Capítulo 52
El jardín de los recuerdos
La tristeza posee una cortesía que rara vez se le concede. Nunca irrumpe, nunca derriba puertas ni alza la voz para anunciar su llegada: se aproxima con la discreción de quien conoce de memoria el sendero hasta una casa donde ha sido recibida en incontables ocasiones. Hay un instante —imposible de precisar— en que uno advierte que ya está allí, no porque el mundo haya cambiado, sino porque algo en la luz empieza a retirarse hacia un lugar donde los ojos ya no alcanzan.
Durante años sospeché que debía combatirla. La consideraba una fisura en el carácter, una sombra que sólo los débiles dejaban entrar, y me colmaba de ocupaciones, inventaba urgencias, alargaba conversaciones que ya no contenían nada nuevo. Había aprendido, como tantos otros, que mantenerse en movimiento podía ser una forma elegante de no escuchar lo que uno lleva adentro. No fue una revelación lo que cambió eso. Fue, más bien, un cansancio —el cuerpo renunciando, poco a poco, a batallas que quizá nunca existieron fuera de mí.
Le acerco una silla, ahora, cuando regresa.
Hay silencios que no pertenecen a la ausencia de sonido. Son otra materia: caminan despacio por la habitación, doblan las horas con cuidado y las depositan sobre una mesa invisible. Uno termina sentado frente a ellos sin recordar en qué momento comenzó la conversación. Me inclino a pensar que toda vida que ha madurado un poco consiste, entre otras cosas, en ir aprendiendo el idioma de esos silencios —la juventud cree que la felicidad hace ruido, y sólo después descubre que las alegrías más hondas apenas alteran el aire.
Hubo una época en que confundía la tristeza con la melancolía, como si vistieran el mismo color. Hoy me parece que se distinguen como dos árboles cuando el invierno los ha desnudado: uno conserva la memoria de la sombra, el otro guarda la promesa de una primavera que quizá no lleguemos a ver. La melancolía tiene algo del tiempo suspendido —se instala sobre una tarde cualquiera y vuelve más lentos los pensamientos, sin herir, apenas rozando la memoria con una delicadeza casi imperceptible. La tristeza, en cambio, no pregunta: reconoce cada rincón donde alguna esperanza se quedó esperando demasiado tiempo.
Hay días en que llega acompañada por el simple cansancio de existir, sin que suceda nada extraordinario —el mundo sigue su rutina de siempre, los semáforos cambian, alguien cruza la calle con prisa— y sin embargo el paisaje se modifica un poco, porque hemos cambiado nosotros. A veces camino entonces sin rumbo preciso, no para llegar a ningún sitio sino para escuchar el leve rumor que hacen los recuerdos cuando cambian de lugar dentro de uno.
Durante décadas pensé que la memoria consistía en conservar intacto el pasado. Hoy sospecho lo contrario: recordar quizá sea aceptar que el pasado sigue transformándose mientras nosotros vivimos. No cambian del todo los hechos —cambia, más bien, la mirada que vuelve sobre ellos. Por eso, tal vez, algunas heridas antiguas dejaron de dolerme: no porque hayan desaparecido, sino porque, en algún momento que no sabría fechar, dejaron de pedirme explicaciones. Hay una edad en la que uno empieza a sospechar que no todo merece ser comprendido del todo —hay acontecimientos que sólo entregan su sentido cuando dejamos de exigirles una respuesta, como piedras en el fondo de un río que el agua, en vez de mover, aprende a rodear.
Durante mucho tiempo creí que sólo el fuego podía salvarme —las grandes pasiones, las convicciones absolutas, todo aquello que brillaba con intensidad me parecía verdadero, y vivíamos como si el fuego fuera una especie de «patria». Después llegaron las cenizas, y descubrí que también ellas guardan una forma discreta de claridad: no deslumbran, permiten ver. A la luz del incendio apenas distinguíamos el resplandor; entre las cenizas aparecen los contornos, y ahí comprendemos —o creemos comprender— qué permaneció en pie, qué era solamente humo. Quizá por eso la vejez no sea, como tantas veces se repite, una estación de pérdidas, sino una lenta recuperación de la mirada: cada ilusión que se desprende deja un espacio para ver con mayor limpieza, y esa luz —no triunfal, apenas serena— no necesita convencer a nadie de que existe.
La tristeza tiene una manera singular de abrir puertas que la memoria mantenía apenas entornadas. No empuja, no exige: basta con que se siente a mi lado para que aparezcan rostros que creía disueltos por el tiempo, voces que ya nadie pronuncia, gestos mínimos que sobrevivieron al olvido mientras los grandes acontecimientos se desmoronaban. Curiosamente, la memoria nunca conserva la vida tal como ocurrió —conserva aquello que, sin que se lo pidiéramos, decidió salvar cuando todo lo demás empezaba a desaparecer: no una conversación completa, sino una pausa; no una despedida entera, sino el modo en que una mano permaneció unos segundos más sobre otra.
Con los años he llegado a pensar que la memoria no es un «archivo». Es, quizá, un jardinero silencioso que poda, trasplanta, deja morir unas ramas para que otras sigan creciendo, y reorganiza el paisaje interior mientras dormimos, sin pedirnos permiso. Por eso sospecho que no volvemos nunca del todo a los lugares: volvemos a la persona que fuimos cuando estuvimos allí, y ese hombre —casi siempre— ya no nos espera.
Me dolió descubrirlo, durante mucho tiempo. Sentía que cada recuerdo era una pérdida más. Hoy empiezo a intuir lo contrario: que recordar no consiste en recuperar lo que desapareció, sino en aceptar que nada verdadero termina de irse del todo —cambia de forma, de voz, de lugar dentro de uno, pero sigue ahí, en una habitación que rara vez visitamos. La tristeza conoce esas habitaciones y camina por ellas con una familiaridad que a veces me desconcierta, aunque nunca enciende todas las luces: le basta con abrir una ventana. Entonces entra una claridad suficiente para reconocer los muebles del alma cubiertos por el polvo de los años —viejas ilusiones que ya no reclaman ser cumplidas, antiguos resentimientos vueltos objetos inútiles.
He dejado, en algún momento que tampoco sabría precisar, de medir la vida por los años cumplidos. Prefiero medirla —si es que hay que medirla— por las veces que una certeza se transformó en una pregunta, porque fueron las preguntas, y no las respuestas, las que de verdad me hicieron avanzar.
Recuerdo que durante muchos años escribía para fijar los acontecimientos, como si las palabras fueran clavos capaces de impedir que el tiempo siguiera moviendo las cosas. Hoy escribo por una razón distinta: para acompañar aquello que no puede quedarse. Comprendí tarde —quizá demasiado tarde— que las palabras no detienen el tiempo. Apenas lo vuelven habitable. Escribir se parece, sospecho, a encender una lámpara en medio de una niebla espesa: la luz no alcanza el final del camino, apenas dibuja un pequeño círculo donde los pasos pierden algo de su miedo. Ya no escribo para convencer, ni para dejar lecciones, y mucho menos para corregir el pasado —escribo porque hay pensamientos que sólo existen mientras una mano los acompaña sobre el papel. Si no los escribiera, quizá permanecerían para siempre en esa región incierta donde habitan las intuiciones, sin llegar a ser compañía para nadie.
Cuando era joven admiraba a quienes parecían poseer todas las certezas. Hoy me conmueven más quienes tienen el valor de convivir con las dudas sin perder la ternura —las respuestas suelen levantar muros, y las preguntas, cuando uno las deja, abren ventanas. La tristeza pertenece, creo, a esa familia: nunca me dice qué pensar, sólo me invita a mirar con mayor lentitud.
