Capitulo 69
El oficio de hacerse viejo
Hay un momento de la vida en que uno descubre que envejecer no consiste exactamente en perder cosas, sino en dejar de necesitarlas todas.
Al principio uno se resiste. Quiere conservar la memoria completa, las fuerzas de antes, la rapidez para levantarse de una silla y hasta la capacidad de recordar por qué entró en una habitación. Después comprende que hay batallas que no merecen el esfuerzo de ponerse los zapatos.
La vejez llega sin ceremonia. No toca la puerta ni anuncia su visita. Un día uno descubre que el cuerpo ha empezado a tomar decisiones por su cuenta. Las rodillas opinan sobre las escaleras. La espalda presenta una queja formal por cualquier movimiento brusco. Los zapatos parecen haber aumentado de peso durante la noche. Y las gafas, que uno acaba de dejar sobre la mesa, desaparecen con una habilidad que ya quisiera un ladrón profesional.
Entonces empieza el verdadero aprendizaje.
Porque hacerse viejo es, sobre todo, aprender ciertas mañas.
Una de ellas consiste en caminar más despacio. No porque uno tenga prisa por llegar tarde, sino porque ya ha aprendido que muchas cosas importantes ocurren mientras se llega. Una conversación en la acera. Un árbol que floreció sin pedir permiso. El olor del pan recién hecho. Una nube con forma de animal que probablemente nadie más está viendo.
Antes uno corría detrás del metro.
Ahora, si se va, uno lo mira alejarse con una dignidad que tiene algo de filosofía y bastante de cansancio.
—Que le vaya bien —dice uno.
Y sigue caminando.
La memoria también adquiere sus propias mañas. Guarda con una fidelidad conmovedora el nombre de un compañero de escuela al que no hemos visto en sesenta años, pero se niega a decirnos dónde dejamos las llaves hace cinco minutos.
No hay que discutirle.
La memoria, a cierta edad, se vuelve una administradora caprichosa. Recorta, cambia de sitio, elimina documentos importantes y conserva recibos inútiles. Pero también hace algo que antes no sabía hacer: devuelve detalles que creíamos perdidos.
De pronto aparece el olor de una cocina de la infancia.
El patio de una casa que ya no existe.
Una voz.
Una tarde cualquiera.
Y uno comprende que quizá la memoria no está hecha para conservarlo todo, sino para salvar aquello que todavía tiene algo que decirnos.
Por eso no me preocupa demasiado olvidar algunas cosas. Hay recuerdos que pueden marcharse tranquilamente. No todos merecen jubilación con honores.
La vejez también trae una libertad que de joven parecía imposible: la de no tener que demostrar nada.
Ya no importa tanto tener razón.
Ni parecer inteligente.
Ni convencer al vecino.
Ni explicar por qué uno tomó una decisión hace treinta años.
A cierta edad uno descubre que muchas discusiones eran simplemente dos personas cansadas defendiendo su cansancio.
Entonces comienza a practicar el silencio.
No ese silencio solemne que parece preparado para una fotografía, sino el otro: el que permite escuchar la lluvia, el ruido de una cuchara contra una taza o el pequeño suspiro de una casa cuando cae la tarde.
Hasta los objetos parecen participar.
La silla cruje cuando uno se sienta, como si protestara por la confianza excesiva.
El reloj de la pared lleva años trabajando sin salario y, sin embargo, continúa señalando la hora con una paciencia que ya no tenemos nosotros.
El control remoto desaparece cuando más se necesita.
Uno lo busca debajo del cojín, sobre la mesa, en la cocina.
Nada.
Finalmente aparece en la mano.
No es que la vejez vuelva torpe al hombre.
Es que algunos objetos adquieren sentido del humor.
También cambia la relación con el espejo.
Durante muchos años uno se mira para saber cómo se ve.
Después empieza a mirarse para saber quién queda.
El rostro va llenándose de pequeñas historias. Una arruga aquí, otra allá. Algunas llegaron por el sol, otras por las preocupaciones y unas cuantas, espero, por haberse reído demasiado.
No me molestan.
Las arrugas son una especie de escritura que el cuerpo hace sin consultar al autor.
Y si algunas frases han quedado mal redactadas, ya no pienso corregirlas.
A estas alturas sería una falta de respeto con el tiempo.
Hay, además, una cosa que se aprende tarde: el humor.
No el humor de la carcajada obligatoria ni el que necesita convertir al otro en víctima. Hablo de ese humor pequeño que aparece cuando uno se descubre haciendo exactamente lo contrario de lo que pretendía.
Buscar los anteojos mientras los lleva puestos.
Entrar a una habitación y olvidar para qué.
Guardar algo tan bien que después nadie, ni uno mismo, consigue encontrarlo.
Y levantarse de la silla con una lentitud que parece la de un funcionario revisando una solicitud.
Uno se ríe.
Y eso basta.
Porque reírse de uno mismo tiene una ventaja considerable: evita que los demás tengan que hacer el trabajo.
Tal vez por eso la vejez no sea un arte triste, como algunos quieren hacernos creer. Es un oficio. Y como todo oficio, requiere práctica.
Hay que aprender a levantarse.
A sentarse.
A despedirse.
A recordar.
A olvidar.
A aceptar que algunas puertas ya no se abren y que otras, por fortuna, nunca debieron abrirse.
También hay que aprender a estar.
Simplemente estar.
Sin convertir cada día en una hazaña.
Sin exigirle a la vida que todavía nos sorprenda como cuando éramos jóvenes.
A veces basta una taza de café, una conversación tranquila, una ventana abierta.
Y si además las rodillas colaboran, puede considerarse un día extraordinario.
Quizá ese sea el verdadero lujo de los años: descubrir que la vida no necesita hacer ruido para seguir siendo hermosa.
Uno empieza a entender que no todo lo valioso tiene que ser grande.
Una visita.
Una llamada.
Una risa.
Un recuerdo que vuelve.
Una persona que se queda un rato más.
Y entonces, sin darse cuenta, uno deja de contar los años como quien cuenta pérdidas y empieza a mirarlos como quien mira una casa después de una larga jornada: con algunas ventanas rotas, algunas habitaciones cerradas y todavía una luz encendida en la cocina.
No sé si la vejez perfecciona a nadie.
A mí, por lo menos, me ha vuelto más tolerante con mis propias imperfecciones.
Ya es bastante trabajo envejecer como para pretender hacerlo correctamente.
Y si alguna vez consigo llegar al final con la memoria un poco desordenada, las rodillas quejándose y una risa todavía disponible, me daré por bien servido.
Lo demás puede esperar.
Incluso las gafas.
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