Capítulo 57
No lo sé: Cimientos tardíos
No lo sé. Tal vez sea ésa la única verdad que me queda —la única columna que aún sostiene el techo de esta morada que habito sin haberla elegido—. No recuerdo el instante exacto en que el corazón comenzó a disminuir el paso, como si temiera despertar a los fantasmas que viven en los pliegues del tiempo. Quizá fue en algún otoño de esos que llegan sin avisar y se quedan más de lo debido. O quizá fue cuando la memoria empezó a borrar los bordes de las cosas, a desdibujar los rostros, a hacer que los nombres pesaran menos que los silencios que los acompañan.
Pero tampoco hace falta recordarlo. Los relojes no preguntan, y yo he aprendido a no interrogar al tiempo —a no pedirle cuentas, a no exigirle explicaciones—. Él va a su paso, a su manera. Y yo, que he visto a mi madre envejecer y a mi hijo crecer, sé, o creo saber, que no se trata de detenerlo. Se trata, más bien, de aprender a caber en él sin pedirle que se achique.
Así que sigo aquí, con mi columna de no-saber, con mi techo de preguntas sin respuesta. Y aunque a veces el viento haga crujir las maderas, sé que la columna aguanta. No porque sea sólida, sino porque he dejado de exigirle que lo sea.
Ya no espero la felicidad, y sin embargo camino.
Me tomó años llegar a esa frase sin sentir que era una derrota. Durante mucho tiempo creí que la felicidad era algo que debía perseguirse con la obstinación de quien busca una casa cuyo número ha olvidado. Había que encontrarla. Merecerla. Defenderla. Ahora pienso que quizá fue ella quien nunca quiso ser encontrada. Tal vez sólo pasaba de vez en cuando, se sentaba un momento a mi lado y luego seguía su camino sin despedirse.
Schopenhauer decía que la vida nos engaña dos veces: primero con la promesa, después con la cosa cumplida, que nunca vale lo que prometía. Y que la felicidad vive siempre un poco antes o un poco después de donde estamos, como si el presente fuera la única nube capaz de oscurecer un día soleado. No sé si estaba en lo cierto. Pero la frase se me quedó pegada, como esas canciones que uno tararea sin querer.
No estoy roto del todo. Me lo repito en silencio, como quien comprueba que una pared todavía se sostiene después de una larga tormenta. Aún puedo levantarme, vestirme, contestar una pregunta, mirar a alguien y sonreír. Pero tampoco soy el mismo. Hay grietas por donde se escapa el entusiasmo, goteras invisibles por donde se filtra una tristeza sin nombre ni partida de nacimiento. Una antigua tristeza, discreta, que no hace escándalo. Me acompaña como un perro viejo que decidió seguirme y al que, después de tantos años, ya no tendría sentido echar de casa.
He aprendido a representar la normalidad con cierta eficacia. Los vecinos no se alarman —para eso sirven, en el fondo, los vecinos: para no alarmarse—. La gente que encuentro en la calle no advierte nada; el mundo sigue esperando de mí esos pequeños gestos que certifican que uno pertenece todavía a la comunidad de los vivos. Hablo, sonrío, pago cuentas, respondo mensajes, ordeno lo que puede ordenarse. Ejecuto los gestos necesarios de un hombre en pie —nada más, nada menos—.
Y, sin embargo, a veces me observo desde una distancia que no sé explicar. Ese hombre que soy yo camina, gesticula, se mira en el espejo, se afeita, sale, vuelve. Pero hay momentos en que siento que una parte de mí se quedó en otra parte, suspendida en una neblina sin temperatura, escuchando el eco de una vida que ya no sé si fue enteramente mía.
Es un silencio difícil de nombrar. No es exactamente la soledad, porque la soledad de los cuartos vacíos tiene puertas y ventanas: se puede airear. Esto es otra cosa —estar entre los demás y no encontrar el idioma que traduzca lo que ocurre por dentro—. Como estar en una conversación y descubrir, de pronto, que todos conocen una palabra que a uno nunca le enseñaron.
A veces, en medio de esas conversaciones pequeñas que llenan las horas —el precio de las cosas, el tiempo que hace, los problemas ajenos—, miro los rostros y me pregunto si ellos también llevan por dentro alguna forma secreta de invierno.
«¿Tú también?»
«¿O soy el único que compró la entrada para esta función?»
Si esto es crecer, nadie me lo advirtió. O quizá sí, pero yo miraba hacia otro lado. Nadie me explicó que se puede añorar la propia vida mientras todavía se la vive. Que uno puede echar de menos una casa que aún habita, un rostro que sigue presente, una versión de sí mismo que no ha muerto del todo pero que ya no sabe cómo regresar.
Me pregunto en qué recodo del camino quedó aquel muchacho que creía en los gestos grandilocuentes y en los amores capaces de incendiar el mundo. Aquel que saltaba sin mirar demasiado y confundía, con la arrogancia de los jóvenes, la imprudencia con la valentía.
Quizá sigue ahí. Tal vez duerme en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, se mueve bajo las mantas. No para volver —porque nadie vuelve realmente—, sino para recordarme que alguna vez fui capaz de desear las cosas con una intensidad que ahora me parece casi ajena.
Ajena, digo. Y no es del todo cierto.
Quizá lo difícil de la vejez no sea envejecer, sino seguir siendo joven por dentro. En este cuerpo cansado todavía vive algo curioso y hambriento, con los mismos anhelos de entonces, como un inquilino al que nadie le avisó que el edificio cambió de dueño. Me detengo en una esquina de la calle Saint-Denis a esperar que cambie el semáforo y veo pasar el mundo como quien llega tarde a una fiesta donde todos ya se conocen: nadie me cierra la puerta, pero tampoco encuentro por dónde entrar. Y aquí dentro sigue encendido el mismo fuego que alguna vez creyó poder conquistarlo todo. No ha bajado la llama; sólo perdió el camino hacia afuera.
Lo más hondo, quizá, es que el mundo permanece así: cerca y fuera de alcance, un lugar que nunca llegaremos a comprender del todo. El muchacho tampoco lo comprendía, es cierto. La diferencia es que él creía que era cuestión de tiempo. Yo ya sé lo que el tiempo suele hacer con esas cuestiones.
La vida es breve, aunque sus horas sepan estirarse como un telón que tarda demasiado en caer. Detrás de ese telón espera la muerte, con una paciencia que nosotros no tenemos. Antes me parecía una palabra inmensa. Ahora la miro con menos aspaviento. No porque la entienda mejor; quizá sólo porque ya no discuto con lo inevitable.
Sé que algún día vendrá. Vendrá a buscar lo que fui y lo que no alcancé a ser. Se llevará mis pequeñas costumbres, mis derrotas, las palabras que nunca dije y las que dije demasiado tarde. Se llevará también aquello que creí poseer. Al final, todo lo que uno tuvo termina por alejarse, como una fotografía expuesta durante años a demasiada luz: los contornos desaparecen primero, después se borran los detalles, y un día uno descubre que apenas queda una sombra de aquello que había jurado no olvidar jamás.
No la temo del todo. ¿Cómo temer durante tanto tiempo a un visitante que uno sabe inevitable? Quizá el miedo también envejece. O se cansa.
Algunas noches, sin embargo, me sorprendo imaginando otra orilla. No hablo de un cielo dibujado por la fe ni de una promesa hecha para calmar el miedo; hablo de una invención privada, de esas que uno se permite a deshoras y no le confiesa a nadie. No necesito que exista. Me basta con no haber perdido del todo la capacidad de imaginarla. Y lo que imagino, curiosamente, no es una recompensa sino un reencuentro: reconocer ciertas voces, oír de nuevo una risa que creía archivada, llegar sin tener que explicar por qué tardé tanto ni por qué no supe decir a tiempo lo que ahora me parece tan sencillo. Si al final no hay nadie esperándome, habrá valido la pena haberlo inventado.
No sé si esa orilla existe. Ante ciertos misterios, la inteligencia debería quitarse el sombrero y callarse un rato; la mía, que es terca, apenas se lo levanta un poco, como quien saluda de lejos. Lo que sí noto es que tener la muerte más cerca ha cambiado algunas cosas. Me interesan menos las discusiones inútiles y me cuesta menos perdonar lo que el tiempo ha vuelto pequeño. No siempre lo consigo. Todavía me sorprendo defendiendo orgullos que no me sirven para nada, como si la vida me hubiera concedido una prórroga para seguir siendo el mismo hombre de antes.
Si me fuera dado pedir algo para mi última madrugada, pediría que no hubiera estridencias ni grandes discursos. Que el mundo siguiera con sus asuntos —que en algún piso de la ciudad alguien abriera una puerta, que el camión de la basura pasara por la calle a su hora de siempre—, sin sentirse obligado a detenerse por mi partida. Me gustaría irme así, sin interrumpir a nadie.
Pero queda algo. Siempre queda algo.
Queda este extraño goce de la tristeza, esta manera de habitar la sombra sin renunciar del todo a la claridad. Queda la costumbre de volver, aunque sea con el pensamiento, a ciertos lugares: una puerta que ya no existe, una esquina donde el pasado parece haberse quedado a medio decir, un nombre que ya sólo se pronuncia dentro de uno mismo.
Queda ese Sur íntimo hacia el que algo en mí se inclina sin pedir permiso. Allí guardo mis derrotas, mis pequeñas victorias y todo aquello que perdí sin saber exactamente cuándo. Quizá también guardo allí ese hábito inútil de estar triste que me acompaña desde hace años y que, a estas alturas, ya forma parte de mis pertenencias.
La nostalgia, después de todo, también puede ser una forma de hogar. No digo que sea un hogar cómodo —a veces tiene habitaciones demasiado oscuras, a veces uno abre una puerta y encuentra detrás una ausencia—, pero es el lugar donde permanecen las cosas que el tiempo no consiguió llevarse del todo. Allí siguen ciertos olores, algunas voces, calles enteras que ya no existen como existían entonces. Allí permanece una parte de nosotros, esperando quizá nada más que ser visitada de vez en cuando.
Hoy me conformo con la tibieza de las cosas pequeñas: el pan tostado, el agua del grifo, el silbido distante de un tren de mercancías, una silla junto a la ventana, la página que todavía admite una palabra más. A esta edad ya no exijo que lo que salva sea extraordinario. A veces basta con que algo permanezca quieto y nos espere.
Y por eso escribo.
Escribo porque tal vez la única manera de no diluirme del todo sea dejar constancia de esta niebla. No escribo para resolver lo que no sé. Escribo precisamente porque no lo sé. Porque el papel no interrumpe ni ofrece soluciones. Porque una página en blanco tiene la cortesía de aceptar nuestras contradicciones sin intentar corregirlas. A veces pienso que escribir es sentarse frente a uno mismo sin apagar la luz.
La literatura me ha devuelto, en ocasiones, una intensidad que la vida cotidiana ya no me concede. En los libros he vivido otras vidas, he amado sin consecuencias, he cruzado países que sólo existen en una página y he regresado a casas que nunca fueron mías. Leo y recuerdo que alguna vez ardí. Y recuerdo también que la vida, después de cualquier incendio, deja cenizas que alguien tiene que barrer.
Escribo como quien enciende una lámpara en una habitación donde ya empieza a oscurecer. No para iluminarlo todo —eso sería pedir demasiado—, sino para distinguir los objetos cercanos, para no tropezar con ellos, para saber que sigo estando aquí.
Hay tardes en que la tristeza se sienta a mi lado y no intento discutir con ella. Le he cedido algunas cosas: ciertas canciones, una copa de vino, los lugares de paso, las despedidas que llegan cuando uno ya no tiene nada que añadir. Pero no le he entregado el mundo entero.
Todavía hay días que se abren con una grieta por donde se filtra una luz incierta. Todavía hay una esquina cualquiera que puede sorprenderme.
Un sonido.
Una frase.
Una ventana iluminada.
El recuerdo de una risa.
No necesito que ocurra un milagro. Quizá ya no creo demasiado en ellos. Pero todavía me conmueve la posibilidad de que algo mínimo interrumpa la costumbre y me recuerde, aunque sea por unos segundos, que sigo perteneciendo a este mundo vasto, diverso, incomprensible.
A veces me aferro a eso. No a la felicidad —esa palabra se ha vuelto demasiado grande, demasiado exigente—, sino a la posibilidad de sentir un instante de claridad. Una especie de tregua. Un minuto en que el peso de estar vivo no resulta insoportable ni extraordinario, sino simplemente verdadero.
Quizá eso sea suficiente. Y quizá no.
No lo sé. Ésa es la cuestión.
Schopenhauer, otra vez, lo dijo mejor que yo, hace más de siglo y medio: que la vida es «un negocio que no cubre los gastos». La primera vez que leí la frase me pareció exagerada. Ahora, algunos días, no tanto: con sus tropiezos de cada hora, de cada semana, de cada año, con esperanzas que no se cumplen y planes que se tuercen sin aviso, la vida a veces parece llevar puesta una etiqueta —hecha para desgastarnos, no para complacernos—.
Es difícil entender cómo pude creer, durante tanto tiempo, que estábamos aquí para disfrutarla con gratitud. Ahora me inclino a pensar que ese vaivén entre la ilusión y el desengaño no es un accidente, sino casi un diseño: como si el mundo insistiera en recordarnos que nada —ni el esfuerzo, ni la lucha, ni lo que creímos ganar— alcanza a cubrir lo que puso. No sé si Schopenhauer tenía razón del todo. Pero cada vez que hago cuentas, algo en mí se la da.
A veces pienso que lo único que se pierde de verdad son las ilusiones. No porque fueran ingenuas, sino porque tenían esa manera suya de sostenernos sin pedir nada a cambio. Las certidumbres, cuando por fin llegan, llegan tarde: aparecen cuando ya hemos aprendido a desconfiar un poco de todo, incluso de nosotros mismos. Y por más que intenten ocupar el lugar que dejaron las ilusiones, nunca lo llenan del todo. Ordenan, sí. Pero no iluminan.
Quizá por eso, cuando una ilusión se apaga, no es sólo una pérdida cualquiera: es un pequeño temblor en la manera de mirar el mundo. Algo se vuelve más silencioso, más lento, un poco más cierto. Y aun así sigo adelante, con esa mezcla de nostalgia y lucidez que algunos días es lo único que me queda.
Porque al final —lo sepa o no— sigo viviendo de las cosas que imaginé, no de las que di por seguras. «Las ilusiones son la única riqueza que no se puede reemplazar», me digo a veces, sin estar del todo convencido de merecer semejante certeza. Las demás riquezas, por hermosas que parezcan, apenas ocupan espacio. Las ilusiones, en cambio, ocupan un espacio en el alma.
Hubo una época en que creí que la vida me debía una revelación. Esperaba un instante definitivo, una certeza capaz de poner en orden los años como quien acomoda por fin los libros de una biblioteca que nunca tuvo catálogo. Buscaba respuestas como quien busca una dirección escrita en un papel que se mojó bajo la lluvia. Los años pasaron —con su paciencia de siempre— y la revelación no llegó. O llegó de otra manera, tan menuda que estuve a punto de no reconocerla.
Lo que fue llegando era más modesto: una conversación que seguía resonando días después de terminada, un recuerdo que volvía sin avisar mientras esperaba el cambio en la caja de una farmacia. Nada extraordinario. No eran momentos para tener razón; quizá por eso me dejaban ver algo. Fósforos encendidos en mitad de la oscuridad, que alumbran lo justo para ver dónde se pone el pie y luego se apagan entre los dedos. No sabría decir si señalaban un rumbo. Quizá sólo me acostumbraron a caminar sin él, o a fingir, con cierta dignidad, que lo tenía.
Algunas preguntas, me parece ahora, no fueron hechas para ser respondidas. Se quedan con nosotros. Nos acompañan. Envejecen a nuestro lado —y pienso, como habría pensado Ribeyro con su discreta resignación, que uno no llega a entender la vida: apenas aprende a llevarla con cierta elegancia derrotada—. Con los años he aprendido a negociar con el misterio sin ganarle nunca.
Hay días en que me siento más cerca de la claridad. Otros, en cambio, la vida parece alejarse unos pasos, como si quisiera observar desde lejos qué hago con ella. En esos momentos vuelvo a pensar que todo lo que tuve se va desvaneciendo poco a poco, y que el mundo seguirá cuando yo ya no esté para mirarlo.
Pero el mundo sigue siendo profundo. Más profundo que mis pérdidas. Más vasto que mis heridas. Y eso, de alguna manera, me consuela.
No espero que la vida me devuelva lo que no supo guardar. Ya no le pido que corrija sus decisiones ni que me entregue una versión distinta del pasado. Sería como pedirle al río que devuelva cada piedra al lugar donde estaba antes de la creciente.
Hay cosas que se fueron. Hay cosas que no regresarán. Y, sin embargo, sigo caminando.
No con heroísmo. No con una gran fe. A veces camino apenas por costumbre, a veces porque no sé qué otra cosa hacer. Pero también porque, en algún lugar que no consigo identificar, persiste una curiosidad pequeña y obstinada —quizá la misma que el muchacho dejó encendida—. Y algo más, que me cuesta admitir sin cierto pudor: a estas alturas todavía hay en mí cosas que no me atrevo a ser, y no he renunciado del todo a atreverme.
Quiero ver qué hay después. No después de la muerte: después de la próxima esquina.
Ése es, tal vez, mi secreto. Ya no espero revelaciones. No espero que la dicha vuelva a instalarse en mi vida como una propietaria satisfecha. Me basta con saber que algo, aunque sea mínimo, todavía puede esperarme.
Una palabra.
Una presencia.
Un recuerdo nuevo.
El silencio que sigue a una frase bien dicha.
Y así continúo. Con mis preguntas. Con mis grietas. Con esa tristeza que a veces me sigue y otras veces me deja caminar solo. Con todo lo que he perdido y con lo poco que todavía me sorprende.
Avanzo con la serenidad —a ratos fingida— de quien ha terminado por aceptar que el destino verdadero no siempre fue el que quiso ni el que imaginó. Quizá sea éste: seguir sin conocer del todo el camino, aceptar que muchas cosas no tuvieron explicación, mirar hacia atrás sin quedarse allí.
Y doblar la próxima esquina.
No lo sé. Tal vez no haya nada. Tal vez haya otra tarde parecida a todas las anteriores. O tal vez algo, pequeño e inesperado, me esté esperando sin saber mi nombre.
Ni siquiera esta tristeza —la misma que nunca tuvo partida de nacimiento— me pedirá partida de defunción cuando yo falte. Se irá como llegó: sin papeles, sin trámite, sin dejar rastro en ninguna oficina del Estado.
Mientras tanto, sigo buscándole la comba al palo y jalando a la esperanza del brazo, como a invitado maluco que no quiere irse de la fiesta. Al fin y al cabo, mientras la puerta que se cierre no sea la del ataúd, uno siempre puede volver a empezar… o al menos disimular el ridículo.
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—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
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