sábado, 29 de agosto de 2026

***63 — Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

Capítulo 63

Pequeño tratado sobre cómo perder el tiempo con estilo

La brevedad de la vida

Durante años creí que la vida era un asunto urgente, una carrera silenciosa donde uno debía llegar a algún lugar que nunca estaba del todo claro. «La vejez no me quitó la prisa; me enseñó que casi nunca era necesaria.» Ahora, en esta edad del silencio —que no es una edad cronológica sino una forma de estar en el mundo—, he entendido algo que llegó tarde, pero llegó con bastante claridad: la vida no es breve por falta de días, sino por la manera en que los usamos, como si fueran monedas que no sabemos si gastar o guardar. El problema es que el tiempo no acepta propinas y rara vez devuelve el cambio.

Séneca lo dijo con la serenidad de un hombre que ya había visto suficientes tragedias romanas como para saber que el Imperio no se construyó en una tarde, aunque Nerón hiciera todo lo posible por desmantelarlo en menos tiempo. «La vida no es corta; nosotros la encogemos.» Y yo, que tardé décadas en comprenderlo, ahora lo veo con una mezcla de lucidez y picardía: uno pierde tiempo como quien pierde unas llaves, sin darse cuenta de que lo que se extravía no vuelve y de que las llaves, encima, suelen aparecer justo después de haber cambiado la cerradura.

Schopenhauer, siempre tan sombrío que a veces parece practicar un humor involuntario —o quizá el humor alemán más sofisticado consista precisamente en eso: hacer reír sin que nadie se atreva a admitirlo—, escribió que la vida es un préstamo recibido de la muerte y que el sueño es el interés diario de ese préstamo. Me gusta la imagen: cada noche pagamos la cuota, y cada mañana la muerte nos renueva el contrato sin preguntarnos nada, con la tranquilidad de un acreedor que sabe —y disfruta saberlo— que jamás leímos la «letra menuda».

Yo entendí esto tarde, cuando ya no tenía demasiada prisa por demostrar nada, y descubrí que dormir bien es una de las primeras formas de dignidad. Hay edades en las que una buena noche de sueño empieza a parecerse peligrosamente a un triunfo moral.

Montaigne habría celebrado esta comprensión tardía. Él decía que filosofar es aprender a morir, pero también —me gusta imaginar— aprender a vivir sin tanta solemnidad. Añadiría, estoy seguro, que reírse de uno mismo es el primer paso para no tomarse demasiado en serio, porque la vida es breve y el universo, con sus galaxias y sus silencios, no necesita nuestra gravedad para funcionar. Ya bastante tiene con la suya.

Cioran, que veía la existencia como un malentendido prolongado, habría sonreído con esa sonrisa suya que parecía un suspiro. No hacemos más que aplazar lo inevitable. Y, sin embargo, había en él una forma extraña de consuelo: el tedio, por ejemplo, era para Cioran una prueba de que seguíamos vivos. Aburrirse con elegancia podía ser una forma de resistencia. Yo añadiría que también es una señal de privilegio: hay personas que tienen tanto tiempo que pueden darse el lujo de preguntarse qué hacer con él, mientras otras apenas consiguen que el día las deje en paz.

Marco Aurelio insistía en que el presente es lo único que poseemos. El pasado ya cerró su oficina; el futuro todavía está en construcción y, probablemente, con retraso, como todas las obras importantes. Solo este instante —este pequeño territorio que respira conmigo mientras escribo— es nuestro. Y aun así lo tratamos como si fuera un visitante inoportuno, cuando en realidad es el único que siempre estuvo sentado en la sala, esperando con esa paciencia que solo tienen quienes saben que, al final, inevitablemente se les presta atención.

Me conmueve imaginarlo de noche, emperador cansado, escribiendo para sí mismo en la penumbra de una tienda de campaña, con la guerra a pocos pasos y ningún lector a la vista. Sospechaba que las turbaciones rara vez nacen de los hechos, sino de la mirada con que los juzgamos. Tenía razón, supongo. Aunque a él le tocaba juzgar a los bárbaros del Danubio; a mí, un semáforo de la rue Saint-Denis que nunca termina de decidirse.

Pascal, que veía abismos en todas partes —y probablemente también habría encontrado alguno en un queso demasiado añejo o en el fondo de una taza vacía—, nos advirtió que la distracción es una de las grandes enfermedades humanas. Y tenía razón: nunca hubo tantas herramientas para «ahorrar tiempo», y quizá nunca se perdió tanto. Hemos conseguido la extraordinaria hazaña de acelerar casi todo, excepto la llegada de la felicidad, que sigue viajando con un retraso administrativo.

Es una ironía global: corremos para llegar a ninguna parte… pero llegamos rápido, con el aliento agitado y el alma vacía, como quien ha hecho las maletas para un viaje que no recuerda haber planeado.

Yo entendí todo esto tarde, cuando ya no necesito demostrar gran cosa. Descubrí que la vida se vuelve más larga cuando se vive despacio, y más profunda cuando se vive con atención. Que nunca me exigió grandeza, apenas un poco de claridad. Que gobernar el tiempo es, en cierto modo, gobernar el alma, aunque el alma, como un gato independiente, rara vez reconozca nuestra autoridad. Uno puede llamarla, convencerla, ofrecerle argumentos; ella seguirá mirando por la ventana.

He aprendido también que el tiempo no es solo una medida: es una sustancia, como el pan o el vino, y, como ellos, se disfruta más cuando se comparte.

Es, además, la única pertenencia que no lleva nombre. Todo lo demás —lo visible, lo tocable, lo que creemos nuestro— acaba por encontrar dueño. El tiempo, en cambio, nos lo entregan como quien sirve agua en un cuenco agrietado: apenas lo recibimos, ya empieza a irse. Y, sin embargo, pagamos sin protestar por objetos que no guardan memoria, mientras casi nadie se detiene a pensar que cada rato que le tomamos a otro es una «deuda secreta», un pequeño despojo sin ruido. El tiempo ajeno no admite devolución: nadie ha conseguido reintegrar una hora, ni siquiera con intereses. Quizá por eso sea el único préstamo que no puede saldarse. Apenas cabe tratarlo con delicadeza —llegar puntual, no alargar la visita— y agradecer, sin demasiada ceremonia, a quienes alguna vez nos regalaron una tarde entera sin mirar el reloj.

Desperdiciar el propio es, en cierto modo, desperdiciarse. Pero si vamos a desperdiciarlo —porque es inevitable, porque la perfección es aburrida y la eficiencia puede convertirse en una forma elegante de infelicidad—, al menos hagámoslo con estilo: eligiendo qué ignorar, qué soltar, qué no atender, qué no responder.

Hay una sabiduría particular en dejar sonar un teléfono que no queremos contestar. No siempre es cobardía; a veces es higiene espiritual.

He aprendido, por ejemplo, que no responder un correo a tiempo puede ser un pequeño acto de soberanía, que dejar un libro a medio leer es una declaración de principios y que mirar por la ventana sin hacer nada durante veinte minutos no es ocio: es una forma modesta de antropología aplicada al paisaje. También he comprendido que algunas obligaciones sobreviven únicamente porque nadie se ha atrevido a preguntar si todavía son necesarias. Y que renunciar a enderezar las sombras que otros eligen arrastrar ahorra más horas que cualquier agenda.

El arte de perder el tiempo consiste, en realidad, en ganar otro tipo de tiempo: ese que no se mide con relojes sino con pausas, con silencios, con la respiración de una habitación que no pide nada.

Hay días en que siento que el tiempo me mira con una paciencia antigua, como si supiera que por fin he comenzado a entender su idioma. Ya no me exige demasiado; tampoco yo le exijo explicaciones. Hemos llegado a esa edad de la amistad en la que uno aprende que no es necesario hablar todos los días para seguir acompañándose.

Camina a mi lado sin apuro, como un amigo que aprendió a no interrumpir el silencio. Y en esa compañía descubro que las horas no pesan, que los minutos no se arrastran, que incluso la espera puede convertirse en una forma de presencia. Claro que hay esperas menos filosóficas que otras: una cosa es esperar la tarde y otra muy distinta esperar una cita médica. Conviene no exagerar las virtudes de la serenidad.

He descubierto que el tiempo no se pierde: se transforma. Lo que antes llamaba desperdicio ahora es pausa; lo que antes llamaba demora ahora es respiración; lo que antes llamaba distracción puede ser, simplemente, una manera discreta de estar vivo. Es como si el tiempo hubiera dejado, por fin, de serme ajeno, y ahora viviéramos juntos en una casa con muchas ventanas, cada una abierta a una luz distinta. Podría decirse que, después de tantos años de persecuciones, malentendidos y ausencias, hemos terminado viviendo en concubinato, él y yo: sin haber firmado nada, sin grandes promesas y con la discreta certeza de que ninguno de los dos puede abandonar al otro.

No siempre nos llevamos bien, desde luego. Él sigue avanzando sin consultarme y yo continúo fingiendo, de vez en cuando, que no lo noto. Pero hemos aprendido a convivir.

La vida, al final, es un cuaderno que se escribe con lo que queda, no con lo que falta. Y en estas páginas tardías, donde ya no corro detrás de casi nada, descubro que perder el tiempo con estilo es una manera de honrarlo: una forma suave de decirle al mundo que todavía estoy aquí, que todavía escucho, que todavía me dejo atravesar por lo que importa.

No me preocupa demasiado que el mundo se acelere allá afuera. Aquí dentro, las manecillas del reloj giran con la cadencia de alguien que ha aprendido a bailar con el tiempo sin pisarle demasiado los pies. Alguna vez se los pisa, por supuesto. La experiencia no vuelve elegante a nadie: apenas nos enseña a disimular mejor los tropiezos.

Porque la vida es breve, sí. Pero el silencio —cuando uno aprende a habitarlo— puede ensancharla. Y también, si me permiten la confidencia, volverla mucho más divertida.

Al final, entre filosofía y filosofía, entre lectura y pausa, he descubierto que la vida se ríe de nosotros todo el tiempo. No con crueldad, creo, sino con esa ironía antigua de quien sabe que hemos llenado de importancia asuntos que dentro de cien años no merecerán ni una nota al pie.

La pregunta es si sabemos reír con ella o si seguimos empeñados en llevar el ritmo de un compás que nadie marcó, dentro de una orquesta donde el director ya se fue, quizá hace rato, a tomar un café y nadie tuvo el valor de avisarnos.

Yo, por si acaso, he decidido quedarme un momento más.

Después de todo, también eso es perder el tiempo con estilo.

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jueves, 20 de agosto de 2026

*** 62 El caballo que me trajo hasta aquí

Capítulo 62

El caballo que nunca obedeció

A veces me pregunto si la vida no será, en el fondo, un caballo desbocado que corre por una llanura sin horizonte. No sabría decir cuándo comenzó la carrera —tal vez aquella tarde en que vi a mi hermano Gilberto montar uno por primera vez, o quizá antes, cuando todavía ignorábamos que los años podían escaparse con tanta facilidad y que un día nos volveríamos a mirar hacia atrás, buscando entre el polvo el rostro de quien fuimos—. El caballo corre sin preguntar adónde queremos ir. Corre porque algo en su naturaleza le impide detenerse. Y nosotros, durante buena parte de la existencia, confundimos su carrera con nuestra voluntad: creímos llevar las riendas, creímos escoger el camino, creímos que bastaba tirar un poco hacia un lado para torcer el destino. Después pasan los años y descubrimos que quizá las riendas siempre estuvieron flojas entre nuestras manos.

Yo también tuve esa ilusión. Durante mucho tiempo pensé que mi vida se parecía a un camino que podía dibujarse sobre un mapa. Había lugares a los que quería llegar, cosas que deseaba conservar, otras que juraba no volver a mirar jamás. Como todos, hice planes con la seriedad de quien firma un contrato que nadie ha redactado. Creí que las decisiones importantes serían mías, que sabría reconocer las encrucijadas cuando aparecieran y que, llegado el momento, escogería con suficiente lucidez el rumbo de mi existencia.

Nadie me advirtió, entonces, que toda decisión exige una renuncia. Que lo que uno deja ir es el precio exacto de aquello que elige. Cada camino tomado cierra, sin ruido, alguna puerta que quizá nunca vuelva a tocar. Y en ese intercambio silencioso —entre lo que se toma y lo que se suelta— se va escribiendo, sin que uno lo note del todo, la vida entera: un inventario de caminos elegidos y de ausencias que se aprende a cargar en voz baja.

Pero la vida tiene una manera extraña de adelantarse a nuestras decisiones: mientras uno está ocupado pensando qué hará mañana, ella ya ha movido de sitio las cosas que creíamos seguras.

Ahora, cuando miro hacia atrás, veo al caballo atravesando una llanura inmensa y sé que hubo momentos en que quise detenerlo y no pude. Quise quedarme cuando la vida ya había decidido que debía partir. Quise volver cuando el camino de regreso ya no conducía al mismo lugar. Quise conservar ciertas cosas que el tiempo había empezado a llevarse con la discreción de un ladrón paciente. Y muchas veces, mientras yo creía elegir, algo más profundo y desconocido iba eligiendo por mí.

El exilio fue uno de esos giros del caballo.

No lo vi venir como se ve venir una tormenta. Un día estaba de un lado de mi vida y, al siguiente, el caballo ya corría hacia otra dirección. Detrás quedaron las voces, las calles, los muertos y los vivos que pertenecían a la misma geografía de mi sangre; quedaron los lugares donde había aprendido a ser quien era, como si alguien hubiera arrancado de golpe una página y el viento se la hubiera llevado.

Uno cree que, al partir, conserva intacta la tierra que deja atrás. Se equivoca. La patria sigue viviendo, pero no espera: cambia de rostro, envejece, pierde sus propias cosas, mientras uno aprende a sobrevivir en otra estación, bajo otro cielo, entre palabras que al principio no sabe pronunciar. El caballo sigue corriendo y, cuando uno vuelve la cabeza, descubre que la distancia ha hecho su trabajo. Ya no pertenece del todo al lugar que abandonó, pero tampoco termina de pertenecer al lugar donde llegó.

«Quizá el exilio sea eso: viajar toda la vida sobre un caballo que corre entre dos orillas y no se detiene en ninguna».

Hay días en que me pregunto qué habría sido de mí si el animal hubiera tomado otro camino. No lo hago con la esperanza de obtener una respuesta. A cierta edad uno descubre que las preguntas que no pueden cambiar nada se parecen a las ventanas de las casas abandonadas: uno puede asomarse por ellas, pero no volver a entrar. ¿Habría sido más feliz? ¿Sería este mismo hombre que ahora recuerda? No lo sé. Y tal vez ésa sea la única respuesta honesta.

Porque cada vida posible tiene su propio cementerio. En algún lugar quedaron enterrados todos los hombres que no llegamos a ser: el que permaneció, el que regresó, el que tomó una decisión distinta una tarde cualquiera, el que tuvo menos miedo. A veces siento que todos ellos corren junto a mí por la llanura, silenciosos, levantando el mismo polvo. Son mis vidas no vividas. No puedo hablar con ellas. Apenas las veo de reojo antes de que desaparezcan detrás de una colina.

Pero la vida no permite volver para probar el otro camino. El caballo no sabe de arrepentimientos. Avanza. Y nosotros tenemos que avanzar con él.

Después llegó la edad, que también es una manera de mirar el camino desde una altura distinta. Uno envejece y empieza a entender cosas que de joven le habrían parecido insoportables: que no todo lo perdido fue un fracaso, que algunas puertas cerradas nos salvaron de habitaciones donde habríamos terminado ahogándonos, que ciertos dolores nos acompañaron durante años no porque fueran más fuertes que nosotros, sino porque nunca supimos dónde dejarlos. Y entiende también que muchas de las cosas que más importaron no estuvieron previstas.

La vida, después de todo, tiene la costumbre de entrar por las puertas que uno no estaba vigilando.

Yo lo supe cuando, en una edad en que creía conocer ya la dirección de mi camino, llegó un hijo inesperado.

Hasta entonces pensaba que ciertas decisiones pertenecían definitivamente al pasado, que algunas estaciones de la vida habían cerrado sus puertas y que ya no quedaban sorpresas de esa magnitud esperándome detrás de ninguna curva. Pero el caballo, que nunca obedeció mis cálculos, volvió a hacer lo que quiso. Y cambió el rumbo.

No de manera estruendosa. Las verdaderas transformaciones casi nunca llegan anunciándose con trompetas —a veces entran en la vida con el peso pequeño de un niño y, sin hacer ruido, desplazan el centro de todo—. De pronto el tiempo deja de pertenecernos por completo. Hay otro corazón latiendo en el mundo y, por alguna razón difícil de explicar, uno comienza a mirar la propia existencia desde ese nuevo latido.

Mi hijo llegó cuando yo no lo esperaba. Y quizá por eso lo cambió todo: no porque borrara lo anterior, ni porque volviera más fáciles las preguntas que ya llevaba conmigo, sino porque introdujo en la carrera una forma distinta de esperanza. Yo, que había pasado tantos años intentando adivinar hacia dónde me llevaba la vida, descubrí que ahora alguien venía detrás de mí —o a mi lado— mirando el mismo horizonte con unos ojos que todavía no sabían cuánto podía durar una llanura.

Tal vez fue entonces cuando supe que no siempre somos nosotros quienes llegamos a la vida de los demás: a veces alguien llega a la nuestra y nos obliga a empezar de nuevo.

Uno cree que ya ha vivido lo esencial y, de pronto, aparece un hijo cuando el calendario parecía haber decidido otra cosa. Entonces el caballo vuelve a correr, pero ya no corre igual. O quizá somos nosotros quienes hemos cambiado. Quizá por primera vez nos damos cuenta de que no viajamos solos.

Hoy, desde la orilla de los años, miro ese camino con una mezcla de asombro y cansancio. No siento tristeza por todo —sería injusto: he conocido demasiadas cosas hermosas para hacer de mi vida una larga queja—. Pero tampoco puedo fingir que no hay melancolía en mirar hacia atrás.

La vejez tiene esa extraña costumbre de reunir en una misma habitación a quienes fuimos. De noche, cuando todo calla, a veces siento que el muchacho que fui todavía vive en alguna parte de la casa. No habla. No me reprocha nada. Me mira con la curiosidad de quien quiere saber qué hicimos con todo aquello que él soñaba.

Y no siempre sé qué responderle. ¿Cómo explicarle que la vida tomó caminos que ninguno de los dos había imaginado? ¿Cómo decirle que aquel caballo al que tanto quiso dominar terminó llevándonos por lugares que nunca aparecieron en sus mapas?

Tal vez él se decepcionaría. Tal vez no. Quizá, si pudiera mirarme con la compasión que los jóvenes rara vez tienen por los viejos, entendería que hice lo que pude: que muchas veces elegí a ciegas, que otras veces no elegí nada y aun así tuve que aceptar las consecuencias, que hubo días en que tuve miedo y días en que fui valiente sin saberlo, que perdí personas que creía eternas y encontré otras cuando ya no esperaba encontrar a nadie.

El caballo siguió corriendo. Y yo con él.

A estas alturas ya no quiero dominarlo. He dejado de discutir con su naturaleza —sería tan inútil como discutir con el río porque no vuelve, o con la noche porque apaga la luz—. La vida nunca prometió obedecer nuestros planes. Nosotros fuimos quienes supusimos que debía hacerlo.

Ahora me basta con mirar la llanura. El horizonte continúa alejándose, como siempre. El polvo se levanta detrás de los años y, en ocasiones, una ráfaga lo aparta lo suficiente para que pueda distinguir algún rostro, una casa, una calle, una voz que creía perdida. Entonces me detengo un instante —no para regresar, ya sé que nadie regresa, sino para agradecer que todo aquello haya existido—.

Porque, a pesar de lo que perdimos, existió. Existió el niño. Existió el joven. Existió la tierra que dejé y los caminos que me trajeron hasta aquí. Y existió ese hijo inesperado que llegó a enseñarme, sin proponérselo, que la vida todavía podía guardar algo para mí cuando yo creía haber recibido ya casi todo lo que podía recibir.

Quizá no fuimos nosotros quienes condujimos el caballo. Quizá tampoco él estaba tan perdido como parecía. Tal vez solo corría obedeciendo una música que nunca alcanzamos a escuchar, y nosotros, orgullosos de nuestra voluntad, confundimos durante años el movimiento de sus patas con el rumbo que creíamos haber elegido.

Ahora ya no sé. Hay muchas cosas que antes me parecían claras y que la edad ha cubierto de niebla. Antes necesitaba respuestas. Hoy me basta con algunas preguntas: saber que estuve aquí, que respiré este aire, que amé como pude, que cometí errores que aún me acompañan y que, pese a todo, hubo momentos en que sentí que la vida era una cosa extraordinaria. Incluso cuando dolía. Incluso cuando nos arrancaba de lo que amábamos. Incluso cuando nos llevaba hacia lugares donde nunca pensamos vivir.

Ahora que ya no soy joven —que los años han ido dejando su caligrafía sobre mi cara y que he recorrido bastante más de la mitad de esta llanura—, me pregunto qué hacer con el polvo de recuerdos que el caballo levanta a su paso y que nunca termina de asentarse. Qué hacer con tantos aniversarios acumulados, con tanta juventud convertida en memoria, con tantos nombres que alguna vez me iluminaron los días y que ahora solo pronuncio por dentro. Yo, que más de una vez me morí sin abandonar la vida —de tedio, de pérdidas, de silencios que se alargaron más de la cuenta—, todavía salgo a la mañana con los brazos un poco abiertos, como quien recibe una noticia que esperaba. Y de noche, cuando el miedo amenaza con ocupar toda la habitación, me acompaño con canciones viejas, en voz baja, para dejarle apenas un rincón.

Hay una paradoja que la edad termina por mostrar, o que al menos me mostró a mí: los años pasan, pero algo adentro nunca aprendió a contarlos. A veces tengo la impresión de no haber nacido del todo, de que todavía me cabe un mundo entero en el costado izquierdo. Y hay preguntas que corren a la par del caballo sin pedirme respuesta. Ya no las espanto. Quizá sea ésa una forma discreta de fortuna: haber llegado lejos sin haber dejado de estar en camino.

Mientras quede algo que me asombre, una página por escribir, algún rincón de mí mismo que todavía no entiendo, me inclino a creer que la edad seguirá siendo apenas una cifra en los papeles. Y si algún día envejezco de verdad, no será —eso quiero pensar— por la suma de los años. Será la mañana en que deje de hacerle preguntas al horizonte.

El caballo sigue corriendo. Lo escucho todavía, aunque ya no trato de sujetar las riendas con la desesperación de antes. He aprendido a acompañarlo: a inclinarme sobre su lomo cuando sopla el viento, a guardar silencio cuando la llanura se vuelve oscura, a no preguntar demasiado por qué hemos tomado un camino y no otro.

«Quizá ésa sea la última forma de la paz: no la de haber descifrado la vida, porque nadie la descifra del todo, sino la de dejar de exigirle explicaciones».

Un día el caballo se detendrá. Entonces el polvo caerá lentamente sobre la llanura y todo aquello que parecía correr hacia alguna parte quedará, por fin, inmóvil. Quizá entonces descubra que el horizonte nunca fue una promesa, que la meta no estaba al final del camino, que no se trataba de llegar a ser el hombre que habíamos imaginado, sino de aprender a reconocer al hombre en que nos convirtió el viaje.

Y quizá, cuando todo haya terminado, pueda mirar al caballo sin rencor. Porque no obedeció. Es verdad, nunca obedeció. Pero, después de tantos años, tal vez deba reconocer que, de algún modo misterioso, me llevó exactamente hasta donde estoy.

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lunes, 17 de agosto de 2026

61- La inutilidad luminosa

Capítulo 61

La inutilidad luminosa

Creo que hace mucho tiempo que hemos muerto, aunque nadie lo haya notado. Morimos en el instante exacto en que dejamos de ser útiles, cuando el mundo ya no espera nada de nosotros y la prisa ajena sigue su curso sin mirarnos. Desde entonces vivimos en esta franja extraña —una vida póstuma que no duele pero tampoco consuela—: horas que se dejan caer como hojas secas, días que no reclaman nada.

Y sin embargo, en esta muerte tranquila aparece algo que nunca habíamos tenido: el derecho a descansar. No por cansancio, sino por finitud.

Es la primera vez que me encuentro frente a mí mismo sin órdenes que obedecer, sin tareas que me justifiquen. Antes bastaba con cumplir para sentirme vivo. Ahora nadie puede darme ya órdenes, y nada puede justificarme. A veces creo que es aquí, en esta franja donde ya no sirvo para nada, donde la vida empieza de veras. Otras veces no estoy tan seguro —lo anoto y lo dejo así, sin cerrar.

Me pregunto ahora si el miedo que tuve siempre a la inutilidad no era en realidad miedo a la libertad. Porque ser útil es ser predecible; es ocupar un hueco en el engranaje y dejar que el engranaje decida el ritmo de los latidos. La utilidad es una jaula dorada con forma de horario. Y yo fui un buen prisionero. Durante décadas, mi valor se midió en tachuelas, en informes entregados a tiempo, en silencios cómplices y en sonrisas forzadas ante los superiores. Mi identidad era un conjunto de funciones: padre, esposo, empleado, ciudadano. Ahora que ya no ejerzo ninguna de esas funciones con plenitud, ¿quién soy? La pregunta no me angustia tanto como antes. Tal vez porque ya no necesita respuesta.

El silencio que me rodea no es el vacío, como temía. Es una cámara de resonancia. Cada pensamiento que antes ahogaba con el ruido de la agenda ahora rebota contra las paredes de las horas y vuelve a mí amplificado. Escucho por primera vez el rumor de mi propia sangre. Y en ese rumor hay cosas que no me gustan: rencores que creía olvidados, ternuras que nunca expresé, preguntas que dejé pudrirse en el sótano de la conciencia. No las aparto. Las dejo estar, como se deja estar a un huésped incómodo al que ya no se le pide que se vaya.

Esta edad no es sabia por acumulación, sino por despojo —como los árboles del parque, que en invierno pierden las hojas para mostrar la verdad de sus ramas—: nudos, cicatrices, direcciones erráticas, una geometría que solo el frío hace visible. Yo estoy desnudo ahora. Y la desnudez, descubro, no es vergüenza; es el único territorio donde cabe la verdad.

Ayer, al despertar, con la luz gris del amanecer colándose entre las cortinas, la nieve detenida detrás del cristal y el crujido de la calefacción, tuve un instante de pánico. No sabía qué día era. Y entonces, en ese vértigo, descubrí que todos los días son el mismo día cuando ya no hay metas que los distingan. Pero en lugar de desesperarme, sentí una extraña paz: el tiempo ya no me empuja, me sostiene. Es como estar en el ojo de un huracán al que llamábamos «vida». Fuera, las obligaciones siguen girando, los jóvenes corren, los plazos vencen, las facturas se pagan, los sueños se construyen o se derrumban. Pero yo estoy aquí, en el centro quieto, viendo pasar el vendaval sin que me toque.

Quizá por eso veo ahora, con más claridad que antes, la extraña promesa sobre la que vivimos apoyados: la del mañana. Cada día nuevo nos ofrece la ilusión de un comienzo, aunque también nos acerque, sin hacer ruido, al último. Y sin embargo seguimos caminando. Hacemos planes, compramos flores, escribimos páginas que quizás nadie lea, como si la muerte fuera una noticia reservada para otros. Yo también lo hago todavía —de vez en cuando me sorprendo comprando un frasco grande de algo, con una confianza que no sé de dónde saco.

He empezado a hablar con los muertos. No con fantasmas, sino con las versiones de mí mismo que fui y que ya no son.

—¿Estás orgulloso de este anciano? —le pregunto al niño que fui.

Tarda en contestar, con esa lentitud de quien no quiere mentir.

—No sé —dice al fin—. Pareces cansado.

Al joven impaciente le pido perdón por no haber llegado a los lugares que él imaginaba.

—No importa —responde, aunque los dos sabemos que sí importa un poco—. Llegaste a otros.

Al padre que fui le confieso que no siempre supe amar sin condiciones. Él no dice nada. Se queda ahí, con las manos vacías, como se quedan los padres cuando ya no hay nada que corregir.

Y en estas conversaciones silenciosas —estos diálogos que solo yo escucho— descubro que el perdón que más necesito no es el de los demás, sino el mío propio. No sé si lo alcanzo del todo —pero la conversación misma, eso ya es algo.

La juventud cree que la vida es una línea ascendente. La vejez sabe que es un círculo, o mejor, una espiral que vuelve siempre a los mismos temas pero desde una altura distinta. El amor, la pérdida, el miedo, la belleza y la frescura de la juventud, la muerte: todo eso ya lo he vivido, pero ahora lo vivo de nuevo, no con la angustia de la primera vez, sino con la lucidez de quien sabe que todo termina y que precisamente por eso cada instante es un milagro minúsculo.

Con los años he llegado a pensar que el mundo, despojado de sus adornos y de los cuentos que nos contamos para soportarlo, tiene una indiferencia desnuda. No parece responder a nuestras preguntas ni conmoverse con nuestras lágrimas. Los astros siguen mudos sobre nuestras desgracias, y el cielo continúa su recorrido aun cuando una vida entera se derrumba bajo una ventana cualquiera. Buscamos explicaciones en la razón, en la ciencia, en las creencias, en libros envejecidos por otras manos que también le temieron a la oscuridad. Pero cuanto más avanzamos, más me parece que toda certeza termina volviéndose metáfora: nombramos el misterio sin llegar nunca a poseerlo.

Quizá ahí esté la herida secreta de nuestra condición: en ese deseo obstinado de entenderlo todo y en la negativa del universo a darnos una respuesta definitiva. Somos criaturas sedientas de unidad en un mundo hecho de fragmentos. Queremos un sentido único para nuestras pérdidas, para nuestros encuentros, para los años gastados en estaciones y despedidas; pero el mundo se nos presenta múltiple, disperso, irreductible —como un rompecabezas al que alguien, hace mucho, le perdió la tapa con el dibujo.

Y, sin embargo, hace unas noches miré el cielo estrellado desde el apartamento de la calle De Rigaud, a través del cristal, y supe, con una certeza que no necesita pruebas, que yo soy también esa luz que tarda millones de años en llegar. Quizá mi vida, como la de las estrellas, ya se ha extinguido en el plano de la acción, pero su fulgor sigue viajando, sigue tocando otras orillas —útil sin serlo, bello sin propósito—. No lo digo para consolarme. Lo digo porque me parece cierto, y porque la certeza que no pide pruebas es la única que a esta altura todavía me convence.

Emil Cioran hubiera dicho —o algo así lo hubiera dicho— que «solo empezamos a existir de verdad el día en que dejamos de justificarnos, que todo lo anterior fue disculpa disfrazada de vida». Yo no sé si necesitaba ir tan lejos, pero entiendo el gesto: hay una violencia serena en dejar, por fin, de pedir permiso para existir.

Esto que vivo no es el final. Es la posdata. Es la carta que escribimos cuando el sobre ya está cerrado —y en ella decimos lo que de verdad importa—, porque ya no hay destinatario que juzgue, solo el alivio de haberlo dicho.

Tal vez haya una extraña belleza en esa derrota. Cuando uno acepta que el misterio no será resuelto, deja de perseguir horizontes imposibles y empieza a oír el leve crujido de la vida presente: la lluvia resbalando por los vidrios en una tarde de Montreal, una fotografía amarillenta donde todavía respira alguien que ya no está.

Y así, sentado en este banco de la tarde, viendo cómo la luz se retira sin pedir permiso, me abrazo a mi inutilidad como quien acepta, por fin, una verdad modesta: quizá no estamos aquí para entender el universo, sino para habitarlo; quizá vivir no sea servir, sino permanecer despierto ante la propia existencia. Amar un poco, recordar otro poco, dejar algunas palabras encendidas contra la noche. Y seguir así, sin saber muy bien por qué, mientras dure este breve puente de luz, hasta que el último suspiro nos devuelva al silencio originario, ese que no es ausencia de ruido, sino presencia plena de lo que siempre fuimos y nunca supimos escuchar.

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sábado, 15 de agosto de 2026

*** 60 El desgaste de los días

Capítulo 60

El desgaste de los días

«La edad, esa enfermedad hereditaria que se contrae al nacer y de la cual uno intenta curarse lo más tarde posible.»

Hay una muerte que no aparece en ningún certificado, que no exige sacerdote ni deja una silla vacía en la mesa, y que sin embargo ocurre —lenta, obstinada— en el interior de casi todos los que conozco. Empieza en una esquina inadvertida del alma, una zona que nunca logramos identificar del todo, y avanza sin prisa, como quien cumple un deber silencioso que nadie le pidió asumir. No hace ruido. Por eso tarda tanto en revelarse, y por eso casi nadie la admite, ni siquiera ante sí mismo. Es una muerte discreta, íntima, que se instala sin anunciarse y que, cuando por fin la reconocemos, ya ha cambiado para siempre la manera en que tocamos el mundo.

La reconozco en gestos pequeños, dispersos, que a primera vista no dicen nada. El hombre que deja de fotografiarse porque ya no reconoce del todo al que aparece en la imagen. Quien deja de discutir, no porque haya aprendido a callar, sino porque supo, en algún momento que no alcanzó a fechar, que ciertas batallas estaban perdidas antes de empezar. La mujer que guarda la ropa nueva en el armario, sin estrenarla, para una ocasión que ya no espera: se empieza a envejecer el día en que uno guarda algo para una ocasión que ya no piensa tener. Ninguno de ellos lo llamaría resignación. Yo tampoco. Es apenas un desgaste, y los desgastes no piden permiso.

No es exactamente tristeza. Tampoco es derrota, aunque se le parezca de lejos. Es la vida misma, que a veces se empeña en apagarnos por dentro mientras seguimos cumpliendo, con una obediencia casi conmovedora, el acto de estar vivos: se toma el metro, se contesta el teléfono, se sonríe cuando hace falta sonreír.

Durante años creí que la alegría era un lujo, algo que venía después de lo importante. Ahora sé que era una necesidad, y que cuando falta —por una desgracia o, más a menudo, por el lento desgaste del aburrimiento— uno enferma sin enterarse. Se piensa peor. Se es menos valiente, y también menos generoso. Nada de eso se nota desde fuera: el metro llega igual, el teléfono se contesta igual.

Pero existe una forma más honda de ese apagamiento, una que no aparece en ningún manual de la melancolía porque no tiene síntomas que se puedan nombrar. Ocurre cuando alguien deja de esperar el futuro diminuto de las cosas pequeñas: el segundo exacto en que la luz de la tarde entra por una ventana que da a las escaleras de caracol del vecino, la palabra que se guarda en vez de decirse, el gesto de una mano que ya no busca la otra mano en la oscuridad. Esa muerte no duele ni reclama. Simplemente instala, en el pecho, una habitación vacía donde antes vivía la expectativa. Y uno la habita durante años sin saber que la habita.

Empieza uno a notar, entonces —tarde, casi siempre tarde— que ha dejado de comprar flores para la mesa, que los libros se acumulan sin abrirse, que la música suena pero ya no se escucha del todo, que hasta los besos se dan por costumbre, como quien firma un documento cuyo contenido dejó de importarle hace tiempo. La vida se vuelve una coreografía aprendida de memoria: los pies se mueven, el cuerpo cumple, pero algo adentro se ha quedado quieto, como un reloj al que se le olvidó dar cuerda y que, sin embargo, sigue de pie sobre la repisa, fingiendo que el tiempo continúa pasando por él.

Conocí, hace años, a una antigua compañera de trabajo a la que visité una sola vez, ya jubilada, en un departamento pequeño donde el silencio parecía tener su propio peso específico. No hablamos de mucho. En un momento, sin que yo le preguntara nada, me dijo: «Ya no espero nada, y eso, curiosamente, me da paz». Entonces no entendí. Hoy, con la piel menos firme y la memoria más porosa, empiezo a pensar que aquella paz no era felicidad ni tampoco resignación pura: era una tregua que el alma firma con el cansancio, la mano que finalmente deja de intentar atrapar mariposas que de todos modos nunca se dejaban atrapar.

Yo también terminé aprendiendo ese oficio. Durante mucho tiempo mis pensamientos me llevaron por territorios que prefería no nombrar —no eran grandes tristezas, de esas que tienen una causa precisa y un remedio imaginable, sino una fatiga sin nombre que se instalaba en los días y no hablaba de irse—. Con los años, uno les hace un lugar a ciertas ausencias, procura no tropezar con ellas y termina confundiéndolas con la vida misma. Llegué a considerar el desaliento una compañía tolerable. No era felicidad, desde luego, pero tampoco una desgracia que mereciera ser contada.

Pienso en los que caminan por la vida con el disfraz de la normalidad mientras adentro las luces se apagan una a una, como en un edificio que se va desocupando piso por piso sin que nadie lo anuncie. ¿Cuándo dejé de emocionarme con la lluvia contra el vidrio? ¿En qué momento el ruido del mundo se volvió solamente eso, ruido, y no la música torpe que alguna vez creí saber escuchar? No sé responder. Quizá las respuestas ya no importan cuando la pregunta misma ha perdido el filo con que antes cortaba.

Y sin embargo, y aquí está lo que más me desconcierta, a veces, en lo más hondo de la noche, cuando el edificio entero se aquieta y hasta la tienda de la esquina ha apagado su letrero, algo atraviesa esa oscuridad sin avisar. Una canción vieja que no elegí escuchar. Un perfume olvidado que aún habita los pliegues de la memoria. Una fotografía que cae de un libro y muestra un rostro que ya no está. Y el corazón, por un instante, se sobresalta, despierta de su letargo, recuerda, como quien recuerda un idioma que creía olvidado, que alguna vez supo latir con otra intensidad. Sé que es un espejismo. Sé que dura poco. Pero en ese breve tramo de tiempo la muerte interior se detiene, confundida, sin saber bien qué hacer con nosotros.

A veces pienso que no hace falta vencer eso que nos apaga por dentro. Hay cosas que se resisten a toda explicación y a toda resistencia. Cuanto más las combatimos, más arraigan; cuanto más las interrogamos, más se repliegan en su silencio. Tal vez la única sabiduría posible consista en dejarlas estar, sin nombrarlas demasiado, sin exigirles respuestas que nunca darán. Con el tiempo, uno aprende que no todo en la vida fue hecho para resolverse: algunas presencias permanecen, discretas e inevitables, como la sombra que acompaña al caminante hasta el final del día.

Llevamos, creo, un cementerio pequeño de versiones anteriores de nosotros mismos. No se trata de resucitarlas todas —sería un trabajo inútil, casi cruel—, sino de aceptar que algunas luces se apagan para que otras, más humildes, puedan finalmente encenderse. La vida no sube en línea recta. Es más bien una sucesión de pequeñas muertes y pequeñas resurrecciones que casi nunca notamos, del mismo modo en que solo se escucha el propio pulso cuando el silencio, por fin, se vuelve absoluto.

No sé si hay sabiduría en aceptar el propio desgaste. Me inclino a creer que no, o que la palabra sabiduría le queda demasiado grande a algo tan modesto. Quizá el tiempo no nos derrota del todo; apenas nos va dejando a la vista, y cada día gastado sea también, a su manera, un poco de claridad ganada. Solo sé que ahí, en los días que transcurren sin estridencia, en las manos que ya no buscan sino que simplemente sostienen lo que tienen cerca, hay una forma de belleza que no sabría explicar del todo. Y que tal vez no haga falta explicarla.

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****59 - Donde las palabras aprenden a curar

Capítulo 59

Donde las palabras aprenden a acompañar

He llegado a esa edad en que las preguntas ya no exigen respuestas inmediatas, sino que se quedan conmigo como viejos compañeros de viaje, sentados a la mesa sin pedir explicaciones. Y en esta quietud que los años me han regalado —o quizás me han impuesto— me inclino a creer que detrás de cada paso que cruza la calle, detrás de cada cuerpo que carga en silencio el peso discreto de sus pequeñas obligaciones, se esconde un campo de batalla que nadie ve.

Si pudiéramos mirar, aunque fuera un instante, las batallas que cada persona libra en secreto, no creo que siguiéramos cruzando la vida con esa indiferencia que a veces confundimos con prudencia. Bastaría acercarnos un poco a cualquier rostro —el del vecino que sube las escaleras cargando bolsas, el de la cajera que despide con una fórmula aprendida, el del desconocido que espera el metro con la mirada perdida en el reflejo del vidrio— para descubrir que detrás de esa expresión tranquila puede habitar una pérdida reciente, una ausencia que todavía pesa, una herida que aprendió, con los años, a no hacer ruido.

Cada quien carga su pequeña historia de derrumbes y sobrevivencias, casi nunca contada. Y sin embargo se levanta, se abriga, sale a la intemperie, trabaja, conversa, sonríe cuando hace falta sonreír. Esa obstinación callada —esa manera de seguir aunque por dentro algo esté cediendo— me parece una de las formas más discretas y verdaderas de la dignidad.

Quizás por eso escribo. No porque crea tener respuestas —sería una arrogancia imperdonable a mis años—, ni porque piense que las palabras puedan enmendar un mundo empeñado, según parece, en multiplicar el dolor. Escribo porque hay demasiado sufrimiento alrededor y, frente a él, uno siente la necesidad de hacer algo, aunque sea diminuto, aunque apenas tenga la fuerza de un gesto. Hay noches en que las noticias llegan desde lugares remotos y, aun así, consiguen entrar en la habitación, colarse por debajo de la puerta como el frío que sube desde la calle.

Una guerra, una familia que lo ha perdido todo, alguien que muere solo, una ciudad que amanece convertida en ruinas. Apago la pantalla y me quedo un momento sin saber dónde colocar, dentro de mí, tanta desgracia ajena. Afuera la ciudad sigue con su ruido de siempre —un camión que frena en la esquina, una sirena que se aleja—, pero algo queda suspendido en el aire del cuarto, como una pregunta que nadie formula en voz alta.

Entonces pienso que escribir es una manera de no pasar de largo. No puedo detener una guerra, ni devolverle a una madre el hijo que perdió, ni reconstruir una casa derribada. Pero tal vez pueda poner una palabra junto a otra para decirle a alguien, en algún lugar que no conozco, «te entiendo», aunque ignore su historia; «sé que duele», aunque no sepa la forma exacta de su dolor; «quédate un momento más», aunque nunca llegue a saber que esas palabras hacían falta. Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una frase.

Cuando me siento a escribir ocurre algo que todavía me sorprende. Las palabras, dormidas durante el día, empiezan a moverse. Algunas llegan con timidez, como quien toca una puerta sin saber si lo recibirán; otras se resisten y hay que ir a buscarlas. Hay frases que se quedan a medio camino y otras que irrumpen con una claridad inesperada, como si hubieran esperado durante años el momento de ser dichas. Se buscan entre ellas, se contradicen, se corrigen. Y mientras avanzo, algo se va acomodando también dentro de mí, del mismo modo en que el silencio de esta ciudad, después de la medianoche, parece ordenar las cosas que el día dejó revueltas.

Vivo solo. Escribo de noche. No sé si lo segundo explica lo primero o si es al revés.

No siempre soy yo quien se sienta a esperarlas. A veces son las palabras las que vienen a buscarme. Si la madrugada me despierta —y ocurre más seguido de lo que admito—, no peleo contra el insomnio: enciendo la lámpara y dejo que la idea que me ha tocado el hombro se despliegue. Obedezco. Sé que no volverá igual.

Por eso hay papeles dispersos por todo el apartamento, pequeñas islas amarillas donde anoto lo que no quiero perder. En la mesa de luz, junto al vaso de agua. En la cocina. En el bolsillo del abrigo, esperando el día en que la memoria falle. A veces pienso que se reproducen por la noche, como una pequeña población secreta: los encuentro en lugares donde no recuerdo haberlos dejado. Tengo la impresión de que el apartamento los mueve, de que los acomoda según su propio criterio y tiene para ellos un plan que yo desconozco.

Son mi manera de estar de guardia. En esas horas mi oficio se parece al de un médico nocturno: atiendo lo que aparece, lo que duele, lo que insiste. La diferencia —y lo digo con cierto pudor, después de haber hablado tanto del dolor ajeno— es que casi siempre la emergencia soy yo mismo.

He vivido lo suficiente para saber que no todo lo que nos ocurre encuentra su sitio en una conversación. Hay tristezas que no sé explicar sin desfigurarlas, ausencias que prefiero no nombrar y pequeñas alegrías que pierden su delicadeza en cuanto intento compartirlas. Algunas cosas necesitan quedarse un tiempo adentro antes de atreverse a salir. Y hay pensamientos que, si los abandono demasiado, terminan confundiendo el silencio con el olvido. La escritura me deja acercarme a todo eso sin obligarlo a dar explicaciones. En sus páginas converso con el hombre que fui, reconozco al que todavía soy y acepto, sin demasiadas preguntas, que entre ambos queda una distancia que los años no han conseguido borrar.

A veces pienso que uno escribe para no desaparecer del todo dentro de sí mismo. No para salvarse de la muerte —las palabras no dan para tanto—, sino para no perderse de vista mientras sigue aquí. Escribir no detiene el tiempo ni devuelve lo perdido. Apenas me permite sentarme un rato junto a mis propios años, sin pedirles que sean distintos.

Tal vez de ahí venga una diferencia que he ido notando al leer a otros. Hay quienes escriben sobre la oscuridad porque la imaginan de lejos, y quienes lo hacen porque han caminado por sus pasillos y aprendieron a reconocerle las sombras. Los primeros describen la noche; los segundos —me inclino a creer— hablan desde ella, que es otra cosa y se nota en el pulso de la frase. Quizá por eso ciertas palabras renuncian a impresionar y se conforman con acompañar: vienen de una cicatriz antes que de la fantasía, y quien las lee a deshoras las reconoce como se reconoce, en un sobre, la letra de alguien querido. La oscuridad imaginada ha dado páginas hermosas, no lo niego. La vivida, hasta donde he podido ver, suele dejar otras menos lucidas, pero más difíciles de desmentir.

Las palabras nos acompañan toda la vida. Nos consuelan, nos engañan, nos empujan o nos detienen. Pero es el silencio quien las juzga. En él muestran su verdadero peso, como semillas que caen sin saber qué tierra les ha tocado. Algunas se secan y desaparecen. Otras germinan despacio, cuando ya nadie las recuerda, y un día alimentan a alguien.

Cada página me devuelve algo que creía perdido; alguna frase encuentra por dónde salir. No diría que escribir cura —sería demasiado fácil decirlo—. Pero sí consigue que ciertas heridas dejen de ser habitaciones cerradas con llave. Las palabras no las borran. Apenas encienden una luz pequeña, suficiente para mirarlas sin apartar los ojos.

A veces pienso que la literatura no promete curarnos de nada: a lo sumo enseña a llevar mejor lo incurable, a sentarse con ello un rato antes de apagar la luz. Tiene algo de antiguo acto de compañía. Alguien escribió en un lugar y un tiempo que ya no existen, y muchos años después otro hombre, sentado en otra habitación, en otra ciudad, en otro idioma quizá, abre un libro y encuentra ahí una emoción que creía exclusivamente suya.

Descubre, de pronto, que alguien antes que él también tuvo miedo y también estuvo despierto mientras el resto del mundo dormía. Y en ese instante la soledad pierde algo de su densidad. Quizá ahí empiece una de las formas más delicadas de la fraternidad.

Durante mucho tiempo imaginé a un lector desconocido. No sabía su nombre, ni la ciudad donde vivía, ni qué habría ocurrido ese día para que llegara hasta uno de mis capítulos. Podía estar pasando una noche difícil, o haber recibido una noticia que todavía no sabía cómo aceptar, o necesitar apenas unos minutos de silencio, lejos del ruido del mundo. Lo imaginaba leyendo. Y encontrando, en algún renglón, una frase que parecía haber sido escrita solo para él. No porque yo conociera su dolor, sino porque el dolor humano, con sus infinitas formas, habla a veces una lengua que todos entendemos sin haberla estudiado.

Todos tenemos momentos de flaqueza; pequeñas fisuras por donde se asoma lo que somos. Menos mal que todavía somos capaces de llorar. El llanto es, tantas veces, una salvación discreta: una puerta que se abre cuando todo lo demás parece cerrarse. Hay ocasiones en que moriríamos un poco por dentro si no llorásemos.

Me sucede a menudo al releer lo que he escrito: de pronto, sin aviso, aflora el recuerdo de mi hijo. No llega como un sobresalto, sino como una luz que se cuela por una rendija del día. Las lágrimas, cuando llegan sin violencia, no rompen nada: acomodan algo por dentro y se van.

Hace poco me escribió un lector que no conozco. Un mensaje corto: había leído las páginas donde aparece mi hijo y quería contarme lo que había sentido al leerlas. Atravesaba algo parecido. No decía cuál era su historia, ni en qué se parecía a la mía, ni pedía respuesta. Lo leí dos veces, de pie, sin sentarme, y después me quedé un rato largo con el teléfono en la mano. Había imaginado tantas veces a ese lector que no supe qué hacer cuando apareció de verdad. Lo que quedó no fue la satisfacción de haber servido para algo. Fue algo más simple: durante unos minutos, el acompañado fui yo.

Desde entonces me gusta pensar que las palabras viajan así, sin hacer ruido, como el agua que se filtra bajo tierra. Que salen de mis manos, ya un poco torpes a veces, y llegan a otra mesa, a otra habitación, a una vida que no conoceré; que entran donde a nosotros nunca nos dejarían entrar. No aspiro a que mis palabras salven a nadie: sería una pretensión demasiado grande para un hombre que apenas sabe ordenar sus propias tardes, que a veces olvida dónde dejó las gafas o el nombre de aquella calle que solía recorrer. Nadie está llamado a llenar nuestros vacíos, y quizá el afecto más limpio empiece cuando dejamos de buscar un salvavidas y aprendemos a compartir la travesía. Me basta con pensar que pueden acompañar.

Hay una diferencia entre querer curar a alguien y querer sentarse a su lado mientras atraviesa su dolor. Lo primero pide saber qué hacer, tener respuestas, ofrecer remedios. Lo segundo solo pide quedarse, sin apuro, sin exigirle al sufrimiento que termine. Quizás la literatura pertenezca a ese segundo territorio, el de quienes no tienen medicina que ofrecer, pero sí una silla que acercan a la cama. Por eso quisiera que estas páginas fueran, de algún modo, compañía. Un lugar donde alguien pueda sentarse unos minutos sin tener que explicar nada. Unas palabras dejadas sobre la mesa, como quien deja algo de comer para el que llegue tarde y cansado, sin esperar siquiera un agradecimiento.

El mundo tiene demasiadas heridas y muy pocas manos dispuestas a sostenerlas sin apuro. Falta paciencia para escuchar y sobran voces empeñadas en tener razón. Quizás lo que nos falta no son respuestas, sino un poco más de ternura. No una ternura ingenua, de esas que prometen que todo terminará bien y que el dolor se disipará como el rocío; esa me parece casi una mentira piadosa. Prefiero una ternura más adulta, más silenciosa, capaz de mirar el dolor de frente sin convertirlo en espectáculo. Una ternura que sabe que hay heridas que no se cierran, pero que se pueden aliviar.

A mis años he empezado a desconfiar de las palabras grandes. Suenan huecas. Me quedo con los gestos pequeños: una conversación que llega a tiempo, una mano que no se retira, una página que le hace compañía a alguien sin que ese alguien lo sepa. Tal vez escribir sea mi manera de ofrecer una de esas cosas.

Y entonces me digo que no escribo solo para recordar, ni para dejar constancia de lo que fui —esos retratos del pasado que ya no me pertenecen del todo—, sino para tender una cuerda delgada hacia alguien que todavía no conozco. Porque todos, alguna vez, necesitamos que otro nos diga, aunque sea desde muy lejos, aunque sea desde el papel amarillento de un libro olvidado: «Sigue, no tienes que entenderlo todo esta noche. Basta con que sigas».

No sé si las palabras curan. Quizás no. Quizás apenas consiguen que una herida duela un poco menos cuando alguien, por fin, la nombra. Pero a veces eso basta.

Y aquí estoy, todavía escribiendo, en este cuarto piso donde el invierno se anuncia antes de llegar, con mis dudas, mis recuerdos, mis rodillas que ya no responden como antes y mis propias grietas sin cerrar. Las dejo salir como quien abre una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Quizás alguna de estas páginas vuelva a llegar a alguien y se quede a su lado unos minutos, y le haga un poco de sitio a la calma en medio de tanto ruido. Si eso ocurre, aunque sea una sola vez más en el tiempo que me queda, habrá valido la pena.

Entonces podría pensar que las palabras, después de tantos años de acompañarme, aprendieron algo que yo todavía ando aprendiendo: que no siempre están hechas para explicar la vida. A veces están hechas, sencillamente, para quedarse al lado de alguien mientras la vida duele. Una mano de tinta extendida en la oscuridad, sin saber si al otro lado hay alguien despierto.

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viernes, 14 de agosto de 2026

58 Tan lejos, tan adentro

 

Capítulo 58

Tan lejos, tan adentro

Hay momentos en que las cosas pierden su prisa. No ocurre de golpe. Se advierte apenas, como se advierten ciertas mudanzas en una casa donde se ha vivido demasiado: una puerta que ya no cruje igual, una marca en la madera que antes no estaba, la luz de la tarde entrando por el mismo sitio de siempre y, sin embargo, distinta.

Entonces comprendo que también yo soy un poco eso: el espacio que queda cuando las cosas dejan de correr. Permanezco en esta habitación sin muros precisos, en este rincón donde las horas se han ido depositando unas sobre otras, como capas invisibles de polvo sobre la madera. No hay pasos en el pasillo, ni voces que me llamen, ni nombres que sea necesario pronunciar. Y, curiosamente, no siento que falte nada.

Durante muchos años confundí la presencia de los otros con una forma de certeza. Estar acompañado parecía confirmar que uno pertenecía al mundo, que había todavía un lugar reservado en alguna parte. Quizá por eso la soledad asustaba tanto: porque dejaba al descubierto la pregunta que uno procura esquivar durante buena parte de la vida.

¿Quién soy cuando nadie me mira?

Ahora esa pregunta ya no inquieta del mismo modo. La soledad ha perdido algo de su antigua severidad. Dejó de ser una habitación vacía para convertirse en un territorio que, después de tantos años, he aprendido a recorrer sin pedir disculpas.

Me detengo. Escucho. No sucede nada extraordinario. Y es justamente por eso que algo sucede: un pequeño silencio entre un pensamiento y el siguiente, una pausa que antes no sabía reconocer. Allí estoy, sin necesidad de explicar quién fui, qué hice, qué perdí o qué pude haber sido. Durante un instante no tengo biografía. Solo presencia.

La luz de la tarde se derrama sobre el suelo y toca las pequeñas imperfecciones de la madera. No las corrige: las revela. Pienso que quizá eso mismo hace el tiempo con nosotros. No nos mejora necesariamente, ni nos vuelve más sabios por el simple hecho de acumular años. Pero va retirando ciertas ilusiones, una tras otra, hasta dejar a la vista las grietas que siempre estuvieron ahí. Y tal vez no haya nada malo en eso.

El aire de la habitación tiene esa densidad particular de los lugares donde nadie tiene prisa. Algo tibio se instala en la quietud, aunque afuera la ciudad siga con su movimiento indiferente. Montreal continúa detrás de los muros, con sus voces, sus puertas que se abren y se cierran, sus pasos apresurados. Pero aquí dentro el tiempo parece haber cambiado de oficio. Ya no empuja. Acompaña.

Me gusta pensar que algunas horas no fueron hechas para ser utilizadas. No sirven para trabajar, resolver, producir, alcanzar. Simplemente pasan, se quedan un momento junto a nosotros y después se marchan sin pedir cuentas. Tal vez la madurez consista, entre otras cosas, en aprender a no llenar todos los silencios.

Durante demasiado tiempo quisimos ocuparlos con conversaciones, con proyectos, con viajes, con personas: cualquier cosa parecía preferible al vacío. Ahora sospecho que algunos vacíos no necesitan ser llenados. Hay ausencias que, de tanto permanecer con nosotros, terminan adquiriendo una forma propia, casi doméstica. No son heridas abiertas. Son habitaciones. Y uno aprende a vivir en ellas.

A veces pienso que la memoria trabaja de un modo parecido. No conserva la vida tal como sucedió, sino como puede sobrevivir dentro de nosotros. Cambia los tamaños, borra los bordes, acerca unas cosas y aleja otras. Lo que ayer parecía esencial puede convertirse en sombra; lo que creíamos insignificante regresa, años después, con una claridad que no pedimos. La memoria no obedece. Quizá por eso se parece tanto a la vida. Hay días en que recuerdo con precisión una conversación de hace décadas y no consigo recordar qué hice ayer por la tarde. Ya no intento explicarlo. La mente tiene sus propias habitaciones y no siempre entrega la llave de la que necesitamos.

Y sin embargo hay noticias que consiguen abrir de golpe una puerta que creíamos bien cerrada.

Hace pocos días llegó desde Colombia la noticia de un terremoto devastador. La leí aquí, tan lejos, sentado en medio de la tranquilidad de una habitación que no sabía nada de aquello. Por un momento sentí que la distancia era una cosa física, una pared enorme levantada entre mi cuerpo y esa tierra que, después de tantos años, todavía sabe pronunciar mi nombre.

No necesité conocer los detalles para sentir el golpe. Hay noticias que no se leen: se reciben en el cuerpo. Uno permanece inmóvil frente a una pantalla y, sin embargo, algo se mueve muy adentro. No es solo preocupación. Es algo más antiguo, más difícil de nombrar: la sensación de que una parte de uno sigue perteneciendo a un lugar del que se fue hace demasiado tiempo, aunque la vida haya aprendido a continuar lejos de allí.

Eso es quizá lo más extraño del exilio: uno puede acostumbrarse a la distancia, pero nunca termina de acostumbrarse a la desgracia de la tierra que dejó atrás.

Cuando Colombia sufre, hay algo en mí que escucha desde lejos. No sé exactamente qué. Tal vez sean las calles que ya no camino, las voces que alguna vez reconocía sin necesidad de ver el rostro, los nombres de los lugares que todavía despiertan algo que el tiempo no ha conseguido borrar. Tal vez sea, simplemente, esa forma obstinada de pertenencia que sobrevive incluso cuando uno ha pasado más años lejos que cerca.

Y entonces llega la impotencia: la de estar demasiado lejos para hacer algo inmediato, la de recibir el dolor de otros a través de una pantalla, la de saber que mientras aquí la tarde sigue su curso, allá la tierra ha decidido cambiar de lugar bajo los pies de quienes uno lleva dentro.

Me quedé en silencio. No había nada que decir. Quizá porque ciertas tragedias nos devuelven, aunque sea por un instante, a una edad anterior de nosotros mismos. La noticia no habla solo del presente: despierta también la memoria de una patria que creíamos dormida, una patria que no necesita ser idealizada para seguir doliendo.

Después apagué la pantalla. Pero la noticia se quedó, mezclada con la luz que empezaba a desaparecer, con el silencio, con esa sensación difícil de nombrar de estar aquí y allá al mismo tiempo. Pensé que tal vez el exilio consiste también en eso: en vivir con una parte de la vida situada siempre a una distancia que ninguna carretera puede medir.

He aprendido a no insistir. Hay recuerdos que vienen y otros que no. Algunos se sientan a nuestro lado unos minutos y después se levantan sin despedirse. Los dejo ir. También eso forma parte de permanecer, porque permanecer no significa aferrarse. A veces significa justamente lo contrario: dejar que algo se marche sin correr detrás.

La tarde empieza a perder su claridad. La habitación se llena, despacio, de una penumbra que no parece oscura sino cansada. La madera guarda todavía un poco de luz. El suelo permanece inmóvil bajo mis pies. Todo ocupa su sitio con una naturalidad que me conmueve más de lo que quisiera admitir.

Pienso entonces en todo lo que fui: en los hombres que alguna vez creí que sería, en las vidas que imaginé y nunca ocurrieron, en las personas que caminaron conmigo un tramo y luego tomaron otra dirección, en las que aún permanecen, de una manera u otra, aunque ya no estén cerca. Durante mucho tiempo pensé que la vida era la suma de esas presencias. Ahora no estoy tan seguro. Tal vez también seamos lo que queda cuando esas presencias se retiran. No como una ruina, sino como una forma distinta de compañía.

Hay una edad en la que uno deja de preguntarse qué falta y empieza, casi sin darse cuenta, a mirar lo que permanece. No es resignación. Es otra manera de mirar.

A esta altura de la vida no necesito demasiado para sentir que estoy aquí. Una habitación tranquila. Un poco de luz que se filtra como si todavía creyera en mí. El murmullo lejano de la ciudad, que ya no exige nada. Y, sobre todo, los gorriones que llegan cada mañana, insistentes, fieles, reclamando unas migajas de pan como quien pide una forma mínima de compañía. Cantan sin descanso, como si supieran que su música sostiene algo en mi interior. Me observan, esperan, vuelan y regresan. En su rutina hay una ternura que no se anuncia, una presencia que no exige palabras. Mientras ellos picotean su pan, dejo que el pensamiento llegue sin haber sido llamado, que la conciencia permanezca despierta, que esta vida mía se afirme en lo esencial.

A veces basta eso: un puñado de luz, un silencio que no pesa, y estos pequeños compañeros que recuerdan que aún hay algo que responde cuando el mundo toca a la puerta.

Nada más.

Quizá la existencia nunca necesitó tantos testigos como imaginamos. Pasamos años buscando que alguien confirmara nuestro lugar en el mundo: que nos quisiera, que nos recordara, que dijera nuestro nombre. Y sin embargo llega un momento en que uno descubre algo incómodo y, al mismo tiempo, liberador: nadie tiene que certificar que estamos aquí.

Estamos. Eso basta.

No sé si esta certeza es sabiduría o simplemente cansancio. A estas alturas prefiero no ponerle nombre. Hay cosas que se vuelven más verdaderas cuando dejamos de explicarlas.

La penumbra termina de ocupar la estancia. Ya casi no distingo las pequeñas marcas del suelo. La habitación ha perdido sus contornos y, por un instante, parece más grande, como si los muros se hubieran retirado discretamente para dejarnos a solas con aquello que no necesita forma.

Permanezco sentado. No espero a nadie. Tampoco espero una respuesta. Afuera, la ciudad sigue viviendo sin saber que estoy aquí, y me parece bien. Hay una tranquilidad particular en no ser necesario para el movimiento del mundo. Quizá esa sea una de las pocas libertades que llegan con los años: comprender que el mundo puede continuar sin nosotros y que, aun así, nuestra existencia no pierde su sentido.

El aire se ha vuelto más fresco. La tarde ya terminó. Antes de encender la luz pienso, por alguna razón, que esta habitación no está vacía. Estoy yo. Y eso, por ahora, es suficiente.

Me quedo un momento más en silencio. Afuera, Montreal sigue su curso, indiferente y enorme, mientras al otro lado del continente mi país intenta recoger lo que la tierra dejó atrás. Pienso otra vez en aquella noticia y siento que el terremoto no terminó cuando cesó el movimiento de la tierra. Para quienes estamos lejos hay temblores que siguen viajando durante años, atravesando fronteras, husos horarios y silencios, hasta llegar a ese lugar secreto donde la patria todavía permanece.

Entonces comprendo que quizá también el exilio sea una forma de vivir con una tierra que tiembla dentro de uno. No hace ruido. No derriba paredes. Pero de vez en cuando mueve algo que creíamos firme y nos recuerda que hay lugares de los que uno puede irse, aunque ellos nunca terminan de irse de uno.

Apago la luz. Y en la oscuridad, antes de que la noche termine de cerrar la habitación, pienso en Colombia. Tan lejos. Tan adentro. Y por un instante me parece escuchar, no el estruendo de la tierra, sino ese silencio que queda después de que todo ha temblado.

Ese silencio también permanece.

Como la estancia.

Como la memoria.

Como uno mismo.
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La dignidad de vivir sin respuestas

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