Hay noches en que permanece sentada frente a mí durante un largo rato, sin que ninguno de los dos hable. El reloj sigue avanzando con su obstinación de siempre, pero el tiempo parece abandonar, por un momento, su costumbre de correr. Entonces sucede algo que todavía no sé explicar del todo: la tristeza deja de parecer una visitante y empieza a parecerse a un espejo —no de mi rostro, sino de todo aquello que he amado lo suficiente como para echarlo de menos. Sospecho, entonces, que su origen nunca fue del todo la oscuridad. Quizá haya sido siempre la luz: nadie extraña lo que nunca amó, nadie guarda luto por lo que no alcanzó a rozarle algo hondo. La tristeza, me parece, no nace tanto de la ausencia como de la abundancia que alguna vez tuvimos —y pensarlo así cambió, poco a poco, la manera en que la recibo.
He pensado muchas veces en el peso de los años, y curiosamente no encuentro que la edad haya hecho más pesada la vida. Lo que ha cambiado es la manera de cargarla: antes llevaba el pasado sobre los hombros, ahora —me parece— camina a mi lado. Hay recuerdos que todavía me visitan con una nitidez desconcertante, sin reclamar justicia ni despertar arrepentimientos, con la humildad de quienes sólo desean ser reconocidos antes de volver al silencio. Los recibo como se recibe a un viejo amigo: no hablamos demasiado, porque la verdadera amistad nunca necesitó muchas palabras.
Tampoco sé ya por qué algunas personas permanecen en nosotros mucho después de haberse marchado. Tal vez el amor tenga una forma discreta de resistir a la ausencia —no la impide, no vence del todo a la muerte, pero consigue, al menos, transformar la desaparición en una presencia interior. Hay quienes ya no caminan por este mundo y, sin embargo, siguen modificando nuestras decisiones; hay voces que dejaron de pronunciar nuestro nombre hace décadas y todavía influyen en el tono con que hablamos a quienes amamos. Permanecer, entonces, no sería tanto ocupar un lugar en la memoria como continuar habitando, discreto, la conciencia de alguien.
Cuando pienso en ello, la tristeza pierde parte de su oscuridad. Quizá nunca vino a mostrarme sólo lo perdido: vino, también, a recordarme lo que tuve el privilegio de amar. Cada ausencia lleva, de algún modo, el nombre de una presencia anterior; y esa idea, lejos de entristecerme, me reconcilia —al menos por un rato— con el tiempo.
Durante mucho tiempo pensé que escribir consistía en ordenar recuerdos. Ahora creo que escribo, sobre todo, para escuchar. Cada página me devuelve una voz que no sabía llevar dentro: a veces la del muchacho que fui, otras la del hombre cansado que hoy contempla el mundo con más lentitud. Ya no busca explicar la vida. Busca, quizá, hacerle compañía —como una lámpara encendida durante la madrugada, que no elimina la oscuridad ni intenta vencerla, apenas dibuja un pequeño refugio donde el pensamiento puede sentarse a descansar.
Esta noche la tristeza ha vuelto. La habitación está en silencio, y sobre la mesa descansa un cuaderno abierto —la tinta espera con la paciencia de las cosas que no conocen la prisa. Afuera, la ciudad sigue su ritmo indiferente: una ventana se apaga, otra acaba de encenderse, en algún lugar alguien ríe y en otro alguien llora. Yo permanezco sentado. La tristeza también. Ya no somos, después de tantos años, dos desconocidos —aunque tampoco sabría decir con exactitud qué somos el uno para el otro.
Antes de marcharse no deja consejos, ni respuestas, ni siquiera consuelo. Deja apenas una pregunta, escrita con una caligrafía que empiezo a reconocer como propia:
¿Y si la tristeza no fuera el final de la alegría, sino la manera más silenciosa que tiene el amor de seguir existiendo?
Cierro el cuaderno. Apago la lámpara —o creo apagarla del todo, aunque nunca estoy del todo seguro de que la oscuridad, después, sea completa.
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