Capítulo 53
El instante entre dos sombras
No sé si quienes escribimos somos gente más triste que los demás. La idea circula con demasiada facilidad, como si bastara haber llenado unos cuadernos para quedar obligado a mirar siempre hacia el lado en sombra. Me inclino a creer otra cosa: que uno termina hablando de aquello que no consigue marcharse. Y lo que se queda casi nunca es la felicidad. Se queda lo que la interrumpió.
La alegría —si me permito hablar de ella como si fuera alguien, pues no encuentro otro modo— tiene la costumbre de llegar sin avisar y de haberse movido de sitio cuando uno se vuelve a mirarla. Se parece a ciertas conversaciones que recordamos durante años sin poder decir qué palabras se dijeron. Queda la sensación de haber estado, un momento, exactamente donde había que estar.
Sospecho que la vida está hecha de esas cosas pequeñas que uno nunca sabe dónde guardar. No son importantes y tampoco se dejan tirar. Permanecen como un boleto entre las páginas de un libro, como una llave cuya cerradura ya no existe, como una palabra dicha sin intención que vuelve muchos años después con una nitidez que no le corresponde. No cambian el rumbo de nada. Van formando, eso sí, la textura secreta de lo que somos.
Quizá por eso los narradores antiguos sabían detenerse a tiempo. Después de tantas pruebas bastaba escribir que se casaron y fueron felices, y nadie reclamaba el día siguiente. Nadie lo necesitaba. Había una prudencia discreta en ese corte, como si admitieran que la felicidad ocurre en una zona donde el lenguaje pierde parte de su oficio.
Siempre me ha intrigado esa renuncia. Nosotros, que gastamos media vida buscando la palabra exacta, aceptamos sin protestar que hay sitios donde no sirve ninguna. Hay una humildad rara en eso. <No todo pide ser explicado. Algunas cosas solo piden ser vividas mientras duran, y después ni siquiera piden.>
De la felicidad se habla mucho, pero casi siempre cuando ya pasó. Mientras ocurre, nadie la anuncia. Uno está ahí, sin nada que hacer, mirando cómo la luz de las cuatro se detiene un rato sobre la madera de la mesa, oyendo unas ruedas que pasan sobre el asfalto mojado y se alejan. Solo después, cuando ese rato ya pertenece a la memoria, uno sospecha que aquello era la felicidad. Y lo desconcertante es que no traía ninguna de las señales que uno esperaba.
La felicidad, pensaba mientras escribía, es un intervalo entre dos sufrimientos. No en el sentido de que el dolor sea el paisaje de fondo y ella apenas una pausa, sino porque su naturaleza es la del respiro: algo que se abre paso entre la densidad de los días, y que solo reconocemos cuando la respiración, de pronto, se vuelve ligera. <No es la ausencia de sombras, sino la luz que sabe convivir con ellas.> Una luz que no exige que el mundo se detenga, solo que nosotros, por un instante, dejemos de empujarlo.
Las desgracias, en cambio, no piden permiso. Entran con el estrépito de una puerta que se cierra sola. Uno las reconoce enseguida por el peso que se instala en los hombros y que ya no se va de ahí. Entonces empezamos a hablar: contamos lo ocurrido una vez y otra, como si repetirlo pudiera gastarlo. Puede que ese sea uno de los oficios del lenguaje: ayudar a que el dolor encuentre una forma que podamos sostener.
La felicidad no necesita ese auxilio. Es callada, un poco torpe, no sabe reclamar atención. Se queda al lado con la naturalidad de lo que parece que va a quedarse siempre. Por eso rara vez se la advierte hasta que ha empezado a irse.
Creo recordar que Natalia Ginzburg escribió algo parecido, aunque es probable que lo esté rehaciendo a mi manera: que las riquezas verdaderas de una vida no son las que uno guarda con solemnidad, sino unas escenas mínimas que nadie llamaría memorables. Una carta que no se esperaba. Alguien que pronuncia nuestro nombre sin prisa. Una mano que corre una silla para que otro se siente. El ruido de alguien lavando algo en la otra habitación. Por separado no significan nada; juntas acaban pareciéndose a una vida entera. Ocurre lo mismo con los objetos de todos los días, que usamos sin mirarlos: la cuchara que buscamos siempre sin saber por qué, la llave que solo recordamos cuando la mano no la encuentra en el bolsillo, el vaso que acompaña las mañanas y que, si un día falta, deja un hueco raro en la rutina. Están ahí, callados, sosteniendo la vida sin cobrar nada por hacerlo.
Sospecho también —los años enseñan esa clase de sospechas— que escribimos menos para guardar los recuerdos que para averiguar qué significaron. La memoria se parece poco a un archivo. Los hechos cambian de forma cada vez que uno vuelve a ellos. Lo que un día pareció una derrota puede revelarse mucho después como el comienzo de otro camino, y lo que entonces llamábamos felicidad acaso fue apenas una tregua. O acaso fue la felicidad y no supimos verla.
Hace un rato, mientras escribía esto, el motor de la nevera se detuvo. No lo había oído en toda la tarde. Solo al callarse dejó un hueco en el aire, y entonces supe que había estado sonando desde siempre. Me quedé mirando la pared sin ningún pensamiento noble. <Hay cosas que solo tienen nombre cuando se apagan.>
Hay días en que me pregunto si la literatura no nació de esa imposibilidad. Si fuéramos del todo felices, tal vez no sentiríamos la necesidad de contar nada: viviríamos, y con eso bastaría. Pero la vida abre pequeñas grietas, deja preguntas sin responder y despedidas que siguen hablando cuando ya nadie las pronuncia. Por esas rendijas entra el lenguaje.
No escribimos para glorificar el sufrimiento; eso sería una vanidad innecesaria. Escribimos porque las pérdidas necesitan un sitio donde descansar y porque ciertas preguntas se niegan a callarse. Y sin embargo, cada vez que termino una página tengo la impresión de haber dejado fuera lo más importante. Las palabras rodean la experiencia. Casi nunca llegan a tocarla.
Puede que no haya fracaso en eso. Escribir consistiría entonces en acercarse una y otra vez a lo que no va a decirse del todo, y en aceptar que a partir de cierta orilla el relato continúa sin nosotros.
El motor de la nevera acaba de encenderse otra vez. La luz ya se fue de la mesa y no he movido nada de sitio. Iba a escribir aquí una frase sobre dónde vive la felicidad, y creo que la sé, o creo que la supe hace un momento. La dejo para mañana. Mañana seguramente ya no me parecerá cierta.
La felicidad no siempre llega como un triunfo, ni como una revelación que sacude el alma. A veces se desliza con la modestia de una hoja que cae sin ruido. Uno la reconoce tarde, cuando ya se ha sentado a nuestro lado y nos mira con la paciencia de quien sabe esperar.
La felicidad es ese instante en que el mundo deja de exigirnos algo y, por un momento, nos permite simplemente ser. No es un premio ni una meta: es una tregua. Una respiración que se abre paso entre los días y nos recuerda que, incluso en la edad del silencio, todavía hay luz suficiente para seguir caminando.
--------------------------------------
Compartir con familia y amigos..
------------------------------------
Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
--------------------------------------------
abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario