsillo: no sirve para comprar nada, pero tampoco consigo desprenderme de ella. No he aprendido a resolver ese asunto, pero al menos ya no finjo que está resuelto. Y quizá ésa sea una de las pocas formas de sinceridad que nos concede la edad: dejar de clausurar lo que sigue abierto, dejar de decir «ya lo superé» cuando uno apenas ha aprendido a vivir alrededor de aquello.

El farmacéutico terminó de contar las pastillas y me entregó la bolsa. La recibí con la seriedad de quien acepta un pequeño recordatorio administrativo de que el cuerpo lleva su propia contabilidad —una contabilidad, por cierto, bastante menos negociable que la de Hacienda—. Pagué. Salí a la calle Sherbrooke.

Era enero y la luz tenía ese color de plomo bruñido que solo Montreal sabe fabricar, como si el cielo entero hubiera sido construido con una vieja lámina de estaño. Caminé despacio —no por filosofía: las piernas ya no tienen tanta prisa— y, mientras avanzaba, con la bolsa golpeándome el muslo a cada paso, pensé que si alguien me preguntara qué aprendí del sufrimiento, no sabría qué responder.

No aprendí a perdonar mejor. No aprendí a amar más. No aprendí a aceptar todo lo que la vida me quitó. Todavía hay pérdidas que no comprendo, ausencias con las que no he llegado a ningún acuerdo, preguntas que siguen esperando una respuesta de alguien que probablemente tampoco la tenía. Todo eso lo sigo sin saber, y sospecho que continuaré sin saberlo cuando ya no quede tiempo para aprender nada.

Lo único que puedo decir es que el sufrimiento me mostró el rostro que tengo cuando ya no me arreglo para nadie. Ese rostro que aparece de improviso en el vidrio de una farmacia, en el espejo del ascensor, en el agua oscura de un charco. No es el rostro de un hombre sabio. Tampoco el de un hombre derrotado. Es el rostro de alguien que finalmente ha dejado de hacerse preguntas cuya respuesta conocía desde hace mucho. Un hombre que se mira y no aparta los ojos. No por valentía. Por cansancio.

Llegué al apartamento. Me quité el abrigo. La moneda seguía en el bolsillo. Dejé la bolsa de medicamentos sobre la mesa de la cocina, junto a una taza de la mañana que todavía no había lavado. El refrigerador continuaba zumbando, fiel, como siempre, a su única conversación. La mancha de humedad en la pared parecía haber crecido otro poco. Pensé en limpiarla. No lo hice. Quizá mañana. A cierta edad, «mañana» sigue siendo una palabra bastante ambiciosa.

No encendí la luz del pasillo. No hacía falta. Ya conocía el camino.

---------------------------------------------
Compartir...
---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

sábado, 29 de agosto de 2026

*** 66 Canas y terquedades: manual de uso (no obligatorio)

Capítulo 66

Canas y terquedades: manual de uso (no obligatorio)

«Dicen que el tiempo vuela; yo creo que simplemente se escapa para no oír nuestras quejas. Con los años aprendemos que entender vale más que tener razón. Ahí comienza la edad del silencio.»

A estas alturas de la vida he llegado a una conclusión que a la edad de veinte años me habría parecido una insolencia imperdonable: envejecer no es tan grave. Lo grave es enterarse tarde, cuando ya uno tiene más canas que planes, más citas médicas que amigos disponibles y una rodilla que amanece de mal genio sin haber pasado por ninguna parranda. Porque las rodillas, como ciertas personas que uno no invita, empiezan a opinar sin pedir permiso.

Yo, por ejemplo, me levanto cada mañana con la dignidad planchada y la voluntad de conquistar el día. Pero apenas pongo un pie en el suelo, la rodilla izquierda me recuerda que una cosa es la voluntad y otra muy distinta el Ministerio de Obras Públicas del cuerpo humano, institución burocrática donde cada articulación tiene derecho a huelga y cada tendón llena formularios para quejarse.

La juventud cree que uno se vuelve sabio con los años. Mentira. Uno se vuelve astuto, que es distinto. La sabiduría exige estudio; la astucia, en cambio, nace del cansancio.

Por eso ahora no persigo los problemas: los dejo que me alcancen. Cuando llegan, llegan fatigados, con la lengua afuera, y se resuelven solos.

Y sí, tengo mis terquedades. Ahora cambiar de opinión es como cambiar de dentadura: costoso, incómodo y solo necesario si la anterior se cae. Pero no me quejo. Las arrugas son medallas al mérito, y las canas, certificados de supervivencia. Cada una cuenta una historia que ya olvidé, pero que igual defiendo como si fueran triunfos.

La vejez, si uno la mira con calma, no es para tanto: tiene sus días buenos y sus días de mal genio, y ya está. Y uno aprende a quererla, porque después de tantos años juntos, ya nos entendemos sin palabras. Uno ya no corre, no compite, no se afana: simplemente sigue andando, con la parsimonia del que ya pagó todas las deudas y ahora camina ligero.

Y cuando alguien me pregunta cómo hago para llevar todo esto con tanta paciencia, yo solo me acomodo las canas, enderezo la terquedad y recuerdo la filosofía del filántropo Camilo, que sabía más de vida que de libros:

—Hágale, patrón, que yo afán no tengo.

Porque a estas alturas, el afán es para los que todavía creen que el tiempo se puede alcanzar. Yo, en cambio, ya aprendí que el tiempo es como la rodilla: si uno lo presiona, protesta; si uno lo deja quieto, lo acompaña.

Y yo le hago caso. A mi edad uno aprende que discutir con las articulaciones es como discutir con la inflación: no conduce a nada y, al final, el que termina pagando es uno. Las articulaciones, igual que los ministros de Hacienda, siempre tienen la razón… o por lo menos la última palabra.

Eso de que los años vuelven sabio a todo el mundo es una propaganda muy bien montada por los viejos, una estrategia de mercadeo tan exitosa que ya nadie la cuestiona. La verdad es que algunos envejecen y se vuelven sabios; otros envejecemos y aprendemos a disimular mejor la ignorancia.

Yo pertenezco a una categoría intermedia: no sé más que antes, pero ahora hablo con una tranquilidad que da la impresión de que sé. Y como ya nadie me exige demasiadas pruebas, he adquirido cierta autoridad moral, esa que se otorga por desgaste, no por mérito.

Si digo una tontería, alguien comenta:

—Déjenlo, hombre. A esa edad ya ha vivido mucho.

Y yo, que todavía conservo un mínimo de decencia, hago como que me ofendo. Pero por dentro estoy encantado.

¡Imagínese usted el privilegio! Toda una vida cuidando lo que uno dice, y de pronto llega la vejez, le entrega un salvoconducto y le anuncia:

—Hágale, hable tranquilo. Ahora le perdonamos todas las pendejadas.

Eso sí: el salvoconducto no es ilimitado. Si uno se pasa de la raya, la vida le recuerda que la vejez no es impunidad, sino jurisdicción especial. Uno puede decir bobadas, pero no demasiadas seguidas, porque la memoria ya no está para sostener argumentos largos.

Un amigo, por supuesto, sostiene que me he vuelto terco. Yo le explico que está confundido: la terquedad es un defecto juvenil; lo mío es consistencia histórica.

Un hombre que lleva más de setenta años pensando de determinada manera no puede cambiar de opinión cada vez que a alguien se le ocurra traer una teoría nueva desde Internet. Eso sería como cambiarme de zapatos ya amoldados al pie solo por antojo ajeno: un despropósito estético y moral.

Además, cambiar de opinión exige energía, y a cierta edad la energía ya no sobra: toca cuidarla. Yo ya no la gasto en cualquier cosa. Antes discutía. Ahora escucho. Escuchar es más barato, más silencioso y, sobre todo, más descansado.

Y cuando alguien termina de explicarme durante cuarenta minutos por qué el mundo debería ser distinto, yo digo:

—Puede ser.

Esa frase es mi nueva estrategia de supervivencia. «Puede ser» no compromete, no pelea, no promete. Es una hamaca verbal: uno se recuesta ahí y deja que el mundo siga su curso sin involucrarse demasiado.

A estas alturas, la vida no necesita que yo la arregle; apenas necesita que yo no la estorbe. Sirve para todo: evita discusiones, conserva amistades y permite que uno siga pensando exactamente lo que pensaba antes. Eso, señores, no es terquedad. Eso es experiencia de la buena.

El médico, que es un hombre joven y por lo tanto todavía confía en el cuerpo humano, me recomendó caminar todos los días.

—Tiene que moverse más —me dijo.

Y yo le contesté:

—Doctor, después de cierta edad, uno no se mueve: uno se desplaza.

Pero él insistió. Ahora camino.

Camino por la casa, hasta la cocina. Después regreso. A veces, si me siento especialmente atlético, llego hasta la ventana y miro la calle. Desde allí observo a la gente corriendo de un lado para otro y siento una enorme satisfacción. No porque esté por encima de ellos, sino porque no tengo ninguna obligación de acompañarlos. Hay una libertad extraordinaria en ver a otro llegar tarde.

La gente joven anda siempre con una urgencia que me conmueve. Corren para trabajar, corren para hacer ejercicio, corren para descansar de haber trabajado y, si les sobra tiempo, se ponen unos zapatos especiales para correr un poco más. Yo los miro y pienso:

—Ya se les pasará.

La gravedad, por fortuna, es democrática. Tarde o temprano pone a todo el mundo en su sitio.

No tengo nada contra el ejercicio. Al contrario: admiro profundamente a quienes lo practican. Sobre todo cuando lo hacen lejos de mí.

A mi edad uno ha empezado a sospechar que la vida es demasiado corta para sudar la gota gorda innecesariamente. Aunque, claro, el cuerpo no siempre comparte mis opiniones.

Antes yo me despertaba y el cuerpo estaba listo. Ahora, cada mañana, tenemos una reunión. Yo propongo levantarme. La espalda solicita más tiempo. La rodilla presenta objeciones. El cuello dice que no recuerda haber autorizado ese movimiento. Y el resto del organismo pide una prórroga.

Después de largas negociaciones, consigo ponerme de pie. Es entonces cuando comprendo por qué los viejos tenemos fama de madrugadores. No es que nos guste levantarnos temprano. Es que el proceso comienza desde la noche anterior.

Pero no todo son desgracias. La vejez también trae privilegios que nadie menciona en los folletos. Uno de ellos es la posibilidad de decir lo que piensa sin grandes consecuencias.

La sinceridad, cuando la ejerce un joven, puede ser insolencia. Cuando la ejerce un viejo, es carácter. Yo he descubierto esta ventaja con verdadero entusiasmo.

Puedo mirar una situación absurda y decir:

—Esto es una pendejada.

Si alguien se molesta, siempre aparece una persona comprensiva que interviene:

—No le haga caso. Es que ya está mayor.

Y yo quisiera abrazarla.

Porque durante toda la vida uno ha tenido que pagar impuestos, cumplir horarios, contestar con educación y tragarse opiniones. Ahora resulta que la edad me ha convertido en una especie de patrimonio nacional. Ya nadie sabe si estoy diciendo una verdad profunda o si simplemente necesito dormir la siesta. Y lo mejor es que nadie se atreve a averiguarlo.

La memoria, por su parte, merece un capítulo aparte. La gente habla de la pérdida de memoria como si fuera una tragedia. Yo no estoy tan seguro. Olvidar ciertas cosas puede ser una bendición. ¿Para qué quiero recordar el nombre del señor que me hizo una mala cara en 1987? ¿Para qué conservar intacta la discusión que tuve con alguien que probablemente ya tampoco recuerda haber discutido conmigo?

La memoria de los viejos es sabia en eso. Se lleva unas cosas y deja otras. El problema es que no siempre consulta.

Olvido dónde dejé las gafas —y las tenía puestas— y recuerdo, con una precisión ofensiva, una frase que me dijo un profesor hace sesenta años. Busco las llaves durante media hora y, de pronto, aparece en mi cabeza el nombre del perro que tuvo una vecina cuando yo era niño. ¿De qué me sirve? No lo sé. Pero ahí está, ocupando espacio mientras la memoria reciente anda de vacaciones sin avisar.

También están los espejos. Los espejos son unos aparatos que deberían venir con una advertencia: «Imagen sujeta a cambios sin previo aviso». Uno se mira y reconoce la cara, claro, pero empieza a sospechar que alguien ha vivido mucho tiempo dentro de ella.

Hay arrugas que uno no recuerda haber comprado. Manchas que aparecieron sin permiso. Canas que se multiplican como si cobraran comisión. Yo he dejado de preguntar. La cara hace lo que puede. Y, siendo sinceros, después de tantos años juntos, tampoco voy a abandonarla ahora. Sería una falta de gratitud.

Además, la vanidad a cierta edad se vuelve complicada. Uno quisiera verse joven, pero tampoco quiere hacer demasiado esfuerzo. Ese es el problema.

Yo aceptaría fácilmente tener el cuerpo de los treinta años, siempre y cuando no tuviera que volver a vivirlos. La juventud es un estado físicamente envidiable y emocionalmente agotador. Demasiadas dudas. Demasiadas urgencias. Demasiado por demostrar. A mí ahora me interesa demostrar poco. Y eso produce una tranquilidad que nadie aprecia suficientemente.

La vida, que antes me perseguía con afanes, ahora camina a mi lado como un perro viejo. A veces se adelanta, a veces se detiene a mirar cualquier cosa y, de vez en cuando, nos sentamos los dos sin saber muy bien qué estamos esperando. Pero ya nos entendemos.

Después de tantos años juntos, la vida y yo hemos llegado a un acuerdo: ella no me exige que corra y yo procuro no quejarme demasiado cuando me sorprende con alguna avería. Hay días en que no cumplimos el pacto. Pero, en general, nos llevamos bien.

Si algo he aprendido es que envejecer no consiste únicamente en perder. Es, sobre todo, aprender a soltar. Soltar la velocidad. Soltar la necesidad de gustarle a todo el mundo. Soltar la costumbre de tener razón. Aunque esta última la suelto con una mano solamente. Tampoco hay que exagerar.

Con los años uno empieza a comprender que muchas batallas eran ridículas y que algunos triunfos no merecían tanto esfuerzo. Lo que antes parecía indispensable hoy apenas ocupa un rincón de la memoria. Y eso tiene algo liberador. Uno queda más liviano. No porque tenga menos años —de esos, lamentablemente, uno tiene cada vez más—, sino porque lleva menos equipaje inútil.

Así que aquí estoy. Canoso. Terco, según mi amigo. Consistente, según mi propia y muy autorizada opinión. Más lento, sí, pero también más selectivo con la velocidad. Menos preocupado por llegar. Más agradecido por haber llegado.

Porque al final la vejez tiene una dignidad que solo se comprende cuando uno la alcanza. No es una victoria, desde luego. Sería demasiado vanidoso decirlo. Es, más bien, una manera de haber resistido lo suficiente para poder sentarse un rato a mirar el camino. Y pensar:

—¡Juepucha!… sí que fue largo.

Mi abuela decía que quien llega viejo, llega lejos. Yo no sé si tenía razón, porque nunca le dio por explicarlo. Las abuelas tienen esa costumbre: lanzan una sentencia y siguen con lo suyo, dejando que uno pase el resto de la vida tratando de entenderla.

Pero algo de razón debía de tener, porque yo he llegado tan lejos en la vida que, francamente, ya no sabría cómo devolverme. Y, pensándolo bien, tampoco tengo ganas. Además, ¿para qué?

Aquí, con mis canas, mis rodillas sindicalizadas, mi memoria haciendo lo que se le da la gana y esta terquedad que se niega a jubilarse, todavía encuentro razones para reírme. Y mientras uno pueda reírse de sí mismo, la edad no habrá ganado del todo.

Que pase lo que tenga que pasar. Yo, por mi parte, seguiré avanzando. Despacio, eso sí. No por miedo. Sino porque ahora tengo tiempo. Y porque la rodilla izquierda, que es la que manda, ya dio la orden.

«El hombre sólo se fija en su sufrimiento: no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara en ella, vería que en todas las etapas de su vida ha tenido momentos felices.»

---------------------------------------------
Compartir...
---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------


65 "Una queja razonable contra el universo"

 Capítulo 65

"Una queja razonable contra el universo"

A veces sospecho que el universo fue diseñado por un funcionario distraído. No está mal hecho —funciona, más o menos, desde hace siglos—, pero alguien, en algún escritorio cósmico, invirtió las instrucciones. Como cuando uno arma un mueble y al final descubre que la puerta quedó arriba y el cajón abajo.

Yo, por ejemplo, habría empezado por el final.
Morirse primero: rápido, limpio, sin tanto trámite emocional. Uno se quita ese pendiente de encima y continúa con tranquilidad. Sería como pagar la factura antes de usar el servicio.
Después de la muerte, uno despertaría en una residencia de ancianos. No para deteriorarse, no señor: para mejorar. Cada mañana el cuerpo recuperaría funciones como quien recupera electrodomésticos en garantía. Las rodillas dejarían de protestar, la espalda volvería a colaborar y los médicos, en vez de pedir exámenes, lo felicitarían por existir.

Hasta que un día lo echarían por exceso de salud:
—Lo sentimos, señor. Aquí solo recibimos gente en declive.
Y uno saldría a la calle, expulsado por vitalidad, con la alegría de quien ha sido ascendido sin haber hecho nada. Afuera, hasta el gallo del vecindario anunciaría la noticia con el aire solemne de quien declara una guerra, aunque a nadie más le importara gran cosa.
Lo primero sería cobrar la pensión.

Nunca ha trabajado, pero eso no importa. El Estado —en esta versión más humana del universo— le entregaría un dinero mensual solo por haber empezado a vivir. Un bienvenida financiera: el único momento en la historia donde la burocracia se comporta como un tío generoso, de esos que uno anuncia desde diciembre y que, contra todo pronóstico familiar, sí llegan.

Luego vendría el trabajo. El primer día, en vez de reglamentos y contraseñas imposibles, le entregarían un reloj de oro. No para medir el tiempo, sino para recordarle que ahora sí vale la pena gastarlo. Trabajaría cuarenta años rejuveneciendo: cada año más fuerte, más ágil, más terco. La experiencia crecería y el cuerpo no se enteraría. Eso sí sería progreso: un país donde la espalda mejora con los años y jubilarse es un premio, no una sospecha.

Al retirarse estaría en plena forma. Tiempo, salud, energía. Por fin podría hacer todas esas cosas que uno promete hacer «cuando tenga tiempo», esa mentira elegante con la que aplazamos la vida.
Entonces vendrían las fiestas. Las buenas. No esas reuniones donde uno finge interés por la remodelación de la cocina ajena. Hablo de música, amigos, noches largas y amores irresponsables. La vida, por fin, en su orden correcto: primero la lucidez, luego la rumba.

Cuando ya estuviera cansado de tanta celebración, empezaría a estudiar. Pero estudiar al revés: primero lo esencial —jugar, perder el tiempo sin culpa, hacer amigos sin preguntarles a qué se dedican— y después los libros, las preguntas, las tardes largas, el colegio. Cada año menos obligaciones y más recreo. Así debería ser la educación: una devolución gradual de responsabilidades.
Hasta llegar a la infancia. La edad perfecta: no demostrar nada, ensuciarse la ropa, comerse un puñado de tierra del patio sin escándalo, llorar sin justificarlo.

Y luego, finalmente, sería un bebé. Los nueve meses más cómodos de la existencia: flotando en un hotel acuático de lujo, con servicio de habitaciones permanente y sin facturas, noticias ni llamadas que uno preferiría no contestar. La comida llegaría sola. Esa parte del diseño original sí quedó bien hecha.
Y al final, uno abandonaría este mundo en un gran estremecimiento de placer. Un cierre digno, elegante, casi poético.

Suena hermoso. Pero la vida no funciona así.
Y quizá sea mejor.
Porque si empezáramos sabiendo todo lo que sabemos al final, no tendríamos el valor de comenzar. La juventud necesita ignorancia para ser valiente. Yo tomé decisiones con una seguridad que hoy me enternece; si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, no habría hecho la mitad de las cosas. Y quizá tampoco habría vivido la mitad de la vida.

La experiencia llega tarde. Ese es su defecto más conocido. Si hay que resumirlo en una sola frase: «la experiencia es el paraguas que nos prestan cuando ya escampó».
Cuando aprendemos a no tropezar, el camino se llena de escalones.
Cuando comprendemos que no era necesario correr tanto, ya nos cuesta hacerlo.
Cuando aprendemos a disfrutar del tiempo, el tiempo empieza a escasear.
No es perfecto. Pero tiene su gracia.

Tal vez la vida no está desordenada. Tal vez somos nosotros quienes pasamos demasiados años intentando ponerle orden a un cajón que nació para estar revuelto.
A cierta edad, uno se cansa de esa tarea. Ya no quiero corregir el universo; bastante tengo con recordar dónde dejé las gafas, que la mitad de las veces resultan estar puestas.
Así que sigo viviendo en el orden que me tocó: aprendiendo tarde, comprendiendo a destiempo y descubriendo, con humor y resignación, que muchas de las cosas que consideré urgentes podían haber esperado.

He terminado aceptando el programa. No del todo, claro: la manera de repartir las fuerzas —toda la pólvora al principio y las cenizas al final— me sigue pareciendo un chiste cruel. Pero supongo que nadie nos pidió opinión.

Aquí estoy: un poco más viejo, un poco menos seguro y, curiosamente, bastante más tranquilo.
La vida avanza en la dirección que decidió antes de que yo llegara. Yo protesto de vez en cuando, como corresponde a un hombre que ya ha vivido lo suficiente para tener quejas razonables y otras completamente inútiles.

Pero ya no intento cambiar el orden. He comprendido —tarde, como siempre— que quizá la vida no consiste en poner las cosas en su sitio, sino en aprender a vivir con ellas un poco desordenadas.
Y, mientras se pueda, flotar. Aunque sea fuera del agua.

---------------------------------------------
Compartir...
---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

64 La edad de perder vigencia

 

Capítulo 64

La edad de perder vigencia

«Envejecer no es deteriorarse».

Lo dijo un viejito chévere, Gonzalo Canal Ramírez, en ese libro que para muchos ha sido una especie de biblia de la vejez. Me gusta la frase porque tiene algo de desafío y algo de consuelo. Envejecer no necesariamente significa estropearse. A veces significa, simplemente, cambiar de catálogo.

Cambian los médicos, las amistades, las aficiones, los intereses, los atardeceres, los libros que uno elige y hasta las conversaciones que está dispuesto a soportar. También cambia la manera de mirar el mundo. Lo que antes parecía urgente empieza a parecer apenas ruidoso.

Y uno aprende cosas que nadie le había explicado.

Aprende no solo a perdonar, sino a olvidar, que quizá sea todavía más saludable. Porque perdonar conserva cierta memoria del agravio; olvidar, en cambio, tiene la cortesía de no volver a cobrarlo.

Envejecer nos depara incluso verbos sorprendentes, como ennietecer: esa posibilidad maravillosa de volver a ser niños o, más exactamente, de dejar salir al niño que nunca tuvimos tiempo de ser.

A quienes ya estamos más cerca del barrio de los acostados que de la cuna nos llaman «adultos mayores» o «personas de la tercera edad». Gracias por el eufemismo, pero tanto cuidado verbal no paga el arriendo ni evita las arrugas. A cierta edad uno agradece que lo llamen como quieran, siempre que no sea para venderle un seguro de vida demasiado caro.

Porque la vejez tiene una particularidad: la cédula envejece con una puntualidad admirable, mientras uno sigue creyendo, algunas mañanas, que todavía puede engañarla.

Yo, por ejemplo, he recurrido a ciertos trucos inocentes para que no se note demasiado el ocaso. Con la idea de escurrirle el bulto a los años, me dejé crecer el bigote para esconder ese implacable código de barras que se va formando sobre el labio.

No sé si funcionó.

Pero al menos ahora las arrugas tienen competencia.

Otro método para retrasar la vejez pertenece a las obras completas de Perogrullo: no mirarse demasiado al espejo. Lo recomiendo. Es sencillo, económico y no requiere anestesia. De paso, uno se ahorra el cirujano plástico y la desagradable conversación posterior con alguien que intenta convencerlo de que ahora parece veinte años más joven, cuando uno sabe perfectamente que parece veinte años más joven... que mañana.

Quizá nuestros antepasados tenían una relación más despreocupada con la edad. Cuando el eco era casi el único periódico que circulaba, aparecieron aquellos patriarcas bíblicos que parecían haber descubierto el secreto de una jubilación interminable. Matusalén, según el Génesis, llegó a una edad que hoy resultaría poco compatible con cualquier estadística de esperanza de vida. Adán tampoco parece haber llevado una contabilidad demasiado rigurosa de sus años.

Abraham, por su parte, se detuvo en una cifra algo más manejable.

No sabemos exactamente qué había en el aire de aquellos tiempos, aunque algunos teólogos y creacionistas han aventurado explicaciones relacionadas con una atmósfera anterior al diluvio que habría favorecido una longevidad extraordinaria. Otros prefieren leer esas edades como lenguaje simbólico.

Yo, que no soy especialista en teología ni en longevidades patriarcales, me inclino por una explicación más sencilla: aquellos hombres no tenían televisión, internet ni contraseñas que recordar. Solo eso ya podría añadir unos cuantos años de vida.

Lo cierto es que hoy la medicina ha alargado considerablemente nuestra permanencia en este mundo. Sesentones, setentones y ochentones forman parte del paisaje cotidiano. Y quizá no sea poca cosa.

Antes, a los cuarenta o cincuenta años, muchas personas ya parecían estar haciendo las maletas definitivas. Ahora llegamos a edades que nuestros abuelos habrían considerado casi mitológicas y, para celebrarlo, nos quejamos de las rodillas, de la memoria y de que nadie sabe dónde quedaron las gafas que tenemos puestas.

La humanidad ha progresado.

Aunque no siempre en la dirección que esperábamos.

A cierta edad aparece, sin embargo, otra palabra que me interesa más que «vejez»: vigencia.

¿En qué momento empezamos a perderla?

Algunos dirán que cuando dejamos de ser invitados a ciertos cócteles o almuerzos donde había que inventar sonrisas, estar de acuerdo, dar palmaditas lagarteras en la espalda del sagrado anfitrión, fabricar solidaridades y pensar una cosa mientras se decía otra.

Si perder vigencia significa quedar fuera de esas veladas gastronómico-etílicas donde todos se necesitan mientras se necesitan, bienvenida sea la jubilación de la vanidad.

También puede ocurrir que aquel amigo o interlocutor profesional que antes contestaba el teléfono con entusiasmo deje de hacerlo. De pronto ya no somos el sujeto «importante» de antes.

Con amigos así, para qué enemigos.

García Márquez decía que sus verdaderos amigos eran los que tenía antes de recibir el Nobel. Es una observación que siempre me ha gustado. Después del reconocimiento llegan también los paracaidistas: personas que aterrizan suavemente en nuestra hoja de vida cuando descubren que puede resultarles útil.

La edad tiene, entre otras ventajas, la capacidad de volver transparente ese fenómeno.

Uno empieza a distinguir quién venía a visitarlo a uno y quién venía a visitarse a sí mismo.

Y entonces sucede algo curioso: perder vigencia puede convertirse en una forma de libertad.

Qué rico caminar por la calle siendo anónimo como la sota de bastos, sin tener que representar ningún papel, con todo el tiempo del mundo para «leer» el paisaje urbano o rural, mirar los titulares de los diarios, entrar a un cine a una hora inverosímil o sentarse en una banca sin tener que justificar la existencia.

Mientras el músculo duerme, la ambición puede seguir trabajando si quiere.

Yo ya no tengo por qué ayudarla.

Por carecer de vigencia, el sol sigue saliendo. Ningún espléndido aguacero ha declarado una huelga de gotas. El arcoíris no ha reducido su número de colores. Las bancas de los parques continúan acogiendo glúteos jubilados con una dignidad que ninguna oficina supo reconocer a tiempo.

El mundo, descubrimos, funciona bastante bien sin nuestra intervención.

Y eso, lejos de ser una tragedia, puede ser un alivio.

Muchas ventajas tiene carecer de vigencia. El estrés se va de vacaciones. Se recuperan algunos kilos perdidos. Vuelve a servir la ropa vieja —esa que uno conservó durante años por una mezcla de esperanza y mala administración— y finalmente hay tiempo para leer aquel libro aplazado setenta veces siete.

Uno empieza a recuperar cosas que no sabía que había perdido.

Abrazos nunca dados.

Besos embolatados.

Boleros no bailados.

Poemas que no fueron escritos porque había que rendir desde el amanecer hasta cuando el sol nos decía adiós desde el ocaso.

Durante buena parte de la vida confundimos productividad con existencia. Creíamos que estar ocupados era una prueba de que éramos necesarios. Nos llenábamos de horarios y obligaciones con una disciplina admirable, aunque no siempre quedara claro para qué.

Ahora sospecho que algunas agendas eran simplemente una manera elegante de no escucharnos.

Y hay algo profundamente desestresante en descubrir que mientras otros siguen triturando horarios, uno puede permitirse la condición de miembro de la familia Miranda: mirar vitrinas, contemplar el mundo pasar y, de vez en cuando, recordar que la vida también puede disfrutarse sin producir nada.

Incluso mirar pasar a una mujer hermosa por la calle puede convertirse en una pequeña celebración estética, siempre que uno conserve la cortesía, la discreción y la suficiente edad para comprender que admirar no significa poseer.

La no vigencia tiene también ese beneficio: ya no tenemos que demostrar que todavía podemos.

Podemos simplemente estar.

Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cócteles inútiles nos habremos ahorrado? ¿Cuántos fulanos dejaron de utilizarnos para sus conveniencias? ¿Cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron reemplazadas por madrugadas más tranquilas?

La pérdida de importancia puede resultar, paradójicamente, bastante importante.

Cuando pasamos a la clandestinidad social nos espera un reto difícil y hermoso: aprender a ser anónimos por convicción, en lugar de notorios por obligación.

Quizá sea una de las libertades más tardías.

Ya no tener que explicar quién somos.

Ya no tener que impresionar.

Ya no tener que competir.

Ya no tener que demostrar que todavía estamos en condiciones de hacerlo.

Simplemente estar.

A los ochenta, decía Stravinski, todo contemporáneo es un amigo. Me gusta esa idea porque contiene una forma de fraternidad que la juventud suele desconocer: cuando el tiempo se acorta, hasta el desconocido adquiere cierta familiaridad.

Mark Twain, por su parte, imaginaba una vida tan bien aprovechada que hasta el dueño de la funeraria lamentaría nuestra partida.

No sé si llegar tan lejos.

Pero me gusta pensar que, cuando llegue el momento, sería conveniente haber dejado al menos alguna pequeña molestia en el mundo: una risa, un libro, una conversación, una persona que nos recuerde con cariño y quizá algún asunto sin resolver que todavía le dé trabajo a alguien.

Eso también sería una forma de haber vivido.

Recuerdo a una mujer que, después de haber atravesado las cuatro estaciones de la vida, decía con una sencillez admirable que había conocido el invierno, el verano, la primavera y el otoño.

Tal vez eso sea envejecer.

No acumular años, sino estaciones.

No contar únicamente cumpleaños, sino inviernos sobrevividos, primaveras que llegaron cuando ya no las esperábamos, veranos que parecieron eternos y otoños que nos enseñaron que desprenderse también puede ser una forma de belleza.

Por eso me gusta el título de aquel libro de Luz María Londoño: «Viejo es aquel que tuvo la suerte de llegar a la vejez».

Tiene razón.

Llegar hasta aquí ya es una pequeña victoria.

No una victoria sobre la muerte —sería demasiado pretencioso—, sino sobre todas las cosas que pudieron impedirnos llegar.

Les habla, entonces, un hombre con suerte.

Un hombre que ha cometido suficientes errores como para no necesitar cometerlos todos de nuevo.

Un hombre que aprendió algunas cosas tarde y otras, probablemente, demasiado tarde.

Pero que todavía está aprendiendo.

Hace poco, por televisión, le preguntaban a un anciano:

—¿Y usted a qué se dedica?

—¿Yo? Me dedico a ser viejito.

Y acompañó la respuesta con una sonrisa desdentada.

Me pareció una respuesta magnífica.

Después de tantos años dedicados a producir, competir, conseguir, acumular, responder llamadas y fingir que sabíamos adónde íbamos, quizá exista cierta sabiduría en poder decir simplemente:

Me dedico a ser viejo.

Sin disculpas.

Sin explicaciones.

Sin currículo.

Borges, con esa ironía suya capaz de convertir una desgracia en una frase memorable, dijo alguna vez que no era viejo, pero que hacía mucho tiempo era joven. Y siguió agradeciendo, a su manera, la extraña ironía de haber recibido al mismo tiempo los libros y la noche.

Fellini se miró un día al espejo mientras se afeitaba y se preguntó de dónde había salido aquel viejo.

Después descubrió que era él.

Me conmueve esa escena porque contiene algo que todos terminamos aprendiendo: el viejo no aparece de repente. Se va instalando poco a poco en el rostro de quien fuimos, mientras nosotros seguimos creyendo que el espejo exagera.

Quizá envejecemos cuando el recuerdo comienza a pesar más que la esperanza.

O cuando dejamos de contar anécdotas y empezamos a decir:

«Eso me recuerda la vez que...».

Aunque tampoco estoy seguro.

Tal vez envejecemos mucho antes.

Tal vez envejecemos cuando dejamos de tener curiosidad.

Tal vez cuando ya no nos sorprende nada.

O cuando creemos que ya lo sabemos todo.

En ese caso, conozco jóvenes bastante mayores que yo.

Por eso prefiero otra definición.

Envejecer no es deteriorarse.

Es perder algunas cosas y ganar otras.

Es dejar de ser necesario para todos y empezar, quizá, a ser más necesario para uno mismo.

Es descubrir que la vida continúa sin pedirnos autorización.

Que el sol sale sin consultar nuestra vigencia.

Que la lluvia cae sin preguntarnos nuestro cargo.

Que las estaciones pasan con una indiferencia casi ofensiva.

Y que, después de tantos años tratando de ser alguien, puede llegar un momento en que uno agradece profundamente poder ser nadie durante un rato.

Nadie importante.

Nadie imprescindible.

Nadie urgente.

Solo uno.

Con sus arrugas.

Con sus errores.

Con sus libros a medio leer.

Con sus recuerdos que llegan cuando quieren.

Con sus pequeños trucos para engañar al espejo.

Y con la suficiente lucidez para comprender que la juventud no siempre consiste en tener pocos años, sino en conservar alguna razón para levantarse con curiosidad.

La edad, finalmente, nos entrega un pequeño privilegio: ya no tenemos que estar vigentes para estar vivos.

Podemos fundar nuestro propio sindicato de los que ya no compiten.

La divisa podría ser sencilla:

La vida también es posible sin estar vigente.

Y quizá añadiría, en letra más pequeña, para que nadie se entusiasme demasiado:

De anonimato nadie ha muerto.

Aunque, bien pensado, tampoco conviene apostar demasiado fuerte por esa última afirmación.

La muerte, como sabemos, siempre termina leyendo la letra menuda.

---------------------------------------------
Compartir...
---------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
-------------------------------------------- Contactarme:

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera re...