Capítulo 55
El custodio de las horas quietas
Hay edificios que no envejecen: se acumulan. La biblioteca del del barrio Plateau, frente a la boca del metro Mont-Royal, pertenece a esa clase de construcciones que parecen hechas de capas antes que de piedra. Uno cree entrar en un solo lugar y, en realidad, entra en varios, superpuestos, como quien abre un libro y descubre que alguien ya subrayó esas mismas páginas con otra letra, en otro siglo.
Tardé años en enterarme de que aquel edificio no nació siendo biblioteca. Lo supe de la manera en que se aprenden las cosas importantes: por accidente, leyendo una placa que casi todos pasan de largo. Entre 1895 y 1896 se levantó allí el pensionnat Saint-Basile, con pasillos concebidos para el silencio disciplinado de otra época, un silencio que exigía obediencia y no contemplación. Casi noventa años después, en 1984, alguien decidió que aquellas paredes podían custodiar libros en lugar de internos. No sé si fue una decisión sabia o simplemente afortunada. Sospecho que, en Montreal, ambas cosas suelen confundirse.
Desde entonces cruzo su umbral de otra manera. Ya no entro solamente a una biblioteca: entro en un edificio que supo reinventar su propósito sin renunciar a su estructura. Conserva la disciplina del antiguo internado, pero ahora la pone al servicio de otra forma de recogimiento. Las mismas escaleras que antes ordenaban pasos infantiles hacia los dormitorios conducen hoy los míos, más lentos, hasta una mesa junto a la ventana.
Hay puertas que no separan habitaciones, sino épocas. La de aquella biblioteca pertenece a esa estirpe discreta. Cada vez que la empujo ofrece la misma resistencia, como si antes de franquear el paso quisiera averiguar quién soy ese día y qué clase de silencio traigo conmigo. Solo entonces cede, despacio, con un leve suspiro de madera fatigada, y deja escapar un aire donde el papel antiguo, la cera de los estantes y los años han terminado por confundirse en un mismo aroma, difícil de nombrar y aún más difícil de olvidar.
Siempre sospecho que ese olor no proviene de los libros, sino del tiempo que decidió quedarse a vivir entre ellos.
Fuera, Montreal continúa reinventándose con la obstinación de las ciudades jóvenes. Cambian los escaparates, desaparecen edificios, nacen otros donde antes había solares vacíos. Las calles aprenden nuevos idiomas y olvidan otros con la misma naturalidad con que los árboles mudan de hojas. La biblioteca, en cambio, permanece casi inmóvil, como uno de esos relojes antiguos que han dejado de marcar la hora para limitarse a custodiarla.
A veces imagino que allí no se conservan libros, sino las horas que el mundo fue abandonando por exceso de prisa.
Nunca he sentido la urgencia de salir. Hay quienes necesitan recorrer continentes para convencerse de que siguen vivos. Yo descubrí hace mucho que también existen viajes que comienzan al cerrar una puerta. Mi apartamento, poblado de estanterías hasta donde alcanza la vista, no se parece a una prisión, sino a un puerto donde los barcos permanecen siempre amarrados y, aun así, cada noche parten hacia un destino distinto.
He terminado por aceptar una paradoja que durante años intenté explicar sin éxito: me quedo para seguir viajando.
Sospecho que mis mapas nunca han sido de papel verdadero, sino de páginas cosidas. Cada libro ha sido una latitud distinta; cada capítulo, una frontera cruzada sin pasaporte ni cansancio. He recorrido estepas sin abrigo, desiertos sin sed, ciudades que ya no existen y otras que jamás existieron fuera de la imaginación de alguien. Nunca necesité el peso de una maleta: bastó el de un volumen entre las manos. Ahí están mis paisajes, mis rutas y mis descubrimientos; no en itinerarios ni en aeropuertos, sino en la lentitud con que una frase puede abrirse, de pronto, como un territorio desconocido.
Quizá por eso regreso a esta biblioteca. No porque me falten libros en casa. Tampoco porque busque uno en particular. Vuelvo porque aquí el silencio posee otra textura. No pesa: acompaña. Se desliza entre las mesas con la cortesía de un viejo bibliotecario invisible que conoce el nombre de todos los lectores y el secreto de todos los volúmenes.
En otros lugares el silencio parece una ausencia. Aquí se asemeja a una presencia compartida que ha aprendido a esperar.
Los estantes se levantan como calles de una ciudad olvidada. Ningún libro reclama ser abierto. Ninguno levanta la voz para imponerse sobre los demás. Permanecen inmóviles bajo una luz oblicua que entra por los ventanales y se demora sobre los lomos gastados, como si leyera sus títulos con una paciencia que ya casi nadie concede a las personas.
Hay días en que imagino que los libros se observan entre sí cuando la biblioteca queda vacía y que, durante la noche, intercambian las historias de quienes alguna vez los llevaron bajo el brazo. Tal vez por eso algunos conservan una tristeza apenas perceptible y otros una serenidad que basta rozarlos para sentirla.
No creo haber elegido nunca un libro.
Los libros poseen una forma silenciosa de encontrarnos cuando dejamos de buscarlos.
Aquel volumen aguardaba en un extremo del estante, sin brillo, casi oculto entre ejemplares más recientes. Lo tomé con la impresión de interrumpir un sueño antiguo. Al abrirlo, las páginas exhalaron un perfume de tinta envejecida y polvo fino que no evocaba una biblioteca, sino una vida. Durante un instante tuve la certeza de que otras manos habían descansado exactamente donde ahora reposaban las mías. No sabía quiénes habían sido. Tampoco importaba. Los lectores terminamos pareciéndonos cuando dejamos nuestras huellas sobre un mismo margen.
Comprendí entonces que algunos libros no contienen historias: las esconden. Hay que permanecer un rato junto a ellos, como quien escucha detrás de una pared, hasta que las voces deciden confiar en nuestra paciencia.
Siempre me ha parecido que la memoria obra de esa misma manera. Nunca responde cuando la llamamos. Prefiere aparecer cuando la habitación ha recuperado la calma, cuando la tarde se inclina lentamente sobre los muebles y la luz comienza a borrar los contornos de las cosas. Entonces regresa sin anunciarse, ocupa la silla vacía frente a nosotros y continúa una conversación interrumpida décadas atrás, como si apenas hubiera salido un momento.
La claridad descendía desde los ventanales con una lentitud casi visible. No iluminaba: revelaba. Sobre la madera de las mesas aparecían vetas que antes habían pasado inadvertidas; el polvo suspendido parecía convertirse en un pequeño firmamento inmóvil; las sombras se alargaban con esa elegancia que solo poseen las cosas resignadas a permanecer.
Pensé que incluso la luz leía.
No las palabras, sino las ausencias que quedaban entre ellas.
Fue entonces cuando comprendí que releer un libro es aceptar que ya no somos el mismo lector. Las páginas permanecen donde estaban; quienes nos hemos desplazado somos nosotros. Cada regreso abre una puerta distinta en una casa que creíamos conocer. Y detrás de esa puerta suele esperarnos alguien a quien habíamos olvidado: una versión antigua de nosotros mismos, paciente, silenciosa, todavía inclinada sobre la misma línea.
Decidí llevarme aquel volumen.
No porque creyera haber encontrado un libro extraordinario, sino porque tuve la impresión de que todavía no había terminado conmigo.
Cuando abandoné la biblioteca, la tarde comenzaba a disolverse sobre las fachadas del barrio. Las hojas descendían de los árboles sin hacer ruido, como cartas que nadie esperaba recibir. Caminé despacio. El libro descansaba bajo mi brazo con una ligereza engañosa: algunos objetos pesan más por las vidas que contienen que por la materia de la que están hechos.
Al llegar a la esquina volví la vista.
La biblioteca seguía allí, inmóvil, con las ventanas encendidas por una claridad que ya no pertenecía del todo al día. Parecía menos un edificio que un faro discreto, levantado para orientar a quienes habían aprendido que existen naufragios de los que solo puede rescatarnos una página.
Continué mi camino hacia casa con una certeza que apenas me atreví a formular.
Hay quienes llaman ermitaño al hombre que permanece entre cuatro paredes.
Ignoran que algunas habitaciones contienen más horizontes que el mundo entero y que ciertas bibliotecas no sirven para esconderse de la vida, sino para atravesarla una y otra vez, hasta descubrir que el viaje más largo comienza cuando uno cierra la puerta y deja que un libro la abra de nuevo.
--------------------------------------
Compartir con familia y amigos..
------------------------------------
Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
--------------------------------------------
abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario